5.10.11

NOSOTROS, LAS SOMBRAS



Hay textos con facultades mágicas. Observadas por separado, sus palabras, sus frases, no parecen destacarse. Paseo la vista entre las líneas dispersas sin que nada me ancle, sin recibir impactos, sin que ninguna me reclame. Pero unidas -y cuando digo unidas, quiero decir, convertidas en un magma de significado-, no se sabe por qué misteriosa condición adquieren un alcance distinto e hipnótico. Entonces, y solo entonces, después de haber intuido un sentido profundo en el conjunto, en la mezcla difusa, un significado que no estaba antes, puedo volver a destruir la narración y volver a leer las frases aisladas, enormes, elevadas kilómetros desde el suelo y que ahora me obligan a volver a ellas, a escuchar, una vez, y otra vez, a desentrañar, a imaginar, a recrear lo creado.

Nos conocimos aquella noche, somos sombras, visiones de seres translúcidos, observadores distantes de una realidad física sucia que se desarrolla en otro plano: en el de lo real inalcanzable. Somos sombras, reminiscencias de nosotros mismos, presencias fantasmáticas, testigos que miramos desde una ventana aislada, alargamos nuestros brazos incorpóreos gesticulando el aire en el aire, atravesando el mundo inasible. Trabajando como perros callejeros hurgando en la basura, huidizos, atentos a los ruidos, preparados para correr. Aparecemos al caer el sol para olfatear y seguir el rastro de las emanaciones de la miseria. Luego nos desvanecemos, esquivos, a nuestros refugios entre las ruinas, a los agujeros, a los sótanos, al subsuelo del submundo. Y de repente se llenan las calles de polis y grúas y los nórdicos riegan las avenidas más protegidas cuando amanece y el mundo de la pobreza invisible vuelve a ocultarse hasta la noche siguiente bajo el manto pulcro del bullicio diario que se esfuerza vanamente cada mañana en eliminar los restos del paisaje de podredumbre de las noches. En esa impostura de una normalidad artificial en retirada que se atrinchera ya únicamente en los centros más protegidos contra la amenaza de esos hombres que arrastran sus esperanzas en grandes maletas, que desconocen la lengua, que ignoran las reglas, que nacieron sin gracia, cuya presencia cada vez más visible asusta. Ese ejército de seres anónimos de nombres impronunciables y rostros indistinguibles. Seres que se comunican con extraños gritos y que son portadores de esa dolencia oscura de la pobreza y el hambre, que llevan en sus desaliño el germen de la destrucción del mundo de la luz blanca y que obligan a sus habitantes a defenderse, a parapetarse, a colocar por cada diez, una valla. Para que el centro sea aún habitable, para mantener aún todavía en su respiración asistida la ilusión de una isla próspera. Aunque haya que sacrificar a los miembros podridos, cercenarlos de la geografía urbana y dejar crecer la infección negra en los suburbios, ya perdidos. Guerra inútil, donde una ambulancia tiñe extrarradios junto a una anciana, ese cadáver prematuro, despojo en espera, presencia inmóvil que mira las aceras, testigo cansado del drama cotidiano, el de la sangre real, tan roja, aquella que no aparece en los sucesos, que se derrama cada noche, invisible para todos, la que deja únicamente esas huellas de suciedad en las baldosas hendidas. Esa sangre roja que se muestra en los propios ojos al cerrarlos, en las visiones de pesadilla, tan verdadera, tan cierta, tan inevitable. Frente a la otra, adulterada con las luces naranjas del falso socorro, de las ambulancias desastradas, los médicos derrotados que recogen con desaliento, conscientes de lo inútil del gesto, los cuerpos, su coartada. Para que la violencia se enquiste, y los ojos desconfiados brillen tras los visillos grises de las cortinas, centelleando cien iris por cada asesinato, emergiendo esa nueva raza de subhombres embrutecidos, exudando sudor de aceite quemado. Y el dueño del pit bull feo se queda a cubierto, observando a otros que a él le observan, otros perros guardianes, otras armas, anhelando el estallido de la violencia para poder imponer el orden salvaje de los golpes y las palizas en los callejones. Los llantos de los borrachos sangrando. Se miran en los espejos quebrados como reflejos corrompidos de los guardianes de los barrios nobles, los defensores de un orden que ya les abandonó a su suerte en este espacio desolado. Son los representantes ficticios de una ley ilusoria desnudada en barbarie, y en su casa guardan el casco de un guardia. Más a pesar de todo se abren las vías del contagio imparable, arrasadas las exclusas por la pulsión de muerte del norte que necesita de los heraldos de la agonía del sur. Que necesita de traficantes y ejecutores. Que respira del hálito de los desgraciados. Que devora lo que le envenena. Luego en los barrios finos, las amenazas, hasta las cejas coca, la causa es otra. El dolor que viene, la enfermedad invencible, la epidemia de ruina que acecha contra toda cuarentena. Suenan los tambores que anuncian la gran tragedia final. Los espíritus malévolos vagan libres por las calles. Trato o truco, acechan cada puerta. Todo recuerda al reino de los muertos, el mal se banaliza y se representa en calabazas de rostros grotescos, los niños juegan a ser tullidos, adoptan posturas deformes, indistinguibles de los anormales, los contrahechos, los despojos, los lisiados, los deficientes. El aire huele a carne dulce. La noche se hace con todos y el final del caramelo deja en el paladar el anticipo funesto del sabor de la ceniza en la boca. El lenguaje de las certezas se impone en el terreno conquistado por la plaga negra. La sociedad secreta escucha hip hop de verdad. Las palabras valen su peso en dolor. Cada letra es un grito de culpa y desesperanza. Y nosotros, las sombras, rumores de nosotros mismos, ecos en la canción que se desvanecen, nosotros…. nosotros… nosotros…. las sombras… las sombras…. las sombras….. Nosotros, las sombras….detrás.










Nos conocimos aquella noche, somos sombras
trabajando como perros callejeros
y de repente se llenan las calles de polis y grúas
y los nórdicos riegan las avenidas mas protegidas
hay hombres que arrastran sus esperanzas en grandes maletas
desconocen la lengua e ignoran las reglas, nacieron sin gracia
y mientras nosotros hacemos lo nuestro, cada 10 una valla
y mientras nosotros hacemos lo nuestro, cada 10 una valla

trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás

Junto a la anciana una ambulancia tiñe extrarradios
luces naranjas como la sangre adulterada
el dueño del pit bull feo se queda a cubierto
dice que en casa guarda el casco de un guardia
luego en los barrios finos las amenazas
hasta las cejas coca, la causa es otra

trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás

trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás
(Pedro Sanjuan/2009)

29.8.11

LLEGÓ NUESTRO TURNO

LA BRUTALIDAD POLICIAL COMO SÍNTOMA DEL EMPOBRECIMIENTO DE LAS CLASES MEDIAS

Castoriadis cita en uno de sus textos la definición de ciudadanía que ofrece un estudiante norteamericano quien la reduce a: “Es el derecho de no ser perseguido por la policía”. Como el propio Castoriadis apunta, esta definición implica, entendida en sentido inverso, que la policía sí puede perseguir a los no-ciudadanos, es decir, transeúntes, inmigrantes clandestinos o incluso extranjeros y simples turistas. También a aquellos colocados en los márgenes de la ciudadanía, es decir, los marginales, término que engloba sin distinciones a los sin techo, mendigos, inmigrantes ilegales, miembros de pandillas juveniles, dependientes de los subsidios sociales, adictos al alcohol y drogas o pequeños criminales callejeros.

Sin embargo, en los últimos días, vemos imágenes, cada vez más con más frecuencia, de la policía cargando violentamente contra “ciudadanos” y, aún peor, exhibiendo unos modales despectivos y desdeñosos en el ejercicio de su ferocidad que se muestra con altanería y soberbia. Como con superioridad. Tales modos, no son desde luego ninguna sorpresa para cualquiera de los grupos de “marginales” a los que antes hice referencia. Tampoco son sorprendentes para organizaciones como Amnistía Internacional que lleva años denunciando la tortura y los malos tratos de las fuerzas de orden público españolas, describiendo en su informe “Sal en la herida”, una situación de impunidad generalizada, complicidad y encubrimiento de los demás policías por un corporativismo mal entendido (que se manifiesta tristemente en las delirantes autojustificaciones que afloran en sus foros y ofrecen una idea precisa de lo extendida que está esa cultura de violencia), dificultad para denunciar, indefensión judicial para las víctimas, inexistencia de investigaciones y sanciones, etc. El informe relata que cuando excepcionalmente se produce alguna sanción, esta suele ser leve, acostumbrándose a indultar y recompensar posteriormente con ascensos a los funcionarios expedientados. Añade además que aunque no se puede hablar de un comportamiento violento rutinario, sí dista mucho de ser excepcional, ni se circunscribe únicamente a algunos elementos minoritarios de las fuerzas de seguridad.

