Al principio no le di importancia.
Ocasionalmente recordaba la melodía. Sonaba en mi cabeza unos segundos y luego
se desvanecía. Pasaban meses hasta volver a emerger desde quién sabe qué
profundidades y en ese intervalo yo la olvidaba completamente. Entonces, en
aquellos días que ahora recuerdo con nostalgia, yo era feliz. Sí, era feliz y
el paso del tiempo se medía de acuerdo a los tránsitos en la vida de los
hombres, las estaciones, las vacaciones, las celebraciones, las citas, los
aniversarios y los planes. Luego, más adelante, el tiempo se mediría entre
aquel que pasaba esclavizado a la melodía y el que no. Y mis preocupaciones, lo
que yo entonces ingenuamente juzgaba preocupaciones -y ahora valoro como puras
nimiedades y en absoluto como preocupaciones- eran también las lógicas de los
seres humanos: un trabajo alienante y mal pagado impropio de mis facultades de
superdotado, relaciones personales frustrantes, comportamientos sexuales
acomplejados, la precariedad en todas sus formas, una familia de tarados,
amigos insulsos, varias adicciones extenuantes, fobias insensatas y, en
general, tener la certidumbre de estar rodeado de subnormales y gilipollas
integrales las 24 horas del día y de que un genio como yo jamás sería
comprendido. Sí: entonces era feliz.
No fui del todo consciente en las primeras
fases del proceso. Hoy, a posteriori, he intentado sin éxito recomponer su
génesis. No he sido capaz de encontrar ningún patrón que explicase la
frecuencia creciente de sus apariciones. Y no será porque no los he buscado
fatigosamente. De conducta, estacionales, externos, físicos. Traté de encontrar
relaciones entre mi problema y prácticamente cualquier otra cosa. ¿Tenía que ver
con el consumo de lácteos, trigos, cítricos y otros espantosos productos
prohibidos? ¿Una mala postura? ¿Las fases de la luna? ¿Aparecía como algún tipo
de anuncio de otros sucesos futuros, o por el contrario era una reminiscencia
de otros que acontecieron el pasado? ¿Había factores climáticos? Al principio
pensé que sí, que se magnificaba cuando el tiempo era frío. Luego lo deseché.
No sé. Reconozco mi fracaso. No fui capaz de establecer relación de ningún tipo
con ningún fenómeno que pudiese mi mente racional encontrar y apreciar. Me
dije: este no es el camino. Y quizá influenciado por el entorno, hice lo que
todos a mi alrededor, que cuando no pueden encontrar una explicación racional y
sensata buscan la luz en una irracional e insensata. Así fue como empecé la
terapia.
Para entonces, la melodía, la cancioncita, se
reproducía en mi mente a todas las horas del día de todos los días de todos los
meses del año. La silbaba y tarareaba en cualquier lugar y momento, la usaba
para meter morcillas en conversaciones en curso…me perseguía y me dominaba.
Quizá no me hubiese importado tanto de ser, por ejemplo, el aria de una ópera.
Pero no, la canción que me atormentaba y me invadía no tenía nada que ver con
eso. Era…..era….me duele confesarlo……Era la banda sonora de los dibujos
animados de Noeli. Sí, “En Laponia hace frío, pero yo me río……”. Cualquiera
puede entender que no es algo que uno disfrute contándolo. Podía ser peor,
claro está. No sé, podría haber sido algo de Vetusta Morla o yo que sé, pero en
fin, aunque sabía que podía haber dramas más insoportables, el mío era el peor
porque para eso era el mío. Lo nuestro siempre es lo más importante, obvio es
decirlo. La canción me había conquistado, sojuzgado. Y yo ya era de otros,
pertenecía al abuelo Yulupuki y a los toletes taladores. Y no, ya no podía más.
