20.10.09
Haciendo amigos
23.9.09
JUICIOS
Habrá a quien le guste acertar. A mí no. Hay como una derrota en darse a uno mismo la razón. Es como el reconocimiento de una incapacidad de ir más lejos. Uno se crea una opinión con cuatro banalidades a las que tiene acceso tras meditar diez minutos en el sillón de su casa y cuando posteriormente se acerca, incluso físicamente, a la realidad que había imaginado, ésta es incapaz de ofrecerle otros ámbitos de referencia que aquellos que ya uno se había dado a si mismo. ¿Era esa realidad tan pobre? ¿Tenía yo una visión tan clarividente? Siendo honestos, lo único que aquí hay es la miseria del juicio paupérrimo, la insignificancia del modo de mirar y una incompetencia categórica para distinguir, para intuir siquiera al otro. Así, tener razón, confirmar la opinión preestablecida, no es más que, uno más, otro más, un fracaso incuestionable. Una nueva y concluyente evidencia del alcance de la inopia. Sí, acertar es una capitulación. Mantener una opinión es sospechoso. ¿Se convirtió la opinión en “saber” al rodearla de fundamentos objetivos? ¿Se robusteció la débil rama de esa primera aproximación con el ejercicio de la crítica? Que va. Todo está al mismo nivel de superficialidad de siempre.
¿Y acaso podía ser de otro modo? ¿Alguna vez fue diferente? ¿Qué viste en la India, Jorge? Y la respuesta es: “nada”. Tuve la sensación constante, cada día, cada minuto, de estar ante una especie de modesta puesta en escena en la que todos los papeles estaban repartidos y se representaban de forma incluso cansina. Una compañía venida a menos con los actores actuando como con desgana.
Los que mejor lo hacíamos éramos nosotros, los viajeros, que de algún modo parecíamos estar ansiosos por recibir el espectáculo de la pobreza. Ya en los primeros instantes, apenas dejado el aeropuerto, atravesando Delhi silenciosa en la noche, alguien señalaba por la ventana: “¡mira uno durmiendo en la calle!” y todos nos abalanzábamos a mirar, como si no hubiésemos visto jamás tal evento, anhelando el comienzo del espectáculo. Y el Espectáculo se nos ofrece al fin, pero de forma limitada, y también representada: los niños dejan durante unos momentos sus juegos y sus querellas y se acercan a uno llevándose las manos a la boca, con los gestos aprendidos de la mendicidad; los padres les miran aburridos desde la acera de enfrente, no hay policías por allí, ni asistentes sociales, ni en ningún momento aparece ni una sombra reconocible del estado, de alguien que tutele, de alguien a quien le importe una mierda nada, ni siquiera el orden público que tampoco parece puesto en cuestión. Y en los templos, vemos a la gente rezando ese retahila enorme de gilipolleces, que se convierten en un reflejo exagerado de las nuestras, y también parece mentira, una ficción, un teatrillo, unos que rezan al dios mono, otros al dios jabalí, otros a un tipo al que su padre le cortó la cabeza y le puso la de un elefante, otros enjuagándose en el lodazal infecto de su río sagrado, otros que se arrodillan ante una niña de 4 años que ejerce de “diosa viviente” enclaustrada en un palacete ajado y que nos mira seriamente unos instantes desde la ventana de su celda y su encierro. Todo mentira, más dioses, trescientos treinta millones, casi uno por barba. Todo absurdo, no puede ser verdad, es una farsa, están actuando para nosotros, para que les compremos bálsamo de tigre y bufandas de cachemira. Una religión que parecería los Pokemon, si los Pokemon los hubiese ideado un imbécil. Pero claro, cómo reírse cuando a tu lado se celebra cada domingo comer la carne y
beber la sangre de un hombre al que torturaron hasta morir, cuando se adora el símbolo de la tortura colocándolo en las aulas donde se educa a los niños y se lleva colgado del cuello. Cómo burlarse cuando el culto a los santos es una especie de parodia de los cómics de Marvel donde una tipa domina las tormentas, otra impide la lluvia, otro la trae, otro encuentra objetos perdidos, otro cura los sabañones…y así toda la nómina del santoral católico que deja a los Cuatro Fantásticos como unos pobres aficionados.Todo mentira. Los golpes de pecho nuestros: parte de la comedia. De vez en cuando, entre compra y compra, alguien dice: “se me parte el corazón verlos así” y otro contesta: “ay, si” y se arroja con ardor sobre unos collares de azurita. Y a fin de cuentas, eran buenas personas, sensibles, ni se me ocurre a mí ejercer de moralista que fui bastante peor, me importó bastante menos, no repartí ni una triste limosna y ni me molestaba en mirar la escena comportándome como hago en otras obras de teatro a las que voy y me parecen pésimas (vivo en Galicia, es el pan de cada día): sacándome un libro y poniéndome a leer (excepto en el caso de que sea literatura galega, un oxymoron, que solo hago que leo).
