20.12.11

Mi experiencia en Terapia Sistémica y Constelaciones Familiares: El Síndrome de Noeli


Al principio no le di importancia. Ocasionalmente recordaba la melodía. Sonaba en mi cabeza unos segundos y luego se desvanecía. Pasaban meses hasta volver a emerger desde quién sabe qué profundidades y en ese intervalo yo la olvidaba completamente. Entonces, en aquellos días que ahora recuerdo con nostalgia, yo era feliz. Sí, era feliz y el paso del tiempo se medía de acuerdo a los tránsitos en la vida de los hombres, las estaciones, las vacaciones, las celebraciones, las citas, los aniversarios y los planes. Luego, más adelante, el tiempo se mediría entre aquel que pasaba esclavizado a la melodía y el que no. Y mis preocupaciones, lo que yo entonces ingenuamente juzgaba preocupaciones -y ahora valoro como puras nimiedades y en absoluto como preocupaciones- eran también las lógicas de los seres humanos: un trabajo alienante y mal pagado impropio de mis facultades de superdotado, relaciones personales frustrantes, comportamientos sexuales acomplejados, la precariedad en todas sus formas, una familia de tarados, amigos insulsos, varias adicciones extenuantes, fobias insensatas y, en general, tener la certidumbre de estar rodeado de subnormales y gilipollas integrales las 24 horas del día y de que un genio como yo jamás sería comprendido. Sí: entonces era feliz.

No fui del todo consciente en las primeras fases del proceso. Hoy, a posteriori, he intentado sin éxito recomponer su génesis. No he sido capaz de encontrar ningún patrón que explicase la frecuencia creciente de sus apariciones. Y no será porque no los he buscado fatigosamente. De conducta, estacionales, externos, físicos. Traté de encontrar relaciones entre mi problema y prácticamente cualquier otra cosa. ¿Tenía que ver con el consumo de lácteos, trigos, cítricos y otros espantosos productos prohibidos? ¿Una mala postura? ¿Las fases de la luna? ¿Aparecía como algún tipo de anuncio de otros sucesos futuros, o por el contrario era una reminiscencia de otros que acontecieron el pasado? ¿Había factores climáticos? Al principio pensé que sí, que se magnificaba cuando el tiempo era frío. Luego lo deseché. No sé. Reconozco mi fracaso. No fui capaz de establecer relación de ningún tipo con ningún fenómeno que pudiese mi mente racional encontrar y apreciar. Me dije: este no es el camino. Y quizá influenciado por el entorno, hice lo que todos a mi alrededor, que cuando no pueden encontrar una explicación racional y sensata buscan la luz en una irracional e insensata. Así fue como empecé la terapia.

Para entonces, la melodía, la cancioncita, se reproducía en mi mente a todas las horas del día de todos los días de todos los meses del año. La silbaba y tarareaba en cualquier lugar y momento, la usaba para meter morcillas en conversaciones en curso…me perseguía y me dominaba. Quizá no me hubiese importado tanto de ser, por ejemplo, el aria de una ópera. Pero no, la canción que me atormentaba y me invadía no tenía nada que ver con eso. Era…..era….me duele confesarlo……Era la banda sonora de los dibujos animados de Noeli. Sí, “En Laponia hace frío, pero yo me río……”. Cualquiera puede entender que no es algo que uno disfrute contándolo. Podía ser peor, claro está. No sé, podría haber sido algo de Vetusta Morla o yo que sé, pero en fin, aunque sabía que podía haber dramas más insoportables, el mío era el peor porque para eso era el mío. Lo nuestro siempre es lo más importante, obvio es decirlo. La canción me había conquistado, sojuzgado. Y yo ya era de otros, pertenecía al abuelo Yulupuki y a los toletes taladores. Y no, ya no podía más.