Debo confesar que la primera vez que acudí a
terapia lo hice con cierta prevención y desconfianza. Y si mi terapeuta buscaba
tranquilizarme, no lo consiguió. No llevaba allí ni dos minutos cuando empezó a
rajar de todos aquellos que se dedicaban a la misma rama de la psicología que
él: charlatanes, arribistas, advenedizos, farsantes que inducían las respuestas
y daban explicaciones a posteriori que hacían encajar por medio de la
sugestión. El no era de esos engañabobos. Por supuesto que no. El era un
estudioso y sus decenas de diplomas apretujados en las paredes así lo
atestiguaban. Infinidad de cursos en Terapia Familiar Sistémica, Master en
Reiki, Iniciación a los Budas por los monjes de Gaden Shartse, Técnico
Facilitador de Constelaciones Familiares Akashicas, Profesor del Programa
Internacional de Educación en Flores de Bach, Técnicas de Control Mental del
Profesor Fassman, Diploma de la Sociedad Grafológica, Seminario de Regresión a
vidas pasadas con el Dr. José Luis Cabouti, Cursos del Método Melchizedek,
activador de la Mercabá y creado por Alton Kamadon, Curso del Shekem Seichim o
sistema egipcio, Técnico Superior en MTC en la escuela de Medicina Tradicional
China de Barcelona, Máster en Moxibustión, Máster en Teoría y Praxis
Gestáltica, Estudios de Ginecología Transgeneracional Con Christine Mitchell,
Máster en Sinergética, Curso de Bioenergética de Lowen, Máster en
Biodescodificación, Diplomado en instrumentos sagrados por la Asociación
Internacional de Terapia de Sonido, especialidad didgeridoo de eucalipto,
crótalo y campanas tibetanas, Curso de Psico-Astrología, Director de la
Fundación Seres de Luz, Curso de Masajes con Cuencos Tibetanos y también Cursos
de Terapias Asistidas con Delfines, …..en fin, esto era la ostia. Flipé como en mi
vida había flipado. Yo había estado varios años en la universidad, tenía amigos
filólogos e historiadores y, quieras que no, eso te da ya una idea bastante precisa
del vasto espacio que ocupan los saberes farsantes, las publicaciones y cursos
fraudulentos y en general la formación en mamarrachadas. Pero solo ese día, en
la consulta de mi terapeuta, tuve la clara conciencia del campo infinito del
estudio de los embustes mayúsculos. Admirado, pensé en esos cientos de miles de
personas, dedicando su vida entera, con total entrega, con sacrificio abnegado,
a la comprensión profunda de las majaderías más delirantes, y al compararla con
mi vida, que yo juzgaba como malograda y baldía, sentí una gran sensación de
paz. La terapia, empezaba a hacer efecto. Me sentía mejor conmigo mismo. El tío
sabía lo que hacía.
Al principio, no se tomó en serio mi problema
con la canción. No se burlaba abiertamente ni menospreciaba claramente mi dolencia,
pero yo sentía que de algún modo el lo juzgaba como algo hasta cierto punto
trivial, y en todo caso, a su modo de ver, sintomático de un desarreglo oculto
mucho más grave que adoptaba la forma de los dibujos de Noeli, como podía haber
adoptado otra. Era, a su parecer, desde luego, un desarreglo cuyas raíces había
que buscar en la infancia. Creo que mi terapeuta sospechaba que yo le ocultaba
cosas. Y como fiel representante de la Terapia Familia Sistémica, convencido de
que yo le contaba cosas banales, él me encargaba tareas banales. Total, que estuvimos
haciendo el tonto varias semanas.
No las voy a relatar prolijamente, pero al
principio, solo tenía que contarle las pequeñas mejoras que tuviese mi vida.
Estas consistieron en iniciar cursos, que desde siempre ha sido mi actividad
predilecta. “Inicié clases de guitarra” le decía. Y la semana siguiente: “tuve
que dejar las clases de guitarra porque coincidían con las clases de
fotografía”. Para en la tercera sesión informarle de que: “desgraciadamente, no
me daba tiempo a continuar las clases de fotografía porque ahora estoy con una
novela”, y en la cuarta: “no se me ocurre nada para la novela, ahora estoy
estudiando botánica, me encantan las plantas”…Y así podíamos seguir la vida
entera. Al principio dedicábamos la hora que duraba la terapia a hablar sobre
esa pequeña mejora de la vida semanal y las posibilidades que abría. “¿Y hasta
donde quieres llegar con la guitarra?” preguntaba ingenuamente el muy pardillo.