Una pantomima. Y los golpes de pecho en realidad aparecen solo los últimos días, como si tras el Taj Mahal, los monos por la calle, el Himalaya y las compras, quedase lo último: el sentir lástima. Oigan que yo he pagado por esto. Y realmente hay que impostarlo pero no por culpa nuestra si no porque la realidad, en realidad, no da pena. Los niños no se lo trabajan, y tampoco hay tantos. Uno esperaría legiones de menesterosos, pero no. Posiblemente la compañía debe de estar reduciendo el plantel porque ahora ya solo ponen un leproso. Por lo menos en el pase que me hicieron para mí. Cuando lo vi venir agitando dramáticamente las manos sin dedos pensé: “hombre, el que faltaba pal duro”. Tullidos, los justos, para salir del paso. Cadáveres por las calles y eso, nada de nada, ni uno. Lo cierto es que no, no se lo curran nada. Si hasta las chabolas parecen de mentira. Además, están todos los demás mirones que le quitan credibilidad a la función. Si al lado del niño harapiento que se lleva las manos a la boca hay decenas de comerciantes enfrascados con sus cosas, ofreciendo pashminas o comiendo la sopa boba, viandantes que pasan, gente que sube y baja a sus cosas, pues..al niño es que te lo crees menos. Si hay millones a los que parece no escandalizarse que otros millones sufran, no puede ser cierto. ¿O es lo que hacemos nosotros todos los días? Pero al cabo, cualquiera puede justamente preguntarse: “si a ellos parece importarles una mierda, ¿por qué me iba a importar a mí?” Pues porque pagamos por eso. No es cuestión de ética, es cuestión de que eso se contrataba en el folleto de la agencia.
Por supuesto algo aprendes hombre. Te quedas con cuatro pinceladas semi folclóricas sobre política, derechos sociales, y estas historias que aparecen en las guías porque si no, a ver que coño cuentas cuando llegues. Alguna anécdota social, que da impresión de que conoces y tal. Pero todo seguía siendo una pamplina, un puro fingir, unos y otros. Solo al caer la noche, cada día en la cama, leyendo a Naipaul parecía hallar algo de verdad. Parecía de algún modo resplandecer el conocimiento de otra realidad que estaba ahí, ante mí, pero oculta, viva en la literatura, en la no realidad. Pero incluso ni Naipaul pudo arrancar de mí ninguna emoción, más allá de cierto acercamiento antropológico, y ni él pudo enternecerme, ni a él parecía importarle, ni a sus personajes, ni a nadie. Nadie se escandaliza, nadie se niega a tolerarlo. Se soporta perfectamente. Y los temas son los atascos de Bombay, la política, la devoción a estos u otros dioses, a estas u otras castas, a estas u otras ideologías, nacionalistas, comunistas, las luchas religiosas, el fin del colonialismo, los nuevos retos, la industrialización voraz, el cine emergente, y de vez en cuando algún mendigo por aquí, otro por allá, paisajes con chabola al fondo. Decorados, postales, al fin.Así que esto fue lo que vi. Nada. Nada que pudiese ser verdad. La verdad debía habitar en algún otro sitio, pero yo no sé donde. Y de repente, la mirada se retorció y me di cuenta que el juicio no podía ejercerse sobre el viaje, si no sobre el viajero. ¿Había visto antes, en las otras ocasiones alguna otra cosa? Y el pasado se apareció con su verdadero brillo: el brillo de la bisutería, de lo falso. Siempre había sido igual, comerciantes ofreciendo sus cosas, otros indigentes, otros niños mendigando ante la indiferencia de todos a su alrededor, momentos tramposos de “auténtica” inmersión cultural, bebiendo un te, en una noche “especial” protagonizados por esos actores que tienen en el tercer mundo y que se han especializado en darle charleta profunda e íntima a los viajeros que llevan pañuelos palestinos y visten pantalones desmontables. En fin, una representación previsible, rácana.
