Hace años, las víctimas de la
superchería eran pobres campesinos con alfabetización precaria. Eran ellos los
habituales destinatarios a los que se dirigían los avistamientos extraterrestres,
los ángeles y la virgen María. No sabemos a día de hoy de una aparición mariana
a nadie que tenga más allá de estudios medios, ya no digamos universitarios (como
tampoco vemos que la virgen se esfuerce mucho por aparecerse a ateos y escépticos
-los verdaderamente necesitados de su presencia milagrosa- y no a unos pobres
desgraciados convencidos de antemano). Sin embargo, cuando estas engañifas
burdas habían dejado de tener peso en las sociedades modernas (la virgen sigue
apareciéndose en las zonas rurales de Sudamérica: se va trasladando) empieza a
espantarme como a mi alrededor cada vez es más frecuente que personas
inteligentes caigan en las redes de nuevos charlatanes y timadores que ofrecen sus
embustes aprovechándose de la nueva moda para gente cool de adquirir hábitos saludables.
En este verdadero retorno del
pensamiento mágico y los brujos, nos vemos asediados por auténticas estafas y
fabulaciones que gozan ya de un reconocimiento social tan influyente como el de
las llamadas constelaciones familiares o la homeopatía, las dos majaderías
principales para nuestra curación, espiritual la una, y física la otra, que abren el camino a una verdadera legión de pseudoterapias, a cual más
absurda y vergonzosa colándose de rondón por el resquicio en el pensamiento
racional que estos dos hiper-fraudes abren.
Siguiendo a Marvin Harris,
mientras los movimientos mesiánicos milenaristas del pasado ponían en cuestión
el status quo y podían tener un corte revolucionario y de crítica al sistema,
las pseudo terapias new age del esoterismo, al buscar una solución a las
condiciones materiales por medio de un cambio en la conciencia individual se
convierten en el perfecto apoyo ideológico al sistema opresivo que padecemos.
Así, ante la caída en picado de la legitimidad de las religiones tradicionales,
que han funcionado en todos los países del mundo y cultura como auténticos
soportes de la desigualdad, la injusticia y la violencia institucionalizada,
el sistema nos ofrece nuevos modos de abecerramiento y asentimiento acrítico en
el que los más burdos son la invasión de tarotistas y videntes que atiborran
nuestras televisiones y que promueven, a su modo zafio, la idea de que las
condiciones en la vida –precaria y pobre- de las personas solo se modifican por
la intercesión de fuerzas cósmicas insondables, poderosas energías invisibles que
nos gobiernan y líneas misteriosas del destino y no, por supuesto, por la toma
de conciencia social.
En la misma lógica, los estados
cada vez prestan más atención a las supersticiones terapéuticas más elaboradas
(homeópatas, consteladores, psicogenealogistas y otros vendedores de
crecepelos) que colaboran en la construcción de que somos nosotros,
individualmente, los culpables por omisión de nuestros males imaginarios. Y
cuando la crisis sistémica económica está en proceso de desenmascarar por fin
todo aquello que conformaba el imaginario consumista. Aquello que nos volvía unos
seres solitarios a la búsqueda de una imposible individualización, en un
inagotable proceso de auto-tuneo en el nos diferenciábamos de los demás por asumir
como propias alguna de las infinitas posibilidades que nos ofrecía el mercado para
crear nuestras personalidades, de tal modo que la construcción del yo era una
adición falsaria de las series de tv que veíamos, del politono que usábamos, de
la foto de salvapantallas del móvil, de los gadgets, de la ropa, y de otras
pequeñas migajas con las que vivíamos la ilusión de tener una identidad
reconocible….de igual modo, la búsqueda de los hábitos saludables nos adentra
en una nueva espiral consumista de paparruchas en las que la oferta inagotable
de actividades físicas armoniosas, dietas respetuosas y terapias para el alma
lo que construye en realidad es un engaño en que somos nosotros (y no una
sociedad opresiva, injusta y terrible) los culpables de nuestros problemas. Y
sobre todo, colabora en una magnificación de nuestros males, inventados o no,
psicológicos o físicos, sentimentales o del espíritu, creando una cultura de la
autocuración y del sálvese quién pueda para pijos y nuevos ricos (los que
podemos pagarnos las consultas a esos estafadores millonarios). En la vorágine
que nunca termina y que nos obliga a mejorar, de sentirse uno mejor, con la
misma pulsión convulsa con que antes íbamos al H&M (bendito sea), ahora probamos
medicina china (sí, esa que hacía que los chinos tuviesen una esperanza de vida
ridícula hasta que llegó la medicina occidental), flores de bach, dietas
purgativas, tai chi, yoga, risoterapias y un sin fin de prácticas, algunas de
ellas absolutamente demenciales, otras no tanto, pero que todas ellas nos culpan:
estamos enfermos porque no nos cuidamos, porque no seguimos hábitos armoniosos. ¿Y
qué es cuidarse? Cuidarse es consumir alguno de sus tratamientos y pagar las
cantidades obscenas con las que estos charlatanes se lucran. El Traumeel, remedio
homeopático para los problemas musculares cuesta entre un 400% y un 500% por
ciento más caro que sus equivalente médicos: el Algesal o el Tantum de toda la
vida, con la salvedad de que estos funcionan y el primero no. Un día de terapia
de constelaciones normal le ofrece al terapeuta “constelador” la bonita cifra
de 2000 euros como mínimo, en dinero negro, limpios de polvo y paja. Otras
terapias oscilan entre los 50 y los 150 euros la hora. Un terapeuta vigués que
da masaje energético y hace psicogenealogía con el tarot se embolsa de 600 a 750 euros diarios, o
sea 150.000 euros al año, sin factura, sin nada. Cobra más que el rey y que
cualquier alto cargo del estado -excepto Dolores de Cospedal- solo que paga menos
impuestos que ellos. Al menos la pulsión con el Pull & Bear no sale tan
cara.