Debo confesar que la primera vez que acudí a terapia lo hice con cierta prevención y desconfianza. Y si mi terapeuta buscaba tranquilizarme, no lo consiguió. No llevaba allí ni dos minutos cuando empezó a rajar de todos aquellos que se dedicaban a la misma rama de la psicología que él: charlatanes, arribistas, advenedizos, farsantes que inducían las respuestas y daban explicaciones a posteriori que hacían encajar por medio de la sugestión. El no era de esos engañabobos. Por supuesto que no. El era un estudioso y sus decenas de diplomas apretujados en las paredes así lo atestiguaban. Infinidad de cursos en Terapia Familiar Sistémica, Master en Reiki, Iniciación a los Budas por los monjes de Gaden Shartse, Técnico Facilitador de Constelaciones Familiares Akashicas, Profesor del Programa Internacional de Educación en Flores de Bach, Técnicas de Control Mental del Profesor Fassman, Diploma de la Sociedad Grafológica, Seminario de Regresión a vidas pasadas con el Dr. José Luis Cabouti, Cursos del Método Melchizedek, activador de la Mercabá y creado por Alton Kamadon, Curso del Shekem Seichim o sistema egipcio, Técnico Superior en MTC en la escuela de Medicina Tradicional China de Barcelona, Máster en Moxibustión, Máster en Teoría y Praxis Gestáltica, Estudios de Ginecología Transgeneracional Con Christine Mitchell, Máster en Sinergética, Curso de Bioenergética de Lowen, Máster en Biodescodificación, Diplomado en instrumentos sagrados por la Asociación Internacional de Terapia de Sonido, especialidad didgeridoo de eucalipto, crótalo y campanas tibetanas, Curso de Psico-Astrología, Director de la Fundación Seres de Luz, Curso de Masajes con Cuencos Tibetanos y también Cursos de Terapias Asistidas con Delfines,  …..en fin, esto era la ostia. Flipé como en mi vida había flipado. Yo había estado varios años en la universidad, tenía amigos filólogos e historiadores y, quieras que no, eso te da ya una idea bastante precisa del vasto espacio que ocupan los saberes farsantes, las publicaciones y cursos fraudulentos y en general la formación en mamarrachadas. Pero solo ese día, en la consulta de mi terapeuta, tuve la clara conciencia del campo infinito del estudio de los embustes mayúsculos. Admirado, pensé en esos cientos de miles de personas, dedicando su vida entera, con total entrega, con sacrificio abnegado, a la comprensión profunda de las majaderías más delirantes, y al compararla con mi vida, que yo juzgaba como malograda y baldía, sentí una gran sensación de paz. La terapia, empezaba a hacer efecto. Me sentía mejor conmigo mismo. El tío sabía lo que hacía.

Al principio, no se tomó en serio mi problema con la canción. No se burlaba abiertamente ni menospreciaba claramente mi dolencia, pero yo sentía que de algún modo el lo juzgaba como algo hasta cierto punto trivial, y en todo caso, a su modo de ver, sintomático de un desarreglo oculto mucho más grave que adoptaba la forma de los dibujos de Noeli, como podía haber adoptado otra. Era, a su parecer, desde luego, un desarreglo cuyas raíces había que buscar en la infancia. Creo que mi terapeuta sospechaba que yo le ocultaba cosas. Y como fiel representante de la Terapia Familia Sistémica, convencido de que yo le contaba cosas banales, él me encargaba tareas banales. Total, que estuvimos haciendo el tonto varias semanas.

No las voy a relatar prolijamente, pero al principio, solo tenía que contarle las pequeñas mejoras que tuviese mi vida. Estas consistieron en iniciar cursos, que desde siempre ha sido mi actividad predilecta. “Inicié clases de guitarra” le decía. Y la semana siguiente: “tuve que dejar las clases de guitarra porque coincidían con las clases de fotografía”. Para en la tercera sesión informarle de que: “desgraciadamente, no me daba tiempo a continuar las clases de fotografía porque ahora estoy con una novela”, y en la cuarta: “no se me ocurre nada para la novela, ahora estoy estudiando botánica, me encantan las plantas”…Y así podíamos seguir la vida entera. Al principio dedicábamos la hora que duraba la terapia a hablar sobre esa pequeña mejora de la vida semanal y las posibilidades que abría. “¿Y hasta donde quieres llegar con la guitarra?” preguntaba ingenuamente el muy pardillo. Yo, que ya soy perro viejo e imaginaba lo que iba a durar la movida le decía humildemente: “seguro que a nada importante” y el hombre me animaba a continuar. A mí, hasta me daba pena. Salía de la consulta con un montón de ánimos renovados, pensando que tenía que ser más constante esa semana y el propósito firme de que no podía le fallar a mi terapeuta, pero al rato me liaba con cualquier otra gilipollada y hasta luego lucas. Como cuando de niño me confesaba, salía profundamente conmovido de mi acto de contrición y no tardaba ni una hora en estar robando alguna cosa por ahí, meterme en algún lío vagamente delictivo, darme de hostias con unos y otros (siempre abanderando nobles causas), u otras travesuras que hacían adorable mi existencia de aventurero.