Yo, que ya soy perro viejo e imaginaba lo que iba a durar la movida le decía humildemente:
“seguro que a nada importante” y el hombre me animaba a continuar. A mí, hasta
me daba pena. Salía de la consulta con un montón de ánimos renovados, pensando que tenía que ser más constante esa
semana y el propósito firme de que no podía le fallar
a mi terapeuta, pero al rato me liaba con cualquier otra gilipollada y hasta
luego lucas. Como cuando de niño me confesaba, salía profundamente conmovido de mi acto de contrición y no tardaba ni una hora en estar robando alguna cosa por ahí, meterme en algún lío vagamente delictivo, darme de hostias con unos y otros (siempre abanderando nobles causas), u otras travesuras que hacían adorable mi existencia de aventurero.
Había otra cosa de la terapia que también me
fastidiaba bastante. El hecho de que constantemente me estuviese induciendo a
imputarles algún crimen a mis abuelos. A mi abuelo de verdad –no al de los
dibujos- yo le recordaba con un enorme cariño. De mi abuela me acordaba menos,
pero maldita la gracia que me hacía tener que colgarle algún delito. Pero el
tío, venga a insistir con suicidios, muertes, abortos, infanticidios y toda la
pesca. Le pregunté si no podíamos cargarle el muerto a alguno de mis tíos, que
me caen peor, o incluso a mis primos lejanos, algunos de ellos psicópatas de
primera clase. Pero nada, erre que erre con los abuelos.
Me mandaba también como tarea
comer cosas que me daban asco. Se supone que era para adquirir voluntad,
autocontrol, o yo que sé. Pero el beneficio terapéutico de oler siquiera el
tomate, por el que tantas ostias me había llevado en mi infancia, no lo veía yo
por ningún lado. Ponerme ahora a probar ese tubérculo, fruta, o lo que sea lo
veo como traicionar todos aquellos sagrados principios por los que de niños mis
hermanos y yo nos llevamos incontables palizas. Entonces, luchamos y vencimos.
Nuestras lágrimas nos costó pero ninguno come tomate en la actualidad. Nos
produce aversión hasta verlos. Lo conseguimos. Y yo no iba a traicionar ahora a
la hermandad. Así que me planté. Esto no iba a ningún lado.
Para entonces el hombre ya me había
catalogado como “paciente internalizador y de alta reactancia”, que traducido
al lenguaje cotidiano viene a significar: “tocacojones profesional”. Todo vino
del día que empezó a hablarme de las Constelaciones Familiares y me leyó una
cita de un tal Rupert Sheldrake, creador de la teoría de los campos morfogenéticos:
“Un perro salta hacia la puerta del balcón,
meneando la cola emocionado, justamente en el momento en que su ama se apea del
autobús. Hasta que la mujer llegue a casa, sin embargo, aún pasarán unos diez
minutos. Cuando por primera vez en mi
vida vi una Constelación –comentó Sheldrake- por fin supe de dónde lo sabía el perro. ¿Y por qué los humanos no
habrán de participar también de este saber que los perros tienen desde hace
tanto tiempo?”. Mi terapeuta permaneció en un silencio dramático, yo reflexioné
unos instantes y le contesté: “Sí, mi perrita Lunita hacía lo mismo hasta que
se quedó sorda. Luego se jodió el campo morfogenético y ya ni se enteraba
cuando le decías: “Lunita, vamos a la calle; Lunita, golosina”. Yo creo que aquí fue donde me
tachó como saboteador.
Pero de todas maneras seguía dándome la
tabarra con lo de las Constelaciones Familiares. A mí, visto lo visto, ya me
daba igual todo. Le di la última oportunidad a la terapia familiar sistémica y
un par de semanas después acudí a un piso junto con otras 15 personas de
distinto pelaje. Mi terapeuta no era como otros timadores de las
constelaciones. Cobraba 90 euros por barba, sí, pero nos daba bonos de
descuento para terapias alternativas. Sacaba un fajo y repartía así al tun-tun.