Bert Hellinger, el
creador del método de las constelaciones familiares, con el que tantos
miserables se están haciendo millonarios, era un filo nazi, admirador de
Hitler. Y entre las muchas barbaridades que se derivan de su absurda teoría
demente está la de que no se debe castigar a aquellos adultos que cometan
delito de incesto ya que “esto daña a sus víctimas mediante el vínculo energético
misterioso e invisible que les une” de tal modo que al delincuente hay que
tratarle con el “debido respeto”. De igual modo cree que la homosexualidad es
curable y su causa fundamental es la existencia de tías solteras en el árbol
genealógico del “paciente” gay. Propone, por ejemplo, para “curar” situaciones
de estrés post-traumático ante agresiones, que el agredido se arrodille y pida
perdón ante el representante del agresor (inclusive la repugnante escena de víctimas
de campos de concentración arrodillándose simbólicamente ante sus verdugos). Todo
esto, en una lógica de patriarcado, garante de las relaciones familiares conservadoras,
crítica con la rebeldía (según Hellinger la rebelión contra las dictaduras,
como la de Pinochet y otras es inútil y una prueba de egoísmo y autoengaño), en
la que el padre tiene todo el poder, seguido del hermano mayor, y en la que
aquellos seres humanos que se desencadenan el mal (por ejemplo, los nazis) son
en realidad víctimas de poderosas fuerzas que los arrastran sin que tengan
responsabilidad ni culpabilidad alguna.
Hasta ahora, la pobreza extrema
estaba constreñida en los países del sur, fuera de nuestras fronteras. Hoy,
vemos asomar cada vez más su rostro brutal en nuestros barrios, en nuestros
vecinos. Al lado de nuestra casa personas hurgan en contenedores y duermen
sobre cartones. En su alocada deriva autodestructiva el capitalismo exacerba
las desigualdades en un último movimiento terminal de rapiña. Y mientras,
nosotros, miles de nosotros, estamos preocupados por etéreos males del espíritu,
por pequeñas sombras de infelicidad en nuestro todavía paraíso consumista. Salimos
del Zara y con las mismas bolsas en la mano vamos a la consulta de nuestro
terapeuta a dejarle un beneficio económico absolutamente obsceno e indecente. Entramos
en la lógica de auto observarnos, de creernos el centro (enfermo) del universo,
de buscar un camino de salvación personal e interior. Diferimos la vivencia del
presente para habitar una búsqueda constante de una perfección que jamás llega,
que, como la vida eterna de las religiones, siempre está más allá de la vida
real. El hoy es ese lugar de penalidades, de imperfección en contraposición con
“el camino” para la autorrealización. Ese que nunca termina de recorrerse, que siempre está más
allá, más lejos, tras otra terapia, otro retiro, otro taller, más dinero, más
dinero, miles de euros a las manos de los sanadores, los santones, de los brujos, de estos
falaces sostenedores del status quo. Y mientras, nuestro deber es seguir
avanzando, mejorando en nuestra construcción de nuestro yo, alcanzar la armonía que ellos definen en negativo, no padecer, no sufrir, no vivir al cabo, como un aislamiento del mundo, un mirar solo hacia adentro... desvinculando ideológicamente la paz interior de la justicia exterior. ¿Es
posible vivir en paz con uno mismo por medio de la exploración de la conciencia
y el camino del autoconocimiento? ¿Al margen de las condiciones sociales de los
demás, de todos esos hombre y mujeres que padecen? Según estos hijos de puta sí. A los pobres, a
los desheredados, a los más miserables se les dice en la televisión, cada noche, cada madrugada, por personajes absurdos y estrafalarios que no se molestan apenas en
disfrazarse, con un discurso y una estética lamentable, zafia, descuidada: vives una vida de mierda, estás en paro, o con trabajos
explotadores y precarios, tienes una formación de mierda, no has tenido acceso
a la cultura ni a estímulos intelectuales, tu visión del mundo es pobre y
limitada, tu capacidad de intervenir y comprender, nula…no hay problema, solo
hace falta corregir esas fuerzas mágicas exteriores para que se pongan a tu
servicio. Invierte lo poco que te queda en esa búsqueda artificiosa de la paz.