Y todavía peor, porque entonces apareció la verdadera motivación de viajar. Y se hizo nítido que no era aprender, evidentemente, pues no se aprende nada, si no, muy al contrario, de lo que se trata, es de enseñar. De mostrar al mundo, a nuestros compañeros de curro, a los que leen nuestros blogs, que deseamos cultivarnos, que somos curiosos, que tenemos afán por saber. Que somos valientes y arrojados, que arrostramos las dificultades con nuestra ropa avejentada de fondo de armario estilo “casual” para la ocasión y nuestros gadgets comprados en otros viajes (“este pañuelo lo compré en el sahara, es utilísimo”). Y en nuestra casa colocamos el mapa del mundo con las banderitas rojas sobre los países que visitamos para el pasmo y la envidia de nuestras amistades (¿Para qué si no? ¿Para recordárnoslo a nosotros mismos?). Y resulta que todas las vivencias profundas que hemos almacenado no van más allá de la admiración por algún paisaje, alguna diarrea (yo no, que felizmente puedo comer como un cerdo cualquier despojo putrefacto que le arranque a una cabra de la boca), alguna charla en una hoguera con un tipo del que se nos olvidó el nombre porque era muy raro, pero que fue muy bonita y muy íntima; alguna indisposición, otra molestia, un mínimo peligro de aventurerillo de tres al cuarto, aterrizajes de emergencia, perderse en ciudades “hostiles”, algún hurto…en fin. Eso es todo amigos. Al fin, acaba siendo un almacenaje de vicioso coleccionista de banderitas en el mapa, únicamente de banderitas, y viajamos a los países más miserables para ahorrar más pasta y poder ir a más a lo largo del año, haya lo que haya, pongan lo que pongan, como cuando nosotros en la Expo de Sevilla que solo íbamos a los pabellones que no tenían cola (extraordinarios tesoros los que exhibían los recintos de El Chad, Bután, Samoa u Honduras), entrábamos y salíamos a toda ostia para que nos cuñaran el sello en el Pasaporte de la Expo y tener muchos. Pues esto igual. Y si un viaje pasa por 4 países, aunque solo sea un ratito en alguno, ya hacemos la inversión de nuestra vida, cuatro banderitas más, cuatro hitos más para soltar en nuestra charla underground a la salida del teatro o en la tetería que tiene revistas de cine en lugar de el Marca. Pura fachada presuntuosa, pura exhibición patética que todavía incluso nos proporciona una pátina moral, como si fuésemos mejores personas por viajar, por “querer saber”. Y tanto mejor si se viaja incómodo, aventureril, incluso aunque nos sobre la pasta, creyéndonos realmente la ilusión de que vemos otra realidad con nuestros ojos que no ven nuestros padres en sus “excursiones” (lo nuestro son “viajes” y porque no tenemos aún huevos de decir “expediciones”) solamente porque en su baño hay champús y zapatillas con la marca del hotel y en el nuestro no, porque ellos viajan en buses con aire acondicionado y nosotros no.
Armados con nuestros libros de escritores locales, como mi librito de Naipaul, sin sacarle fotos a todo lo que se mueve como hacen los mataos, si no solo a momentos y lugares muy especiales y originales para que todos vean lo fotógrafos que somos, comprando algún brazalete de cuero a algún aborigen, trayéndonos alguna cosa artesanal, un tejido, una cerámica, poniéndonos un gorrito de lana, un chaleco tribal para colaborar con el comercio justo y mostrar respeto e integración, chapurreando algunas palabras del idioma local….Y todavía yo, que participé como el que más de esta pose pseudo intelectual de engreimiento agudo, todavía yo, juzgaba con desprecio indisimulado a aquellos otros que iban a Tenerife a tomar el sol, o a Cancún en régimen de todo incluido. Y todavía yo, admiraba de algún modo a aquellos otros que en el colmo absoluto de la hinchazón petulante pavorrealesca se autoorganizaban viajes de integración indígena, asistiendo durante unos días o semanas al parque temático del tercer mundo, para luego traernos aquí, a los bares, entre birra y birra, el testimonio de la lucha por la vida de esos nobles nativos.Pues ahora pienso que lo único que realmente me merece respeto es precisamente ese, o esa que se va a Malta a tomar el sol y a “desconectar de todo”. Ese, o esa, que atiende disciplinadamente las explicaciones de su guía ante una ruina griega en el intermedio del crucero. Cuando pensamos que el hecho de viajar, de volar, supone una agresión al ecosistema, que solo el avión genera un kilo de CO2 por pasajero cada 10.000 km. colaborando en la cadena de acontecimientos que luego, por ejemplo, provocan las inundaciones de Bangla Desh, con decenas de miles de muertos (“uff, que suerte, fíjate, yo volé allí solo unas semanas antes” y todos miramos al amigo viajero admirados…”oooh, aaah” y alguno pregunta “¿y no sospechaste nada?” como si estuviesen ahí los signos de la catástrofe para que nuestro amigo el clarividente los adivinase), cuando pensamos esto, ¿no resulta casi hasta repugnante creer que nuestra mera presencia como testigos de algún modo nos dignifica, que hacemos algo por los otros al traer su testimonio? ¿No resulta de una pedantería insufrible? Entono mi mea culpa. Yo también fui de esos. Yo también compré libros de viajes y viajeros. Tengo más en mi casa de los que se pueden encontrar en muchas buenas librerías de ciudad pequeña. Yo también me vi a mi mismo como un espía infiltrado molesto que traía a este nuestro mundo acomodado y ciego las noticias de la otra realidad, la de los otros, ejerciendo mi labor heroica de informador insobornable del país de los oprimidos. También coloqué mis banderitas en el mapamundi por los bares de ligoteo y colgué mis fotos en las redes sociales, también tenía mi frase, que aparentaba humildad y modestia, preparada para cuando alguien me decía “tú viajas mucho, ¿verdad?”.