A mí me tocó un descuento del 15% en un tratamiento de apiterapia, que aunque
parezca pasmoso consiste en utilizar la picadura de las abejas para reducir el
estrés. Yo, en mi ignorancia, siempre había sufrido estrés cuando andaban las
malditas avispas cerca pero resulta que era al revés. Tonto de mí. Esta idea al
principio yo la juzgué como insuperable y todavía me la tomé más en serio
cuando leí que el tratamiento también curaba el cáncer. ¿Por qué no? El cáncer
se cura con cosas más sencillas de lo que parece a primera vista. El problema
es que la medicina tradicional nos tiene subyugados con sus mentiras. En todo
caso, fuese buena terapia o no, no pensaba usarla: no tenía estrés ni cáncer
(que supiese) y ya había tenido suficiente con mi sesión de fanecaterapia y
medusaterapia ese verano en la playa. (Y si no tuve avispoterapia fue porque me
pasé un buen rato dándoles a ellas pedroloterapia)
Pues allí estaba, en una gran habitación de
un piso vacío donde solo había sillas pegadas a las paredes. Se inició la
sesión. El primero en constelar era un tipo de aspecto repelente, bien vestido,
con aspecto de yuppi de pueblo, hortera de bolera, cuyo problema era la
infidelidad, la adicción a la cocaína y básicamente el ser un mezquino
mentiroso compulsivo e hijoputa. Pero por lo demás, bien. El hombre fue
eligiendo a aquellos que mejor creía que representarían los distintos papeles
de su constelación familiar. Que me eligiese a mí para hacer de si mismo, me
fastidió un poco, pero en fin, uno es un profesional. Lo hice lo mejor que
pude. A ver, para qué andar con falsas modestias: lo clavé, macho. Lo hice de
traca. El hombre me miraba con admiración. De hecho, después de la sesión,
bajando las escaleras todavía se me acercó como si fuésemos cómplices de algo y
me dijo: “tronco, me has dado un montón de ideas nuevas para contarle trolas a
mi mujer, te debo una”. Esto me hizo sospechar que quizá tampoco aprovechaba la
terapia como debía.
Total, qué más daba. Mi terapeuta ya le había
dicho que él no tenía la culpa. En primer lugar, para variar, seguramente
su abuela le había sido infiel a su marido. Por tanto sus propias infidelidades
no eran más que una especie de intento de equilibrio familiar. O como el
terapeuta nos explicó muy bien: “implicación de lealtades invisibles en un
complejo patrón transgeneracional de doble transferencia”. Así que, por lo que
yo entendí, la culpa resultaba ser de su abuela que seguramente era un poco puta (pues yo entendía que había una
culpabilización intrínseca en que una mujer tuviese relaciones con otros hombres
fuera de las estructuras establecidas y que era esa percepción negativa del
hecho la que hacía que ese “pecado” se transmitiese). Pero pensar esto así era
un error: no hay culpables. El comportamiento de su abuela estaría enraizado en
el de su propia abuela y el de esta en la otra….y así hasta la ameba, los
organismos unicelulares y el caldo primigenio. O como se nos dijo: “La tendencia a vivir el presente desde el
punto del vista del pasado es tan constante, firme e impresionante como los
latidos del corazón”, de lo que se deducía que presente, presente, así como
presente…solo lo habría vivido Lucy, la primera australopitheca del género Homo
y todos los demás que vinimos después ya la hemos jodido de algún modo. A mí
esto me seguía pareciendo llamarle puta de otro modo, pero en fin, no pensaba
discutir tal cosa allí.
Para más coña, el tipejo –a juicio del
terapeuta- había padecido en el primer embarazo la vivencia anticipatoria de un
posible distanciamiento afectivo de su mujer a causa de su implicación con el
futuro hijo. Y como más vale prevenir que curar, el hombre ya empezó a
montárselo con otras tías entonces. Al final su mujer no hizo nada de eso, sino
que, al contrario, por lo que él narraba con cierto tonillo de desprecio, ella
peleaba y se esforzaba denodadamente por sostener la relación, pero ¿cómo iba a
saberlo él entonces? Fue por si acaso.
Por si esto fuera poco, estaba el tema del
gemelo muerto. El yuppi este también había tenido un gemelo muerto. Y digo
“también”, porque pronto descubrí que tener gemelos muertos es bastante
habitual entre los asistentes a terapia familiar de constelaciones. En la vida
normal la posibilidad de mellizos es de 1/80 y la de los gemelos 1/250, pero
quién sabe por qué extraño fenómeno, en el mundo constelacionar tenía gemelos
muertos todo hijo de vecino. El yuppi había estado en los prostíbulos de
Thailandia y se jactaba de haberse acostado a la vez con tres pares de gemelas menores
de edad por 6 dólares. La unidad salía a un dólar. Para él, el síndrome del
gemelo evanescente explicaba esta querencia suya.