Esta situación, por más que fuese dramática, era visible únicamente por los que estaban situados al otro lado de la frontera de esa ciudadanía que funcionaba como islote defensivo vigilado por estos perros de presa. Acontecía detrás de nuestros muros y era, por tanto, invisible para nosotros, los ciudadanos, que la tolerábamos con esa inconsciencia egoísta de no querer mirar. Hasta que de repente, un día, se manifiesta nítidamente en toda su obscena barbarie, dejándonos en una especie de mezcla de sentimientos entre la indignación, el espanto …y la sorpresa. La sorpresa porque se ha roto una de las reglas del juego, aquella que nos colocaba a salvo de nuestros propios guardianes. Que ahora nos agreden a nosotros, a quienes debían proteger.

En realidad, sin embargo, no se ha roto ninguna regla. El juego continúa tal cual. Simplemente es nuestra posición en él la que ha cambiado. Nos hemos desplazado. Dice Bauman que los pobres en realidad son “consumidores defectuosos o frustrados, expulsados del mercado”. O lo que es lo mismo, el grado de marginalidad de una persona en el sistema se mide únicamente por su capacidad de consumo. Los adictos a drogas o alcohol, los criminales, los inmigrantes, forman parte de la bolsa de “marginales” solo en tanto que no consumidores. Cuando se da el caso contrario, su integración es absoluta. ¿Qué otorga entonces la carta de ciudadanía? Únicamente nuestra posición en la sociedad de consumo.

En las últimas tres décadas asistimos al cada vez más frenético aumento de la desigualdad, con un crecimiento imparable de las rentas altas a costa, no tanto de las más bajas cuyo saqueo no tenía ya mucho más recorrido, como de las rentas medianas. Según Kerbo, Sennet y otros, la zona central de las rentas se reduce, aumentando los empleos de altísimos salarios, pero sobre todo aquellos otros de sueldos bajos. Este empobrecimiento de la clase media, cada vez más visible, lleva a que por primera vez en la historia, un porcentaje elevadísimo de ciudadanos están viviendo por debajo de las expectativas que su formación académica o profesional les venía ofreciendo históricamente. Aquellos estudios o prácticas profesionales que garantizaban en el pasado el acceso a un nivel de vida medio o medio alto han dejado de hacerlo y son víctimas ya también del subempleo, la precariedad, cuando no directamente del subsidio. O lo que es lo mismo, se han quebrado las seguridades que ofrecía la sociedad capitalista y por primera vez la marginalidad, entendiendo esta como el destierro del consumo, no está inseparablemente unida a los bajos estudios y la falta de calificación, sino que acoge a cualquiera, independientemente de su formación y su capacidad profesional.

Por supuesto, como en cualquier proceso de exclusión, la ética y el discurso dominante tiende a disfrazarlo como auto-exclusión. Para que los pobres pierdan su condición simbólica de ciudadanos a los efectos de la retórica imperante, no basta con que sean pobres sino que su pobreza debe ser elegida. En una sociedad de consumidores libres no es concebible la pobreza más que como un uso (corrompido) de esa libertad. Y los pobres son aquellos que no se esfuerzan, que gustan vivir del subsidio, incapaces para cualquier otra vida que no sea parasitaria y ociosa, viciosos que prefieren ser adictos al alcohol o a las drogas. Es decir, aquellos que voluntariamente se colocan en la marginalidad de esa ciudadanía que sí gana su sustento con merecimiento. Incluso ahora, con unos datos tan abrumadoramente enormes de desempleo y precariedad, el discurso en vigor no tiene reparos en, al tiempo que reconoce a regañadientes ciertos desarreglos del sistema productivo, culpar a los jóvenes y a los parados de “falta de iniciativa”, de ser “acomodaticios” y de no tener “espíritu emprendedor”.

En el proceso de pérdida de la ciudadanía, hay que señalar la nada casual denominación de “perroflautas” que utilizan tanto los elementos más fervientemente partidarios del status quo como, sobre todo, las fuerzas policiales represivas. No importa que, contra toda evidencia, se aplique a miles de personas que no tienen nada que ver ni social ni estéticamente con esta tribu minoritaria vagamente hippie. Lo que importa es que el “perroflauta” es un auto-excluido vocacional del sistema, y por tanto, un antagonista de la sociedad (de consumo), o lo que es lo mismo, un No-ciudadano por elección. De ese modo, nuestra conversión en “perroflautas” nos coloca, en el imaginario policial, en el mismo bando que aquellos a los que tradicionalmente maltrata y tortura con la tolerancia de los verdaderos ciudadanos (nosotros también, hasta ahora) y, no lo olvidemos, una casi total impunidad legal. Y así, el proceso de empobrecimiento vertiginoso de la clase media trae irremediablemente aparejado otro de desnaturalización, de pérdida de influencia ciudadana (pues la influencia se mide en términos de consumo) y, por tanto, de des-ciudadanización.

Hubo unos años, en que todos compartimos ilusoriamente los intereses de las rentas más altas. Se hablaba de un capitalismo bursátil popular, todos nos hicimos expertos en vuelos low cost y en gadgets electrónicos. Los saberes tradicionalmente constreñidos a los ricos se nos abrían y en casas de turismo rural se ofrecían cursillos de cata de vinos. Hoy, ese sueño se ha convertido en una visión tenebrosa de precariedad, pérdida de derechos, sub-trabajos sometidos a una permanente amenaza de exclusión del sistema, horarios abusivos y reducción de salarios. Aquellos que en el pasado, por su educación y su extracción social, ocupaban las clases medias se hayan ya en un estado, no tanto de proletarización como de franco empobrecimiento. El feliz continente que habitábamos compartiendo (en su versión low cost) intereses y deseos con los millonarios se ha quebrado y las placas tectónicas se separan velozmente. En la nuestra, los desclasados del sistema, los de siempre y nosotros, los nuevos, que empezaremos a catar el sabor de una vida de subsidios y asistencia social en un estado del "bienestar" que se diluye. En la tierra contraria, los ricos en su fiesta perpetua. Alejándonos de su paraíso, a la deriva, escuchamos el sonido de la música y las risas que se desvanecen. En su orilla, los policías nos saludan con las porras. Llegó nuestro turno.




PD.- Coeficiente de Gini:Indice que mide el grado de desigualdad en una sociedad.

PD2.- Informe de Amnistía Internacional sobre la policía española: http://www.amnesty.org/sites/impact.amnesty.org/files/PUBLIC/documents/eur20412006f2007.pdf

31.7.11

ESTRELLA FUGAZ

-Cada vez que salía con La India a la carretera la primera canción que sonaba en el coche era “Estrella Fugaz”. Terminó siendo nuestro ceremonial. Todo se iniciaba con “Estrella Fugaz”

Y entonces Carlos van poniendo ante mis ojos la sucesión de fotografías de sus viajes y me fascina su absoluta falta de afectación cuando se cuela su figura en alguna de las imágenes de sus recorridos. Respetando las reglas de los encuadres y la composición, sin embargo da la impresión de que le hubiese gustado apartarse. O ser traslúcido y que su silueta delgada no restase ni un gramo de protagonismo a los grandes espacios, las carreteras que se pierden en el infinito o las impresionantes formaciones rocosas que se alzan a su espalda. Pero también a los viejos letreros, las gasolineras abandonadas, los restaurantes desastrados, los automóviles antiguos que Carlos acopia como testigo mudo, estando sin estar, apareciendo sin aparecer, escondiéndose en su pose desnuda, franca, que mira hacia delante sin importarse. Y lo imagino colocándose a desgana en cada ocasión, cumpliendo a regañadientes algún tipo de ritual amable con La India que le está diciendo: “muévete ahí, más a la derecha, un paso hacia delante” y Carlos sueña con desvanecerse, con que algún tipo de fallo de la cámara le convierta en una sombra transparente, un espectro reminiscencia de si mismo y detrás el gran país, el continente, el pasado, la vida entera, el infinito, la sucesión de las pisadas en la historia que se plasma en sus fotos y sobre las que su figura no es más que un recordatorio temporal del instante, un periódico abierto en una fotografía en sepia, una hoja de calendario, un subrayado en la agenda.

Más tarde le veré con su pequeña cámara, tan sencilla como él, observándolo todo, dejando testimonio de todo, de las piedras de las iglesias en ruinas, las barcas hundidas en la ría, las inscripciones, una chica que come frutos secos sentada bajo el sol…..siempre con esa sensación de que Carlos quiere quitarse de en medio, no ser más que el transmisor, el aire invisible por donde viajan las ondas, el cartero anónimo que enlaza las ciudades y los mundos y desaparece sin dejar rastro cuando cumple su función. ¿Para quién? Nunca para él, siempre para otros. Carlos mira el mundo para trasladarlo a otras miradas, aprende de música para que otros aprendan, descubre para que otros descubran y su conversación es una sucesión de pequeños destellos luminosos que centellean en la noche.