Así como a la cuarta vez de estas chorradas empecé a tener la sensación de que no me hacía ni puto caso. Y uno puede ser psicoterapeuta pero tonto del culo integral no tiene por qué, así que pronto se dio cuenta de que de alianza terapéutica…poca cosa y que había que cambiar el sistema. Probamos nuevas cosas. Me hizo escribir cartas de despedida a Noeli y al abuelito, hablarles como si estuviesen en una silla vacía, en fin, no sé. Por si acaso uno no se siente suficientemente imbécil oyendo una canción de dibujos animados en su cabeza a todas horas, el hablarle a una silla como si fuera el abuelo Yulupuki no creas que lo arreglaba mucho. Y lo de la carta….no acababa de verlo. Si todavía fuese a Jessica Rabbit…bueno, yo a esa le escribo una novela en cuatro tomos, si hace falta, pero a Noeli….

Había otra cosa de la terapia que también me fastidiaba bastante. El hecho de que constantemente me estuviese induciendo a imputarles algún crimen a mis abuelos. A mi abuelo de verdad –no al de los dibujos- yo le recordaba con un enorme cariño. De mi abuela me acordaba menos, pero maldita la gracia que me hacía tener que colgarle algún delito. Pero el tío, venga a insistir con suicidios, muertes, abortos, infanticidios y toda la pesca. Le pregunté si no podíamos cargarle el muerto a alguno de mis tíos, que me caen peor, o incluso a mis primos lejanos, algunos de ellos psicópatas de primera clase. Pero nada, erre que erre con los abuelos.

Me mandaba también como tarea comer cosas que me daban asco. Se supone que era para adquirir voluntad, autocontrol, o yo que sé. Pero el beneficio terapéutico de oler siquiera el tomate, por el que tantas ostias me había llevado en mi infancia, no lo veía yo por ningún lado. Ponerme ahora a probar ese tubérculo, fruta, o lo que sea lo veo como traicionar todos aquellos sagrados principios por los que de niños mis hermanos y yo nos llevamos incontables palizas. Entonces, luchamos y vencimos. Nuestras lágrimas nos costó pero ninguno come tomate en la actualidad. Nos produce aversión hasta verlos. Lo conseguimos. Y yo no iba a traicionar ahora a la hermandad. Así que me planté. Esto no iba a ningún lado.

Para entonces el hombre ya me había catalogado como “paciente internalizador y de alta reactancia”, que traducido al lenguaje cotidiano viene a significar: “tocacojones profesional”. Todo vino del día que empezó a hablarme de las Constelaciones Familiares y me leyó una cita de un tal Rupert Sheldrake, creador de la teoría de los campos morfogenéticos: “Un perro salta hacia la puerta del balcón, meneando la cola emocionado, justamente en el momento en que su ama se apea del autobús. Hasta que la mujer llegue a casa, sin embargo, aún pasarán unos diez minutos. Cuando por primera vez en mi vida vi una Constelación –comentó Sheldrake- por fin supe de dónde lo sabía el perro. ¿Y por qué los humanos no habrán de participar también de este saber que los perros tienen desde hace tanto tiempo?”. Mi terapeuta permaneció en un silencio dramático, yo reflexioné unos instantes y le contesté: “Sí, mi perrita Lunita hacía lo mismo hasta que se quedó sorda. Luego se jodió el campo morfogenético y ya ni se enteraba cuando le decías: “Lunita, vamos a la calle; Lunita, golosina”. Yo creo que aquí fue donde me tachó como saboteador.

