18.4.10

Aclaración de principios

Como una bomba de vacío que expulsa el aire al exterior dejando solo el hueco donde habita su ausencia, así el dolor, ese que se escribe con mayúsculas, puede funcionar como una gran fuerza física que expele al espacio nuestros valores, dejándonos únicamente con la nada. Algo así, quizá con otras palabras, dijo en el Matadero un extraordinario Lluis Marco en la no menos extraordinaria Rock & Roll de Stoppard. Unos días antes, era de nuevo en Calígula donde se reflexionaba acerca de ese saqueo interior que produce el sufrimiento más hondo. Ese que cuestiona, banaliza e incluso ridiculiza todo lo anterior a su advenimiento. Aquello que nos conformaba, que nos explicaba ante nosotros y ante los demás reaparece en su verdadero valor: la bagatela. Y desmantelado por medio de esa succión del agujero negro insaciable de la herida, se nos muestra como lo que siempre fue, una tramoya, un decorado, el maderamen carcomido de esa escenografía donde representábamos nuestra desdichada tragicomedia. Un teatrillo.

La intensidad de ese dolor es tan sobrehumana que ejerce su dominio absoluto sobre el páramo helado en el que nos hemos convertido. El dolor se apodera del sentido: es el sentido. No es que nada lo tenga, no es que se pierda, es que ninguna otra cosa puede ser siquiera una triste sombra de esa presencia que tiende a ocupar todo el espacio. Así, no es insensato cuestionar los valores, la vida, la muerte, matar, morir. No es insensato comprender la futilidad de la existencia hasta entonces, la levedad del edificio mental que habitábamos y cuyas paredes no resistieron ni el primer soplo de ese hálito de desconsuelo. Lo insensato era lo otro, haber vivido en ese espejismo, en aquella confianza jactanciosa.

A aquel ser tembloroso yo le di nombre. Era: el despojo. Y con la perspectiva veo que fue un nombre afortunado. Despojar comparte raíz con espoliar, cuyo primer significado es arrancar la piel, el pellejo. Y yo, como despojo, era exactamente eso, un ser que había perdido su epidermis. Que había perdido la envoltura de ideas, recuerdos, concepciones, y creencias. Los proyectos y aspiraciones que hasta entonces envolvían mi carne sangrante hasta que ésta quedó expuesta, tras el desgarro, en su informe masa blanda de músculos, vísceras y venas latientes. En su absoluto y total desamparo.

De todo aquello, emergió –entre otras cosas- un nuevo modo de acercarme al conocimiento, y sobre todo, una perspectiva más cabal de mi propio peso en el mundo. El acerbo de saberes que había ido adquiriendo y atesorando, con los años, se reveló con su verdadero volumen: algo irrisorio, insignificante, risible en su antigua existencia arrogante. No sabría decir cómo se iluminó esta idea, pero en seguida se hizo certeza, de las pocas que tengo, quizá la única. A partir de entonces, conocer, aprender, se convirtió en un proceso únicamente de aumento del vacío infinito. Y cada nueva línea, cada nueva idea encontrada en este proceso no ha sido más que expandir el horizonte de lo que se desconoce. En la confección del mapa de lo que sé, no he podido en estos dos años trazar ni siquiera ni un nombre nuevo, un jalón fijo en el espacio investigado. Justamente al contrario, aprender es un constante revelar la propia imbecilidad, y, a lo sumo, titular en ese mapa del universo una nueva región con un nombre, donde antes solo había Terra Incógnita. Pero ahí sigue, igual de inexplorada que antes. Como mucho, quizá un indicio de que los límites, que ni siquiera intuimos, están aún más lejanos en su nebulosa inaprensible. Aprender es empequeñecerse, ser cada día más consciente de la propia insignificancia.

Por eso, hace algunas semanas dejé de escribir en este blog. Porque estaba un tanto hastiado de mis propias naderías. Debo confesar que el motivo principal que me impulsó a comenzarlo fue de algún modo que sirviese como una auto-explicación. Como tantos otros, soy más capaz de ordenarme cuando escribo, pero incluso ese ordenamiento, una vez publicado, parece tan insustancial, tan decepcionante, tan torpe…no pensaba volver a escribir. Exponer esas reflexiones, que yo mismo juzgaba como necedades o pamplinas, me parecía una pedantería. Cancioncitas, algún poemilla ...cosas en las que entretenerse. Y ya está.

Colaboró en mi decisión el actual hartazgo absoluto que siento por el debate. En ese renacer, en ese redescubrir como enfocar la construcción de mi interior (no debería utilizar “reconstrucción” porque considero que en realidad no había construido nada en el pasado), al principio hay como un deseo infantil de explorarlo todo. Y parecía que la discusión, la argumentación eran poderosas armas. Pronto me he decepcionado de todo esto y la mayoría de las discusiones en las que me he enfangado me han espantado por el uso obsceno y absolutamente deshonesto del razonamiento en un continuado e indecente ritual masturbatorio de réplicas y contrarréplicas donde todo, la falacia, la mentira, el disparate o el ataque personal, está permitido y que no tienen más justificación ni objetivo que la petulancia y la egolatría. En este proceso he conocido a personas que dicen “disfrutar discutiendo”. Pocas cosas me han parecido más tristes y vacías y reconozco que he perdido horas en esa pantomima que se asemeja a las antiguas películas cómicas de persecuciones donde el perseguido arroja al perseguidor percheros, cubos de basura, jarrones, sillas, y cualquier cosa que se encuentra en su camino. De igual modo he visto a éstos arrojar sin ningún escrúpulo en su huida desquiciada argumentos elegidos al azar, nunca reflexionados ni considerados (no pre-meditados) hasta ese instante, y si acaso, uno, pacientemente, fuese capaz de apartar los obstáculos uno a uno y arrinconar al interlocutor en su propia construcción falsaria, empezar este a arrojar de nuevo los argumentos contrarios a los anteriores, los antagónicos, sin el menor atisbo de sonrojo.

Por su simbolismo no puedo evitar referir un suceso biográfico: hace algún tiempo trataba de explicar yo a uno de estos disfrutadores de la discusión un episodio de carácter estrictamente personal y sentimental. Tras media hora aproximadamente de charla, mi interlocutor me dijo que en realidad no le había dicho más que “milongas de principio a fin" para luego atribuirme en realidad otras razones, bastante más egoístas que las que yo había tratado de exponer, añadiendo finalmente que tal era su opinión y que consideraba exponerla un rasgo de honestidad. Al principio, reconozco que me sentí un tanto atónito. Luego, la perplejidad dio paso a una sensación de ser un imbécil redomado por haber perdido el tiempo otra vez de ese modo. Pero más tarde, reflexioné sobre varias cosas. Hay algunas obvias. Quizá la primera es por qué alguien, o quizá todos, llegamos a sentirnos tan importantes para suponer que quien nos habla está mintiéndonos durante media hora. Aquí hay algo más que un insulto y una apelación a la deshonestidad del otro: hay una concepción del valor del propio juicio, tan elevada que presupone que los demás mienten por lograr algún tipo de aprobación nuestra. Ya sé que resulta un tanto cínico igualar el hecho de mentir con el de demostrar algún tipo de interés pero lo cierto es que cuando el juicio del otro carece de auténtico relieve..¿a qué mentir? ¿para qué esforzarse? Quizá un tanto cruelmente pensé entonces: “pero …¿por qué cree que iba a molestarme yo en mentirle?" Y de eso se trata. Paradójicamente, ser mentido es visto como una prueba de nuestra importancia, de que no somos indiferentes. Importamos hasta el punto de que se falta a la verdad para buscar nuestra anuencia. Pero además somos sagaces y sutiles, pues lo “descubrimos”.

Luego uno sigue escarbando y deduce que esta persona considera que el que alguien pueda dedicar media hora de conversación -sobre un tema que afecta únicamente a quien lo expone- a construir una falsedad “de principio a fin” es como mínimo habitual o razonable. El hecho de que tal cosa no solo no se considere un absurdo sino al contrario, como algo muy probable dice más del acusador que del acusado. En la misma lógica, ese disfrutador de discusiones considera también que puede llamar mentiroso a su interlocutor sin prueba alguna (imposible demostrar nada en algo tan subjetivo e interior). ¿Y por qué puede? Porque lo piensa, porque ese es su juicio. O lo que es lo mismo, el juicio tiene un valor intrínseco más allá de su contenido por el mero hecho de ser propio. Esto se escucha a menudo con las cosas más extravagantes: “pues YO creo que quizá los pobres vivan mejor que nosotros” dice uno, “pues YO no estoy de acuerdo con la ciencia” dice otro. Pues YO creo que los polos no se derriten, dicen aquel. No importa que este o aquel aspecto de la realidad sea abrumadoramente evidente, cualquiera puede contradecirla con un “Yo no creo en eso”. Y el solo hecho de que la aseveración sea pronunciada por ese yo mayúsculo, expresión triunfante de si mismo, hace que no necesite ser demostrada. “Pues yo lo pienso así”, y ya es una última palabra, indiscutible, no hay nada más que decir. Se justifica todo: juicios infundados sobre personas, teorías descabelladas, existencia de seres sobrenaturales, cualquier cosa. El yo es un muro infranqueable y refractario a cualquier razón.

La filosofía desde Descartes nos dice que el yo pienso, habla sobre todo de la existencia del yo. Del yo como entidad primera, como condición indispensable para la existencia del pensar. No hay pensar fuera del yo. Sin embargo, en esa relación da la impresión de que la construcción de nuestra identidad en esta cultura contemporánea de hiperindividualismo da como resultado un yo sobrealimentado e hipertrofiado que es principio y fin de todas las cosas. Da la impresión de que el yo no es la condición del pensar, sino que es este pensar una estrategia instrumental del yo: una caracterización entre otras posibles. Un utensilio que sirve únicamente para el mantenimiento de esa personalidad que creemos formada y nos produce pavor cuestionar.

