6.1.09

Somos lo que somos

NOTA ACLARATORIA:

Este texto tiene dos años y medio y ahora no lo escribiría de este modo. Creo que las alusiones personales no aportan nada, ni tampoco la historia del desarrollo de aquella actividad para los niños.

De igual manera, creo ahora que las manifestaciones referidas a la cultura gallega son en general desafortunadas (y en ocasiones de mal gusto), a pesar de que continúe opinando que la defensa de lo propio no puede justificar la barbarie y que el localismo o el nacionalismo llevan en ocasiones a una indefendible ceguera ética y a una autocrítica imposible.

Sin embargo, sigo pensando lo siguiente:

-No se puede defender éticamente el uso de los animales para nuestro divertimento en ningún tipo de espectáculo. Ninguno. Del tipo que sea. No son propiedad de los seres humanos ni están puestos en el mundo para nuestro goce. Son seres vivos que comparten el mismo planeta. Para no alargar el razonamiento me remito a los textos de Peter Singer.

-Obviamente hay manifestaciones "culturales" también muy enraizadas históricamente en sus respectivas comunidades que son más salvajes y sangrientas que A Rapa. Eso no absuelve a esta última sino que vuelve más repudiables y deleznables a las primeras.

-Ni uno solo de los argumentos que se utilizan para defender el uso de animales para la diversión de un público que paga su entrada resiste un mínimo razonamiento y no son más que falacias autojustificativas. La mayoría de ellos son copias exactas de los que usan los defensores de la tauromaquia, incluso en sus manifestaciones más aberrantes, o de otras celebraciones como la cabra arrojada del campanario. Los habitantes de esos lugares usan, uno a uno, el mismo argumentario moral e histórico. Para muestra un botón: El toro embolado data de culturas prerrománicas

-Pese a todo lo que se diga, la celebración no sirve para crear sinergias positivas a lo largo del año en un pueblo que, año tras año, agoniza y que ahora cuenta con 60 personas censadas. El futuro no muy lejano es de una fiesta multitudinaria en un pueblo fantasma.

-Me gustaría pensar en una sociedad que dedicase sus esfuerzos a la salvaguarda y respeto del ecosistema y sus habitantes. Todos poblamos el mismo mundo.

-Para ahorrar polémicas manidas y discusiones repetidas infinitas veces insisto en la lectura de los textos referidos a bioética de Peter Singer y otros. A partir de ahí se puede establecer una discusión si se quiere.

-Las dos primeras fotografías del blog, son de jpereira que me ha afeado con razón usarlas sin permiso. Lamento no saber nada más de él ni poder dar más datos, y desde aquí, le ofrezco mis disculpas y la retirada de las mismas si así lo desea.


En Galicia poseemos una virtud que yo considero extraordinaria, y que constituye posiblemente nuestra seña de identidad más definitoria: podemos convertir cualquier actividad, sea cual sea, en una astracanada. De hecho, no es que podamos si no que debemos. No se trata tanto de una posibilidad como de un impulso irrefrenable, una certeza. Hay quien dice que nuestro hecho diferencial es la ignorancia militante y aún sin atreverme a descartar del todo esta afirmación, yo diría que es la facilidad para la chabacanería, la destreza para la patochada y la maestría en la zafiedad lo que nos hace únicos. Da igual lo que sea, al final todo lo que hacemos resulta ser una mamarrachada.

Como nuestra capacidad de producir cultura es un tanto limitada, aquí abrimos un poco la mano en el concepto. Hay que tener un poco de manga ancha a la hora de definir qué es o qué no es un hecho cultural, si no, vamos un poco jodidos. Y así, consideramos cultura las fiestas gastronómicas, las romerías campestres y esas cosas. Los alemanes puede que no conciban como muy cultural el hecho de organizar una fiesta donde lo único que se hace es beber cerveza y se puede vomitar y orinar al suelo desde la misma mesa. Ellos podrán permitirse ese lujo, pero nosotros, si no contabilizamos esas movidas, las supersticiones y las fiestas gastronómicas, a ver que coño nos queda. Como a veces esto causa cierta sospecha, tenemos a una legión de estudiosos pagados por el estado para dar verdadera luz sobre los frutos de nuestra idiosincrasia. Y así, donde un observador externo solo vería a unos cuantos alcohólicos con las camisas desabotonadas hasta el ombligo y manchados de tinto peleándose por coger sitio en la pulpería mientras circulan por el barrizal niños vestidos de gaiteiros ante la indiferencia general, estos constructores de nuestra identidad son capaces de ver en estas reuniones grandes centros de erudición y sapiencia popular.