Estamos viendo a Ely Paperboy Reed en silencio, Josemi, él y yo. De repente se nos acerca y dice: “Cuando viví en Inglaterra trabajé en una fábrica durante unos meses. Allí tenían un porcentaje de trabajadores reservado para personas con deficiencias mentales. Uno de ellos era la persona que he visto en mi vida con más conocimientos sobre soul. Estuve en su casa y atesoraba vinilos que ocupaban dos habitaciones enteras. Era una persona normal hasta que se metió en una pelea tremenda que le dejó el cerebro tocado para siempre. Confundía el tiempo que habitaba, su realidad era extraña pero nadie sabía más de soul que él. Un día me dijo: “¿Sabes quien fue el mejor cantante de soul que jamás oí? ¿Recuerdas a Rick Astley, el cantante pop? Yo le escuché antes de que fuese famoso. Fue la mejor voz que oí en mi vida. Luego lo ficharon de una gran discográfica, cambiaron el estilo y se jodió todo”. Y Carlos hace un silencio de esos suyos, sonríe y nos dice a Josemi y a mí. “Rick Astley, quién lo iba a decir, Rick Astley”. Y luego vuelve a poner toda su atención en Ely, desentreñando nuevas visiones sobre la música, para transmitir a otros, para convertir cada conversación en otra luminaria que alumbre otras noches, en otros lugares, a otras personas. Y cuando le observo escuchando atento, a él, que sabe de tanto de música, que la ama tanto, tengo la certeza de que jamás ha soñado en ponerse en la piel de aquellos a los que admira, a los que estudia, a los que difunde con su pasión incansable, sino que Carlos, se siente afortunado por poder escucharles, por poder mirar, por oír, porque el mundo se mueva ante sus ojos mientras él lo recorre en esos estallidos de luceros efímeros.

Volvemos a casa por la autopista. No suena ninguna canción en mi coche viejo pero la música está siempre en el aire que respiramos. De repente, ante nuestros ojos, una exhalación amarilla surca el cielo dejando a su paso una enorme estela de chispas. Carlos y yo gritamos al unísono: “¡Joder! ¿Has visto eso?” y él se pregunta: “¿Dónde caerá?”. En la noche, conduciendo, hipnotizados con el paso de las rayas amarillas, le imagino colocando los últimos bártulos con La India y saliendo al camino otra vez. Enciende el equipo y suenan los primeros riffs de la canción que inicia la ceremonia del viaje y el descubrimiento. Y esta noche, observando el firmamento negro a la búsqueda de nuevos estallidos de luz sé lo que ha pasado. Que el cielo le ha hecho un guiño a él, la verdadera Estrella Fugaz.

19.5.11

Algunas propuestas para el debate. Democracia Real Ya
















PARTICIPACIÓN:


-Facilitar la convocatoria de referéndum, derecho de petición, iniciativa legislativa popular y la creación de listas de colectivos ciudadanos.

ORGANIZACIÓN ELECTORAL:


-Obligatoriedad de listas abiertas

-Modelo de distribución territorial igualitario y sistema proporcional puro. Eliminación del mínimo del 5%



TRANSPARENCIA:


-Obligatoriedad de publicitar todos y cada uno de los gastos públicos. Publicidad de los presupuestos y la contabilidad de las administraciones.

-Los partidos serán responsables civiles subsidiarios de las acciones de corrupción de cualquiera de sus miembros en el ejercicio de su cargo.

-Establecer medidas de control de la acción política. Los programas electorales deberán ser vinculantes. Tendrán la forma de un cronograma detallado, en el que se especifique el tiempo y los gastos o recursos necesarios para su realización. Los programas electorales no podrán ser alterados una vez aprobados. Su modificación significativa exigirá una nueva convocatoria electoral.

-Establecer medidas de máxima transparencia en la gestión pública promoviendo la inspección y la valoración de la actividad por parte de organismos externos. Es decir, organizaciones ecologistas, de derechos humanos, observatorios de participación política, colegios profesionales, etc.

-Ningún imputado por Jueces o Tribunales en delito penal podrá presentarse a ninguna elección a cargo público en tanto no cese la imputación.


EQUIDAD:


Medidas para equidad en la fiscalidad:

-Tasas sobre la publicidad

-Tasas sobre operaciones especulativas, bonus y beneficios empresariales

-Establecimiento de un salario máximo legal

-Recuperación de los impuestos del patrimonio y de sucesiones para las grandes fortunas.

-En los ámbitos municipales, obligatoriedad de los ayuntamientos de aprovechar hasta el límite legal actual de las facultades de imposición a las constructoras de las cesiones de suelo público, subida de impuestos sobre la propiedad, tasas sobre la construcción

-Cese de las medidas de privatización.

-Establecimiento de una banca pública

-Fiscalidad redistributiva y fomento de la persecución del fraude fiscal.



DERECHOS:

-Todos los derechos reconocidos en la constitución, inclusive el derecho al trabajo y la vivienda, serán exigibles jurídicamente.

SOLIDARIDAD:


-Establecer por ley un porcentaje mínimo obligatorio de ayuda al desarrollo.

-Anulación de la deuda externa



MEDIO AMBIENTE:

-Renunciar a la construcción y/o mejora de nuevas infraestructuras para el transporte salvo caso de flagrante urgencia social y destinar el excedente a las infraestructuras relacionales: educación, sanidad, guarderías, parques, bienes culturales…


-Establecer medidas para la reducción en términos reales de nuestra huella ecológica. Reducción de emisiones y residuos en todos los ámbitos. El grado de emisión territorial de cada administración será público y serán obligatorias acciones para su disminución.

-Asunción instantánea con rango legal de todos los protocolos de respeto al medio ambiente y derechos humanos de las organizaciones y foros internacionales.

-Prohibición absoluta de cualquier espectáculo público en el que intervengan animales, sea del modo que sea.


EDUCACIÓN:


-Promover la educación laica y gratuita. Devolver a la esfera privada la religión y promover el estudio de las humanidades, las ciencias y las artes.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN:


-Los medios de comunicación públicos estatales, regionales, locales, no tendrán intereses comerciales y servirán para promover los valores que se derivan de estos puntos, así como para crear espacios de encuentro entre ciudadanos, y cambiar el imaginario desarrollista. Estará prohibida la publicidad.

-Los medios de comunicación privados harán público el listado de accionistas así como los anunciantes cuando se trate de grandes corporaciones empresariales o lobbys de las mismas.

TRABAJO:

-Cese de la discriminación laboral a la mujer y otros colectivos.

-Reducción de la jornada laboral y la edad de jubilación

-Control efectivo de la legalidad de los contratos de trabajo

-Rigor en la persecución del fraude

6.10.10

UN REINO

He dejado de vivir la guerra. Llamo a mis soldados, ejércitos de todas las eras que convoqué, héroes históricos y anónimos, cansados veteranos encallecidos, voluntarios imberbes que lloraron pero no se rindieron ante el pavor. Llamo a aquellos que defendieron mis articulaciones cuando solo querían petrificarse como bosques quemados; los que conquistaron los pliegues de mis dedos cuando no deseaban más que arrancarse los cabellos a jirones; los que se apostaron, aferrándose a cada roca, en los despeñaderos de mi boca cuando se partía, reseca y cuarteada. Llamo a los que ejercieron de solitarios francotiradores desde la atalaya de mis pestañas cuando solo querían cerrarse para siempre; a los que resistieron el Apocalipsis, la gran matanza, a los que chapotearon en el lodo soplando sus armónicas oxidadas y con tierra negra entre las notas. Llamo a los que me rescataron de la muerte. Doy la última orden de movilización general, venid todos a mí, a mi centro, a lo más hondo de mi herida abierta, ese volcán que late. Ahí están otra vez, los adoro, los reverencio, no puedo escribir sobre ellos sin emocionarme. Me cuesta despedirme. Me saltan ahora las lágrimas. Será la última vez. Os habla vuestro Coronel. Gracias por todo, gracias por no abandonarme nunca, gracias por devolverme la pasión por vivir, gracias por ser fieles a lo que ni yo mismo fui fiel. No lo olvidaré jamás. Si esto llega a ser un hombre será por vosotros. Intentaré vivir con decencia por vosotros. Volved a vuestras casas, abandonadme, volved con vuestras esposas, con vuestros niños que esperan, volved con vuestras familias, cread vidas como la que habéis contribuido a crear. Construid otros mundos. Os quiero, os venero, os amo con todo mi ser que se abre a la vida, pero la guerra ha terminado.

Mis soldaditos se despiden. Ha sido un honor, Coronel. Si nos necesita volveremos. Veo las largas columnas perderse en el horizonte, levantando polvaredas que casi ocultan el verdor resplandeciente de este día soleado. ¿Y fue esto antaño un campo de batalla miserable y ennegrecido? ¿Fue aquí donde padecimos tanto? Ahora es una pradera, el paisaje renace y se pierde en el horizonte en su riqueza infinita. Crece un planeta. Por ahí van, marchando, en su última formación, adiós a todos. Adiós, espero que para siempre.