Pero peor somos nosotros, las
clases medias, compitiendo en nuestro lamentable y frívolo divertimento
consumista de almacenamiento de terapias, contándonos en los cafés nuestros
progresos con tal o cual estafador, asombrándonos por su capacidad adivinatoria
y sus saberes esotéricos, reconociendo que
hay cosas que se escapan a la ciencia tradicional, (a la que juzgamos ahora con
cierto desprecio, imbuidos por nuevos saberes), mostrando una cautela respetuosa
ante afirmaciones manifiestamente descabelladas de esos esoteristas y haciendo
en realidad una pura demostración de clasismo en la que los pobres van al médico
del seguro y nosotros, los ricos, al sanador chino. En la que los miserables reciben su dosis de conformismo mágico en su versión low cost, cutre y casposa, a 1.3 €/min por chorbas con turbantes de todo a cien y bolas de cristal de los chinos y nosotros de la cháchara más sofisticada de psicoterapeutas titulados por universidades desconocidas en exóticos estudios. En la que los desahuciados se
preocupan de encontrar comida y los aristócratas de sanar nuestro espíritu. Somos
como esos duques medievales quejándose de sus ligeras jaquecas y sus incomodidades mientras salían
a cabalgar entre las chozas de los porqueros y los menesterosos.
No sé. A mí esto me parece una
absoluta indecencia. En nombre de la ciencia se han perpetrado auténticas barbaridades, pero al menos, la ciencia, el pensamiento científico, forma parte de esa hermosa utopía racionalista de los seres humanos por descubrir el mundo, con medios humanos y visiones humanas, haciendo uso de su autonomía, esto es, del pensamiento no inducido por fuerzas superiores. El laicismo, el racionalismo, la ciencia, nace de una concepción democrática del mundo y sus fenómenos, iguales para todos, y a los que todos podemos acercarnos sin necesidad de intermediarios con poderes extrahumanos, ya sean sacerdotes o brujos, adivinadores o teólogos. El pensamiento mágico es fundamentalmente clasista y totalitario y colabora en la creación de castas de iniciados en conocimientos inalcanzables para los demás. La ciencia, lo que nos dice realmente, es que todo es cognoscible por cualquiera, que todo es alcanzable. Pese a sus miserias, pese a sus servidumbres, pese a sus dislates: la razón nos hace libres. Y el conocimiento de la realidad, del presente, de lo que está ante nosotros, es la condición inexcusable para el nacimiento de una sociedad en la que rija la equidad, en la que los derechos puedan ser reclamados. Esto no es así en un mundo gobernado por fuerzas y energías que nos superan. Ese mundo, filosóficamente, justifica la desigualdad por el destino. Contribuir de cualquier modo al florecimiento de esta
nueva casta de embaucadores y curanderos al servicio del atontamiento, el
aislamiento moral y el individualismo me resulta repulsivo. Al menos al H&M
también podían ir los curritos. Al menos las tiendas de ropa hacen rebajas para
que hasta los más humildes puedan vivir la ilusión ficticia del consumo. Esto, el encumbramiento y el respeto a estos tipejos, esta payasada, esta diversión de millonarios aburridos, es muchísimo más indigna y repugnante.
Algunos enlaces necesarios:
Sobre la superchería de la homeopatía: http://queeslahomeopatia.com/
Sobre la superchería de las constelaciones familiares: Constelaciones familiares
Por la defensa de la educación racionalista: http://listadelaverguenza.blogspot.com/
Una página de divulgación científica: http://amazings.es/
Un rincón para el pensamiento crítico y futuro programa de la 2: http://www.escepticos.es/




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