En mi caso singular, quien me acusa de mentir sin ofrecer fundamentación alguna considera además esta imputación como una prueba de su honestidad. La magnificación del yo hace que se convierta en un argumento per se. Un razonamiento no es ya verdadero o falso, sino honesto o deshonesto, y esto tiene que ver no con su adecuación a lo real, que es, en todo caso un valor secundario y tangencial, sino por su extensión del yo. Es honesto, porque es pronunciado por mí. Es honesto por el mero hecho de estar a mi servicio, y aún más, la expresión pública de mi juicio, sea este acertado o no, es de por sí, prueba de mi honestidad. Y esa "honestidad" es en realidad lo importante, pues la verdad de las cosas no importan, sino que importa únicamente el YO. Lo que el YO pronuncia, lo que el YO proclama. No importa que sean dislates. Por ser expresados adquieren el peso de la púrpura y aquel que habla puede exclamar orgullosamente: "digo esto y al menos soy honesto".

Kant establece en su Crítica de la razón pura las diferencias entre el saber, la opinión y la creencia. La opinión es un tener por verdad con conciencia de que la validez de nuestro juicio es insuficiente tanto subjetiva como objetivamente. Tenemos una creencia cuando consideramos que la validez subjetiva es suficiente pero no así la objetiva y finalmente tenemos saber cuando ambas con suficientes. La adición de fundamentos objetivos, el conocimiento, puede convertir la opinión en saber. Y la discusión, el debate, pueden ser armas eficacísimas para ese descubrimiento de los elementos de lo real que consiguen armar nuestras opiniones en su tránsito a las certezas. ¿Y para qué? Para ser hombres y mujeres libres, con juicios autónomos sometidos a una perpetua autocrítica, a un perseverante autoexamen en ese camino de la razón hacia su autoconocimiento. Lo contrario, es vivir sometidos a la heteronomía del prejuicio, la superstición o la mentira.

Pero en este territorio de yoes hiper inflamados, en esa exaltación de la propia identidad, la razón termina siendo justo lo contrario. Cuando nos encontramos con esas personas que “adoran discutir” ¿debemos pensar que “adoran” utilizar el encuentro de argumentos para la crítica y el autoexamen de las propias convicciones? ¿Debemos pensar que “adoran” reconocer las propias opiniones como aún carentes de fundamentaciones objetivas suficientes que deben ser buscadas con las aportaciones del interlocutor? A mí, el menos, lo que me parece es que toda esa pantomima no es más que un “como si” se razonase, un “como si” fuese crítico, un “como si” se aprendiese: un espectáculo pirotécnico más o menos luminoso en función del talento de quien lo ejecuta pero al servicio de la nada, de trazar figuras en el aire.

Quizá yo haya tenido mala suerte. Pero en esa búsqueda un tanto ingenua mía de luces en esta oscuridad absoluta de mi alma tan falta de certezas, no he encontrado buena voluntad más que en raras ocasiones. Muy al contrario, la razón se usa solo en su envoltorio y asisto a una puesta en escena en la que formalmente se desarrollan algunas de sus liturgias, pero que sirven exclusivamente al amo contrario. Que sirven a la justificación cínica de la propia conducta, del statu quo del comportamiento, que es aquí en realidad la fundamentación previa a todo el teatro resultante. A partir de entonces, todo está permitido: los ataques personales, las falacias tu quoque o las insinuaciones maliciosas cuando de la discusión se deriva, aún mínimamente, algún tipo de cuestionamiento de los valores, incluso en sus aspectos más nimios, morales, políticos, etc, que una persona dice defender. Esto se ve constantemente y muy nítidamente cuando nos adentramos en el terreno pantonoso del comportamiento personal. Ante cualquier posicionamiento ético que el interlocutor no asuma como propio, existe una tendencia agresiva a iniciar un interrogatorio en clave personal sobre cualquier aspecto ético, tenga o no tenga que ver con el primero, en una escalada absurda e hipócrita que busca únicamente, no por supuesto debatir acerca de la verdad o de la justicia del tema que inició la conversación, sino justificar el egoísmo o la inacción del otro. Así, si alguien fundamenta los motivos que le llevan al vegetarianismo o a donar fondos a organizaciones no gubernamentales, o al voluntariado, etc, se le preguntará si también separa todos los residuos y si todavía se contesta afirmativamente, si compra en los mercados rurales, y si todavía es que sí, si no utiliza vehículos a motor o fuel para la calefacción, convirtiéndose lo que debería ser un razonar acerca de un hecho determinado en una cacería de “inconsistencias”. Y cuando al final se “acorrala” al interlocutor con alguna ingeniosa trampa del tipo: “¿y acaso no deberías irte a Africa?” aquel que no era vegetariano, el que no donaba, el que no era voluntario, el que no separaba sus residuos, el que no compraba en mercados rurales, etc, tiene ya la victoria racional que necesitaba para continuar tal cual estaba. Y a eso, lo llama razonar. Todo da igual, el sufrimiento humano se vuelve una burla en estos debates de hamburguesería, en boca de personas que no estarían dispuestas a modificar ni un ápice su ritmo de vida. Y se llega a justificar cualquier cosa: los que abominaban de la religión, la consideran ahora algo inane y folclórico cuando bautizan a sus hijos, los que abjuraban del matrimonio, lo consideran después una convención sin importancia cuando van a los cursillos prematrimoniales. Si la conversación deriva en algo que no les implique, pongamos el papel histórico de Pío XII, entonces vuelve por arte de birlibirloque a ser la iglesia una amenaza contra la humanidad , pues hay que mantener el prurito de izquierdoso. Y así una y otra vez, en una concatenación de impudicias presuntamente objetivas que llegan al infinito sin que importe argumentar ésta y su contraria contraviniendo una y otra vez las reglas más elementales del sentido común. Retorciéndolo de forma más o menos maliciosa siempre al servicio de ese si mismo que debe ser defendido ferozmente, que no debe ser puesto en duda, que debe operar como el cimiento indubitado sobre lo que todo lo demás se construye.

Y luego están esos otros, esos que “disfrutan” discutiendo y que entienden la controversia como una pelea donde lo que verdaderamente se dirime es la habilidad para discutir, y no la idea que motiva la discusión que es una mera excusa para el divertimento. Esos otros que priman la polémica sobre la dialéctica y que carecen de ningún deseo sincero de llegar a ningún fin último más allá de la mera exhibición pavorrealesca. Esos otros que confunden el “relativismo” con el puro cinismo.

El debate, que podría servir para ofrecer un poco de luz en este universo infinito en el que nos movemos ciegos, solo colabora en promover precisamente los modos de la ofuscación. Aquello que debería ser un instrumento para cuestionarnos para fortalecer en lo posible nuestras opiniones y ayudarnos a cambiar, funciona, única y exclusivamente como arbotantes del egoísmo y de la glorificación de ese yo inamovible.

Todo esto me ha agotado un poco. Me ha aburrido mi propia insignificancia tanto como la ajena. Leerme, en mi proceso, tan personal, de autobúsqueda, de deseo de ver algún reflejo de luz en este vacío de certezas ha resultado frustrante. Me considero un ser de saberes irrisorios, un pobre hombre cada vez más perdido. Y además sé que no hay ningún remedio, que será peor, que las vagas ideas que he ido moldeando aún un tanto informes en estos años, o meses, se verán desbordadas, arrasadas, destruidas por otras, que tampoco serán definitivas, que cada vez, eso espero, sabré menos, cada vez menos, mientras siga ampliando como es mi único deseo y lo único a lo que puedo aspirar, el ámbito de mi ignorancia. También reconozco, que pensar así, ha convertido el intentar aprender en algo muchísimo más hermoso. Precisamente por lo inalcanzable ahora tiene para mí una belleza que me conmueve.

¿Para qué escribir entonces? Porque en este proceso he encontrado a algunos y a algunas, pocos, que se saben tan ciegos como yo, con el mismo anhelo de ver, con la misma conciencia de lo paupérrimo de sus juicios y con la misma sensación de ser náufragos en un esquife inestable, apenas cuatro tablas mal ensambladas en un océano infinito que nos supera en todos los momentos. Y porque en una de estas lecturas que sirven para extender el territorio de lo ignoto, me encontré a Pierre Bourdieu diciendo que nuestra única esperanza era crear una red de informadores, de buena voluntad, que hablen, que se expresen en libertad, que deseen encontrar la verdad. Y esa red, de ciegos, de indigentes, de mutilados, a la que pertenecemos con esa humildad de los que nos sabemos derrotados de antemano en una lucha imposible, esa red de informadores que es tanto como un hospital de desahuciados, un hospicio, un albergue de menesterosos, en el que debemos colaborar para que no se derrumbe y cierre y a veces te toca recoger la mesa, limpiar los desperdicios, fregar la vajilla desvaída. Eso es todo, y para eso vuelvo a escribir, para extender mi mano a otros inválidos, a los otros ciegos. Y antes de empezar de nuevo, necesitaba explicar esto.. Aunque a veces me traicione el lenguaje, o el entusiasmo…en realidad no hay ninguna certeza en nada, nada a lo que asirse, nada que ofrecer a los demás, nada que ofrecerme a mí. Conozco mi verdadero peso en el mundo y la historia, soy un despojo, menos que nada. No sé nada, miro hacia el mundo como uno de esos personajes de C.D. Friedrich empequeñecidos ante el infinito de la naturaleza. No me aguarda futuro espléndido alguno ni tengo más ambición que la de intentar habitar este tiempo dignamente, como un ser humano que merezca este nombre. Y esto, en absoluto es poca cosa.

6.4.10

Extraído del blog de Leo Bassi

Manifiesto en Favor de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE)

promujer.jpgNUEVA EDICIÓN CORREGIDA

  • ¿Por qué este Manifiesto?
  • El problema ético del aborto es de primera importancia y es nuestro deber, como seres humanos, tener posiciones muy claras al respecto.
  • La nueva Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) es justa y el gobierno socialista necesita nuestro apoyo.