Y entonces cierro los ojos y hago una nueva llamada. Una llamada que convoca a los nuevos habitantes de mi cuerpo. Llamo a los cartógrafos de la tierra y de la línea de costa, a los exploradores y a los navegantes: queremos descubrirlo todo, verlo todo. A los aviadores solitarios, a los entomólogos que tracen el mapa de las migraciones de las mariposas monarca. A meteorólogos que nos descifren el significado de las formas de las nubes, a los geólogos para que nos describan los círculos del color de los minerales, qué dice el lignito, qué son las flores de cobalto, qué cuentan los estratos. Llamo a los miniaturistas que llenen de navíos las botellas, a los maquetistas de trenes eléctricos, a los zahoríes para no dejar nunca de escuchar el rumor de los arroyos. Llamo a los luthiers que reparan el alma de las guitarras acariciándolas cuando están heridas, a los ornitólogos para que nos traduzcan los trinos de las aves, a los ingenieros: necesitamos puentes y caminos para recorrer. Llamo a los pilotos de globos aerostáticos, a esos perezosos que se tumban en los prados a darle forma a los cirros y cúmulos, a los titiriteros de bruja y ogro, a los ilusionistas y a los jefes de pista de los circos de pulgas. Llamó a los micólogos que tracen los caminos subterráneos del micelio, a los tipógrafos que crean las formas de las letras, a los sonámbulos que siguen los senderos invisibles de la noche, a los augures que encuentren indicios de futuro en lo que vive. A los voladores de cometas de todas las formas, tamaños y colores: que el cielo se llene de papel de seda al viento. A los plomeros y los maestros de las vidrieras: queremos que los colores transmuten los colores. A los espeleólogos que iluminen las efigies del subsuelo, a los prácticos del puerto: que nos acojan en las tormentas. A los fareros: que mantengan el pulso de la luz sobre la línea del mar. A los vulcanólogos que midan la temperatura de mi boca en tu boca, sismólogos que predigan el encuentro de nuestras placas tectónicas, que vaticinen los temblores de tu pecho en mi pecho y recojan las fluctuaciones del sobrecogimiento en sus gráficos convulsos.

Llamo a serenos que velen nuestros sueños. A los conspiradores y revolucionarios, a los iluminados y a los soñadores. A los proyeccionistas y montadores en las cabinas de los cines antiguos. A esos rotulistas que aún dibujan los cartelones de las películas de estreno. A los inventores de figuras de papiroflexia. Llamo a los coleccionistas de conchas y piedras de colores, a los numismáticos, a los traperos, a esos ancianos que guardan todos los objetos viejos aunque estén rotos, a los anticuarios, a los estudiosos de lo inútil y a los compiladores de lo efímero: necesitamos recordar todo lo que se desvanece. Llamo a los que bautizan con lugares los colores de las paletas de pintor: el rojo veneciano, el amarillo Nápoles y el azul Prusia. A los remendones de las velas de los barcos: sobrejuanete mayor, gavia, cangreja y sobremesana, a esos que hablan durante horas del mismo libro. Llamo a los imagineros de mosaicos: que dejen talladas flores de ónice y mármol donde tú poses tus pies. Llamo a ejércitos de ventrílocuos que se oculten y hagan que todo lo inanimado parezca susurrarte. A los lunáticos que aúllan frente a los barrotes de sus celdas en las noches de plenilunio, a los artistas torturados y a los cantautores atormentados: que les tiemble la voz cuando entonen tu nombre. Llamo a esos que acopian libretitas de pastas de cuero soñando algún día con escribir un verso en ellas, a los afiladores, a los carboneros y a los cuchilleros, a los que se aferran a oficios extintos, a los niños que quieren ser músicos y eligen la tuba. Llamo a los visionarios, a los buhoneros, a los timadores, a los armadanzas y a todos esos a los que les acompaña siempre el hálito de lo imprevisible. A los aprendices de todo, a los supervivientes del dolor y del hastío, a los historiadores de la memoria de los amigos muertos, a los estudiantes de pintura que se sientan horas ante un cuadro. A los escudriñadores de las almas, a los preguntones, a los niños que quieren ser el bueno, a los niños que quieren ser el malo. A los ancianos que quieren explicar algo y no se acuerdan, a los afectados por la melancolía, a los románticos, a los enfermos de belleza. A los que empiezan una historia, la engarzan con otra, y esta con otra y no terminan ninguna. A todos os convoco, poetas, filósofos, novelistas, músicos, pintores, descubridores, venid a mí. Exploradores de la tierra y del espíritu, conformadme, hacedme digno de ser un hombre. Los que tenéis miedo y dais el paso, a los que os duelen los ojos y los abrís a la luz, pobladme, habitadme. A todos os llamo, a todos os quiero. Que la guerra terminó y tengo que construir un reino. Nuestro reino.

15.9.10

EL PRÍNCIPE GUERRERO

Al amanecer del día de la última batalla por el reino de Muria un pájaro cojito entró por la ventana atravesando el sol y se posó frente al lecho del Príncipe Guerrero. Le faltaban los dedos de la pata izquierda que terminaba en un muñón redondeado. El pájaro le miró y el Príncipe Guerrero sintió vivos deseos de atraparlo pero únicamente permaneció inmóvil, observando como daba pequeños saltitos hacia él, sin mostrar ningún miedo. El pájaro cojito se plantó frente a él, pareció mirarle, cantó apenas unos trinos y dando un último salto, alzó el vuelo hacia la ventana. El Príncipe Guerrero siguió sus aleteos hasta que se perdió en el horizonte y sin saber por qué, algo se enterneció en su corazón hogar de espantos. Luego comenzó a armarse, se coloco la armadura, ciñó su espada y ya en el patio, donde su ejército esperaba en silencio, subió a su caballo negro enjaezado con las armas del escudo de Muria. Levantó la mano derecha en silencio enfundada en su guante de cuero negro. Los grandes portones se abrieron y un clamor de ira brotó de las gargantas de los hombres que salieron a campo abierto ordenadamente. El aire se oscureció con el ruido de los cascos en la piedra.

Aquella mañana comenzó la última batalla por el reino de Muria. Llegó la muerte al campo de batalla y se vistió con la luz de un sol terrible que refulgía en las armaduras. Que titilaba en las cotas de los soldados y en las armas que se alzaban y se derrumbaban arrancando pedazos de carne, metal y cuero. Pero al mediodía sucedió algo que hizo detenerse la matanza. Una flecha negra atravesó el campo de batalla con el sonido de ninguna otra flecha. La lucha pareció suspenderse un instante infinito y los guerreros de ambos bandos pudieron contemplarla mientras atravesaba las distintas fronteras del aire, el viento, la polvareda, la calma azul y el humo negro de las antorchas. Silbando como una serpiente, adornada con plumas que no correspondían a ningún linaje, cruzó la gran llanura y fue a clavarse en el corazón del Príncipe Guerrero. En lo alto de la loma, todos pudieron ver como quebraba sin ruido la gruesa armadura de acero y algunos soldados juraron luego que por unos instantes pareció que era la brillante coraza bruñida la que la había absorbido, como si la invitase a entrar, mientras a su alrededor se producía un extraño fulgor plateado. El ruido cesó y cayó el primer anuncio de lluvia, los hombres bajaron las armas ensangrentadas que dejaron resbalar sus últimas gotas en la tierra negra, y en lo alto de la loma, el Príncipe Guerrero picó espuelas, se dio media vuelta y se perdió en el muro de agua y en el cielo oscuro.

Cabalgó sin rumbo durante dos días y una noche, al capricho de su montura hasta llegar a la playa. El mar estaba en calma y el Príncipe Guerrero dejó libre a su caballo, enjaezado con las armas y el escudo de Muria, y se sentó sobre la arena apoyado contra una roca lisa que le recordó a una lápida. Y desde allí contempló el mar. Fue entonces cuando pudo por fin reflexionar. Sobre el pasado y su vida entera, y cada molécula, cada minúscula parte de su cuerpo comenzó a desvanecerse en el sol de la costa al evocar cada uno de los recuerdos de horror que hasta ahora no le habían atormentado. El Príncipe Guerrero se fue volviendo cada vez más pequeño y más poquita cosa. Y perdió sus dedos recordando las caricias no sentidas ni ofrecidas. Y sus brazos por la sangre derramada. Las piernas y los ojos por no haberse nunca parado a mirar a su alrededor. Y su cabeza, que no le regaló jamás un pensamiento compasivo. Y así cada parte de su cuerpo, todo él desapareció, hasta que la nada creciente llegó a su corazón. Y también su corazón se fue haciendo cada vez más pequeño. Primero como una fruta, luego como una nuez, como una semilla y finalmente no quedaba de él más que un diminuto grano de arena. Fue entonces cuando surgió de algún lugar del alma con un saltito repentino el recuerdo del pájaro cojito. Y ese grano de arena se quedó allí, donde estaba, justamente pegado a la punta de la flecha. El centro exacto de su corazón desaparecido. Allí permaneció unos instantes, luego se dejó caer y resbaló como por un tobogán hacia el interior de la armadura hasta que se filtró por una de sus rendijas mezclándose en la playa con otros granos de arena.