Al fin, no creo haber aprendido nada, no creo ser mejor, si no al contrario, un pobre miserable, comprando en agencias de vuelos baratos reconocimiento social para mi mayor gloria. Al menos, el que viaja a las Canarias es honrado consigo mismo y con los demás. Nada me parece ahora más irrisorio que aquel que cree que su mera presencia en algún triste rincón del tercer mundo de alguna manera le absuelve. El frenesí consumista del viaje, todo lo que conlleva de destrucción de recursos. Viajemos, sí. Como hacemos todo lo demás, como quemamos combustibles, como contaminamos, como provocamos la muerte y la miseria de los otros a los que vamos a apoyar con nuestra presencia redentora, pero al menos reconozcamos que es como lo otro, como comprarse un coche nuevo porque el otro te dejó de gustar, porque tenemos dinero y podemos gastarlo. Al menos, el que está en la hamaca de un resort de Túnez no pretende exhibirse ante nadie ni se cree mejor que otros. Solo quería desconectar y nada más. Qué puede haber más presuntuoso que todos nosotros, salvapatrias ajenas pensándonos superiores a los demás por poder
14.8.09
PREJUICIOS
Queda claro que no aspiro a tener ninguna inmersión en la cultura local. En primer lugar, creo que hay que ser o muy pedante o muy ingenuo para pensar que realmente somos capaces de transformarnos o adquirir vivencias de otros. Pero en fin, si esto nunca ocurre, creo que esta vez, todavía menos. Nada de hostaluchos de mala muerte y comer la fritanga que venden los vagabundos. No, esta vez a todo trapo.Creo que lo que voy a ver no me gustará. Creo que sea lo que sea, lo veré desde una jaula de oro en la que me proporcionarán un retrato amable y digerible. Creo que cuando desde mi autobús con aire acondicionado mire de pasada y tras los cristales el parque temático de la pobreza, la dosis de miseria estará perfectamente medida para que despierte en mí sentimientos caritativos y de empatía, pero no será lo suficientemente insoportable como para que realmente se produzca en mí ninguna transformación. Creo que a mi alrededor, mis compañeros, todos se sentirán bien sintiéndose vagamente humanitarios y que el propio hecho de descubrir que en su corazón hay un espacio para la misericordia y la compasión será el mayor descubrimiento de la ruta. Creo que el espectáculo amputado de amputaciones que veremos solo servirá para, en realidad, mirar en nuestro propio interior y absolvernos. En casa, ante los amigos diremos: “sientes un golpe muy profundo en el alma” y pronto olvidaremos qué motivó ese profundo golpe para solo recordar que no estamos endurecidos, que sabemos sufrir por los demás.
Creo que despreciaré ese espectáculo de presunta espiritualidad, y lo siento mucho, creo que pensaré que nuestra cultura, es mejor. En el libro “La insurrección que viene” se dice “El escándalo hace un siglo, residía en cualquier negación un poco provocadora; hoy reside en cualquier afirmación que no tiemble”. Pues eso: la nuestra es mejor. Pensaré que toda esa construcción presuntamente espiritual, lo inmaterial, lo místico, es una pura pamplina, que es una filfa, y que nuestra construcción, desde los griegos, la ilustración, los derechos del hombre, no es distinta…es que es mejor. Pensaré que con Voltaire, con Kant, podemos construir un mundo bello para el hombre..¿pero qué clase de asquerosidad podemos construir con el sistema de castas con ese perpetuo arrodillamiento ante dioses, ante ratas, vacas, monos, todos reencarnaciones de quién sabe qué?
Pensaré que va a repeler ver como se arrodillan, como rezan, en su pobreza misérrima, en su opiácea construcción del más allá mental, psíquico, incorpóreo, para que en aquí se produzcan las desigualdades más atroces, sostenidas por un corpus religioso que no es más que el fundamento del puro mal. Que los bellos templos, las hermosas estatuas, las entretenidas tradiciones, no son más que un dispendio de la voluntad humana del bien enfocado al mal.
Pensaré que ayer estuve viendo a Leonard Cohen, en un concierto maravilloso, enternecedor, extraordinario, tan conmovedor…
Y Leonard Cohen inició su concierto arrodillado, y durante las tres horas en que nos estremeció y removió nuestras entrañas, se arrodilló una y otra vez, se arrodilló mientras desgranaba sus versos, quizá postrado en la belleza de la poesía, del amor y el desamor que navegaba en las palabras, quizá ante nosotros que le observábamos en un silencio vibrante, quizá ante el recuerdo de lo que le impulsó a escribirlas, quizá ante sus músicos que dejaban también allí su alma. Arrodillado ante el diálogo del hombre con el hombre, hablando de las cosas de los hombres, de los sentimientos de los hombres, de la vida de los hombres, para nosotros hombres. No dioses, hombres. Leonard Cohen, de pie, en silencio, con la cabeza inclinada y la mirada baja, el sombrero en la mano que lo lleva al pecho. Leonard Cohen, recibiendo el aplauso sobrecogido de decenas de miles de personas, y él mirando al suelo, como encogido.Me quedan 8 minutos, qué cojones tengo.