El Manifiesto

En contra de los que, en el intento de imponer al resto de la sociedad sus propias convicciones religiosas como norma, quieren instrumentalizar la difícil decisión de abortar, declaramos que:

  1. El largo recorrido hecho por la humanidad en materia reproductiva desde los tiempos de la copulación sin conocimiento de su relación con el embarazo hasta llegar a la planificación familiar que disfrutamos, la concepción in vitro y los próximos avances en las técnicas de clonación, es un logro que surge de nuestra misma esencia y que nos define como humanos.
  2. Lejos de asustarnos, consideramos esta transformación un bien profundo que nos ennoblece y nos hace más libres.
  3. Esta libertad supone, también, más responsabilidades. Transforma el acto de constituir una familia en una decisión personal, voluntaria y más que todo, deseada.
  4. En este mundo más humano y más culto, todos los niños tienen derecho a nacer amados y queridos.
  5. La lucha por la liberación de la mujer ha sido fundamental para el progreso de la humanidad. Tanto es así que las sociedades mas dinámicas y fuertes son aquellas en las que la mujer tiene más libertades.
  6. Nunca más queremos ver mujeres obligadas a sacrificar sus ambiciones, su creatividad y sus proyectos porque han tenido que cuidar familias que no habían previsto. Es toda la sociedad la que pierde cuando una mujer no consigue desarrollar su propio talento y alcanzar sus propios sueños.
  7. El bien de la humanidad pasa por el derecho de una mujer a controlar su útero.
  8. Consideramos el debate acerca de la supuesta vida independiente de un embrión como necesario pero sospechamos que las posiciones radicales y fundamentalistas de los Providas son pura hipocresía y una manera pérfida para hacer perder a la mujer su dignidad y sus derechos. Aprovechemos este punto para recordar a los mas jóvenes que los mismos que empujan la campaña Provida eran antes, por los mismos criterios religiosos, contrarios al transplante de órganos humanos.
  9. No es que estemos a favor del aborto, es que estamos a favor de la seguridad y la higiene de las mujeres que ,desgraciadamente, necesitan abortar.
  10. El rechazo de la educación sexual y de los preservativos nos parece una aberración y retrata pésimamente como oscurantistas a los Provida que promueven estas ideas: ellos mismos se descubren al afirmar que abortar es matar, sin embargo guardan silencio y tienen tabúes ante los métodos para evitar el embarazo.
  11. Con una población mundial que se ha multiplicado por 7 en tan sólo 150 años, es irresponsable y inhumano seguir procreando niños por ignorancia, coacción o dogmatismo. La humanidad tiene responsabilidades consigo misma y con el planeta que nos sostiene y que compartimos con el resto de la naturaleza .
  12. El uso de argumentos falsos o tendenciosos para asustar a la mujer que aborta es algo odioso y revelador de una mentalidad perversa. A nadie se le ocurriría asustar a futuras madres hablándoles de las muertes durante el parto o de los suicidios por el síndrome posnatal.La solución propuesta por los enemigos del aborto de obligarla a llevar a cabo un embarazo no deseado para dejar el bebe en adopción es una barbaridad y una aberración. Nos parece de una crueldad sin nombre el castigar a una mujer con una maternidad inútil y dejarla, para siempre, con el remordimiento de haber abandonado a un hijo. Sólo personas cegadas por el dogmatismo puede querer que otra viva esta pesadilla.
  13. El uso de un lenguaje apocalíptico por parte de los antiabortistas es una práctica extremamente peligrosa por sus efectos sobre la opinión publica. En los EEUU, palabras como "crimen", "asesinato" o "holocausto" han llevado en los últimos años a ciertas mentes confusas a actos de puro terrorismo como las quemas de clínicas, asesinatos de varios médicos o el famoso caso de las cartas con Antrax.
  14. Recordamos a los antiabortistas que la ley aprobada NO OBLIGA a nadie a abortar y que las personas que por Fe o por convicción personal no quieren abortar, son libres de parir en cualquier momento.
  15. Por último, pedimos a los Provida que nos aclaren sus intenciones si consiguieran revocar la nueva ley aprobada. Visto que consideran el aborto como un asesinato: ¿ Tendrán previstos castigos para las mujeres que han abortado y para el personal sanitario que les ha secundado ?. Nos gustaría saber, aproximadamente: ¿ A cuántos años de cárcel serian condenadas estas personas?.

Por estas razones y en los términos definidos en el manifiesto, anunciamos nuestra total adhesión a la Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) propuesta por el gobierno del Señor Zapatero y recién aprobada en el Senado.

27.3.10

Se nos rompió el amor

La más grande. Espero que Carlitos lo disfrute desde Houston

Se nos rompió el amor

Se nos rompió el amor

de tanto usarlo

De tanto loco abrazo

sin medida

De darnos por completo a cada paso

se nos quedó en las manos un buen día

Se nos rompió el amor

de tan grandioso

Jamás pudo existir

tanta belleza

Las cosas tan hermosas duran poco

jamás duró una flor dos primaveras

Me alimenté de ti por mucho tiempo

Nos devoramos vivos como fieras

Jamás pensamos nunca en el invierno

Pero el invierno llega aunque no quiera

Y una mañana gris al abrazarnos

Sentimos un crujido frío y seco

Cerramos nuestros ojos y pensamos

Se nos rompió el amor

De tanto usarlo

14.2.10

MIGAS DE PAN

Hace frío
Y aunque es solo media tarde
Prefiero taparme hasta los ojos
Intento no temblar

El sol se ha ido
Sin ocasos memorables
Como arrinconado en los tejados
Queriendo desertar

Ceno solo
Tomo bocadillos en mi cama
Y dejo las migas
Para que me encuentres tú

Y se me claven
En los campos de trigo en mi espalda
Y alimenten pajarillos
Que fueron tus dedos y tus uñas

Duermo solo
Y aún dormido soy capaz
De modelar tu huella
Con miga de pan

Y si lloro
Solo he de vigilar
no salpicarla con mi llanto
Y que se empape y se deshaga

En mis manos
Que soñaron calentar
El molde de tu ausencia
Y no perderte entre mis yemas para siempre

En mis manos
Que juraron conservar
El poso de tu ausencia
Y no perderte entre mis yemas para siempre

Amanece
Entrará otra vez la luz
Tan temprano y ya cansada
Como manos de una anciana

Inclinada
Pellizcando las hogazas
Y arrojando al agua sin mirar
Su vida en migajas de pan.

17.1.10

MENTIRAS


Otra noche yo

soy Jack Kerouac entrando en un bar

A buscar un infinito que

Casi nunca quiere aparecer

Otra noche yo

Soy Jack Kerouac entrando en un bar

Con el ansia de volver a explorar

En las fuentes de la eternidad

Y quizá esté ahí

Agazapada en una inútil charla de borrachos circular

Quizá falte una palabra más

Para llegar allí

A ese lugar que yo imagino que se esconde tras los muros de mi sed

Quizá falte una palabra más

Que no se deja decir entre el ruido de los estallidos de otros miserables como yo

En la misma torpe confusión

Que no llega a nacer y no es más que una promesa que descifra ese secreto que

Me dejaría vivir

Otra noche yo

Soy Jack Kerouac entrando en un bar

A contarme las mentiras que

Que transformen mi caída en un camino

Disfrazando que

esta noche después de vomitar

Cuando esté solo y me vuelva a caer

Quizá me quede un poco sin sentido

Y quizá esté ahí, en la siguiente copa, en la siguiente culpa, en el siguiente bar

Quizá falte una palabra más

Para llegar allí

A ese lugar que me indemnice y que corrija tantos años de dolor

Quizá falte una palabra más

Que no se deja decir entre el ruido de los estallidos de otros miserables como yo

En la misma torpe confesión

Que no llega a nacer y no es más que una promesa que descifra ese secreto que

Me enseñaría a vivir





(Mi homenaje musical al gran Jack antes de ponerme a escribir sobre él en serio algo más largo. Modifiqué la música pero espero que mi hermano sea capaz de hacer algo mejor con ella todavía. También la estética después de los consejos de Esther: "la letra bien, la música bastante regular, visualmente de pura lástima, ¿qué haces con el reloj puesto? ¿y ese cuadro de mierda del fondo? Se ve un cojín, por no hablar de la cortina cotrosa y la estantería, ¿y qué coño hace un rockero sin una chupa y con una capucha? ¿Y esos libros debajo del micro?....pero bueno, yo no quiero criticar", etc, etc, etc)


16.1.10

Manifiesto "En defensa de los derechos fundamentales en Internet"


Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:

1. Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2. La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3. La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4. La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5. Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6. Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7. Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8. Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9. Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10. En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

19.11.09

Piratas

En el primer tercio del siglo XX Estados Unidos llevó a cabo varias intervenciones militares en sudamérica para defender los intereses de empresas como la United Fruit Company o la Standard Fruit Company. Estas corporaciones controlaban el mercado de tabaco, caña de azucar y, sobre todo, bananas. Se inició así, el sistema de explotación colonial conocido como de “repúblicas bananeras” que más o menos se puede resumir de este modo: empresas de los países colonizadores llegan a acuerdos de explotación de recursos con regímenes golpistas, gobiernos títeres o sin ninguna legitimación democrática y en caso de ser necesario, las potencias coloniales defienden militarmente esos acuerdos. En esas dos décadas, el cuerpo de marines tuvo una actividad tan frenética en la defensa de los intereses comerciales de EEUU que tuvo incluso que crear un manual operativo llamado The Strategy and Tactics of Small Wars que sirvió de referencia teórica para las intervenciones a pequeña escala. En esos conflictos de carácter puramente económico, basados en la “doctrina Monroe” que preconizaba un tutelaje por parte de USA del continente americano, alcanzó un enorme prestigio el general de brigada Smedley Butler, el marine más condecorado en la historia del cuerpo, con dos medallas de Honor del congreso. Smedley, que además de un patriota americano, era un hombre honrado, escribió posteriormente sus impresiones de esos años en el libro “War is a racket” (“la guerra es un negocio sucio”) en el que vertía estas frases:

"Pasé 33 años y 4 meses de servicio militar activo, y durante ese período la mayor parte de mi tiempo mi función fue trabajar como matón de primera categoría para el Gran Capital, para Wall Street y los banqueros. En resumen: yo era un chantajista, un delincuente organizado al servicio del capitalismo. Colaboré en convertir México -y en especial Tampico- en un lugar seguro para los intereses petrolíferos norteamericanos en 1914. Contribuí a hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los chicos del National City Bank sacaran beneficios. Tomé parte en la violación de media docena de repúblicas centroamericanas para el lucro de Wall Street. Ayudé a purificar Nicaragua para el International Banking House de los hermanos Brown entre 1902 y 1912. Traje la luz a la República Dominicana en nombre de los intereses americanos del azúcar en 1916. Ayudé a convertir Honduras en un lugar idóneo para las compañías de frutas americanas en 1903. En China en 1927 me encargué de que la Standard Oil trabajara sin interferencias. Retrospectivamente creo que podría haber dado a Al Capone unas cuantas lecciones. A lo más que llegó él fue a operar con su banda en tres distritos. Yo operé en tres continentes".