Ninguna otra cosa quedaba ya del Príncipe Guerrero y cuando al día siguiente llegaron en su busca sólo encontraron su caballo inmóvil mirando al mar y la armadura que brillaba al sol sobre una piedra que parecía una lápida. Dentro, nada. Sólo el aire caliente. Desde entonces, en el reino de Muria se piensa que el Príncipe Guerrero no se ha ido. Que algún día regresará para volver a comandarles. Que su regreso iniciará una era luminosa y floreciente. Que mientras tanto les aguardará la guerra y el hambre. Y era verdad que no se había ido, allí estaba con otros granos de arena. Pero jamás volverá a ver a sus huestes que esperarán en vano.

Durante una larga época vivió en la playa junto a las conchas y las algas marinas. Y fue el seno junto a otros como él donde se incubaban huevos de tortuga. Asistió a su gestación que se mostraba ante él desde el primer día y tuvo miedo cuando las crías iniciaron su carrera hacia el mar. A veces, durante unos momentos se hundía en la espuma de la ola pero acababa siempre volviendo a su lugar bajo el sol.

Hasta que una noche de temporal terrible, la marea le arrastró hacia el fondo del océano y allí inicio su viaje submarino. A lo largo de los siglos visito las criaturas de las simas abisales y cubrió vasijas y cañones y restos de naufragios. Y también las playas de todos los continentes donde a veces le devolvían las olas. En ocasiones incluso pasó breves instantes pegado a la piel de hermosas mujeres de todas las razas, pero también de hombres pescadores, o niños que hacían collares con conchas. Sobre la piel de los hombres, el Príncipe Guerrero se sorprendió de que fuera tan caliente, tan única cada una de ellas, y se dejaba mecer suavemente con el ritmo constante del bombeo de la sangre en las venas.

También desempeñó muchos oficios. Un músico lo eligió para crear un palo de lluvia y un anciano para un reloj de arena donde el Príncipe Guerrero subía y bajaba y dividía el infinito en porciones de días. También fue una vez el lastre de un globo y vio el mundo desde el aire; le pintaron de colores y le metieron en una botella y otras veces formó parte de casas, escuelas, lugares de cobijo, cabañas de pastores, castillos de niños y nidos de golondrina. Sólo en una ocasión, cogido entre las manos de un hombre que el Príncipe Guerrero podía sentir temblar, lo dejaron caer sobre una caja negra mientras otros hombres y mujeres lloraban. Y esa mañana el Príncipe Guerrero sintió un terrible frió y una profunda tristeza en su corazón.

El Príncipe Guerrero había viajado mucho y había visto mucho. No recordaba su vida pasada en el reino de Muria más que como un sueño lejano de pocos instantes, y aunque había pasado tanto tiempo, sentía que tenía aún tanto por ver....

Hasta que una tarde, el mar le volvió a depositar en la playa. En la misma playa de la piedra que parecía una lápida y que ahora estaba desgastada por el paso del mar y del viento. Y desde allí, mientras sentía el calor del nuevo día que surgía vio aparecer atravesando el sol a un pequeño pájaro. No podía ser el mismo pues habían pasado ya muchos siglos, edades y eras, pero allí estaba, sin dedos en su patita izquierda, dando pequeños saltitos hacia él y sin miedo aparente. Pareció entonces mirarle, cantó apenas unos trinos y el Príncipe Guerrero notó su gran corazón rebosante de ternura. Entonces el pájaro cojito, cuidadosamente, lo recogió con el pico y se lo llevó al cielo.

16.8.10

Autorretrato

Los encontré por primera vez en el Van Gogh Museum. Ella era delgada, de belleza cansada y llevaba un vestido blanco de lino. En la mano sostenía, como aprisionándola, una libretita de tapas de cuero cerrada con una goma negra. Él vestía una camiseta deportiva y pantalones desmontables cortos con mapas y guías de viaje en cada uno de sus grandes bolsillos. Tenía aspecto de chico educado y saludable. Cuando les vi, él se estaba despidiendo. Le rozó apenas la mejilla con el rostro y entró en la siguiente sala. Ella se quedo frente al autorretrato de Van Gogh, observándolo detenidamente.

Su presencia inmóvil empezó a suponer un obstáculo en la ordenada hilera de visitantes que recorría el sendero imaginario frente a las paredes del museo. Era un islote inesperado en aquel flujo continuo que desencadenaba perturbaciones fastidiosas creando espacios desocupados a su derecha y estancamientos a su izquierda. A veces, alguna de aquellas personas esperaba durante unos minutos que se le hacían interminables a que ella avanzase para poder ver el cuadro desde su frontal exacto. Cuando se daba cuenta de que aquella chica no tenía intención de sumergirse en la misma corriente de individuos bien educados, se ponían a su espalda, muy cerca, casi empujándola, resoplando en su cuello. Otras hacían ostensibles gestos de desaprobación o se colocaban delante de ella intentando taparle la vista. Nada de esto hizo que ella se moviese ni siquiera un centímetro. Permanecía igual, mirando con calma y atención a aquel rostro que parecía sólo dirigirse a ella. Imaginé a todos aquellos visitantes pensando malhumorados: las filas son para seguirlas, unos cuantos minutos son más que suficiente para ver cualquier cuadro, y más uno tan pequeño, ¿qué pasaría si cada uno de nosotros se detuviese donde quisiera de forma indefinida? ¿Qué pasaría, eh? ¿Qué pasaría? Sí. ¿qué pasaría si ante el arte nos detuviésemos serena y pausadamente...Sí, qué pasaría. Quizá incluso alguno llegaría a apreciarlo.

Pero desde luego yo no sería de esos. Yo soy de los que siguen la fila. No por disciplina, claro está. De hecho la sigo a saltos, o al revés, para parecer un poco rebelde. Pero la sigo, sencillamente por pura insuficiencia intelectual. Para qué negarlo, mis acercamientos, más bien anecdóticos, al mundo de las artes plásticas lo único que me devuelven son preguntas cuya respuesta conozco muy bien: por qué no sabes más acerca del significado del color, por qué no sabes más sobre las formas, por qué no sabes más sobre la intención, sobre la técnica, sobre la perspectiva, el trazo, sobre los materiales, sobre los símbolos, por qué no sabes más acerca del alma, del sentimiento, del espíritu. Así que yo lo intento, pero frente a un cuadro soy un poco como un chucho ante un teorema matemático: lo olisqueo con curiosidad, miro a ver si se come y luego me doy la vuelta moviendo el rabo. No tardo en aburrirme de que cada obra, cada pintura, me escupa a la cara mi ignorancia y mi imbecilidad, mi insensibilidad ciega y descubra de forma diáfana la vacuidad que se disimula tras mi finísima capa de barniz cultural. Y cuando eso ocurre, sigo la fila como todo el mundo y adopto las mismas caras de fingido interés que los demás ante obras inmortales que deberían hablarme pero que desde luego yo no escucho. Porque… ¿cómo saber que esas flores casi mustias evocan la fragilidad, lo efímero de la belleza y la existencia? Si sólo son flores en un tiesto. ¿Cómo saber que esos campos de trigo son la imagen de la vida vigorosa que espera ser segada por una muerte que adopta la forma de un campesino insignificante y sin rostro bajo un torrente de cegadora luz amarilla? Sólo es un campo de trigo.

Así que rápidamente me entran deseos de largarme y ante esas pinturas que deberían conmoverme en lo más hondo y que son solo mudos testigos del abismo de incomprensión que nos separa yo pienso: “para que me llamen gilipollas a la puta cara prefiero ir a ligar al Maycar”.

Y por eso me sorprendió encontrarla de nuevo, cuando yo me iba tras terminar mi recorrido, todavía frente al autorretrato, aferrándose a aquella libretita negra casi con fiereza, como si dudase ante el impulso de abrirla, temiendo quizá que al hacerlo se desencadenasen fuerzas incontroladas, se produjesen decisiones irrevocables.

La fila de visitantes, de algún modo se había adaptado a aquel obstáculo y ella se había convertido en una parte más del mobiliario del museo. Todo era tan mecánico que aquel discurrir de parejas, excursiones, pocos tipos solitarios, como cumpliendo alguna orden inscrita en su código etológico, sorteaba aquello que se interponía en su camino con suave mansedumbre, con orden, manteniendo esa latencia perfecta de pasos entre los cuadros. Entonces llegó él, que también había terminado su recorrido. Cuando la vio, todavía detenida ante el autorretrato, adoptó una expresión de cierto hastío mal disimulado. Pero era ese desagrado falso que se imposta sobre un desagrado real. Un aburrimiento que anida profundo y otro que se teatraliza, que se exhibe pero como si no quisiera exhibirse, como si se hubiese escabullido. Y aquel rostro saludable y educado, representaba mientras se acercaba a ella esta comedia: Finjo que no estoy cansado de tus caprichos y muestro comprensión y respeto con tus intereses, pero enseño este destello de disgusto para que parezca que no se fingir, que se me pierde como una fuga de mi, y así ese respeto y esa comprensión adquieran más valor a tus ojos. Por el hecho de ser forzados. Me esfuerzo.