El caso es que yo había representado tan bien
el papel de cabrón, mintiéndole con toda la jeta en la pura cara a la chica que
personificaba a su mujer y al tiempo, entrándole a saco a todas las otras que
andaban por allí constelando, que a partir de ahí todos me eligieron para hacer
de villano. Me empezaba a hartar de las malditas constelaciones. Salieron
gemelos muertos por todas partes, abuelos asesinos, bisabuelos con suicidios
ocultos…yo lamenté tener una familia tan normal. “JA!”-dijo mi terapeuta- “no
hay familias normales”. Algunos participantes en la constelación ya habían
estado en otras, se estaban volviendo profesionales y se notaba en su modo de
actuar. Era demasiado vívido. Demasiado liberado de prejuicios y miedos. Había
algo de falso en toda aquella verdad. Algunos le habían preguntado a sus madres
por su hermano gemelo. Por qué se lo habían ocultado. Ellas habían negado tal
cosa, incluso escandalizándose. “Mienten. Las madres mienten”-aseveró el
terapeuta. Y se quedó tan pancho. Si hasta a mí me había querido endiñar un
gemelo muerto en una de nuestras sesiones precedentes. Pensé entonces en mi
madre y en todas las grandes satisfacciones que yo le había dado en la vida y
cómo hubiese sido ésta si hubiésemos sido dos iguales contra ella. Aunque se
hubiese cargado a uno…¿quién no hubiese hecho otro tanto? Visto lo visto, hasta
me pareció una buena madre por dejarme a mí vivo. Añoré un instante a mi hermano
imaginario, quizá entre dos hubiésemos podido defendernos mejor, pero se me pasó pronto,
qué caray….el vivo al bollo y el muerto al hoyo.
En ese día, durante horas, me dieron los
papeles más miserables: padres maltratadores, maridos deshonestos, y abundantes
despojos humanos investidos de una falsa autoridad despótica….Yo lo hacía tan
bien que al final ya hasta me estaba la peña aplaudiendo. Solo una vez la
fastidié. Una chica se sentó en un rincón de la habitación. Fue un momento
emocionante, parecía querer desaparecer. Se arrodilló, encogida, llorando y entre
temblores dijo: “tengo frío”. A lo que no pude contenerme y contesté cantando:
“pero yo me río”. Eso a la gente le sentó fatal. Pero el resto, fenómeno. Quiero
creer que esta comprensión honda de los hijosdeputa me viene de haber trabajado
tanto tiempo en un ayuntamiento. Tenía conocimientos empáticos del modo de
actuar de todo tipo de gentuza entre funcionarios serviles y concejales del PP.
No especifico por pura caballerosidad, pero puedo decir sin jactancia que
después de casi dos décadas viendo a aquellos espíritus mugrientos en aquel
curro, prácticamente ningún campo del comportamiento indecente y vil me es
ajeno.
Pero bueno, que tampoco había ido allí a
imitar a alcaldes de barrio una y otra vez. Yo quería que llegase ya mi
constelación que para eso había pagado mis 90 pavos (ese día mi terapeuta se
sacaba limpios de polvo y paja y en dinero más negro que mi alma 1300 euritos,
descontados gastos. lo que a todo el mundo le parecía bien). Y al fin, al fin
llegó. Fue la última del día. Y quizá porque la gente ya se estaba cansando de
hacer el mico los problemas aparecieron enseguida. Para empezar, había varias
chicas que “se pidieron” ser Noeli. En otras constelaciones a la gente le daba
un poco igual ser una cosa u otra, incluso era un poco marrón salir a
constelar. Pero en la mía, Noeli era un papel goloso. El terapeuta me dijo que
hiciera un casting. Elegí a una simplemente porque llevaba un gorrito de lana.