1.8.09
XLI
El héroe asoma un poco la cabeza hacia la luz blanca. Está en el callejón oscuro desde donde puede construir sus discursos de héroe en la seguridad de esa noche cálida que le difumina, le acoge y le envuelve. En el callejón donde apenas extendiendo las manos puede tocar las paredes, en ese pequeño mundo donde se ha construido sus ideas de héroe. Fuera está el peligro, en lo blanco, en lo vasto, el peligro que él percibe como sólido, como perversamente real.El héroe no tiene por qué dar un paso hacia la luz blanca, puede quedarse donde estaba. Ninguna fuerza irrefrenable le impulsa. Sabe que ha hecho otras cosas viles a lo largo de su vida y sigue viviendo tan ricamente. Y ese pasado miserable no le ha impedido seguir disertando sobre el bien y el mal. Sabe que ha traicionado a otras personas, que ha mentido, que ha robado, que ha hecho daño, que ha obrado según sus propios intereses y aquí sigue, entero, vivo para poder seguir mirándose a la cara y hablar de fidelidad, de honestidad, de ética. Sabe que está en su temperamento dudar de todo, poner todo en cuestión y que los valores de hoy no tendrán por qué ser los de mañana, sabe que no es capaz de hacerse incondicional de nada y de ahí deriva lógicamente que nada merece un sacrificio incondicional. El héroe ha leído mucho, a unos y a otros, y aunque disfruta de su construcción romántica del bien y del mal, aunque se emociona cuando en las novelas, en las películas, otros héroes, ficticios, entregan noblemente su vida por principios desesperados, ahora sospecha, cuando asoma la cabeza hacia la luz, hacia el miedo, hacia la sensación de hecatombe, de fin de todo, que no eran más que novelas y películas y que nada de eso sirve frente al anuncio de la conclusión, la amenaza, sólida, perversamente real, que se aposta en la luz a la que mira de soslayo.
El héroe sabe que si quiere puede construirse valores a su medida, que puede apasionarse por unas cosas u otras. Sabe que muy bien podría decirse, “la integridad del ser está por encima de todo”, “la permanencia de la vida está por encima de todo”. Podía ser Nietzschiano, podría encontrar justificaciones que vuelven innoble el sacrificio, decirse que el altruismo es una forma de egoísmo. Podría decirse que la moral tiene que estar al servicio de la vida, y no al revés.
El héroe sabe además que todas esas frases que le acompañan: “A quien sufre lo extremo, le conviene lo extremo”, “Solo los más grandes obtienen suertes más grandes”, “Incluso en la muerte conserva íntegra la dignidad de la grandeza humana”, “El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada”…son solo frases célebres y ni por asomo sueña que esas palabras puedan aplicarse ni remotamente a él. El héroe es dolorosamente consciente, fríamente, nítidamente lúcido, que términos como “dignidad”, “grandeza”, “hombres buenos”, en su biografía, en su existencia cotidiana, no son ni siquiera un chiste tragicómico y que sus años en este mundo no son mucho más que una desangelada e inútil sucesión de pequeñas miserias y ruindades en distintas graduaciones.El héroe, tendría un sin fin de razones para girarse de la luz, ser sensato, prudente, y volverse a su escondrijo seguro, abrigado, hogareño, donde habitan los héroes que permanecen indemnes, los que son íntegros porque no son desintegrados. Tampoco se hace ilusiones de la utilidad de su inmolación, ve el mundo en su sucia y cotidiana indecencia, el día a día en el que todos habitamos, en esa impudicia de cobardía, de abuso, en esa indigencia de valores, y tiene la absoluta conciencia de lo baldío de sus gestos. No aspira a ser recompensado, no aspira a ser entendido, no aspira a ser apoyado y sabe que ante el miedo, ante la angustia, estará solo, absolutamente solo, dentro y fuera de sí.