Peter Singer en “Un solo mundo”, reflexiona sobre la legitimidad moral de establecer relaciones comerciales con países con regímenes ilegítimos. La idea resulta obvia. Se trata casi siempre de explotación de recursos o materias primas, no de bienes manufacturados. Las materias primas de un país son finitas y su propiedad es de todos los ciudadanos de ese estado. La usurpación del poder por medios no legítimos es también un saqueo de esos bienes finitos y su comercio es equiparable a la compra de objetos robados. Sobre esto, en primer lugar, cabe preguntarse como establecer la legitimidad o no de un régimen. Para evitar disquisiciones que alargarían mucho lo que me ocupa voy a interpretar ese término de un modo muy flexible y tolerante, y no solo incluiré, por supuesto, a las democracias emergentes aún poco consolidadas si no también, a estados como las monarquías petroleras, el régimen de los ayatollahs, China, etc, donde hay cierta aquiescencia de la población y no se ejerce una represión rigurosa a los ciudadanos. Sin embargo, lo que parece obvio para cualquiera es que no podemos incluir bajo ningún punto de vista como gobierno legítimo a uno integrado por señores de la guerra, militares golpistas que practican una coacción violenta sobre la población en lugares que permanecen en una situación estacionaria de guerracivilismo y en los que no hay ni siquiera un control efectivo del territorio. Estos gobernantes, de ningún modo “representan” un estado sino que son únicamente representantes de si mismos, no tienen ningún derecho moral a expropiar y vender los recursos del país que dominan, y cualquier tipo de acuerdo comercial con ellos, es en realidad una complicidad necesaria para el despojo y la rapiña de bienes de los ciudadanos de ese país que en ningún caso han otorgado ninguna legitimidad para disponer de ellos. Y peor aún, los beneficios de ese comercio son una tentación constante a nuevos derrocamientos, nuevos golpes y nuevas muertes.

Que me corrijan si estoy equivocado, pero soy incapaz de observar ninguna diferencia entre las prácticas mafiosas americanas de principio de siglo, con las que lleva a cabo la Unión Europea en los bancos pesqueros del índico. Unos empresarios, en este caso armadores, llegan a acuerdos de explotación sobre productos no renovables, los bancos pesqueros, con un gobierno de militares integrado por señores feudales de un territorio en perpetuo estado de guerra civil, en lo que constituye una explotación clara de la riqueza natural de un país por parte de una minoría armada. Obviemos preguntarnos acerca de la limpieza y la transparencia de estos acuerdos porque es indiferente: son inmorales en sí mismos. Posteriormente esos empresarios, armadores, envían a sus trabajadores a exprimir esos recursos sin ninguna garantía de seguridad, aún al contrario, sabiendo perfectamente que corren un riesgo cierto para sus vidas, sometiendo así a las instituciones de su país a un chantaje permanente para “garantizar” la seguridad de su negocio. Y al cabo, los pescadores son de facto rehenes, pero no de los piratas, si no rehenes de sus propios armadores que los utilizan para coaccionar a cada uno de sus gobiernos imponiéndoles una política de hechos consumados para que inicien una escalada de defensa militar. Colocando conscientemente a los trabajadores en completa disponibilidad de ser atacados para obligar a ser defendidos.
Entonces…¿hay alguna diferencia? ¿Hay alguna diferencia con la explotación del Congo Belga por parte de Leopoldo II? ¿Hay alguna diferencia con los acuerdos a que llegó la Compañía de Indias Británica, con la salvaguarda de su ejército, con los Maharajaes de los reinos títeres de la india?

Somalia es uno de los países que está en el debate permanente acerca del envío de ayuda humanitaria. ¿Debe enviarse ayuda humanitaria a países en los que no se puede garantizar adecuadamente que esta llegue a sus destinatarios? Pero por otra parte..¿no se somete así a sus miserables habitantes a una doble condena? Los organismos internacionales y las ONG´s mantienen este debate ético abierto en el que precisamente Somalia es el ojo del huracán que provoca esta controversia. Pero increíblemente, quien puede no ser un sujeto válido para recibir ayuda humanitaria, si que lo es para firmar acuerdos de comercio y explotación de recursos claramente usurpados fraudulentamente.

Todo esto, además, abre un nuevo espacio de reflexión ecológica. Estoy pensando en el principio de rendimientos decrecientes enunciado por David Ricardo, que parece seguir siendo útil en lo que se refiere a describir las operaciones de explotación de las materias primas. Supongamos un estado que vende un producto determinado en el que tiene por sus condiciones geofísicas, una “ventaja comparativa” en su obtención, por ejemplo, las bananas en Ecuador. En un primer momento, las bananas se producen por mano de obra acostumbrada a esa explotación en los terrenos más adecuados y fructíferos, generando un rendimiento determinado. El aumento de la producción puede hacerse hasta cierto punto con mejoras en la explotación en esos mismos terrenos, pero se trata de materias primas y recursos finitos, o lo que es lo mismo, este aumento no puede producirse indefinidamente y llega un momento en que la producción solo puede aumentarse buscando nuevos terrenos. Estos terrenos ya no son tan adecuados, quizá están más lejos de los centros de distribución, necesitan una mano de obra que hay que capacitar y ofrecerán un rendimiento inferior al que ofrecían los primeros. En cada subsiguiente aumento de la producción habrá una bajada media del rendimiento, con terrenos cada vez menos fértiles, más lejanos, con peores infraestructuras, etc. Esto es aplicable, creo, a la sobreexplotación pesquera. Quizá habría que preguntarse que clase de desarrollo estamos generando, en el que tras esquilmar y arrasar todos los caladeros pesqueros propios y cercanos, todavía es posible obtener rendimientos en explotar otros, a enorme distancia, sin infraestructuras de almacenaje ni transporte, pagando sobornos y rescates, contratando seguridad privada y hasta fletando barcos de guerra. ¿Es este el futuro que nos espera para conseguir los alimentos que malgastamos? Hoy somos capaces de resucitar un modelo de explotación colonial propio de otros siglos para conseguir unos atunes que previamente hemos exterminado de nuestros territorios por una política suicida de crecimiento insostenible. ¿Hasta dónde no llegaremos mañana? ¿Qué no haremos mañana? Piratas…¿Quiénes son los piratas?

20.10.09

Haciendo amigos


Para que siga creciendo incesantemente la estima y la consideración que sienten por mí mis vecinos, para que siga recibiendo ese caudal que sobre mí vierten de respeto, aprecio, cariño, y por qué no decirlo, cojones, de amor, si de puro amor...bueno, pues he escrito y me han publicado esto:




23.9.09

JUICIOS


Habrá a quien le guste acertar. A mí no. Hay como una derrota en darse a uno mismo la razón. Es como el reconocimiento de una incapacidad de ir más lejos. Uno se crea una opinión con cuatro banalidades a las que tiene acceso tras meditar diez minutos en el sillón de su casa y cuando posteriormente se acerca, incluso físicamente, a la realidad que había imaginado, ésta es incapaz de ofrecerle otros ámbitos de referencia que aquellos que ya uno se había dado a si mismo. ¿Era esa realidad tan pobre? ¿Tenía yo una visión tan clarividente? Siendo honestos, lo único que aquí hay es la miseria del juicio paupérrimo, la insignificancia del modo de mirar y una incompetencia categórica para distinguir, para intuir siquiera al otro. Así, tener razón, confirmar la opinión preestablecida, no es más que, uno más, otro más, un fracaso incuestionable. Una nueva y concluyente evidencia del alcance de la inopia. Sí, acertar es una capitulación. Mantener una opinión es sospechoso. ¿Se convirtió la opinión en “saber” al rodearla de fundamentos objetivos? ¿Se robusteció la débil rama de esa primera aproximación con el ejercicio de la crítica? Que va. Todo está al mismo nivel de superficialidad de siempre.