Pero de todas maneras seguía dándome la tabarra con lo de las Constelaciones Familiares. A mí, visto lo visto, ya me daba igual todo. Le di la última oportunidad a la terapia familiar sistémica y un par de semanas después acudí a un piso junto con otras 15 personas de distinto pelaje. Mi terapeuta no era como otros timadores de las constelaciones. Cobraba 90 euros por barba, sí, pero nos daba bonos de descuento para terapias alternativas. Sacaba un fajo y repartía así al tun-tun. A mí me tocó un descuento del 15% en un tratamiento de apiterapia, que aunque parezca pasmoso consiste en utilizar la picadura de las abejas para reducir el estrés. Yo, en mi ignorancia, siempre había sufrido estrés cuando andaban las malditas avispas cerca pero resulta que era al revés. Tonto de mí. Esta idea al principio yo la juzgué como insuperable y todavía me la tomé más en serio cuando leí que el tratamiento también curaba el cáncer. ¿Por qué no? El cáncer se cura con cosas más sencillas de lo que parece a primera vista. El problema es que la medicina tradicional nos tiene subyugados con sus mentiras. En todo caso, fuese buena terapia o no, no pensaba usarla: no tenía estrés ni cáncer (que supiese) y ya había tenido suficiente con mi sesión de fanecaterapia y medusaterapia ese verano en la playa. (Y si no tuve avispoterapia fue porque me pasé un buen rato dándoles a ellas pedroloterapia)

Pues allí estaba, en una gran habitación de un piso vacío donde solo había sillas pegadas a las paredes. Se inició la sesión. El primero en constelar era un tipo de aspecto repelente, bien vestido, con aspecto de yuppi de pueblo, hortera de bolera, cuyo problema era la infidelidad, la adicción a la cocaína y básicamente el ser un mezquino mentiroso compulsivo e hijoputa. Pero por lo demás, bien. El hombre fue eligiendo a aquellos que mejor creía que representarían los distintos papeles de su constelación familiar. Que me eligiese a mí para hacer de si mismo, me fastidió un poco, pero en fin, uno es un profesional. Lo hice lo mejor que pude. A ver, para qué andar con falsas modestias: lo clavé, macho. Lo hice de traca. El hombre me miraba con admiración. De hecho, después de la sesión, bajando las escaleras todavía se me acercó como si fuésemos cómplices de algo y me dijo: “tronco, me has dado un montón de ideas nuevas para contarle trolas a mi mujer, te debo una”. Esto me hizo sospechar que quizá tampoco aprovechaba la terapia como debía.

Total, qué más daba. Mi terapeuta ya le había dicho que él no tenía la culpa. En primer lugar, para variar,  seguramente su abuela le había sido infiel a su marido. Por tanto sus propias infidelidades no eran más que una especie de intento de equilibrio familiar. O como el terapeuta nos explicó muy bien: “implicación de lealtades invisibles en un complejo patrón transgeneracional de doble transferencia”. Así que, por lo que yo entendí, la culpa resultaba ser de su abuela que seguramente era un poco puta (pues yo entendía que había una culpabilización intrínseca en que una mujer tuviese relaciones con otros hombres fuera de las estructuras establecidas y que era esa percepción negativa del hecho la que hacía que ese “pecado” se transmitiese). Pero pensar esto así era un error: no hay culpables. El comportamiento de su abuela estaría enraizado en el de su propia abuela y el de esta en la otra….y así hasta la ameba, los organismos unicelulares y el caldo primigenio. O como se nos dijo: “La tendencia a vivir el presente desde el punto del vista del pasado es tan constante, firme e impresionante como los latidos del corazón”, de lo que se deducía que presente, presente, así como presente…solo lo habría vivido Lucy, la primera australopitheca del género Homo y todos los demás que vinimos después ya la hemos jodido de algún modo. A mí esto me seguía pareciendo llamarle puta de otro modo, pero en fin, no pensaba discutir tal cosa allí.

Para más coña, el tipejo –a juicio del terapeuta- había padecido en el primer embarazo la vivencia anticipatoria de un posible distanciamiento afectivo de su mujer a causa de su implicación con el futuro hijo. Y como más vale prevenir que curar, el hombre ya empezó a montárselo con otras tías entonces. Al final su mujer no hizo nada de eso, sino que, al contrario, por lo que él narraba con cierto tonillo de desprecio, ella peleaba y se esforzaba denodadamente por sostener la relación, pero ¿cómo iba a saberlo él entonces? Fue por si acaso.

Por si esto fuera poco, estaba el tema del gemelo muerto. El yuppi este también había tenido un gemelo muerto. Y digo “también”, porque pronto descubrí que tener gemelos muertos es bastante habitual entre los asistentes a terapia familiar de constelaciones. En la vida normal la posibilidad de mellizos es de 1/80 y la de los gemelos 1/250, pero quién sabe por qué extraño fenómeno, en el mundo constelacionar tenía gemelos muertos todo hijo de vecino. El yuppi había estado en los prostíbulos de Thailandia y se jactaba de haberse acostado a la vez con tres pares de gemelas menores de edad por 6 dólares. La unidad salía a un dólar. Para él, el síndrome del gemelo evanescente explicaba esta querencia suya.