Y el héroe empieza a entender lo que sería realmente ser un héroe y qué pueden haber sufrido y qué pueden haber sentido los de verdad, los que lo fueron, los que lo son y sabe que esa palabra no sirve para él, que le queda grande, enorme, infinitamente distante, pobre miserable, pero cree encontrar algo así como la sombra de la Idea, el reflejo empequeñecido de ese sentimiento en sus pulsiones de roedor tembloroso. Y ahora puede decirte a ti, si existes, que cuando te dijeron: Tu padre, tu marido, tu.. fue un héroe, no supiste lo que era. Sonaba como algo distante, una exhibición de esas que hacen los hombres, una especie de amasijo de esos valores del orgullo, la hombría, la camaradería… Que quizá pensaste, bien pudo ser mejor padre, mejor marido, mejor.., y menos héroe, y la palabra terminó siendo como una especie de título que os distanciaba, que volvía al hombre inhumano, pétreo, inconmovible, una leyenda en vida. Pero precisamente, al contrario, yo creo que se hizo hombre por ser héroe, su humanidad se reveló. Que fue un héroe por otra cosa, que se mereció aquella necrológica que helaba la sangre y que comenzaba: “I was devastated to learn of the death…” Porque cuando se asomó a la luz, cuando vio la muerte de cara, ahí, la herida, la sangre, el fin de todo, la destrucción, el espanto, cuando sacó la cabeza de su escondrijo y fuera no había más que dolor y amenazas, reales, no como las que yo imagino, preveo o doy forma en mi mente, si no que estaban allí en ese presente, en carne quemada, en miembros amputados, cuando miró, supo que era un desgraciado, un miserable, que el riesgo que iba a correr era inútil, que la muerte seguiría campando antes y después de él, que no tenía ningún peso, ninguna importancia en este mundo. Supo que la guerra que luchaba era inmunda, que no existía grandeza ni dignidad en la pelea. Supo que estaba solo como un perro solo en su decisión, que nadie entendería jamás qué se siente en ese hiato, en esa encrucijada, que ningún ser humano te puede acompañar ni reconfortar, que ninguna idea superior te da fuerzas, que estás podrido de miedo, pero sobre todo, estás solo, absolutamente solo en tu pequeñez, en tu fragilidad, carne tan fácil de rasgar, corazón tan fácil de apagar, cuerpo tan fácil de quebrar. Que eres insignificante, en ti mismo, en lo que puedes lograr, en tu ausencia y en tu presencia. Y aún así, ese tipo salió de su agujero hacia ese destino incierto y sin premio. Y quizá por eso, después, el héroe siente una especie de repulsión hacia su gesto heroico, y le disgusta recordarlo. Porque sabe lo que fue realmente, la prueba más absolutamente límpida de su penuria, de su desamparo, de la estrechez de su armazón como ser humano, que no se sustentaba en nada, que no creía en nada, que no tenía fe en nada, de su desnudez moral, de sus temores, de sus pesadillas. Que no sirvió para nada, y el héroe entiende la nada como el vacío absoluto, ese blanco enorme, el mundo rugiente y rabioso donde acecha el daño, el dolor, la desaparición, la ceguera, en ese pantano espantoso de la herida que alimentan incesantemente sumideros que arrastran lo más perverso, lo más cobarde, lo más indigno del ser humano, esa especie de pobre animalillo asustadizo, reptil que mira receloso desde su madriguera, que hace del heroísmo, del verdadero, un espectáculo ficticio y folclórico. Y quizá a este héroe, mal padre, mal marido, solo le quede, para no encontrar su acto tan falto de sentido, buscar el sentido de lo heroico, lo puro, en los actos de otros héroes, mitificarlos, ensalzarlos, como yo mitifiqué su acto sin conocerlo, para que alguno, aunque solo sea uno, tenga algo de verdad, que haya un sacrificio justo, una guerra justa, un esfuerzo justo, que haya algún lugar donde podamos encontrar esas palabras, la dignidad, la nobleza, la grandeza, los gestos de los hombres buenos. Y si no, todo es un lodazal sombrío.
El héroe asoma un poco la cabeza hacia luz blanca, da unos pasos, sale, y espera. Es un irresponsable, un imprudente, de algún modo merece lo que le pase. Esas cosas solo le ocurren a él. Se las apaña para estar siempre en líos. Al héroe le repele la palabra, le causa horror, le espanta, pero por alguna razón que desconoce, que se le escapa, el héroe que no es héroe como los otros a los que ensalza y tampoco lo fueron, prefiere verse en su exacta representación mezquina, miedosa, inútil, saberse débil y quebradizo, deshabitado de toda certeza y hueco. Prefiere verse en su verdadero lugar de insecto microscópico, solo, tan solo, tan, tan solo, que en el espejismo de su vida diaria, charlatán barato, predicador hipócrita, timador, embustero y farsante, servil cobarde de mierda.12.6.09