¿Y acaso podía ser de otro modo? ¿Alguna vez fue diferente? ¿Qué viste en la India, Jorge? Y la respuesta es: “nada”. Tuve la sensación constante, cada día, cada minuto, de estar ante una especie de modesta puesta en escena en la que todos los papeles estaban repartidos y se representaban de forma incluso cansina. Una compañía venida a menos con los actores actuando como con desgana. Los que mejor lo hacíamos éramos nosotros, los viajeros, que de algún modo parecíamos estar ansiosos por recibir el espectáculo de la pobreza. Ya en los primeros instantes, apenas dejado el aeropuerto, atravesando Delhi silenciosa en la noche, alguien señalaba por la ventana: “¡mira uno durmiendo en la calle!” y todos nos abalanzábamos a mirar, como si no hubiésemos visto jamás tal evento, anhelando el comienzo del espectáculo. Y el Espectáculo se nos ofrece al fin, pero de forma limitada, y también representada: los niños dejan durante unos momentos sus juegos y sus querellas y se acercan a uno llevándose las manos a la boca, con los gestos aprendidos de la mendicidad; los padres les miran aburridos desde la acera de enfrente, no hay policías por allí, ni asistentes sociales, ni en ningún momento aparece ni una sombra reconocible del estado, de alguien que tutele, de alguien a quien le importe una mierda nada, ni siquiera el orden público que tampoco parece puesto en cuestión. Y en los templos, vemos a la gente rezando ese retahila enorme de gilipolleces, que se convierten en un reflejo exagerado de las nuestras, y también parece mentira, una ficción, un teatrillo, unos que rezan al dios mono, otros al dios jabalí, otros a un tipo al que su padre le cortó la cabeza y le puso la de un elefante, otros enjuagándose en el lodazal infecto de su río sagrado, otros que se arrodillan ante una niña de 4 años que ejerce de “diosa viviente” enclaustrada en un palacete ajado y que nos mira seriamente unos instantes desde la ventana de su celda y su encierro. Todo mentira, más dioses, trescientos treinta millones, casi uno por barba. Todo absurdo, no puede ser verdad, es una farsa, están actuando para nosotros, para que les compremos bálsamo de tigre y bufandas de cachemira. Una religión que parecería los Pokemon, si los Pokemon los hubiese ideado un imbécil. Pero claro, cómo reírse cuando a tu lado se celebra cada domingo comer la carne y beber la sangre de un hombre al que torturaron hasta morir, cuando se adora el símbolo de la tortura colocándolo en las aulas donde se educa a los niños y se lleva colgado del cuello. Cómo burlarse cuando el culto a los santos es una especie de parodia de los cómics de Marvel donde una tipa domina las tormentas, otra impide la lluvia, otro la trae, otro encuentra objetos perdidos, otro cura los sabañones…y así toda la nómina del santoral católico que deja a los Cuatro Fantásticos como unos pobres aficionados.

Todo mentira. Los golpes de pecho nuestros: parte de la comedia. De vez en cuando, entre compra y compra, alguien dice: “se me parte el corazón verlos así” y otro contesta: “ay, si” y se arroja con ardor sobre unos collares de azurita. Y a fin de cuentas, eran buenas personas, sensibles, ni se me ocurre a mí ejercer de moralista que fui bastante peor, me importó bastante menos, no repartí ni una triste limosna y ni me molestaba en mirar la escena comportándome como hago en otras obras de teatro a las que voy y me parecen pésimas (vivo en Galicia, es el pan de cada día): sacándome un libro y poniéndome a leer (excepto en el caso de que sea literatura galega, un oxymoron, que solo hago que leo).

Una pantomima. Y los golpes de pecho en realidad aparecen solo los últimos días, como si tras el Taj Mahal, los monos por la calle, el Himalaya y las compras, quedase lo último: el sentir lástima. Oigan que yo he pagado por esto. Y realmente hay que impostarlo pero no por culpa nuestra si no porque la realidad, en realidad, no da pena. Los niños no se lo trabajan, y tampoco hay tantos. Uno esperaría legiones de menesterosos, pero no. Posiblemente la compañía debe de estar reduciendo el plantel porque ahora ya solo ponen un leproso. Por lo menos en el pase que me hicieron para mí. Cuando lo vi venir agitando dramáticamente las manos sin dedos pensé: “hombre, el que faltaba pal duro”. Tullidos, los justos, para salir del paso. Cadáveres por las calles y eso, nada de nada, ni uno. Lo cierto es que no, no se lo curran nada. Si hasta las chabolas parecen de mentira. Además, están todos los demás mirones que le quitan credibilidad a la función. Si al lado del niño harapiento que se lleva las manos a la boca hay decenas de comerciantes enfrascados con sus cosas, ofreciendo pashminas o comiendo la sopa boba, viandantes que pasan, gente que sube y baja a sus cosas, pues..al niño es que te lo crees menos. Si hay millones a los que parece no escandalizarse que otros millones sufran, no puede ser cierto. ¿O es lo que hacemos nosotros todos los días? Pero al cabo, cualquiera puede justamente preguntarse: “si a ellos parece importarles una mierda, ¿por qué me iba a importar a mí?” Pues porque pagamos por eso. No es cuestión de ética, es cuestión de que eso se contrataba en el folleto de la agencia.

Por supuesto algo aprendes hombre. Te quedas con cuatro pinceladas semi folclóricas sobre política, derechos sociales, y estas historias que aparecen en las guías porque si no, a ver que coño cuentas cuando llegues. Alguna anécdota social, que da impresión de que conoces y tal. Pero todo seguía siendo una pamplina, un puro fingir, unos y otros. Solo al caer la noche, cada día en la cama, leyendo a Naipaul parecía hallar algo de verdad. Parecía de algún modo resplandecer el conocimiento de otra realidad que estaba ahí, ante mí, pero oculta, viva en la literatura, en la no realidad. Pero incluso ni Naipaul pudo arrancar de mí ninguna emoción, más allá de cierto acercamiento antropológico, y ni él pudo enternecerme, ni a él parecía importarle, ni a sus personajes, ni a nadie. Nadie se escandaliza, nadie se niega a tolerarlo. Se soporta perfectamente. Y los temas son los atascos de Bombay, la política, la devoción a estos u otros dioses, a estas u otras castas, a estas u otras ideologías, nacionalistas, comunistas, las luchas religiosas, el fin del colonialismo, los nuevos retos, la industrialización voraz, el cine emergente, y de vez en cuando algún mendigo por aquí, otro por allá, paisajes con chabola al fondo. Decorados, postales, al fin.

Así que esto fue lo que vi. Nada. Nada que pudiese ser verdad. La verdad debía habitar en algún otro sitio, pero yo no sé donde. Y de repente, la mirada se retorció y me di cuenta que el juicio no podía ejercerse sobre el viaje, si no sobre el viajero. ¿Había visto antes, en las otras ocasiones alguna otra cosa? Y el pasado se apareció con su verdadero brillo: el brillo de la bisutería, de lo falso. Siempre había sido igual, comerciantes ofreciendo sus cosas, otros indigentes, otros niños mendigando ante la indiferencia de todos a su alrededor, momentos tramposos de “auténtica” inmersión cultural, bebiendo un te, en una noche “especial” protagonizados por esos actores que tienen en el tercer mundo y que se han especializado en darle charleta profunda e íntima a los viajeros que llevan pañuelos palestinos y visten pantalones desmontables. En fin, una representación previsible, rácana.

Y todavía peor, porque entonces apareció la verdadera motivación de viajar. Y se hizo nítido que no era aprender, evidentemente, pues no se aprende nada, si no, muy al contrario, de lo que se trata, es de enseñar. De mostrar al mundo, a nuestros compañeros de curro, a los que leen nuestros blogs, que deseamos cultivarnos, que somos curiosos, que tenemos afán por saber. Que somos valientes y arrojados, que arrostramos las dificultades con nuestra ropa avejentada de fondo de armario estilo “casual” para la ocasión y nuestros gadgets comprados en otros viajes (“este pañuelo lo compré en el sahara, es utilísimo”). Y en nuestra casa colocamos el mapa del mundo con las banderitas rojas sobre los países que visitamos para el pasmo y la envidia de nuestras amistades (¿Para qué si no? ¿Para recordárnoslo a nosotros mismos?). Y resulta que todas las vivencias profundas que hemos almacenado no van más allá de la admiración por algún paisaje, alguna diarrea (yo no, que felizmente puedo comer como un cerdo cualquier despojo putrefacto que le arranque a una cabra de la boca), alguna charla en una hoguera con un tipo del que se nos olvidó el nombre porque era muy raro, pero que fue muy bonita y muy íntima; alguna indisposición, otra molestia, un mínimo peligro de aventurerillo de tres al cuarto, aterrizajes de emergencia, perderse en ciudades “hostiles”, algún hurto…en fin. Eso es todo amigos. Al fin, acaba siendo un almacenaje de vicioso coleccionista de banderitas en el mapa, únicamente de banderitas, y viajamos a los países más miserables para ahorrar más pasta y poder ir a más a lo largo del año, haya lo que haya, pongan lo que pongan, como cuando nosotros en la Expo de Sevilla que solo íbamos a los pabellones que no tenían cola (extraordinarios tesoros los que exhibían los recintos de El Chad, Bután, Samoa u Honduras), entrábamos y salíamos a toda ostia para que nos cuñaran el sello en el Pasaporte de la Expo y tener muchos. Pues esto igual. Y si un viaje pasa por 4 países, aunque solo sea un ratito en alguno, ya hacemos la inversión de nuestra vida, cuatro banderitas más, cuatro hitos más para soltar en nuestra charla underground a la salida del teatro o en la tetería que tiene revistas de cine en lugar de el Marca. Pura fachada presuntuosa, pura exhibición patética que todavía incluso nos proporciona una pátina moral, como si fuésemos mejores personas por viajar, por “querer saber”. Y tanto mejor si se viaja incómodo, aventureril, incluso aunque nos sobre la pasta, creyéndonos realmente la ilusión de que vemos otra realidad con nuestros ojos que no ven nuestros padres en sus “excursiones” (lo nuestro son “viajes” y porque no tenemos aún huevos de decir “expediciones”) solamente porque en su baño hay champús y zapatillas con la marca del hotel y en el nuestro no, porque ellos viajan en buses con aire acondicionado y nosotros no.