El caso es que yo había representado tan bien el papel de cabrón, mintiéndole con toda la jeta en la pura cara a la chica que personificaba a su mujer y al tiempo, entrándole a saco a todas las otras que andaban por allí constelando, que a partir de ahí todos me eligieron para hacer de villano. Me empezaba a hartar de las malditas constelaciones. Salieron gemelos muertos por todas partes, abuelos asesinos, bisabuelos con suicidios ocultos…yo lamenté tener una familia tan normal. “JA!”-dijo mi terapeuta- “no hay familias normales”. Algunos participantes en la constelación ya habían estado en otras, se estaban volviendo profesionales y se notaba en su modo de actuar. Era demasiado vívido. Demasiado liberado de prejuicios y miedos. Había algo de falso en toda aquella verdad. Algunos le habían preguntado a sus madres por su hermano gemelo. Por qué se lo habían ocultado. Ellas habían negado tal cosa, incluso escandalizándose. “Mienten. Las madres mienten”-aseveró el terapeuta. Y se quedó tan pancho. Si hasta a mí me había querido endiñar un gemelo muerto en una de nuestras sesiones precedentes. Pensé entonces en mi madre y en todas las grandes satisfacciones que yo le había dado en la vida y cómo hubiese sido ésta si hubiésemos sido dos iguales contra ella. Aunque se hubiese cargado a uno…¿quién no hubiese hecho otro tanto? Visto lo visto, hasta me pareció una buena madre por dejarme a mí vivo. Añoré un instante a mi hermano imaginario, quizá entre dos hubiésemos podido defendernos mejor, pero se me pasó pronto, qué caray….el vivo al bollo y el muerto al hoyo.

En ese día, durante horas, me dieron los papeles más miserables: padres maltratadores, maridos deshonestos, y abundantes despojos humanos investidos de una falsa autoridad despótica….Yo lo hacía tan bien que al final ya hasta me estaba la peña aplaudiendo. Solo una vez la fastidié. Una chica se sentó en un rincón de la habitación. Fue un momento emocionante, parecía querer desaparecer. Se arrodilló, encogida, llorando y entre temblores dijo: “tengo frío”. A lo que no pude contenerme y contesté cantando: “pero yo me río”. Eso a la gente le sentó fatal. Pero el resto, fenómeno. Quiero creer que esta comprensión honda de los hijosdeputa me viene de haber trabajado tanto tiempo en un ayuntamiento. Tenía conocimientos empáticos del modo de actuar de todo tipo de gentuza entre funcionarios serviles y concejales del PP. No especifico por pura caballerosidad, pero puedo decir sin jactancia que después de casi dos décadas viendo a aquellos espíritus mugrientos en aquel curro, prácticamente ningún campo del comportamiento indecente y vil me es ajeno.