Bueno y por su escote. Pero no hubo manera que las otras dos lo aceptasen de
buen grado. La miraban con ojos de odio. Sobre todo una de ellas. Yo no acababa
de entender por qué había que constelar a unos dibujos animados y así se lo
intente explicar al terapeuta pero él simplemente me miraba con rostro
comprensivo, me escuchaba, y luego volvía a repetir sus “sugerencias” una y
otra vez de forma idéntica, inmune a mis razonamientos. Así que nada, tras la
tensión que provocó la elección del personaje de Noeli, escogí al abuelito
Yulupuki y cogí a unos cuantos chorbos para que hiciesen de toletes taladores,
sea eso lo que fuere. Alguno de estos últimos me preguntó qué debía hacer. En
fin, mi conocimiento de los dibujos no era tan profundo. No los había visto las
veces suficientes. Es decir, ninguna. Yo me sabía la canción porque me la había
pegado una novia que había tenido hacía años. Les tuve que decir: “yo que sé,
vosotros talad por ahí”. El terapeuta me preguntó por la abuela de Noeli, por
sus padres. Ni puta idea, contesté. Sonrió con satisfacción evidente, como si
hubiese encontrado la raíz del mal. ¿No me parecía raro que en esa familia no
se hablase nunca de la abuela? ¿No ocultaría ello algún secreto? Coño, cómo iba
yo a saberlo. Eso que le preguntase a un tal Yoshiaki Yoshida que era el
guionista de la movida. Pero él, dale que te pego. Hubo que poner también a la
abuela y a los padres de Noeli. Las chicas despreciadas para el papel principal
se negaron en redondo a hacer de abuelita. Una dijo: “joder, esa ni salía en
los dibujos” y tenía toda la maldita razón. Así que tuvo que hacer de abuela un
pobre tipo al que habían despedido de la industria naval en Ferrol y ya no
encontraba curro a sus cincuenta y pico tacos. Tenía cara de permanente
abatimiento y cansancio. Pensé: “prepárate tío, que me apuesto algo a que te
van a colgar algún crimen o algo”. Las abuelas que ya no pueden defenderse
parecían las víctimas propiciatorias de la terapia sistémica. A mí cada vez me
parecía menos serio todo. Agradecí en lo más profundo de mi alma que la canción
que me torturaba fuese la sintonía de un grupo familiar tan reducido. Solo de
pensar que pudo haber sido, por ejemplo, la de Pikachu, me da algo si hay que
constelar con todos los Pokemon.
Ya solo quedaba escoger al que me iba a
representar a mí. El yuppi putero estaba deseando que lo eligiese, se le veía
en la cara. Solo le faltaba levantar la mano, pero era demasiado orgulloso. En
su lugar ponía esa sonrisilla adulatoria con la que me daba a entender que mi
problema le interesaba mucho. Para fastidiar yo elegí a un chavalín que casi ni
había hablado, que vestía mucho peor que él y que estaba claro que lo habían
mandado allí medio a la fuerza. Tendría tiempo para arrepentirme.
Al principio la cosa iba aceptablemente bien.
Los taladores hacían que cogían madera o algo así. Yulupuki hacía juguetes, y Noeli andaba por ahí
jugando por el suelo. El resto de los personajes estaban como un poco
despistados, salvo el pingüino Chilli Willi que intentaba emular los andares
envarados de estas simpáticas aves. Yo, callado como un muerto. En mi papel de
paciente de alta reactancia no pensaba ayudar ni lo mínimo. No habérmelo
llamado. Así estuvieron todos un rato, pero supongo que a mi terapeuta esto le
debería aburrir y ya tuvo que meter cizaña con Noeli preguntándole: “¿no crees
que tu abuelo debería decirte por qué te ocultó la existencia de tus padres y
tu abuelita?”. A todo esto, que hasta entonces no les había hecho ni caso y
estaban allí en una esquina sin saber qué hacer, pero en fin, en ese momento ya
fue a montarle a montarle el pollo al abuelito Yulupuki, que pasó de estar
feliz con sus juguetes a caerle una bronca del quince. Noeli, la verdad, se
pasó con el pobre viejo varios pueblos. Lo estaba dejando a la altura de la
mierda. El hombrecillo tuvo que escaquearse como mejor supo y no se le ocurrió otra
cosa que decir: “tu abuela no era la mujer honrada que todos pensábamos…”. Miré
al obrero de la naval diciéndole: “sabía que te iba a caer a ti el muerto,
estaba escrito”. Frente a mí, la
presidenta del blog bufaba cada vez más de mala ostia. Mi yo representado en la
escena por fin tomó la palabra y se acercó a Noeli diciendo: “tranqui, Loki,
que te va a dar un jari”. Luego me miró a mí y me preguntó: “¿Dónde era esto?
¿En la que?”. “Ponia”, contesté bajando la cabeza con resignación:
“Laponia”.”Vale, la ponia, qué chungo” Y volviéndose a Yulupuki con aspecto
amenazador le preguntó: “¿y tú por qué no le dijistes lo de sus viejos?” lo que
confirmó mi sospecha de que en una constelación las diferencias culturales
entre representante y representado tenían por fuerza que falsificar la
representación.
