Jamás. Jamás podré
llegar a ser un escritor. Ya no digo bueno, ni siquiera malo. Porque para mí,
escribir es casi siempre la crónica de un allanamiento. Hay algo que se quiebra
dentro y que abre una grieta por la que empiezan a adentrarse esas visiones que
acechaban ocultas, contenidas por el acontecer rutinario. Visiones de lo
animado y lo inanimado, respuestas a preguntas que de ningún modo me había
formulado, revelaciones de secretos, descubrimientos de los hilos invisibles
que relacionaban de una forma nunca soñada objetos con otros objetos, personas
con personas. Todo conforma un nuevo cosmos que penetra en mí, dirigido con
sus leyes misteriosas que yo conozco entonces de manera intuitiva e inmediata. Y ese mundo increado, que se me presenta como una aparición, como un rostro que se
desvela, no es mío, sino que me ha invadido aprovechándose de la hendidura
provocada por la otra realidad, la que miraba con los ojos de diario. Y lo que
causa la fractura pertenece a un mundo, y lo que lo penetra, a otro. Distintos,
lejanos, gobernados por fuerzas y deseos diferentes, del mismo modo en que son
diferentes la hoja afilada que hiende la piel y la miríada de microorganismos
que provocan la infección. Del mismo modo que son diferentes los arrecifes que
tronchan el casco del navío y el océano que lo inunda. No se conocen, no
conspiran, y nos hieren de modos distintos: una nos lacera y otros nos corrompen.
Uno nos golpea y otro nos ahoga.

Y entonces las murallas
ofrecen ese ámbito para la herida. Y cuánto más profunda, hiriente y dolorosa
es, más espacio deja para la llegada del mundo imaginario, que me puebla, me
domina, me enseña su idioma y sus costumbres, y que yo, pobre de mí, transcribo
como mejor sé, como esos primeros historiadores de la antigüedad dibujando con mis
dedos manchados de arcilla en la piedra.
Tarde o temprano,
termino cerrando la puerta, cubriendo la yaga, sanándome. Y el flujo de suministros que
alimentaba a ese ejército de fantasmas cesa. Desde la fortaleza ya no veo los
brillos del fuego en la oscuridad ni me asaltan aquellos sonidos terribles. Se
abre de nuevo el espacio conocido, el jardín domado, el erial infinito. Mis
ojos descansan. Los relatos, los poemas, las canciones que se terminaron en los
momentos de posesión ahí se quedan, como mudos testimonios de la enfermedad. Un
historial clínico. Como esas radiografías de roturas de huesos infantiles que mi
padre guarda en un cajón. Y ese es su único valor: la narración del
resquebrajamiento.
Y aquellos otros que se
quedaron a medias…jamás se terminarán. Desaparecido el impulso que llegaba de
aquellas formas misteriosas, se paralizan y se fosilizan como mosquitos en
ámbar. Pueblan mi espíritu de historias inconclusas, personajes inacabados, capítulos
nunca continuados, embarullándose unos con otros, despojos de las sucesivas
invasiones, de diferentes vidas, de diferentes sueños, de diferentes narraciones,
secuelas de tantos desgarros. A muchos de estos espectros les tomo afecto. Los
recuerdo a menudo y me duele verles, deshechos inútiles, incompletos, truncados
en un permanente estado de aplazamiento. Mañana vivirás, les digo, pero mañana
nunca llega. Me gustaría seguir insuflándoles vida, que avanzasen hasta
completar su ciclo, nacer, amar, morir, pero no puedo. Y siento, casi siempre,
que curarme, cerrar la herida, conlleva una traición.
Por eso, porque estoy vivo,
porque las heridas cicatrizan y las nuevas traen otros mundos y otras fantasías,
porque todas las fuerzas de mi ser adoran la vida y combaten el dolor, jamás
terminaré nada, jamás dejaré una obra digna de este nombre. Seré solo un
iniciador de cuentos, un creador de personajes a los que luego abandono sin
destino en ese limbo inmóvil del tiempo detenido. Seré un narrador de leyendas
que solo tienen principio, el trovero que repite “Érase una vez” de mil maneras
distintas..una y otra vez.
Quizá algún día que no
deseo que llegue, sufra una herida que no se pueda cerrar, que extienda tanto
en el tiempo su exposición a la vida imaginaria como para que esta me penetre
para siempre. Imagino la crónica de esa última invasión como el hundimiento del
barco que embistió el arrecife. Los hombres exhaustos, impotentes ante la
fuerza del océano, bajan los brazos y se conforman con su destino. El aire
desaparece poco a poco, el barco desciende suavemente hacia el abismo y su último
recuerdo es una burbuja que dura un instante, un pequeño remolino. En el fondo,
acostado sobre el suave limo abisal, mecido por las corrientes, los jirones del
velamen ondean acompañando a los sargazos en el mismo baile de muertos. Entonces,
silencioso, mudo, inmóvil para siempre, me poblarán medusas y peces de colores
y cerraré los ojos para que crezca en ellos el coral. Dejaré de ser
lo que antes fui, una lóbrega bodega, un esqueleto de madera quejumbrosa, para convertirme
en parte del hogar de los que habitan el mundo submarino. Para convertirme para
siempre, en el fondo del mar, en un acuario.