22.1.12

Terapias alternativas: Una inmoralidad clasista


Hace años, las víctimas de la superchería eran pobres campesinos con alfabetización precaria. Eran ellos los habituales destinatarios a los que se dirigían los avistamientos extraterrestres, los ángeles y la virgen María. No sabemos a día de hoy de una aparición mariana a nadie que tenga más allá de estudios medios, ya no digamos universitarios (como tampoco vemos que la virgen se esfuerce mucho por aparecerse a ateos y escépticos -los verdaderamente necesitados de su presencia milagrosa- y no a unos pobres desgraciados convencidos de antemano). Sin embargo, cuando estas engañifas burdas habían dejado de tener peso en las sociedades modernas (la virgen sigue apareciéndose en las zonas rurales de Sudamérica: se va trasladando) empieza a espantarme como a mi alrededor cada vez es más frecuente que personas inteligentes caigan en las redes de nuevos charlatanes y timadores que ofrecen sus embustes aprovechándose de la nueva moda para gente cool de adquirir hábitos saludables.

En este verdadero retorno del pensamiento mágico y los brujos, nos vemos asediados por auténticas estafas y fabulaciones que gozan ya de un reconocimiento social tan influyente como el de las llamadas constelaciones familiares o la homeopatía, las dos majaderías principales para nuestra curación, espiritual la una, y física la otra, que abren el camino a una verdadera legión de pseudoterapias, a cual más absurda y vergonzosa colándose de rondón por el resquicio en el pensamiento racional que estos dos hiper-fraudes abren.

Siguiendo a Marvin Harris, mientras los movimientos mesiánicos milenaristas del pasado ponían en cuestión el status quo y podían tener un corte revolucionario y de crítica al sistema, las pseudo terapias new age del esoterismo, al buscar una solución a las condiciones materiales por medio de un cambio en la conciencia individual se convierten en el perfecto apoyo ideológico al sistema opresivo que padecemos. Así, ante la caída en picado de la legitimidad de las religiones tradicionales, que han funcionado en todos los países del mundo y cultura como auténticos soportes de la desigualdad, la injusticia y la violencia institucionalizada, el sistema nos ofrece nuevos modos de abecerramiento y asentimiento acrítico en el que los más burdos son la invasión de tarotistas y videntes que atiborran nuestras televisiones y que promueven, a su modo zafio, la idea de que las condiciones en la vida –precaria y pobre- de las personas solo se modifican por la intercesión de fuerzas cósmicas insondables, poderosas energías invisibles que nos gobiernan y líneas misteriosas del destino y no, por supuesto, por la toma de conciencia social.

En la misma lógica, los estados cada vez prestan más atención a las supersticiones terapéuticas más elaboradas (homeópatas, consteladores, psicogenealogistas y otros vendedores de crecepelos) que colaboran en la construcción de que somos nosotros, individualmente, los culpables por omisión de nuestros males imaginarios. Y cuando la crisis sistémica económica está en proceso de desenmascarar por fin todo aquello que conformaba el imaginario consumista. Aquello que nos volvía unos seres solitarios a la búsqueda de una imposible individualización, en un inagotable proceso de auto-tuneo en el nos diferenciábamos de los demás por asumir como propias alguna de las infinitas posibilidades que nos ofrecía el mercado para crear nuestras personalidades, de tal modo que la construcción del yo era una adición falsaria de las series de tv que veíamos, del politono que usábamos, de la foto de salvapantallas del móvil, de los gadgets, de la ropa, y de otras pequeñas migajas con las que vivíamos la ilusión de tener una identidad reconocible….de igual modo, la búsqueda de los hábitos saludables nos adentra en una nueva espiral consumista de paparruchas en las que la oferta inagotable de actividades físicas armoniosas, dietas respetuosas y terapias para el alma lo que construye en realidad es un engaño en que somos nosotros (y no una sociedad opresiva, injusta y terrible) los culpables de nuestros problemas. Y sobre todo, colabora en una magnificación de nuestros males, inventados o no, psicológicos o físicos, sentimentales o del espíritu, creando una cultura de la autocuración y del sálvese quién pueda para pijos y nuevos ricos (los que podemos pagarnos las consultas a esos estafadores millonarios). En la vorágine que nunca termina y que nos obliga a mejorar, de sentirse uno mejor, con la misma pulsión convulsa con que antes íbamos al H&M (bendito sea), ahora probamos medicina china (sí, esa que hacía que los chinos tuviesen una esperanza de vida ridícula hasta que llegó la medicina occidental), flores de bach, dietas purgativas, tai chi, yoga, risoterapias y un sin fin de prácticas, algunas de ellas absolutamente demenciales, otras no tanto, pero que todas ellas nos culpan: estamos enfermos porque no nos cuidamos, porque no seguimos hábitos armoniosos. ¿Y qué es cuidarse? Cuidarse es consumir alguno de sus tratamientos y pagar las cantidades obscenas con las que estos charlatanes se lucran. El Traumeel, remedio homeopático para los problemas musculares cuesta entre un 400% y un 500% por ciento más caro que sus equivalente médicos: el Algesal o el Tantum de toda la vida, con la salvedad de que estos funcionan y el primero no. Un día de terapia de constelaciones normal le ofrece al terapeuta “constelador” la bonita cifra de 2000 euros como mínimo, en dinero negro, limpios de polvo y paja. Otras terapias oscilan entre los 50 y los 150 euros la hora. Un terapeuta vigués que da masaje energético y hace psicogenealogía con el tarot se embolsa de 600 a 750 euros diarios, o sea 150.000 euros al año, sin factura, sin nada. Cobra más que el rey y que cualquier alto cargo del estado -excepto Dolores de Cospedal- solo que paga menos impuestos que ellos. Al menos la pulsión con el Pull & Bear no sale tan cara.