Armados con nuestros libros de escritores locales, como mi librito de Naipaul, sin sacarle fotos a todo lo que se mueve como hacen los mataos, si no solo a momentos y lugares muy especiales y originales para que todos vean lo fotógrafos que somos, comprando algún brazalete de cuero a algún aborigen, trayéndonos alguna cosa artesanal, un tejido, una cerámica, poniéndonos un gorrito de lana, un chaleco tribal para colaborar con el comercio justo y mostrar respeto e integración, chapurreando algunas palabras del idioma local….Y todavía yo, que participé como el que más de esta pose pseudo intelectual de engreimiento agudo, todavía yo, juzgaba con desprecio indisimulado a aquellos otros que iban a Tenerife a tomar el sol, o a Cancún en régimen de todo incluido. Y todavía yo, admiraba de algún modo a aquellos otros que en el colmo absoluto de la hinchazón petulante pavorrealesca se autoorganizaban viajes de integración indígena, asistiendo durante unos días o semanas al parque temático del tercer mundo, para luego traernos aquí, a los bares, entre birra y birra, el testimonio de la lucha por la vida de esos nobles nativos.

Pues ahora pienso que lo único que realmente me merece respeto es precisamente ese, o esa que se va a Malta a tomar el sol y a “desconectar de todo”. Ese, o esa, que atiende disciplinadamente las explicaciones de su guía ante una ruina griega en el intermedio del crucero. Cuando pensamos que el hecho de viajar, de volar, supone una agresión al ecosistema, que solo el avión genera un kilo de CO2 por pasajero cada 10.000 km. colaborando en la cadena de acontecimientos que luego, por ejemplo, provocan las inundaciones de Bangla Desh, con decenas de miles de muertos (“uff, que suerte, fíjate, yo volé allí solo unas semanas antes” y todos miramos al amigo viajero admirados…”oooh, aaah” y alguno pregunta “¿y no sospechaste nada?” como si estuviesen ahí los signos de la catástrofe para que nuestro amigo el clarividente los adivinase), cuando pensamos esto, ¿no resulta casi hasta repugnante creer que nuestra mera presencia como testigos de algún modo nos dignifica, que hacemos algo por los otros al traer su testimonio? ¿No resulta de una pedantería insufrible? Entono mi mea culpa. Yo también fui de esos. Yo también compré libros de viajes y viajeros. Tengo más en mi casa de los que se pueden encontrar en muchas buenas librerías de ciudad pequeña. Yo también me vi a mi mismo como un espía infiltrado molesto que traía a este nuestro mundo acomodado y ciego las noticias de la otra realidad, la de los otros, ejerciendo mi labor heroica de informador insobornable del país de los oprimidos. También coloqué mis banderitas en el mapamundi por los bares de ligoteo y colgué mis fotos en las redes sociales, también tenía mi frase, que aparentaba humildad y modestia, preparada para cuando alguien me decía “tú viajas mucho, ¿verdad?”.

Al fin, no creo haber aprendido nada, no creo ser mejor, si no al contrario, un pobre miserable, comprando en agencias de vuelos baratos reconocimiento social para mi mayor gloria. Al menos, el que viaja a las Canarias es honrado consigo mismo y con los demás. Nada me parece ahora más irrisorio que aquel que cree que su mera presencia en algún triste rincón del tercer mundo de alguna manera le absuelve. El frenesí consumista del viaje, todo lo que conlleva de destrucción de recursos. Viajemos, sí. Como hacemos todo lo demás, como quemamos combustibles, como contaminamos, como provocamos la muerte y la miseria de los otros a los que vamos a apoyar con nuestra presencia redentora, pero al menos reconozcamos que es como lo otro, como comprarse un coche nuevo porque el otro te dejó de gustar, porque tenemos dinero y podemos gastarlo. Al menos, el que está en la hamaca de un resort de Túnez no pretende exhibirse ante nadie ni se cree mejor que otros. Solo quería desconectar y nada más. Qué puede haber más presuntuoso que todos nosotros, salvapatrias ajenas pensándonos superiores a los demás por poder narrar con nuestro barniz rojillo multicultural las cuatro pijadas que los actores locales representaron para nosotros. Qué puede haber más presuntuoso que pensar que realmente hacemos algo por alguien sencillamente mirándolo. Qué puede haber más presuntuoso que pensarse en uno mismo comprendiendo, empatizando, una especie de enviado en busca de la verdad, comprometido en revelar a los amigotes en los bares de a Raíña lo que el sucio capitalismo oculta, en 11 días de los que hay que descontar los dos del viaje. ¿Qué viste en la India, Jorge? Pues bueno, algo si puedo decir: las piscinas de los hoteles eran muy mejorables.

14.8.09

PREJUICIOS

Es lo que tiene ser un vago. Que uno encuentra siempre sutiles y cada vez más ingeniosas excusas para no hacer lo que no le apetece. Ahora mismo, por ejemplo: salgo hacia India Nepal dentro de 49 minutos, en la cama hay una aceptable pirámide de ropa (aunque sería más correcta denominarla, mastaba) y la maleta está a medio hacer. Es obvio que terminaré haciéndola por el método volquete. Sin embargo, ordenar es tan aburrido, que prefiero desarrollar este experimento que se me ha ocurrido esta noche. Voy a exponer todos los prejuicios con los que viajo, y luego veremos a ver si hay alguno que se haya modificado, extinguido o confirmado. Colateralmente, el experimento tendrá también otra nada desdeñable vía de investigación, acerca de qué cosas imprescindibles me olvidaré esta vez, lo que sin duda empezaré a descubrir dentro de unas horas.

Queda claro que no aspiro a tener ninguna inmersión en la cultura local. En primer lugar, creo que hay que ser o muy pedante o muy ingenuo para pensar que realmente somos capaces de transformarnos o adquirir vivencias de otros. Pero en fin, si esto nunca ocurre, creo que esta vez, todavía menos. Nada de hostaluchos de mala muerte y comer la fritanga que venden los vagabundos. No, esta vez a todo trapo.

Creo que lo que voy a ver no me gustará. Creo que sea lo que sea, lo veré desde una jaula de oro en la que me proporcionarán un retrato amable y digerible. Creo que cuando desde mi autobús con aire acondicionado mire de pasada y tras los cristales el parque temático de la pobreza, la dosis de miseria estará perfectamente medida para que despierte en mí sentimientos caritativos y de empatía, pero no será lo suficientemente insoportable como para que realmente se produzca en mí ninguna transformación. Creo que a mi alrededor, mis compañeros, todos se sentirán bien sintiéndose vagamente humanitarios y que el propio hecho de descubrir que en su corazón hay un espacio para la misericordia y la compasión será el mayor descubrimiento de la ruta. Creo que el espectáculo amputado de amputaciones que veremos solo servirá para, en realidad, mirar en nuestro propio interior y absolvernos. En casa, ante los amigos diremos: “sientes un golpe muy profundo en el alma” y pronto olvidaremos qué motivó ese profundo golpe para solo recordar que no estamos endurecidos, que sabemos sufrir por los demás.

Creo que despreciaré ese espectáculo de presunta espiritualidad, y lo siento mucho, creo que pensaré que nuestra cultura, es mejor. En el libro “La insurrección que viene” se dice “El escándalo hace un siglo, residía en cualquier negación un poco provocadora; hoy reside en cualquier afirmación que no tiemble”. Pues eso: la nuestra es mejor. Pensaré que toda esa construcción presuntamente espiritual, lo inmaterial, lo místico, es una pura pamplina, que es una filfa, y que nuestra construcción, desde los griegos, la ilustración, los derechos del hombre, no es distinta…es que es mejor. Pensaré que con Voltaire, con Kant, podemos construir un mundo bello para el hombre..¿pero qué clase de asquerosidad podemos construir con el sistema de castas con ese perpetuo arrodillamiento ante dioses, ante ratas, vacas, monos, todos reencarnaciones de quién sabe qué?

Pensaré que va a repeler ver como se arrodillan, como rezan, en su pobreza misérrima, en su opiácea construcción del más allá mental, psíquico, incorpóreo, para que en aquí se produzcan las desigualdades más atroces, sostenidas por un corpus religioso que no es más que el fundamento del puro mal. Que los bellos templos, las hermosas estatuas, las entretenidas tradiciones, no son más que un dispendio de la voluntad humana del bien enfocado al mal.
Pensaré también que posiblemente encuentre entre toda esa miseria, ejemplos hermosos de fraternidad, de solidaridad, de generosidad. Sí, seguramente ahí estén también.

Pensaré que ayer estuve viendo a Leonard Cohen, en un concierto maravilloso, enternecedor, extraordinario, tan conmovedor…

Y Leonard Cohen inició su concierto arrodillado, y durante las tres horas en que nos estremeció y removió nuestras entrañas, se arrodilló una y otra vez, se arrodilló mientras desgranaba sus versos, quizá postrado en la belleza de la poesía, del amor y el desamor que navegaba en las palabras, quizá ante nosotros que le observábamos en un silencio vibrante, quizá ante el recuerdo de lo que le impulsó a escribirlas, quizá ante sus músicos que dejaban también allí su alma. Arrodillado ante el diálogo del hombre con el hombre, hablando de las cosas de los hombres, de los sentimientos de los hombres, de la vida de los hombres, para nosotros hombres. No dioses, hombres. Leonard Cohen, de pie, en silencio, con la cabeza inclinada y la mirada baja, el sombrero en la mano que lo lleva al pecho. Leonard Cohen, recibiendo el aplauso sobrecogido de decenas de miles de personas, y él mirando al suelo, como encogido.

Me quedan 8 minutos, qué cojones tengo.

1.8.09

XLI

El héroe asoma un poco la cabeza hacia la luz blanca. Está en el callejón oscuro desde donde puede construir sus discursos de héroe en la seguridad de esa noche cálida que le difumina, le acoge y le envuelve. En el callejón donde apenas extendiendo las manos puede tocar las paredes, en ese pequeño mundo donde se ha construido sus ideas de héroe. Fuera está el peligro, en lo blanco, en lo vasto, el peligro que él percibe como sólido, como perversamente real.