Pero bueno, que tampoco había ido allí a imitar a alcaldes de barrio una y otra vez. Yo quería que llegase ya mi constelación que para eso había pagado mis 90 pavos (ese día mi terapeuta se sacaba limpios de polvo y paja y en dinero más negro que mi alma 1300 euritos, descontados gastos. lo que a todo el mundo le parecía bien). Y al fin, al fin llegó. Fue la última del día. Y quizá porque la gente ya se estaba cansando de hacer el mico los problemas aparecieron enseguida. Para empezar, había varias chicas que “se pidieron” ser Noeli. En otras constelaciones a la gente le daba un poco igual ser una cosa u otra, incluso era un poco marrón salir a constelar. Pero en la mía, Noeli era un papel goloso. El terapeuta me dijo que hiciera un casting. Elegí a una simplemente porque llevaba un gorrito de lana. Bueno y por su escote. Pero no hubo manera que las otras dos lo aceptasen de buen grado. La miraban con ojos de odio. Sobre todo una de ellas. Yo no acababa de entender por qué había que constelar a unos dibujos animados y así se lo intente explicar al terapeuta pero él simplemente me miraba con rostro comprensivo, me escuchaba, y luego volvía a repetir sus “sugerencias” una y otra vez de forma idéntica, inmune a mis razonamientos. Así que nada, tras la tensión que provocó la elección del personaje de Noeli, escogí al abuelito Yulupuki y cogí a unos cuantos chorbos para que hiciesen de toletes taladores, sea eso lo que fuere. Alguno de estos últimos me preguntó qué debía hacer. En fin, mi conocimiento de los dibujos no era tan profundo. No los había visto las veces suficientes. Es decir, ninguna. Yo me sabía la canción porque me la había pegado una novia que había tenido hacía años. Les tuve que decir: “yo que sé, vosotros talad por ahí”. El terapeuta me preguntó por la abuela de Noeli, por sus padres. Ni puta idea, contesté. Sonrió con satisfacción evidente, como si hubiese encontrado la raíz del mal. ¿No me parecía raro que en esa familia no se hablase nunca de la abuela? ¿No ocultaría ello algún secreto? Coño, cómo iba yo a saberlo. Eso que le preguntase a un tal Yoshiaki Yoshida que era el guionista de la movida. Pero él, dale que te pego. Hubo que poner también a la abuela y a los padres de Noeli. Las chicas despreciadas para el papel principal se negaron en redondo a hacer de abuelita. Una dijo: “joder, esa ni salía en los dibujos” y tenía toda la maldita razón. Así que tuvo que hacer de abuela un pobre tipo al que habían despedido de la industria naval en Ferrol y ya no encontraba curro a sus cincuenta y pico tacos. Tenía cara de permanente abatimiento y cansancio. Pensé: “prepárate tío, que me apuesto algo a que te van a colgar algún crimen o algo”. Las abuelas que ya no pueden defenderse parecían las víctimas propiciatorias de la terapia sistémica. A mí cada vez me parecía menos serio todo. Agradecí en lo más profundo de mi alma que la canción que me torturaba fuese la sintonía de un grupo familiar tan reducido. Solo de pensar que pudo haber sido, por ejemplo, la de Pikachu, me da algo si hay que constelar con todos los Pokemon.

Aún así, quedaba un montón de peña que no actuaba, así que el terapeuta también metió a mis abuelos de verdad, y luego me pidió que le nombrase otros actores relevantes. Insistió tanto que metí un par de renos, y personajes de otros dibujos que pensé que encajarían en Laponia, yo que sé, el pingüino Chilly Willy, y cosas así. Estuve por poner a la ardilla de la bellota de Ice Age pero me pareció rizar el rizo. Mi terapeuta aún así no estaba contento del todo y dijo: “vamos a ponerle a Noeli una hermana gemela por si acaso”. Joder, estaba de los gemelos hasta las narices. La chica enfurruñada por no ser Noeli protestó cada vez más enfadada: “esto ni es Noeli ni es mierda”. Se veía que era fan hasta el tuétano. Luego me enteré: dirigía un foro de Noeli por Internet, había recopilado todos los capítulos, se los pasaban entre los participantes, mejoraban la calidad de vídeo…un curro de chinos pero que la humanidad sabría agradecer. Digo esto, porque esto explica parte de muchas de las cosas que pasaron después.

Ya solo quedaba escoger al que me iba a representar a mí. El yuppi putero estaba deseando que lo eligiese, se le veía en la cara. Solo le faltaba levantar la mano, pero era demasiado orgulloso. En su lugar ponía esa sonrisilla adulatoria con la que me daba a entender que mi problema le interesaba mucho. Para fastidiar yo elegí a un chavalín que casi ni había hablado, que vestía mucho peor que él y que estaba claro que lo habían mandado allí medio a la fuerza. Tendría tiempo para arrepentirme.