Sin embargo, ella estaba muy lejos del mundo y pareció no darse cuenta de aquel teatro de metadisgustos dentro del disgusto. O simplemente ya se había acostumbrado a esas pequeñas mentiras cotidianas y ni se molestaba en fingir su papel en la función. Me dio la impresión de que él se sintió un tanto frustrado como actor. Era un papel con cierta elaboración y estaba siendo ignorado, así que se acercó e inició esta conversación que yo no pude escuchar de ningún modo dada mi posición lejana en la sala pero que soy capaz de transcribir literalmente pues se desarrolló en el lenguaje universal de los capullos que ella tradujo fielmente en los pequeños surcos de su frente al idioma, también universal, de los soñadores frustrados.

-¡Pero aún aquí! Cariño... ¿no piensas visitar el resto del museo? Te has fijado que hay otros cuadros? ¡Mira! Ahí tienes otro.

-si, claro –como despertando- claro que me gustaría ver los demás
-Cariño, -se acabo la broma- yo ya he visitado las tres plantas, llevamos aquí casi dos horas. Yo creo que no se puede perder tanto tiempo con un solo cuadro. Y ahora que hago yo. ¿Me los tengo que ver todos otra vez?
-no, claro, lo siento
-A ver, a mí no me importa esperarte un ratito en la tienda del museo. Pero no puedes estar dos horas en cada cuadro.
-lo siento, de verdad, no me di cuenta del tiempo que pasaba.
-Ya pero mira ahora, ¿qué hacemos? Tenemos que ir a otros sitios. No vivimos aquí, tenemos que hacer otras cosas.
-si quieres ya no veo lo demás
-Seguro, cariño? No te importa, ¿de verdad?
-no, no, claro, tienes razón, es demasiado tiempo
-A ver, que si esto es muy importante para ti, puedes ir a ver el resto rápidamente y yo te espero tomando un café o comprando postales. Si te pones, los liquidas rápido. Este museo no es tan grande como otros que hemos visto, se ve rápido.
-no, no de verdad. no es importante, vámonos.

Y él, con otro beso apenas rozado en la mejilla la intenta animar, positivo:

-Ya volveremos en otro viaje con más tiempo. Que esto siempre va a estar ahí.
-claro.

Entonces lleva la mano a una de las guías, al mapa, y le veo dirigirse hacia la salida. Pero antes, es incapaz de retener dentro de sí la frase que lleva una hora pugnando por salir de su boca:

-De todas maneras, no entiendo qué le puedes ver a un cuadro, que además es un autorretrato de un tipo, por muy Van Gogh que sea, para estar dos horas mirando para él.

Y ella calla. Ella calla porque la alternativa es dejar de expresarse en el idioma de los soñadores frustrados cuyas sílabas solo son capaces de unirse para producir asentimientos y tratar de articular alguna palabra, aún balbuceante y torpe, en el habla esplendida de la utopía posible. Y si ella fuese capaz de pronunciar esos fonemas luminosos quizá le diría en traducción simultánea al idioma capullo, dialecto perdonavidas, que bajo la capa de pigmento, en cada trazo de Van Gogh bulle materia viva. Materia viva indefinible, en un sustrato hormigueante de carne, piel, angustia y tierra, que a veces, de cuando en cuando se mueve, provocando ligeras ondas, conmociones apenas milimétricas que solo aquel observador que mira muy fijamente, durante mucho tiempo, durante tiempo infinito puede de algún modo vislumbrar. Le diría que esa latencia modifica las direcciones de los trazos y los tonos de color, y que los cuadros mutan al ritmo del latido de ese existir subterráneo de vísceras bajo la piel. Le diría que las líneas de ese rostro de abismo incomunicable parecen converger hacia un vacío central en sus ojos, como un agujero negro de pavor que arrastra estos trazos de la barba, de las mejillas, de los labios. Le diría que está segura que pasarán los años y los siglos y el cuadro se consumirá a sí mismo en esa absorción desde esa nada terrible de esa mirada salvaje y llena de tristeza y rabia. Que lo que estaba observando no era una obra terminada sino un proceso de destrucción y hundimiento en el vacío, que ya se había iniciado mucho antes del nacimiento de van Gogh y que continúa tras su muerte en esa figuración de su rostro infinito, sumidero de sí mismo. Le diría que estaría una vida entera asistiendo a ese fin continuado, reflejo exacto de su propio ahogamiento constante, eterno, que estaba encogiendo su alma, su piel, que convertía sus dedos en varillas quebradizas, que la enmudecía robándole el aliento y las palabras. Que ya solo sabía pronunciar hacia adentro, y que incluso progresivamente, se abortaba ese diálogo interior, antes de nacer como ecos muertos que rebotaban en su cabeza vacía y no había dentro más que silencio, y ya ni se hablaba a sí misma. Que le hundía los ojos hacia esa sima insondable, ese mirar hacia dentro, que la estaba aspirando como a Van Gogh su sima y que ella también con los años, con los siglos, desaparecería en su propio agujero, como el ultimo grano de arena cayendo en el reloj, cerrándose en un flop y ya no habría más que un lienzo en blanco, testigo callado de su paso por el mundo.

Ese día les volví a ver, horas después. Parecían dirigirse hacia el museo de cera de Mmd. Tussaud. Estaban de suerte. Se presentaban nuevas esculturas de Obama, Beckham y Kyle Minogue. Él avanzaba con sus mapas y sus guías a paso rápido esperándola impaciente unos segundos cada pocos metros y volviéndola a dejar atrás. Ella iba tras él con la mirada un poco cabizbaja, agarrando con fuerza la libretita negra que no había llegado a abrir. Tan fuerte que las yemas de sus dedos estaban de color blanco. Si la hubiese abierto, si hubiese cogido el bolígrafo con sus dedos en extinción quizá todo cambiase, quizá surgirían otras palabras, de ese idioma desconocido, apuntes, esbozos, dibujos de sí misma hacia fuera. Pero seguía cerrada, como un tesoro del que ella no tenía la llave.

A dos metros de él, tan saludable, como tirada de una correa invisible, me recordó a esos perros vagabundos que a veces nos siguen manteniendo cierta distancia, entre atemorizados y anhelantes. Cuyos ojos de tristeza profunda parecen decirnos: “ya sé que no eres mi dueño, ya sé que no me quieres, pero quizá podrías darme algo de comer.”

15.7.10

MATA HARI

Ella me pidió: “Si escribes sobre mí, llámame Mata Hari” y yo no entendí el seudónimo. Porque aunque quizá sea incluso aún más seductora que la bailarina, mi amiga padece una incapacidad radical para la mentira y la ruindad. Una imposibilidad física: es su tara, es su condena. A veces, como en un juego, le propongo planes maliciosos para castigar a algunos de sus ex – amantes más mezquinos y ella siempre los rechaza. Insisto otro día, de otra semana, de otro mes, con una nueva vuelta de tuerca de malignidad y los vuelve a rechazar. Luego averiguo que la Mata Hari histórica no era una espía, ni una traidora, sino que simplemente era una amante irreflexiva y valiente, un chivo expiatorio de una sociedad timorata, pueblerina e hipócritamente virtuosa. Entonces, imaginándola con su mirada altiva en las calles grises de Compostela, solo entonces, entiendo el alias que adopta mi amiga Mata Hari.

Mata Hari me envía mensajes durante la tarde del martes: “Estoy en un bucle, sálvame, rescátame”. Llegan sucediéndose en intervalos breves. Pero el martes no resulta una buena tarde para andar yo salvando a nadie: el martes es el día de los ahogados. Hay cosas que me diferencian mucho de ella: cuando yo dedicaba las tardes a alcoholizarme no lo narraba diciendo: “estoy en un bucle” sino que encontraba descripciones de mi comportamiento menos poéticas, más sucias: “Estoy deshaciéndome, estoy suicidándome, estoy jodiéndome vivo”. Mucho menos supe decir entonces: “sálvame, rescátame”. Y cuando aún sin yo pedirlo intentaron salvarme y rescatarme yo colgué el teléfono, no contesté a los mensajes, corté las líneas. Por eso, a pesar de que el martes no es día de salvar sino de ahogarse, subo a la zona vieja a buscarla. Porque yo también estaba entonces en un bucle sin saberlo, siguiendo una secuencia de instrucciones que se repetían mientras se cumpliese una condición prescrita. Y mi condición de entonces era “deshazte”, “suicídate”, “jódete vivo”.

Es de noche ya, y en una terraza me cubre con su cabello rubio el rostro y me susurra: rescátame, sálvame, mientras recibe únicamente mis habituales silencios, mi mirar al suelo. Solamente te acompañaré hasta dejarte en tu casa si nos vamos ahora, contesto. Qué más puedo hacer, soy un ahogado. Al fin, ni eso ocurrirá. No la rescataré, no la salvaré, no la acompañaré. “Como siempre” dirá ella cuando lea estas líneas y sonreirá y me seguirá queriendo igual al día siguiente. Y volverá a confiar en mí otra vez después de que yo vuelva a ignorar otra llamada, otro mensaje o encuentre alguna excusa estúpida para anular una cita en un café. “Como siempre” y no me reñirá nunca.