El héroe no tiene por qué dar un paso hacia la luz blanca, puede quedarse donde estaba. Ninguna fuerza irrefrenable le impulsa. Sabe que ha hecho otras cosas viles a lo largo de su vida. Y ese pasado miserable no le ha impedido seguir disertando sobre el bien y el mal, seguir existiendo. Sabe que ha traicionado a otras personas, que ha mentido, que ha robado, que ha hecho daño, que ha obrado según sus propios intereses y aquí sigue, entero, vivo para poder seguir mirándose a la cara y hablar de fidelidad, de honestidad, de ética. Sabe que está en su temperamento dudar de todo, poner todo en cuestión y que los valores de hoy no tendrán por qué ser los de mañana, sabe que no es capaz de hacerse incondicional de nada y de ahí deriva lógicamente que nada merece un sacrificio incondicional. El héroe ha leído mucho, a unos y a otros, y aunque disfruta de su construcción romántica del bien y del mal, aunque se emociona cuando en las novelas, en las películas, otros héroes, ficticios, entregan noblemente su vida por principios desesperados, ahora sospecha, cuando asoma la cabeza hacia la luz, hacia el miedo, hacia la sensación de hecatombe, de fin de todo, que no eran más que novelas y películas y que nada de eso sirve frente al anuncio de la conclusión, la amenaza, sólida, perversamente real, que se aposta en la luz a la que mira de soslayo.

El héroe sabe que si quiere puede construirse valores a su medida, que puede apasionarse por unas cosas u otras. Sabe que muy bien podría decirse, “la integridad del ser está por encima de todo”, “la permanencia de la vida está por encima de todo”. Podía ser Nietzschiano, podría encontrar justificaciones que vuelven innoble el sacrificio, decirse que el altruismo es una forma de egoísmo. Podría decirse que la moral tiene que estar al servicio de la vida, y no al revés.

El héroe sabe además que todas esas frases que le acompañan: “A quien sufre lo extremo, le conviene lo extremo”, “Solo los más grandes obtienen suertes más grandes”, “Incluso en la muerte conserva íntegra la dignidad de la grandeza humana”, “El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada”…son solo frases célebres y ni por asomo sueña que esas palabras puedan aplicarse ni remotamente a él. El héroe es dolorosamente consciente, fríamente, nítidamente lúcido, que términos como “dignidad”, “grandeza”, “hombres buenos”, en su biografía, en su existencia cotidiana, no son ni siquiera un chiste tragicómico y que sus años en este mundo no son mucho más que una desangelada e inútil sucesión de pequeñas miserias y ruindades en distintas graduaciones.

El héroe, tendría un sin fin de razones para girarse de la luz, ser sensato, prudente, y volverse a su escondrijo seguro, abrigado, hogareño, donde habitan los héroes que permanecen indemnes, los que son íntegros porque no son desintegrados. Tampoco se hace ilusiones de la utilidad de su inmolación, ve el mundo en su sucia y cotidiana indecencia, el día a día en el que todos habitamos, en esa impudicia de cobardía, de abuso, en esa indigencia de valores, y tiene la absoluta conciencia de lo baldío de sus gestos. No aspira a ser recompensado, no aspira a ser entendido, no aspira a ser apoyado y sabe que ante el miedo, ante la angustia, estará solo, absolutamente solo, dentro y fuera de sí.

Y el héroe empieza a entender lo que sería realmente ser un héroe y qué pueden haber sufrido y qué pueden haber sentido los de verdad, los que lo fueron, los que lo son y sabe que esa palabra no sirve para él, que le queda grande, enorme, infinitamente distante, pobre miserable, pero cree encontrar algo así como la sombra de la Idea, el reflejo empequeñecido de ese sentimiento en sus pulsiones de roedor tembloroso. Y ahora puede decirte a ti, si existes, que cuando te dijeron: Tu padre, tu marido, tu.. fue un héroe, no supiste lo que era. Sonaba como algo distante, una exhibición de esas que hacen los hombres, una especie de amasijo de esos valores del orgullo, la hombría, la camaradería… Que quizá pensaste, bien pudo ser mejor padre, mejor marido, mejor.., y menos héroe, y la palabra terminó siendo como una especie de título que os distanciaba, que volvía al hombre inhumano, pétreo, inconmovible, una leyenda en vida. Pero precisamente, al contrario, yo creo que se hizo hombre por ser héroe, su humanidad se reveló. Que fue un héroe por otra cosa, que se mereció aquella necrológica que helaba la sangre y que comenzaba: “I was devastated to learn of the death…” Porque cuando se asomó a la luz, cuando vio la muerte de cara, ahí, la herida, la sangre, el fin de todo, la destrucción, el espanto, cuando sacó la cabeza de su escondrijo y fuera no había más que dolor y amenazas, reales, no como las que yo imagino, preveo o doy forma en mi mente, si no que estaban allí en ese presente, en carne quemada, en miembros amputados, cuando miró, supo que era un desgraciado, un miserable, que el riesgo que iba a correr era inútil, que la muerte seguiría campando antes y después de él, que no tenía ningún peso, ninguna importancia en este mundo. Supo que la guerra que luchaba era inmunda, que no existía grandeza ni dignidad en la pelea. Supo que estaba solo como un perro solo en su decisión, que nadie entendería jamás qué se siente en ese hiato, en esa encrucijada, que ningún ser humano te puede acompañar ni reconfortar, que ninguna idea superior te da fuerzas, que estás podrido de miedo, pero sobre todo, estás solo, absolutamente solo en tu pequeñez, en tu fragilidad, carne tan fácil de rasgar, corazón tan fácil de apagar, cuerpo tan fácil de quebrar. Que eres insignificante, en ti mismo, en lo que puedes lograr, en tu ausencia y en tu presencia. Y aún así, ese tipo salió de su agujero hacia ese destino incierto y sin premio. Y quizá por eso, después, el héroe siente una especie de repulsión hacia su gesto heroico, y le disgusta recordarlo. Porque sabe lo que fue realmente, la prueba más absolutamente límpida de su penuria, de su desamparo, de la estrechez de su armazón como ser humano, que no se sustentaba en nada, que no creía en nada, que no tenía fe en nada, de su desnudez moral, de sus temores, de sus pesadillas. Que no sirvió para nada, y el héroe entiende la nada como el vacío absoluto, ese blanco enorme, el mundo rugiente y rabioso donde acecha el daño, el dolor, la desaparición, la ceguera, en ese pantano espantoso de la herida que alimentan incesantemente sumideros que arrastran lo más perverso, lo más cobarde, lo más indigno del ser humano, esa especie de pobre animalillo asustadizo, reptil que mira receloso desde su madriguera, que hace del heroísmo, del verdadero, un espectáculo ficticio y folclórico. Y quizá a este héroe, mal padre, mal marido, solo le quede, para no encontrar su acto tan falto de sentido, buscar el sentido de lo heroico, lo puro, en los actos de otros héroes, mitificarlos, ensalzarlos, como yo mitifiqué su acto sin conocerlo, para que alguno, aunque solo sea uno, tenga algo de verdad, que haya un sacrificio justo, una guerra justa, un esfuerzo justo, que haya algún lugar donde podamos encontrar esas palabras, la dignidad, la nobleza, la grandeza, los gestos de los hombres buenos. Y si no, todo es un lodazal sombrío.

El héroe asoma un poco la cabeza hacia luz blanca, da unos pasos, sale, y espera. Es un irresponsable, un imprudente, de algún modo merece lo que le pase. Esas cosas solo le ocurren a él. Se las apaña para estar siempre en líos. Al héroe le repele la palabra, le causa horror, le espanta, pero por alguna razón que desconoce, que se le escapa, el héroe que no es héroe como los otros a los que ensalza y tampoco lo fueron, prefiere verse en su exacta representación mezquina, miedosa, inútil, saberse débil y quebradizo, deshabitado de toda certeza y hueco. Prefiere verse en su verdadero lugar de insecto microscópico, solo, tan solo, tan, tan solo, que en el espejismo de su vida diaria, charlatán barato, predicador hipócrita, timador, embustero y farsante, servil cobarde de mierda.

12.6.09

Ahora yo soy tu justicia

Miramos las estrellas a través de la ventana del techo. Está nublado y no lo está, brillan y no brillan, intentamos desentrañar qué tiempo tendremos mañana, buscamos una lógica, una razón en ese cuadrado de vidrio, terrario celeste, y no somos capaces. Es solo azar, no hay nada escrito ahí, no hay nada que leer.