Al principio la cosa iba aceptablemente bien. Los taladores hacían que cogían madera o algo así. Yulupuki  hacía juguetes, y Noeli andaba por ahí jugando por el suelo. El resto de los personajes estaban como un poco despistados, salvo el pingüino Chilli Willi que intentaba emular los andares envarados de estas simpáticas aves. Yo, callado como un muerto. En mi papel de paciente de alta reactancia no pensaba ayudar ni lo mínimo. No habérmelo llamado. Así estuvieron todos un rato, pero supongo que a mi terapeuta esto le debería aburrir y ya tuvo que meter cizaña con Noeli preguntándole: “¿no crees que tu abuelo debería decirte por qué te ocultó la existencia de tus padres y tu abuelita?”. A todo esto, que hasta entonces no les había hecho ni caso y estaban allí en una esquina sin saber qué hacer, pero en fin, en ese momento ya fue a montarle a montarle el pollo al abuelito Yulupuki, que pasó de estar feliz con sus juguetes a caerle una bronca del quince. Noeli, la verdad, se pasó con el pobre viejo varios pueblos. Lo estaba dejando a la altura de la mierda.  El hombrecillo tuvo que escaquearse como mejor supo y no se le ocurrió otra cosa que decir: “tu abuela no era la mujer honrada que todos pensábamos…”. Miré al obrero de la naval diciéndole: “sabía que te iba a caer a ti el muerto, estaba escrito”.  Frente a mí, la presidenta del blog bufaba cada vez más de mala ostia. Mi yo representado en la escena por fin tomó la palabra y se acercó a Noeli diciendo: “tranqui, Loki, que te va a dar un jari”. Luego me miró a mí y me preguntó: “¿Dónde era esto? ¿En la que?”. “Ponia”, contesté bajando la cabeza con resignación: “Laponia”.”Vale, la ponia, qué chungo” Y volviéndose a Yulupuki con aspecto amenazador le preguntó: “¿y tú por qué no le dijistes lo de sus viejos?” lo que confirmó mi sospecha de que en una constelación las diferencias culturales entre representante y representado tenían por fuerza que falsificar la representación.

Horas antes había asistido a otra constelación en la que una chica había descubierto que el fallecimiento del padre de su abuela, ocurrido unos días antes del nacimiento de su madre, provocó que su madre y su abuela no pudieran establecer el vínculo de amor de base, viviendo sin la presencia de su madre y ocupando su lugar aunque su abuela seguía viva. Eso hacía que la chica, la hija pequeña, ocupaba el lugar de la madre ausente (puesto que ésta ocupaba el lugar de la abuela) y le quitaba terreno a su padre, dejando vacíos en su lugar de hija pequeña. O lo que es lo mismo: hacía de padre, madre e hija al mismo tiempo mientras que su madre estaba anulada como madre, hija y esposa. Unos tantos y otros tan poco. Pensé entonces que esa historia era imbatible, pero viendo el espectáculo que estaba dando mi yo poligonero con el abuelo Yulupuki, éste endiñándole el muerto a una abuela que no había existido ni en los dibujos, los toletes taladores haciendo que cogían madera, Noeli cada vez más gritona y el pingüino moviéndose con andares de tentetieso pensé que mi constelación iba a arrasar. A mí es que me gusta competir hasta en estas tonterías. Bueno, qué digo, sobre todo en las tonterías.

Mi representante se había desatado y cada vez se encaraba más con Yulupuki, al que debía juzgar culpable de todo: “Tu a mi loki la engañastes”. A lo que yo corregía así en bajito: “Engañaste”. El chaval se rectificaba y decía: “Eso, engañaste”, pero al rato ya estaba otra vez: “Prometistes, jodistes, tuneastes…” y yo por debajo: “prometiste, jodiste, tuneaste…” hasta que ya no pude más y le grité: “Cojones, sin la ESE, joder, sin la ESE!”. El se acercó hacia a mí amenazante, puso su cara muy cerca de la mía, casi rozándome y me dijo en bajito imitando a los malos de las películas: “a ti qué te pasa chaval, que te crees mierda y no llegas ni a pedo”.

Mi terapeuta se estaba frotando las manos con mi salida de tono. Supe que había cometido una torpeza fatal. Se acercó y me preguntó: “¿por qué tanta ira contra tu representación de ti? ¿Por qué ese odio hacia tu imagen del espejo?”. ”Joder, porque no soporto esa mierda de la ese, no la soporto”. “Claro, claro. ¿Ves como te comportas contigo mismo? En las situaciones de tensión te comportas de manual de acuerdo a tu eneatipo seis contrafóbico. Es clarísimo.” Y añadió como tono paternalista, sintiéndose vencedor: “reflexiona sobre esto”.

Sin embargo, había uno que estaba disfrutando de lo lindo viendo como me iba yo encabronando cada vez más. Era el putero. No hacía más que mirarme con su sonrisa repugnante como diciéndome: “Ves, si me hubieses elegido a mí, jódete, por mamón”. Si vamos, me imagino el cotarro siendo representado por ese tipejo y sus andares de chulo de barra americana o de director de banco de pueblo. Prefería al poligonero. Que por cierto ya estaba desatado: “Amossssssssss” le decía a Noeli, “pasa de la ponia, Loki, huy qué rica estás, qué rica”, a lo que ella le contestó llevándose las manos a los pechos: “Me costaron 3400 euros, pero solo las disfruta mi novio”.