Así que ese martes, el día del ahogo, yo me vuelvo a mi cueva y la dejo en la puerta de A Casa das Crechas mientras camino bajo una fina llovizna. No miro atrás, pero sé que no me observa mientras me voy sino que se vuelve a la barra, a su bucle, a atisbar lo que ocurre a su alrededor con esos ojos que lo indagan todo. Y mientras yo atravieso Santiago braceando en ese calabobos de verano que cada vez me anega más, en ese bar, donde ella reina, aparece Ben Harper. Me lo imagino entrando, como despistado, silencioso, bajando la cabeza y dirigiéndose al fondo de la barra. Algunas chicas se acercan a hablar con él, a sacarse fotos a su lado. Todas excepto mi amiga Mata Hari, que únicamente hace lo que solo ella sabe hacer: trastocar el eje de traslación del planeta para que gire alrededor únicamente de su estrella, ejercer su fuerza gravitacional para que los astros modifiquen sus órbitas y quieran rozarla en las estaciones cálidas. Entonces, es sencillo entender por qué Ben Harper no es más que otra víctima de su fuerza de atracción y apenas tarda unos minutos en acercársele y preguntarle su nombre, deletrearlo azorado, y luego, comenzar su propio proceso de embobamiento. Y apenas unos instantes después, es fácil imaginarlo jugando a los juegos que ella propone, a esas pequeñas travesuras que se le caen de las manos casi sin querer, como esos aprendices de mago que saludan a una dama descubriéndose y sin querer también llenan el aire de palomas y papeles de colores que se le escapan del sombrero.

Pero ella tiene otros planes para esa noche. Ha venido a buscarla un tercero. Alguien que la cuida -éste sí-, alguien que no merece ser ignorado. Y Mata Hari entonces se despide de Ben Harper para irse. Y de nuevo yo puedo imaginármelo, confundido, preguntándose por qué le abandona, a dónde va, quien es esa mujer que le aturde, desconcertado, solo, en la barra de As Crechas con su copa entera, mientras ella desaparece en la misma fina llovizna que a mí ya me ha tragado en ese día de ahogo y naufragio en el que yo quise y no me quisieron, ella quiso y no la quisieron y Ben quiere y no le querrán. Y antes de que desaparezca, Ben Harper sale corriendo a la calle, la frena, le pide su teléfono y le pregunta: “¿Puedo llamarte mañana?” y la imagino contestando: “por supuesto que sí, Ben” y girándose hacia la noche de su bucle infinito.

Ni siquiera va a verle actuar. Es el cumpleaños de una amiga y cualquier amiga es más importante que Ben Harper para Mata Hari que venera la amistad y es insobornable. Me ha contado todo esto mientras dejábamos que la tarde transcurriese lentamente y yo le preguntaba: “¿por qué no dejas que entre el sol en el salón?” “Porque es demasiado” “¿Cómo va a ser demasiado el sol? No sabes lo que yo añoro los rayos de sol”. Es también cuando me dice: “si escribes sobre mí llámame Mata Hari”. Horas después, abandono el concierto antes de que termine. No me ha gustado, me aburre. Quizá es porque continúo ahogado y la música no es capaz de atravesar mis oídos llenos de agua, reverberación y abismo. Quizá estaba condenado de antemano a fracasar, tuvo que haber crecido de otro modo, se amputó y la savia que debía regarme no llegó a la fuente del deseo. Me hace pensar: entonces también el alma alimenta a la música, también crece a partir del latido. O quizá simplemente ha sido un concierto mediocre. Pienso: espero que seas mejor entretenedor como amante que como músico, Ben, más te vale. En la puerta, repartiendo publicidad me cruzo con el tipo que quiere matarme. Tengo que esperar y me siento en las escaleras mientras él pulula por allí, como una enfermedad en su metástasis. Cada vez que veo a ese sicario podrido de odio y violencia me entran sudores fríos. Creo que ya no es miedo sino una especie de radical incomprensión ante el mal. Ese mal infinito que se anuncia como una amenaza de sima insondable y que yo no comprendo, no desentraño, no traduzco a mi mundo. Es entonces cuando se me acerca Mata Hari que está esperando a que Ben Harper termine las últimas canciones y la llame. Supone que debe tranquilizarme y se ofrece a acompañarme. Nadie podría darme más seguridad: en los pliegues de sus sábanas han sollozado generales y reyes, se han resuelto cuestiones de estado, se han ganado y perdido guerras, pero decido que algún día hay que dejar de huir y mirar al miedo cara a cara. Así que le digo: “no hace falta, vete con Ben Harper y luego llámame y cuéntame”. Se gira y veo como empieza a bajar las escaleras de Platerías. Lo entiendo todo cuando se va: el pelotón de fusilamiento tuvo que dispararla con los ojos vendados para no sucumbir a sus encantos. Solo 4 de los 12 disparos alcanzaron su objetivo, un oficial le dio el tiro de gracia después de muerta quizá temeroso aún de que su poder hipnótico se manifestase aún desde la otra vida. Es ella, sí, la espía del otro mundo, la que gira en su propio bucle que se convierte en órbita para los asteroides solitarios del espacio. Se vuelve y me dice:
-Si escribes sobre esto, haz que sea bonito. Disfrázalo todo con tu imaginación desbordante
-Si yo no tengo eso-murmuro ahogado.
Ella rompe a reír y dice alegremente mientras me da la espalda:
-¡Si eso es todo lo que tienes! No tienes otra cosa.
Y se va. Será Ben Harper quien intente vanamente saber qué dicen sus pupilas. Será Ben Harper quien quizá escuche la música de sus manos. Será Ben Harper quien se extravíe en los laberintos de su agudeza como una arista de dulces filos.
Yo llego a casa, es de noche, me siento ante el teclado pero no tengo ninguna imaginación desbordante. Logro unir estas palabras bastante torpemente. Cómo hacer algo bonito si estoy ahogado, en mi propio bucle que es una corriente marina arrastrando el limo y el fango oceánico, los deshechos de los peces muertos, los animales extraños del abismo. Girando entre las regiones subterráneas del mar, sin principio ni fin, sin objetivos, abriendo la boca para tratar de explicarme y solo exhalando intentos fallidos de palabras, burbujas mudas, ondas que se desvanecen. Así que renuncio a hacer nada bonito. No puedo, no está en mí: no está en mi mano la belleza sino únicamente la verdad. Me pasa al escribir como a ella al vivir: tengo una incapacidad radical para mentir, una imposibilidad física. Y esta es mi tara. Esta es mi condena.

2.6.10

Sin timonel

Fido era mi mejor amigo. Cuando éramos niños nos sentábamos en los portales y hablábamos y hablábamos sin parar. Cuatro horas, seis, siete. Nunca nos aburríamos. Imaginábamos el futuro, soñábamos, analizábamos todo lo que veíamos. Cuando cumplió dieciocho años, su padre le dejó un viejo R4. Fue el coche que nos llevó de un sitio a otro. Fido era un chapuzas y el equipo de música del R4 eran altavoces de distintos tamaños y procedencias que él rescataba de radiocasetes desvencijados o porteros automáticos descerrajados. Los soldaba, pegaba con celo y colocaba en el coche por el simple procedimiento de adherirlos a la chapa con el imán del propio altavoz. Los cables cruzaban los asientos y el techo por cualquier sitio que mirases, pero tenía la ventaja de que podías ponerte el altavoz donde te apetecía. A veces daba un frenazo y se caían por todas partes pero casi nunca iba tan rápido como para dar frenazos. Además no frenaba muy bien.

En el R4 se ponía siempre la misma música, una y otra vez: “El fin de la década” de Burning, Leño, Los Suaves, Barricada, Siniestro Total, Los Deltonos y los Ilegales. Pero la cinta oficial era “El fin de la década”. La habíamos comprado en una gasolinera, ya no se vendían y era nuestro mayor tesoro. En ese coche entraba todo el mundo y un fin de semana cualquiera podía aparecer en cualquier parte de Galicia con quien sabe quien dentro. Pero normalmente lo ocupábamos Fido, Josemi, Javier Tutti y yo.

Javier era el heavy de A Estrada. Y es que no había más. Se movía como un muelle y era de constitución flacucha y fibrosa. A pesar de eso los quinquis le tenían un gran respeto. Le conocimos una tarde en que un grupo de punks querían pegar a mi hermano que estaba solo. Javier se acercó con la mano en el perenne cinto de remaches preguntó sonriendo: “¿pasa algo?” y luego añadió lacónico: “Largando”. Y todos se fueron. Se volvió a Josemi, al que no conocía de nada y le dijo:
-Te invito a un porro
-No fumo. Te invito yo a una birra.
-Tengo el hígado jodido.
-Pues nos tomamos unas cocas colas.