Bert Hellinger, el creador del método de las constelaciones familiares, con el que tantos miserables se están haciendo millonarios, era un filo nazi, admirador de Hitler. Y entre las muchas barbaridades que se derivan de su absurda teoría demente está la de que no se debe castigar a aquellos adultos que cometan delito de incesto ya que “esto daña a sus víctimas mediante el vínculo energético misterioso e invisible que les une” de tal modo que al delincuente hay que tratarle con el “debido respeto”. De igual modo cree que la homosexualidad es curable y su causa fundamental es la existencia de tías solteras en el árbol genealógico del “paciente” gay. Propone, por ejemplo, para “curar” situaciones de estrés post-traumático ante agresiones, que el agredido se arrodille y pida perdón ante el representante del agresor (inclusive la repugnante escena de víctimas de campos de concentración arrodillándose simbólicamente ante sus verdugos). Todo esto, en una lógica de patriarcado, garante de las relaciones familiares conservadoras, crítica con la rebeldía (según Hellinger la rebelión contra las dictaduras, como la de Pinochet y otras es inútil y una prueba de egoísmo y autoengaño), en la que el padre tiene todo el poder, seguido del hermano mayor, y en la que aquellos seres humanos que se desencadenan el mal (por ejemplo, los nazis) son en realidad víctimas de poderosas fuerzas que los arrastran sin que tengan responsabilidad ni culpabilidad alguna.

Hasta ahora, la pobreza extrema estaba constreñida en los países del sur, fuera de nuestras fronteras. Hoy, vemos asomar cada vez más su rostro brutal en nuestros barrios, en nuestros vecinos. Al lado de nuestra casa personas hurgan en contenedores y duermen sobre cartones. En su alocada deriva autodestructiva el capitalismo exacerba las desigualdades en un último movimiento terminal de rapiña. Y mientras, nosotros, miles de nosotros, estamos preocupados por etéreos males del espíritu, por pequeñas sombras de infelicidad en nuestro todavía paraíso consumista. Salimos del Zara y con las mismas bolsas en la mano vamos a la consulta de nuestro terapeuta a dejarle un beneficio económico absolutamente obsceno e indecente. Entramos en la lógica de auto observarnos, de creernos el centro (enfermo) del universo, de buscar un camino de salvación personal e interior. Diferimos la vivencia del presente para habitar una búsqueda constante de una perfección que jamás llega, que, como la vida eterna de las religiones, siempre está más allá de la vida real. El hoy es ese lugar de penalidades, de imperfección en contraposición con “el camino” para la autorrealización. Ese que nunca termina de recorrerse, que siempre está más allá, más lejos, tras otra terapia, otro retiro, otro taller, más dinero, más dinero, miles de euros a las manos de los sanadores, los santones, de los brujos, de estos falaces sostenedores del status quo. Y mientras, nuestro deber es seguir avanzando, mejorando en nuestra construcción de nuestro yo, alcanzar la armonía que ellos definen en negativo, no padecer, no sufrir, no vivir al cabo, como un aislamiento del mundo, un mirar solo hacia adentro... desvinculando ideológicamente la paz interior de la justicia exterior. ¿Es posible vivir en paz con uno mismo por medio de la exploración de la conciencia y el camino del autoconocimiento? ¿Al margen de las condiciones sociales de los demás, de todos esos hombre y mujeres que padecen? Según estos hijos de puta sí. A los pobres, a los desheredados, a los más miserables se les dice en la televisión, cada noche, cada madrugada, por personajes absurdos y estrafalarios que no se molestan apenas en disfrazarse, con un discurso y una estética lamentable, zafia, descuidada: vives una vida de mierda, estás en paro, o con trabajos explotadores y precarios, tienes una formación de mierda, no has tenido acceso a la cultura ni a estímulos intelectuales, tu visión del mundo es pobre y limitada, tu capacidad de intervenir y comprender, nula…no hay problema, solo hace falta corregir esas fuerzas mágicas exteriores para que se pongan a tu servicio. Invierte lo poco que te queda en esa búsqueda artificiosa de la paz. 