Horas antes había asistido a otra
constelación en la que una chica había descubierto que el fallecimiento del
padre de su abuela, ocurrido unos días antes del nacimiento de su madre,
provocó que su madre y su abuela no pudieran establecer el vínculo de amor de
base, viviendo sin la presencia de su madre y ocupando su lugar aunque su
abuela seguía viva. Eso hacía que la chica, la hija pequeña, ocupaba el lugar
de la madre ausente (puesto que ésta ocupaba el lugar de la abuela) y le
quitaba terreno a su padre, dejando vacíos en su lugar de hija pequeña. O lo
que es lo mismo: hacía de padre, madre e hija al mismo tiempo mientras que su
madre estaba anulada como madre, hija y esposa. Unos tantos y otros tan poco.
Pensé entonces que esa historia era imbatible, pero viendo el espectáculo que
estaba dando mi yo poligonero con el abuelo Yulupuki, éste endiñándole el
muerto a una abuela que no había existido ni en los dibujos, los toletes
taladores haciendo que cogían madera, Noeli cada vez más gritona y el pingüino
moviéndose con andares de tentetieso pensé que mi constelación iba a arrasar. A
mí es que me gusta competir hasta en estas tonterías. Bueno, qué digo, sobre
todo en las tonterías.
Mi representante se había desatado y cada vez se encaraba más con Yulupuki, al que debía juzgar culpable de todo: “Tu a mi loki la engañastes”. A lo que yo corregía así en bajito: “Engañaste”. El chaval se rectificaba y decía: “Eso, engañaste”, pero al rato ya estaba otra vez: “Prometistes, jodistes, tuneastes…” y yo por debajo: “prometiste, jodiste, tuneaste…” hasta que ya no pude más y le grité: “Cojones, sin la ESE, joder, sin la ESE!”. El se acercó hacia a mí amenazante, puso su cara muy cerca de la mía, casi rozándome y me dijo en bajito imitando a los malos de las películas: “a ti qué te pasa chaval, que te crees mierda y no llegas ni a pedo”.
Mi representante se había desatado y cada vez se encaraba más con Yulupuki, al que debía juzgar culpable de todo: “Tu a mi loki la engañastes”. A lo que yo corregía así en bajito: “Engañaste”. El chaval se rectificaba y decía: “Eso, engañaste”, pero al rato ya estaba otra vez: “Prometistes, jodistes, tuneastes…” y yo por debajo: “prometiste, jodiste, tuneaste…” hasta que ya no pude más y le grité: “Cojones, sin la ESE, joder, sin la ESE!”. El se acercó hacia a mí amenazante, puso su cara muy cerca de la mía, casi rozándome y me dijo en bajito imitando a los malos de las películas: “a ti qué te pasa chaval, que te crees mierda y no llegas ni a pedo”.
Mi terapeuta se estaba frotando las manos con
mi salida de tono. Supe que había cometido una torpeza fatal. Se acercó y me
preguntó: “¿por qué tanta ira contra tu representación de ti? ¿Por qué ese odio
hacia tu imagen del espejo?”. ”Joder, porque no soporto esa mierda de la ese,
no la soporto”. “Claro, claro. ¿Ves como te comportas contigo mismo? En las
situaciones de tensión te comportas de manual de acuerdo a tu eneatipo seis
contrafóbico. Es clarísimo.” Y añadió como tono paternalista, sintiéndose
vencedor: “reflexiona sobre esto”.
Sin embargo, había uno que estaba disfrutando
de lo lindo viendo como me iba yo encabronando cada vez más. Era el putero. No
hacía más que mirarme con su sonrisa repugnante como diciéndome: “Ves, si me
hubieses elegido a mí, jódete, por mamón”. Si vamos, me imagino el cotarro
siendo representado por ese tipejo y sus andares de chulo de barra americana o
de director de banco de pueblo. Prefería al poligonero. Que por cierto ya
estaba desatado: “Amossssssssss” le decía a Noeli, “pasa de la ponia, Loki, huy
qué rica estás, qué rica”, a lo que ella le contestó llevándose las manos a los
pechos: “Me costaron 3400 euros, pero solo las disfruta mi novio”.