Ahora yo soy tu justicia
R. se gira y me mira. Los dos supimos donde estaba el umbral del dolor. Ahora nos preocupa subestimar aquel que no alcanza aquella altura que nosotros marcamos, perder la empatía, volvernos insensibles. En el puente aún hay una placa: “hasta aquí llegó la inundación de 1924”. Y parece que las posteriores no fueron inundaciones sino simples encharcamientos. R. me dice con dulzura mientras yo cierro los ojos: “De todo aquello aprendí algunas cosas, a conocerme mejor a mí misma y a saber que no hay justicia, ni hay dios. ¿Te lo mereciste? ¿Merecías aquel dolor espantoso, exagerado, desproporcionado? ¿Merecías ese castigo tan inhumano? Todos aquellos días, en que te sentiste tan superado, tan infinitamente pequeño ante aquel peso atroz..¿lo merecías?” Y yo recuerdo una madrugada en que no estoy borracho pero no encuentro mi coche, y aunque estoy a menos de medio kilómetro de mi casa, siento una enorme angustia, y me rindo, y me siento en el escaparate de Caixa Galicia y estoy allí, inmóvil, inútil, durante 50 minutos hasta que llamo a L. y le digo: “no encuentro el coche, no sé que hacer, por favor, ¿puedes venir a buscarme?”. Y estoy en una situación de absoluto desamparo, de total desvalimiento, llorando porque no encuentro el coche, y qué importancia tiene. Hasta que llega L. a buscarme, y lo tengo aparcado apenas a quince metros de donde estoy, pero no era eso, si no que lo que ocurría era que era inservible, incapaz, superfluo, un deshecho indefenso e insignificante. Y recuerdo, mientras L. me acompaña a casa, un texto que escribí hace veinte años, que decía algo así: “antes de aquello, me llamaba a veces de madrugada y rompía a llorar dolorosamente. Le afectaba cualquier cosa, por banal que me pareciese y yo me quedaba en silencio, imposible consolar.”. Y entonces no sabía qué era eso, lo había visto en películas, escribía sin saber, pero ahora sí lo sé. Que soy un inútil, un despojo de ruina bajo el cielo distante. Y nada más.Así que miro a R. y le digo: “no, no lo merecía”. Y ella continúa, exaltada, “¿había alguna justicia a la que reclamar? ¿Qué pudo haber dictado aquella orden de destrucción? ¿Y dios? ¿Dónde estaba dios? Tú y yo estamos mirando ahora el cielo nocturno, nos hemos salvado, y no le pedimos nada. ¿Pero y los otros? ¿Y los que le rezaron y no se salvaron? A los que asesinaron, a los que lo perdieron todo, los que fueron aniquilados…¿Dónde estaba ese dios?” Y continúa, rabiosa, enfadada, dolida, “¿dónde estaba la puta justicia? ¿Dónde estaba ese hijo de perra de dios?” y me mira más fijamente, se acerca a mí, muy seria, y muy dulce, “¿te lo merecías, Jorge? ¿Te lo merecías? ¿Me lo merecía yo? ¿Se lo merece alguien?. No, ¿y sabes por qué?, por que no hay dios, por que no hay justicia, porque solo estamos nosotros y cada uno es el destino de los otros.”
R. acerca su cuerpo desnudo al mío, qué tiempo habrá mañana, lloverá, hará sol, ya estamos en junio, “cuánto me gustaría ir a la playa” añade, “cuánto necesito el sol”, pero no sabemos, quizá, cuando amanezca el día nos de una pista, o no, o quizá mienta, o quizá cambie de opinión. Vendrán nubes llevadas por el viento y se las llevará otro viento, brillará otro sol, pero nada de eso podemos adivinarlo en las estrellas de la noche, que están ahí por que sí, para brillar, pero que no cuentan nada.
R. se pone encima de mí, entre las estrellas y yo, entre el cielo y yo, su cabello negro lo tapa todo. Apoya las manos en la almohada mientras me mira y hay algo en su rostro que no es comprensible desde el amor si no que está en otra dimensión, antes, después, en otro lugar, con otras normas, que es la responsabilidad ante el rostro del otro. Es responsable de mí, es responsable de a quien mira, me ha acogido, soy importante por el único hecho de ser, el único arco celeste es el que construye su melena negra sobre mi cara que tiembla y lo único que brilla son sus ojos impetuosos. Entonces R. llena los míos con su rostro infinito, el cosmos, se acerca y besándome muy despacio dice: “este, este es Dios”. Y ocultando para siempre el cielo al que jamás volveré a interrogar, esculpiendo la nueva bóveda celeste de lo humano, trazando la cartografía astral de la piel, de la suya, de la mía, de la de todos, tejiendo las nuevas leyes de la gravitación entre las personas, los que lloraron, los que imploraron, los que no, sujetos, nosotros, yo, ella, alguien, tú que lees esto ahora, todos, asumiendo la responsabilidad radical para el otro, humanos, desvalidos, desamparados, solos con nosotros, que somos porque nos cuidaron... Entonces R. , despacito, me susurra: “y ahora, yo soy tu justicia”.
