
La ciudad que amo tanto, tanto, tanto, tanto, nos reconcilió con el teatro, y en otro ring asistimos a la debacle de Urtain, transmutado en un Roberto Álamo inhumano que nos hizo entender lo maravilloso, lo tremendamente hermoso que es ser actor. Sin conocerle, a alguien capaz de trabajar un papel así, de conmocionar así, de hacer lo que hizo por nosotros, por la Verdad, se le podría perdonar casi todo. O todo. ¿Qué clase de corazón puede tener una persona capaz de regalarnos ese sentimiento? Sin conocerle solo cabe amarle. Esa noche, asalto tras asalto, en una cuenta atrás contraria, reconstruimos la vida de derrota del boxeador desde la muerte al nacimiento. Y quizá que el primer cuadro fuera su suicidio lo convirtió todo en mucho más desesperanzado, cruel e inevitable. Cuando releemos podemos soñar con que esta vez Héctor venza a Aquiles, y aunque sepamos que las páginas no se reescribirán, en cada ocasión, mientras avanzamos llevados de la mano de la narración, de nuevo todo puede ocurrir, de nuevo la historia se reescribe en nuestra imaginación. Y siempre termina igual, sí, pero siempre se reescribió de nuevo. Sin embargo, aquí la muerte aparecía como el primer ladrillo que construía una vida de miseria y tristeza infinita. Condenado desde el día en que fue engendrado. Y entre tantas escenas de enorme emoción, le vimos temblar como una marioneta con sus músculos enloquecidos tiritando mientras a su alrededor, el corifeo de aduladores le cantaban “yo te amo con mi carne y con mi alma…yo te amo a puro grito y en silencio..yo te amo de una forma sobrehumana..yo te amo..te amo tanto..te amo tanto…” Y Urtain, buscando a su alrededor constantemente ese amor nunca encontrado se repetía una y otra vez “¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio? ¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?”.


se arrastraba por el suelo en la piedra húmeda interponiéndose entre éste y Alexis Fernández, colocando sus manos y su pelo donde él pondría sus pasos, como una sombra que se anticipa, y él hollaba con sus pies desnudos esas palmas mullidas con su cabello rubio y así es el amor, y por eso le guardamos eterno agradecimiento a los actores que nos hacen llorar, a los bailarines que nos cortan la respiración, a los músicos que elevan nuestras voces hacia el cielo, hacia la luz, para que nuestra cuenta atrás se inicie en el renacimiento diario y cuando digamos te amo, te amo con mi carne y con mi alma…yo te amo a puro grito y en silencio..yo te amo de una forma sobrehumana..yo te amo..te amo tanto..te amo tanto…sea verdad, y nuestra voz suene desde lo más profundo del sentimiento arrancado, para que nunca más, nunca más, volvamos a pronunciar ¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio? ¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?
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