Esto último ya terminó de encender
definitivamente a la directora del blog que saltó hacia el terapeuta a gritos y
como si estuvieran a punto de saltarle las lágrimas: “¡Esto no es Noeli, Joder!
¡Esto es una mierda! ¡Para esta mierda, Joder! ¡Para esta puta mierda!”,
mientras le golpeaba con los puños en el pecho. Noeli, la de los 3400 euros, ya
estaba suficientemente caliente después de haber descubierto que su abuelo
Yulupuki le había ocultado la existencia de sus padres (pensé en como estaría
alucinando Yoshiaki Yoshida de estar viendo esto) y la fuga de su abuela con
otro esquimal mujeriego de una tribu rival. (Yulupuki había cantado como un
cobarde ensuciando vilmente el nombre de su mujer). Así que se acercó a la chica
llorosa y le gritó: “qué pasa envidiosa, estás jodida porque no pudiste ser tú,
pues síguete jodiendo”, palabras gloriosas, sí, propias de una escena fabulosa pero
que fueron las últimas, antes de que su competidora, absolutamente fuera de sí
le golpease la cabeza con un cuenco tibetano. Los toletes taladores dejaron caer al suelo sus herramientas imaginarias. La gemela dijo, un poco fuera de contexto: "hombre, por una vez no me toca palmar a mí".
Me di cuenta entonces de que los defensores
de esta terapia tenían razón, sonó un gong largo y penetrante mientras el
bronce le rompía el parietal superior, penetraba casi un palmo en el cráneo y
le causaba la muerte. Y sí, la conjunción de ese sagrado instrumento de probado
poder sanatorio fusionado con el centro neurálgico del ser humano, recogiendo pedazos de médula, epitálamo,
ganglios y sustancia negra, emitió un zumbido vibrante que se nos introdujo a
todos desde la piel hasta lo más hondo de las vísceras. Todo mi ser parecía oscilar,
toda la habitación, el edificio, la ciudad, todo el universo se estremecía
sutilmente…..Noeli cayó al suelo envuelta en un mar de sangre y materia oscura.
Los esfuerzos del pingüino Chilli Willi que resultó ser de Protección Civil no
pudieron hacer nada por salvarla. Mientras, los demás mirábamos en silencio. Se
había terminado la representación. Volveríamos cada uno a sus rutinas. Yulupuki
la miró sin lástima. Seguramente pensaba que lo merecía. El obrero del naval se
le encaró y le dijo: “Todo esto es culpa tuya, chivato de mierda”, pero ya
nadie tenía fuerzas para seguir la comedia. Esperamos a las ambulancias y a la
policía. Vimos como la chica que hacía aquel blog, que dirigía con entrega
incansable aquel foro de debate, en el que trabajaba tanto, la que había
conseguido reunir todos los capítulos, editarlos, mejorar su calidad de edición,
la que animaba a participar, la que dirimía discusiones, la que mantenía la
armonía, la que amaba aquellos dibujos infantiles quizá como símbolo puro de su
infancia, vimos como aquella chica era esposada e iniciaba un largo camino que
la llevaría a la cárcel, al psiquiátrico, a los abusos, a la violación, al odio, a la locura y a la aniquilación definitiva, global, completa. A la pérdida de todo…. La vimos dar el primer paso hacia el tránsito que comenzaba y que la conduciría a lo más hondo de la
miseria, la desolación y el fracaso. Le gustaban unos dibujos de una niña que habitaba con un anciano que
hacía juguetes. Había ido a constelar la relación que tenía con sus hermanas
pequeñas. Cuando se la llevaron, aún tenía sangre en la ropa y en la cara.
He olvidado la canción que se me repetía en
la cabeza, la que inició mi terapia. En su lugar escucho a menudo ese zumbido,
el zumbido susurrante de la muerte y de la promesa de otro mundo, el zumbido que lleva en si
las voces de los de antes y los de ahora, esa charla incesante e incomprensible
que ya solo se manifiesta en una onda continua que habla en todos los idiomas y en ninguno, que recoge todas las voces, las que se hablan para sí y las que hablan
para otros, las que hablan por sí y las que hablan por otros: el zumbido indescifrable de la incomunicación absoluta y la soledad
narrada. En Laponia, sigue haciendo frío, pero yo….yo ya no me río.






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