Una de las manifestaciones que más encendidos elogios y estudios despierta es una romería llamada A Rapa das Bestas, que consiste en localizar y perseguir manadas de caballos salvajes, encerrarlas en un cercado y luego proceder a cortarles crines y colas por la fuerza, derribándolas al suelo, mordiéndoles y dándoles patadas. Tal actividad es jaleada por centenares de personas en evidente estado de absoluta embriaguez y uno de sus méritos principales es que lleva cinco siglos celebrándose ininterrumpidamente. Es obvio que un observador externo podría alegar que el mantener en el siglo XXI manifestaciones de barbarie animal medievales no es mérito alguno, como tampoco consideraríamos meritorio organizar romerías para la quema de brujas o las torturas inquisitoriales. Pero eso equivaldría a no comprender lo que significa la “ignorancia militante” que nos define. Hay que estar en guardia contra la ilustración y la educación, que es percibida como una imposición foránea, y eso exige una disposición constante, un celo decidido. El paso del tiempo, la contaminación con otras culturas o la pura mala suerte podría acabar volviéndonos civilizados. Y sí, posiblemente seríamos mejores seres humanos, pero sin duda seríamos peores gallegos.

Hace años, alguien consideró que tal manifestación de maltrato tenía virtudes pedagógicas y se organizó una de estas romerías especialmente para público infantil. Casi un millar de niños pudo asistir, boquiabierto, a la celebración. Para la ocasión, se aconsejó a los “aloitadores” que así se llaman los que participan en el evento, que se abstuviesen, o en su caso, redujesen, los habituales mordiscos en las orejas de los animales, las patadas en el vientre y los puñetazos en la cara. Esto se hizo un poco a regañadientes. Más polémica despertó la propuesta de eliminar la ancestral costumbre de darles un tajazo en las orejas con unas tijerotas oxidadas para que los animales tengan la “marca” de la parroquia. Algunos se habían percatado que los regueros de sangre podían dar lugar a malentendidos así como falaces argumentos para esos miserables envidiosos y analfabetos que consideran la fiesta como un canto al salvajismo. Pero también, tras encendidos y sesudos debates, esto pudo dulcificarse para la ocasión y así proceder a la instrucción de los niños de hoy en los cernícalos cerriles de mañana. Por supuesto, antes de dar paso a la mortificación de los caballos se da a los chavales una charla educativa con manchurrones históricos, antropológicos, sociológicos, que para el observador externo no sería más que un burdo intento de enmascarar la violencia pero para nosotros es nuestra identidad, la justificación de nuestro propio ser, nuestras raíces en la burrez que llevamos como una bandera. Mi amigo H. es un fiero defensor de esta fiesta y cada año nos desgrana los argumentos que justifican su moralidad, todos ellos reflexivos y juiciosos. Con cierto aire de superioridad que le otorga el conocimiento del medio rural sobre los urbanitas nos informa que “tú no sabes lo dura que tienen los caballos la piel” para explicar la obligatoriedad y las bondades de las patadas en el vientre. De igual modo somos educados en las curiosidades de la biología caballar cuando se nos dice que los mordiscos y los cortes sanguinolentos en la oreja “no hacen daño porque es cartílago”. Pero sin duda mi favorita es la que expone que “es por su bien: si no les cortamos las crines y cola, se enredan en las zarzas” lo que convierte a los parroquianos en una especie de correctores de la naturaleza caballar, enmendando los errores evolutivos de la especie equina. Incluso, sin parar mientes, susceptibles de ser exportada su altruista labor ecológica o su ejemplo por todo el planeta, salvando, por qué no, a los caballos de las peladas estepas mongolas de que por un maléfico azar se le enrede una cola en alguna zarza perdida. Por último, añade siempre otra justificación, a simple vista irrefutable: “si no fuera porque nosotros les mantenemos vivos durante todo el año para la fiesta, se extinguirían porque el caballo salvaje es inútil”. Esta tiene cierto parecido con la que usan los taurinos cuando dicen que la fiesta nacional salva al toro salvaje de la extinción. Pero a mí también me recuerda a un proyecto nazi para salvaguardar en zoológicos a algunos judíos de forma que las generaciones futuras pudiesen comprender los motivos de su aniquilación. Tal cosa se haría mediante la construcción de granjas de judíos de las que se extraerían familias judías que desarrollarían sus actividades cotidianas a la vista del público. Se buscaría a familias particularmente observadoras de la tradición y piadosas para que el público pudiese verlos en su ecosistema con la mayor verosimilitud. Se organizarían también excursiones de escolares para que entendiesen el glorioso esfuerzo del exterminio. Igualmente, también se pide que el toro bravo sea bravo para deleite de los espectadores, que sea según su naturaleza, y que los caballos ejerzan de caballos y ofrezcan resistencia. ¿Tendría sentido la fiesta sin resistencia del animal? No, se necesita que se comporte “salvaje”, que sea verosímil, que se oponga, cocee, se necesita, al fin y al cabo, que sufra. Un observador externo podría pensar qué clase de sociedad es la que acaba con el ecosistema de la vida salvaje, liquida todas las posibilidades de existencia de otras especies en libertad, aniquila y coloniza los espacios vírgenes y luego, amparándose precisamente en ese exterminio sistemático, salva a los supervivientes para convertirlos en objetos de feria y mofa en celebraciones de exaltación de la violencia. Un observador externo podría argüir que los ingentes recursos económicos que se dedican a tales manifestaciones de brutalidad disfrazada de cultura popular, bien podían dedicarse quizá a reconstruir precisamente esos ecosistemas destruidos, a crear un mundo en el que podamos vivir armónicamente con la vida salvaje en lugar de explotarla y cosificarla ferozmente. Pero tal observador no tendría en cuenta que la ilustración y el respeto por el medio no coadyuvan en la construcción identitaria. La concepción de un mundo en el que los seres humanos debemos convivir y no sojuzgar a la naturaleza, el entendimiento de que la tierra es un ecosistema global para todos que no entiende de diferencias regionales, no colabora en la invención de nuestra propia diferencia cultural. Y la edificación falsaria de los rasgos identitarios (en este caso, una peculiar y original forma de maltrato) está por encima de la moralidad de los actos. Si es nuestro es bueno. Sí, podíamos ser mejores humanos, pero seríamos peores gallegos.