R. se gira y me mira. Los dos supimos donde estaba el umbral del dolor. Ahora nos preocupa subestimar aquel que no alcanza aquella altura que nosotros marcamos, perder la empatía, volvernos insensibles. En el puente aún hay una placa: “hasta aquí llegó la inundación de 1924”. Y parece que las posteriores no fueron inundaciones sino simples encharcamientos. R. me dice con dulzura mientras yo cierro los ojos: “De todo aquello aprendí algunas cosas, a conocerme mejor a mí misma y a saber que no hay justicia, ni hay dios. ¿Te lo mereciste? ¿Merecías aquel dolor espantoso, exagerado, desproporcionado? ¿Merecías ese castigo tan inhumano? Todos aquellos días, en que te sentiste tan superado, tan infinitamente pequeño ante aquel peso atroz..¿lo merecías?” Y yo recuerdo una madrugada en que no estoy borracho pero no encuentro mi coche, y aunque estoy a menos de medio kilómetro de mi casa, siento una enorme angustia, y me rindo, y me siento en el escaparate de Caixa Galicia y estoy allí, inmóvil, inútil, durante 50 minutos hasta que llamo a L. y le digo: “no encuentro el coche, no sé que hacer, por favor, ¿puedes venir a buscarme?”. Y estoy en una situación de absoluto desamparo, de total desvalimiento, llorando porque no encuentro el coche, y qué importancia tiene. Hasta que llega L. a buscarme, y lo tengo aparcado apenas a quince metros de donde estoy, pero no era eso, si no que lo que ocurría era que era inservible, incapaz, superfluo, un deshecho indefenso e insignificante. Y recuerdo, mientras L. me acompaña a casa, un texto que escribí hace veinte años, que decía algo así: “antes de aquello, me llamaba a veces de madrugada y rompía a llorar dolorosamente. Le afectaba cualquier cosa, por banal que me pareciese y yo me quedaba en silencio, imposible consolar.”. Y entonces no sabía qué era eso, lo había visto en películas, escribía sin saber, pero ahora sí lo sé. Que soy un inútil, un despojo de ruina bajo el cielo distante. Y nada más.
Así que miro a R. y le digo: “no, no lo merecía”. Y ella continúa, exaltada, “¿había alguna justicia a la que reclamar? ¿Qué pudo haber dictado aquella orden de destrucción? ¿Y dios? ¿Dónde estaba dios? Tú y yo estamos mirando ahora el cielo nocturno, nos hemos salvado, y no le pedimos nada. ¿Pero y los otros? ¿Y los que le rezaron y no se salvaron? A los que asesinaron, a los que lo perdieron todo, los que fueron aniquilados…¿Dónde estaba ese dios?” Y continúa, rabiosa, enfadada, dolida, “¿dónde estaba la puta justicia? ¿Dónde estaba ese hijo de perra de dios?” y me mira más fijamente, se acerca a mí, muy seria, y muy dulce, “¿te lo merecías, Jorge? ¿Te lo merecías? ¿Me lo merecía yo? ¿Se lo merece alguien?. No, ¿y sabes por qué?, por que no hay dios, por que no hay justicia, porque solo estamos nosotros y cada uno es el destino de los otros.”
R. acerca su cuerpo desnudo al mío, qué tiempo habrá mañana, lloverá, hará sol, ya estamos en junio, “cuánto me gustaría ir a la playa” añade, “cuánto necesito el sol”, pero no sabemos, quizá, cuando amanezca el día nos de una pista, o no, o quizá mienta, o quizá cambie de opinión. Vendrán nubes llevadas por el viento y se las llevará otro viento, brillará otro sol, pero nada de eso podemos adivinarlo en las estrellas de la noche, que están ahí por que sí, para brillar, pero que no cuentan nada.
R. se pone encima de mí, entre las estrellas y yo, entre el cielo y yo, su cabello negro lo tapa todo. Apoya las manos en la almohada mientras me mira y hay algo en su rostro que no es comprensible desde el amor si no que está en otra dimensión, antes, después, en otro lugar, con otras normas, que es la responsabilidad ante el rostro del otro. Es responsable de mí, es responsable de a quien mira, me ha acogido, soy importante por el único hecho de ser, el único arco celeste es el que construye su melena negra sobre mi cara que tiembla y lo único que brilla son sus ojos impetuosos. Entonces R. llena los míos con su rostro infinito, el cosmos, se acerca y besándome muy despacio dice: “este, este es Dios”. Y ocultando para siempre el cielo al que jamás volveré a interrogar, esculpiendo la nueva bóveda celeste de lo humano, trazando la cartografía astral de la piel, de la suya, de la mía, de la de todos, tejiendo las nuevas leyes de la gravitación entre las personas, los que lloraron, los que imploraron, los que no, sujetos, nosotros, yo, ella, alguien, tú que lees esto ahora, todos, asumiendo la responsabilidad radical para el otro, humanos, desvalidos, desamparados, solos con nosotros, que somos porque nos cuidaron... Entonces R. , despacito, me susurra: “y ahora, yo soy tu justicia”.

5.5.09

Echamos el cierre

Este sábado, en A Estrada, en la zona deportiva, a una hora aún curiosamente misteriosa incluso hasta para nosotros mismos, pero probablemente sobre las 11 de la noche, Robín de los Estercoleros echa el cierre a 21 años de historia como banda de rock and roll. Es el concierto perfecto para acabar nuestra carrera: se ha anunciado y suspendido un sin fin de veces y en el ambiente hay como un aire de improvisación y desastre. Pero si es terreno resbaladizo, es nuestro terreno. Por algún increíble efecto del destino, la fecha elegida es un nueve de mayo, el día del calendario que tiene para muchos de nosotros un significado único, por ser el aniversario de la muerte, en un intervalo de diez años pero en el mismo día, de Toño y de Pepe Risi, los dos componentes del grupo Burning que tanto y de tantos modos nos influyó.

En la construcción del pensamiento épico que acompaña la vida de una banda de rock son necesarios estos referentes más que musicales, morales. Hay bandas que ponen su mirada en los vencedores, en las fiestas de la mansión play boy, en las multitudes jaleando, en los caza autógrafos. En su imaginario, sueñan con cruzar el espacio entre la limusina y la entrada al backstage protegidos por la policía, sorteando una avalancha de fans enloquecidas. Nosotros nunca soñamos con eso. Pusimos nuestra mirada en los perdedores. En esa especie de poética del vagabundeo de poblacho en poblacho, de arrastrarse con la furgoneta, lo comido por lo servido, de ese vagar honesto y errático. Nosotros amamos a los que amaron a la música, a pesar de no recibir nunca los premios merecidos. O sí, o igual sí se merecían esa vida, sí nos la merecimos todos, de semi-oscuridad, de invisibilidad, de hostales en villas pequeñas, algún éxito de vez en cuando, un año bueno, una canción que suena, o ni siquiera eso, casi siempre sumidos en el mar de la indiferencia. Quizá sí. Y si nos la merecimos, la conseguimos.


Burning, encarnaba para nosotros esa consistencia ética. Esa perseverancia en el rock and roll, pese a todo, pese a la muerte, pese a las catástrofes. Salen al escenario honestamente y ejecutan lo mejor que pueden y como mejor saben. Y sobre todos, nunca nadie más nos enseñó ese camino que Pepe Risi, al que muy poco antes de morir y después de una temporada larga sin haber coincidido con ellos vimos sobre el escenario, tan deteriorado que nos dio miedo, tan destruido, tan débil, tan frágil. Y Pepe, que muchos, muchos, muchos años antes nos había dicho en su furgo, “aquí, soy lo que soy, estamos hablando, soy lo que ves, pero cuando te subes a un escenario tienes que creerte que eres el mejor del mundo”, ese mismo Pepe, ese día, con la garganta rota, rozando a veces el gallo, se acerca al micro, y con aquella voz que te ponía los pelos de punta y que evocaba en su timbre todo aquel paisaje de losers que dibujaban los Burning en su imaginario, ese mismo Pepe, ese día, tan enfermo, tan poquita cosa y a la vez tan grande, tan inhumano en su escuálida humanidad dijo: “Hey, chicos, no tengo voz, pero tengo corazón”.

Y eso es todo. Siempre ha sido así. La divisa de esta banda que ahora muere. No tener voz, pero tener corazón. Nos vamos en la misma indiferente invisibilidad en la que caminamos toda nuestra vida. A nadie importamos nunca y estoy seguro que pocos, o nadie, se acercará a despedirnos. Puedo contar con los dedos de una mano quienes te han preguntado, quienes han llamado, quienes te han consolado…Da igual, no estábamos aquí para eso. Era para otra cosa, para no tener voz, para cantar hacia el satélite que nos da la espalda, en el eclipse eterno, como la protagonista de una de las canciones, la loba solitaria que aúlla a la luna, falta de amor. El sábado, una vez más, desde el escenario, miraré el terreno yermo de la explanada, despoblado, deshabitado de toda emoción. Algún amigo al fondo, apoyado en algún poste, silencioso, mirándote, algún borracho pegando voces, los técnicos de la mesa intentando ligar con alguna chica perdida, los organizadores al fondo, decepcionados por el vacío, luego te dirán “sonáis de puta madre pero yo no entiendo a la gente, siento mucho que tuvieseis tan poco público” y tú sonreirás. Un despistado te pedirá la hoja del set list, o probablemente no, y termine allí, en el escenario, embarrada, pisoteada por los pipas que recogen los bártulos o se la lleve el viento de la noche. Y tú también recoges tus cosas, tranquilamente. Los cuatro gatos que había se han largado y ya no queda ni dios. Ni siquiera suena música de ambiente. Solo el silencio, Rayas desatornilla sus anclajes, guarda sus cosas en la funda, yo ayudo a llevar los amplis al maletero, estoy sudando, nos tomamos una caña y Josemi dice para todos: “hoy hemos tocado de puta madre”. Y nadie contesta. Es la pura verdad, pero es como si no hiciese falta decirlo, como si nadie necesitase ánimos. No estábamos ahí para eso, estábamos ahí por la música. Daba igual. Manolo es el primero en dejarnos, dice: “bueno tíos….” Y se ve que ha disfrutado de ese tiempo, pero solo dice: “Bueno tíos…” y uno podría continuar si Manolo fuese de los que dice las cosas: “…tíos, he sido feliz en el escenario, tíos, hemos tocado cojonudamente, joder jorge te has esforzado un huevo, larry, lo has hecho lo mejor que sabías, tíos, de puta madre, es un placer esto y me voy a casa nuevo y disfruto aquí de un modo que no sabría explicar y que no quiero perder”. Pero solo es “Bueno tíos…”.



Nos quedamos, solos, como siempre, después de haber tocado lo mejor que sabíamos, para nadie, como tengo la certeza que ocurrirá este sábado. Todo dará igual, a nadie le importamos nunca una mierda. Te vas sin despedirte sencillamente porque no hay nadie de quien despedirse. Pero nosotros, en el escenario, tocaremos como si fuésemos los amos del mundo, por momentos tiernos y sensibles, por momentos desafiantes y chulescos, eléctricos, siempre sin voz y siempre con corazón. Se apagan los últimos focos, nos damos la vuelta, y nos perdemos en la noche.