Esto último ya terminó de encender definitivamente a la directora del blog que saltó hacia el terapeuta a gritos y como si estuvieran a punto de saltarle las lágrimas: “¡Esto no es Noeli, Joder! ¡Esto es una mierda! ¡Para esta mierda, Joder! ¡Para esta puta mierda!”, mientras le golpeaba con los puños en el pecho. Noeli, la de los 3400 euros, ya estaba suficientemente caliente después de haber descubierto que su abuelo Yulupuki le había ocultado la existencia de sus padres (pensé en como estaría alucinando Yoshiaki Yoshida de estar viendo esto) y la fuga de su abuela con otro esquimal mujeriego de una tribu rival. (Yulupuki había cantado como un cobarde ensuciando vilmente el nombre de su mujer). Así que se acercó a la chica llorosa y le gritó: “qué pasa envidiosa, estás jodida porque no pudiste ser tú, pues síguete jodiendo”, palabras gloriosas, sí, propias de una escena fabulosa pero que fueron las últimas, antes de que su competidora, absolutamente fuera de sí le golpease la cabeza con un cuenco tibetano. Los toletes taladores dejaron caer al suelo sus herramientas imaginarias. La gemela dijo, un poco fuera de contexto: "hombre, por una vez no me toca palmar a mí".

Me di cuenta entonces de que los defensores de esta terapia tenían razón, sonó un gong largo y penetrante mientras el bronce le rompía el parietal superior, penetraba casi un palmo en el cráneo y le causaba la muerte. Y sí, la conjunción de ese sagrado instrumento de probado poder sanatorio fusionado con el centro neurálgico del ser humano,  recogiendo pedazos de médula, epitálamo, ganglios y sustancia negra, emitió un zumbido vibrante que se nos introdujo a todos desde la piel hasta lo más hondo de las vísceras. Todo mi ser parecía oscilar, toda la habitación, el edificio, la ciudad, todo el universo se estremecía sutilmente…..Noeli cayó al suelo envuelta en un mar de sangre y materia oscura. Los esfuerzos del pingüino Chilli Willi que resultó ser de Protección Civil no pudieron hacer nada por salvarla. Mientras, los demás mirábamos en silencio. Se había terminado la representación. Volveríamos cada uno a sus rutinas. Yulupuki la miró sin lástima. Seguramente pensaba que lo merecía. El obrero del naval se le encaró y le dijo: “Todo esto es culpa tuya, chivato de mierda”, pero ya nadie tenía fuerzas para seguir la comedia. Esperamos a las ambulancias y a la policía. Vimos como la chica que hacía aquel blog, que dirigía con entrega incansable aquel foro de debate, en el que trabajaba tanto, la que había conseguido reunir todos los capítulos, editarlos, mejorar su calidad de edición, la que animaba a participar, la que dirimía discusiones, la que mantenía la armonía, la que amaba aquellos dibujos infantiles quizá como símbolo puro de su infancia, vimos como aquella chica era esposada e iniciaba un largo camino que la llevaría a la cárcel, al psiquiátrico, a los abusos, a la violación, al odio, a la locura y a la aniquilación definitiva, global, completa. A la pérdida de todo…. La vimos dar el primer paso hacia el tránsito que comenzaba y que la conduciría a lo más hondo de la miseria, la desolación y el fracaso. Le gustaban unos dibujos de una niña que habitaba con un anciano que hacía juguetes. Había ido a constelar la relación que tenía con sus hermanas pequeñas. Cuando se la llevaron, aún tenía sangre en la ropa y en la cara.

He olvidado la canción que se me repetía en la cabeza, la que inició mi terapia. En su lugar escucho a menudo ese zumbido, el zumbido susurrante de la muerte y de la promesa de otro mundo, el zumbido que lleva en si las voces de los de antes y los de ahora, esa charla incesante e incomprensible que ya solo se manifiesta en una onda continua que habla en todos los idiomas y en ninguno, que recoge todas las voces, las que se hablan para sí y las que hablan para otros, las que hablan por sí y las que hablan por otros: el zumbido indescifrable de la incomunicación absoluta y la soledad narrada. En Laponia, sigue haciendo frío, pero yo….yo ya no me río.