5.5.09
Echamos el cierre
En la construcción del pensamiento épico que acompaña la vida de una banda de rock son necesarios estos referentes más que musicales, morales. Hay bandas que ponen su mirada en los vencedores, en las fiestas de la mansión play boy, en las multitudes jaleando, en los caza autógrafos. En su imaginario, sueñan con cruzar el espacio entre la limusina y la entrada al backstage protegidos por la policía, sorteando una avalancha de fans enloquecidas. Nosotros nunca soñamos con eso. Pusimos nuestra mirada en los perdedores. En esa especie de poética del vagabundeo de poblacho en poblacho, de arrastrarse con la furgoneta, lo comido por lo servido, de ese vagar honesto y errático. Nosotros amamos a los que amaron a la música, a pesar de no recibir nunca los premios merecidos. O sí, o igual sí se merecían esa vida, sí nos la merecimos todos, de semi-oscuridad, de invisibilidad, de hostales en villas pequeñas, algún éxito de vez en cuando, un año bueno, una canción que suena, o ni siquiera eso, casi siempre sumidos en el mar de
Burning, encarnaba para nosotros esa consistencia ética. Esa perseverancia en el rock and roll, pese a todo, pese a la muerte, pese a las catástrofes. Salen al escenario honestamente y ejecutan lo mejor que pueden y como mejor saben. Y sobre todos, nunca nadie más nos enseñó ese camino que Pepe Risi, al que muy poco antes de morir y después de una temporada larga sin haber coincidido con ellos vimos sobre el escenario, tan deteriorado que nos dio miedo, tan destruido, tan débil, tan frágil. Y Pepe, que muchos, muchos, muchos años antes nos había dicho en su furgo, “aquí, soy lo que soy, estamos hablando, soy lo que ves, pero cuando te subes a un escenario tienes que creerte que eres el mejor del mundo”, ese mismo Pepe, ese día, con la garganta rota, rozando a veces el gallo, se acerca al micro, y con aquella voz que te ponía los pelos de punta y que evocaba en su timbre todo aquel paisaje de losers que dibujaban los Burning en su imaginario, ese mismo Pepe, ese día, tan enfermo, tan poquita cosa y a la vez tan grande, tan inhumano en su escuálida humanidad dijo: “Hey, chicos, no tengo voz, pero tengo corazón”.
Y eso es todo. Siempre ha sido así. La divisa de esta banda que ahora muere. No tener voz, pero tener corazón. Nos vamos en la misma indiferente invisibilidad en la que caminamos toda nuestra vida. A nadie importamos nunca y estoy seguro que pocos, o nadie, se acercará a despedirnos. Puedo contar con los dedos de una mano quienes te han preguntado, quienes han llamado, quienes te han consolado…Da igual, no estábamos aquí para eso. Era para otra cosa, para no tener voz, para cantar hacia el satélite que nos da la espalda, en el eclipse eterno, como la protagonista de una de las canciones, la loba solitaria que aúlla a la luna, falta de amor. El sábado, una vez más, desde el escenario, miraré el terreno yermo de la explanada, despoblado, deshabitado de toda emoción. Algún amigo al fondo, apoyado en algún poste, silencioso, mirándote, algún borracho pegando voces, los técnicos de la mesa intentando ligar con alguna chica perdida, los organizadores al fondo, decepcionados por el vacío, luego te dirán “sonáis de puta madre pero yo no entiendo a la gente, siento mucho que tuvieseis tan poco público” y tú sonreirás. Un despistado te pedirá la hoja del set list, o probablemente no, y termine allí, en el escenario, embarrada, pisoteada por los pipas que recogen los bártulos o se la lleve el viento de Los cuatro gatos que había se han largado y ya no queda ni dios. Ni siquiera suena música de ambiente. Solo el silencio, Rayas desatornilla sus anclajes, guarda sus cosas en la funda, yo ayudo a llevar los amplis al maletero, estoy sudando, nos tomamos una caña y Josemi dice para todos: “hoy hemos tocado de puta madre”. Y nadie contesta. Es la pura verdad, pero es como si no hiciese falta decirlo, como si nadie necesitase ánimos. No estábamos ahí para eso, estábamos ahí por
Nos quedamos, solos, como siempre, después de haber tocado lo mejor que sabíamos, para nadie, como tengo la certeza que ocurrirá este sábado. Todo dará igual, a nadie le importamos nunca una mierda. Te vas sin despedirte sencillamente porque no hay nadie de quien despedirse. Pero nosotros, en el escenario, tocaremos como si fuésemos los amos del mundo, por momentos tiernos y sensibles, por momentos desafiantes y chulescos, eléctricos, siempre sin voz y siempre con corazón. Se apagan los últimos focos, nos damos la vuelta, y nos perdemos en la noche.
27.4.09
On the road again
Hoy llueve. La lluvia es una mierda. Cantan en Youtube Willie Nelson y Sheryl Crow, “Crazy”, esa maravilla de Patsy Cline. I´m crazy for feeling so lonely, I´m crazy for feeling so blue….. I´m crazy for trying?
¿Estamos locos por intentarlo? Quizá. Hay que estar un poco majara, sí. Y como lo estamos, el 26 de junio, acompañados por María Rodés que se atreve a girar con nosotros, volvemos al escenario, Larry, Josemi, yo y quien sabe si alguna otra sorpresa al lugar donde más se nos quiere, al Pub Gatos de Melide, a iniciar algo nuevo que por ahora no tiene ni nombre, pero que ya tiene sentimientos y canciones. Ahora es Willie Nelson en solitario el que dice: “A la carretera de nuevo, no podía esperar más, porque la vida que amo es hacer música junto a mis amigos, conociendo lugares que nunca hubiese conocido, viendo cosas que no hubiese podido ver, como una banda de gitanos descendiendo
¿Estamos locos por sentir? ¿Estamos locos por llorar? ¿Estamos locos por querer? ¿Estamos locos por intentarlo? Pues nos la pela.