Pero peor somos nosotros, las clases medias, compitiendo en nuestro lamentable y frívolo divertimento consumista de almacenamiento de terapias, contándonos en los cafés nuestros progresos con tal o cual estafador, asombrándonos por su capacidad adivinatoria y sus saberes esotéricos, reconociendo que hay cosas que se escapan a la ciencia tradicional, (a la que juzgamos ahora con cierto desprecio, imbuidos por nuevos saberes), mostrando una cautela respetuosa ante afirmaciones manifiestamente descabelladas de esos esoteristas y haciendo en realidad una pura demostración de clasismo en la que los pobres van al médico del seguro y nosotros, los ricos, al sanador chino. En la que los miserables reciben su dosis de conformismo mágico en su versión low cost, cutre y casposa, a 1.3 €/min por chorbas con turbantes de todo a cien y bolas de cristal de los chinos y nosotros de la cháchara más sofisticada de psicoterapeutas titulados por universidades desconocidas en exóticos estudios. En la que los desahuciados se preocupan de encontrar comida y los aristócratas de sanar nuestro espíritu. Somos como esos duques medievales quejándose de sus ligeras jaquecas y sus incomodidades mientras salían a cabalgar entre las chozas de los porqueros y los menesterosos.

No sé. A mí esto me parece una absoluta indecencia. En nombre de la ciencia se han perpetrado auténticas barbaridades, pero al menos, la ciencia, el pensamiento científico, forma parte de esa hermosa utopía racionalista de los seres humanos por descubrir el mundo, con medios humanos y visiones humanas, haciendo uso de su autonomía, esto es, del pensamiento no inducido por fuerzas superiores. El laicismo, el racionalismo, la ciencia, nace de una concepción democrática del mundo y sus fenómenos, iguales para todos, y a los que todos podemos acercarnos sin necesidad de intermediarios con poderes extrahumanos, ya sean sacerdotes o brujos, adivinadores o teólogos. El pensamiento mágico es fundamentalmente clasista y totalitario y colabora en la creación de castas de iniciados en conocimientos inalcanzables para los demás. La ciencia, lo que nos dice realmente, es que todo es cognoscible por cualquiera, que todo es alcanzable. Pese a sus miserias, pese a sus servidumbres, pese a sus dislates: la razón nos hace libres. Y el conocimiento de la realidad, del presente, de lo que está ante nosotros, es la condición inexcusable para el nacimiento de una sociedad en la que rija la equidad, en la que los derechos puedan ser reclamados. Esto no es así en un mundo gobernado por fuerzas y energías que nos superan. Ese mundo, filosóficamente, justifica la desigualdad por el destino. Contribuir de cualquier modo al florecimiento de esta nueva casta de embaucadores y curanderos al servicio del atontamiento, el aislamiento moral y el individualismo me resulta repulsivo. Al menos al H&M también podían ir los curritos. Al menos las tiendas de ropa hacen rebajas para que hasta los más humildes puedan vivir la ilusión ficticia del consumo. Esto, el encumbramiento y el respeto a estos tipejos, esta payasada, esta diversión de millonarios aburridos, es muchísimo más indigna y repugnante. 

Algunos enlaces necesarios:

Sobre la superchería de la homeopatía: http://queeslahomeopatia.com/
Sobre la superchería de las constelaciones familiares: Constelaciones familiares
Por la defensa de la educación racionalista: http://listadelaverguenza.blogspot.com/
Una página de divulgación científica: http://amazings.es/
Un rincón para el pensamiento crítico y futuro programa de la 2: http://www.escepticos.es/