En fin, ese día la jornada pedagógica se desarrollaba con la placidez que era posible, pero si creemos en la teoría de la inevitabilidad de la patochada esto no podía durar. Y así fue. Al rato, apareció uno de los personajes más conocidos de la parroquia, conocido como El Manco. Desde luego, si lo que se pretendía era que los escolares tuviesen un ejemplo de hasta donde llega la superación personal y de cómo una tara física no tiene por qué impedir el desarrollo integral de la persona, El Manco es un modelo a seguir. Con un solo brazo del que por una extraña aleación surge un bastón, y ayudado por sus dientes, es capaz de mostrarse como uno de los “aloitadores” más efectivos y fogosos. Realmente constituye un espectáculo inenarrable ver con que saña y violencia descarga bastonazos, mordiscos, patadas, con una furia incontenible. Desgraciadamente, la facción moderada le había impedido actuar en esta ocasión por deferencia al público escolar pero el Manco nos tenía reservada otra sorpresa. Ante el casi millar de niños estupefactos saltó al foso y comenzó una enconada discusión con un vecino acerca del presunto robo de un caballo escuálido al que unos minutos antes todos estaban pegando. El debate fue todo lo sosegado que cabe suponer, con bastonazos sobrevolando el aire, y afectuosas y cálidas exhortaciones como “ladrón hijo de puta” y amables ofrecimientos como “te voy a meter el bastón por el culo, te voy a matar cabrón”, que en nuestra lengua vernácula suenan más dulces y melodiosos (vouche meter o bastón polo cú, voute matar cabrón). Los niños al fin encontraron un motivo para la carcajada y el alborozo, pero desgraciadamente para ellos, cuando mejor se ponía la cosa, aquellos que no se avergonzaban de organizar, participar y mostrar un acto donde se violenta de ese modo la vida salvaje, estaban profundamente abochornados y se interpretó que el giro que había tomado el show no era tan educativo como darle ostias a unos animales aprisionados. Hubo que suspender el resto de la jornada didáctica y desalojar a las decepcionadas criaturas mientras la nueva función cada vez subía más de tono con empujones, insultos, amenazas, nuevos participantes, brazos que volaban, ostiazos por aquí y por allá. Hombres contra hombres, hombres contra bestias, qué más daba. Y al final, de nuevo, lo habíamos logrado, lo habíamos convertido en una caricatura, en una exhibición, una vez más de nuestra pobreza ética y cultural, de nuestros terribles déficits educativos, de nuestro incivismo, de nuestra complicidad cotidiana con la ignorancia y el atraso moral. En una mamarrachada grotesca.

Por eso, cuando mi madre nos lió para disfrutar la cena de fin de año en el Restaurante Velis Nolis de A Estrada, algo en mi interior me dijo que no saldría decepcionado, que valdría la pena el experimento. Pero eso queda para otro día.


Sobre bioética:

http://www.bioeticanet.info/animales/index.htm

http://www.igualdadanimal.org/entretenimiento

http://blogs.periodistadigital.com/verdes.php

http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Singer


Interesante testimonio de un defensor de la fiesta:

O trobador urbano e amigos

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