A partir de ahí se convirtió en una especie de hermano mayor para él y para todos. Y las aventuras que corrimos con Javier Tutti llenarían un libro. Durante un lapso breve de tiempo fue nuestro batería. Exactamente un único concierto. Seguía el ritmo malamente. Fuimos a tocar a Pontevedra, no recuerdo exactamente a donde, a una escuela, algo así. El estaba feliz pero no dio un palo con otro. A veces por algún tipo de extraño azar llevaba el ritmo durante unos instantes. Josemi se acercaba y le gritaba: “Sigue así, no hagas nada, no hagas nada”. Y esa era la señal para iniciar un tren-redoble-break infinito y completamente descabellado que destrozaba con saña la canción. Así en cada tema. Cuando terminamos, después de ofrecer un espectáculo lamentable él se enorgullecía de sus redobles. Era heavy y tocar la batería para él era hacer redobles constantemente. Ahí terminó su corta carrera.

Javi repetía la misma frase una y otra vez: “Yo nunca me he quedado colgado en la carretera”. En los días que no había R4 viajábamos a los conciertos a dedo. Con el aspecto que tenía, parecía increíble que alguien le parase pero más o menos, así era. Sin embargo, lo que yo creo ahora no es que nunca se quedase colgado en la carretera sino que no le importaba quedarse colgado en la carretera. Sonreía constantemente, por entonces parecía vivir en paz y nunca tenía prisa por llegar a ningún sitio. En uno de estos recorridos dementes, un día mi hermano y él pararon a mitad de camino de ninguna parte en una taberna desastrada. Les atendió una anciana entrada en kilos que les sirvió los botes de cerveza trayéndolos desde la nevera apoyados en sus enormes pechos. Les dijo: “ahora se me han enfriado las tetas” y seguidamente les ofreció modos para que volvieran a su temperatura correcta. Amablemente ambos declinaron la oferta. Cuando se iban Javi se acerco a ella para despedirse, dudó al verle el sudor que se emplastaba con la base de maquillaje corrido, pero la cogió igualmente de los hombros y le dio un beso en la frente. Luego salió diciendo: “se lo ha ganado”. Durante mucho tiempo nos recordó el contacto grasiento de sus labios con aquella frente. Pero aún así siempre volvía a decir: “Se lo había ganado”.

Un día Fido volvía de Santiago al amanecer con su coche. Se quedó dormido y amerizó en un embalse hundiéndolo hasta el techo. El se despertó al sentir el agua en las piernas. Me llamó apesadumbrado y yo le pregunté alarmado: “dios mío, ¿y se salvó la cinta de los Burning?”

A pesar de la desgracia el coche siguió funcionando. Hubo que cambiarle algunas partes con deshechos de chatarrerías y así tenía una aleta de cada color, el capó de otro y un abollón en el techo que lo abombaba. Íbamos mucho a Cuntis al Bar de Moncho. En su jardín cantábamos todas esas canciones. Estábamos allí con un chico al que llamaban “el troita” y apareció Fido con su vehículo multicolor. Causó sensación. El tal troita subió dentro y al ver todos los cables, los celos, la cinta de embalar, los altavoces colgando en posturas inverosímiles dijo: “pero esto…..esto no es coche…esto como mínimo es ……” se quedó pensando un largo rato y dijo: ¡¡un megáptero!!. Y a partir de entonces al coche se le llamó “El Megáptero”.

El Megáptero sirvió para dar algunos golpes que no soy tan imprudente como para relatarlos por escrito por si todavía no han prescrito los delitos. También me sacó de más de un lío. Fido era un amigo maravilloso, paciente, discreto, generoso, no hubo locura que le propusiese a la que dijese que no. También me salvaba de las que yo hacía en solitario. Él estaba en casa de Manuel jugando al ordenador, sonaba el teléfono y se escuchaba esta conversación:
-Oye, es Jorge que pregunta si estás aquí.
Me imagino a Fido suspirando pacientemente y meneando la cabeza:
-Pregúntale que dónde está
-Dice que en Soutelo de Montes, que ha ido en bici.
-Joder, pero si son las doce de la noche. Dile que ya voy.

Y allí aparecía con el Megáptero sin jamás reconvenirme nada.

La música era lo más importante siempre. Con Javier había eternas discusiones sobre quien era mejor guitarista: Hendrik Röver o Jorge Martínez. Se habían necesitado meses de disquisiciones sin fin para ir descartando al resto. Javier discutía consigo mismo. Decía: “Jorge Martínez es mejor”. Y se quedaba callado o cambiaba de tema. Horas más tarde, él mismo retomaba el hilo de sus pensamientos y continuaba: “pero el caso es que Hendrik….”. Y este proceso no terminaba nunca.

El día que murió, el rumor de su muerte se expandió como una mancha informe por los bares de A Estrada. Mi hermano le adoraba. Yo les dije a todos: “que nadie le diga nada a Josemi hasta que no lo sepamos seguro”. Fui a la Santa Sede, el centro del hampa, y solo tuve que mirar a la cara a Pedro, su dueño, para saber que era verdad. Movió la cabeza asintiendo hacia abajo con una tristeza infinita sin que yo le preguntase nada, desde la puerta. Había muerto de sobredosis en Pontevedra. Luego todos supimos que en realidad había sido un asesinato. Javier en los últimos tiempos se había compinchado con un tipejo que a todos nos repelía, de aspecto líquido, servil, envuelto en un aire de mentira y sin rostro, impreciso, aún ahora no puedo recordarlo. Siempre se dijo que fue él quien lo mató. Peruco era amigo de Javier desde la infancia. Habló durante semanas de coger una escopeta y matar al yonqui asesino aunque tuviese que pudrirse en la cárcel. Todos pensábamos que lo haría pero no era más que rabia y dolor que le asaltaba en las noches de bares. En los últimos meses nos habíamos alejado un poco de Javier. Vimos su adicción a la heroína como una traición. Toda su generación había tenido problemas con la droga excepto él. Decía: “ya nunca caeré”. Pero cayó. Tuvo algo que ver con la enfermedad de su madre. O quizás no, mi hermano no lo recuerda así. La heroína era algo serio, nos quedaba grande, no supimos estar con él. Se hundió en el submundo del tráfico, los yonquis y ya dejamos de cantar y divertirnos. Nos cruzábamos a veces por la zona de los vinos y apenas intercambiábamos cuatro frases. Se había roto algo. Apenas fueron unos meses, pasaron veloces y luego murió. Aquel fin de semana mis padres no estaban y fuimos varios a dormir juntos a casa, para estar unos con los otros, en los sofás, en la alfombra, etc. Estábamos rotos. Hubo lágrimas. Bajamos juntos al cementerio, silenciosos. Al volver, yo dije como un deseo en voz alta: “a mí el cuerpo ahora me pediría que nos diésemos la mano”. Nos dio vergüenza y no lo hicimos, pero todos nos sentimos muy cerca, muy unidos, y no hizo falta.

En esos días yo descubría el mundo. Cada viernes nos encontrábamos a la misma hora en la misma mesa del Bar La Navegación que solo dejábamos cuando cerraba y contaba emocionado mis nuevas adquisiciones de la semana. Estaba extasiado, me adentraba en el terreno de la literatura maldita saltando de una referencia a la siguiente como encontrando pistas en conexión. Por eso ahora entiendo tan bien cuando otras personas, con esa misma ansia irrefrenable en su interior, descubren esa ruta oscura. Por eso sé que no es el conocimiento libresco lo que buscan sino otra cosa: remover el alma, sentir, abrirse heridas, entender el dolor de los demás. Por eso, todos los que bucean en ese lago negro son mis hermanos y hermanas. Codician ser sobrecogidos. Y yo amo a los que codician ser sobrecogidos. Así, en mi excitación yo hablaba sobre la muralla de birras, de Apollinaire, Baudelaire, André Breton, Huysmans, Verlaine, Elouard, Péret, Picabia, Antonin Artaud, el Conde de Lautreamont, Alfred Jarry, Genet……y de Rimbaud. Uno de esos días, alguien me escuchó, se dio la vuelta en la barra y se sentó con nosotros. Era Jesús Muras, el pintor, que amaba a Rimbaud.

Muras me tuvo siempre un afecto enorme, citaba los poemas de Rimbaud de memoria, pero también los míos, que se los sabía mejor que yo. Le encantaba: "Los niños sospechan la verdad". Ambos teníamos siempre los bolsillos llenos de papeluchos con notas incomprensibles incluso para nosotros mismos. Entonces yo creía en el poder revolucionario de la poesía, en el poeta como vidente. Luego renegué durante años, pero quizá ahora vuelva a creer. Una vez me pidió cambiarme todos mis poemas por un cuadro suyo. Era un negocio ruinoso para él y le dije que no. Un auténtico abuso. Pero al fin, lo convenimos añadiendo al lote un montón de discos rayados de los Beatles que le habíamos robado a un tal Joe, en castigo por haberle vendido rota a Josemi su primera guitarra eléctrica. Aquel cuadro se llamaba “Los gritos de los pájaros en verano y las bestias” y aunque con los años le compré otros, me regaló otros…ese es al que le tengo más cariño. Suso bajaba algún viernes a A Estrada y entonces se producía una reacción química áltamente volátil y explosiva. Luego, después de 60 o 70 horas de total demencia, retornaba a su estudio en Meabía, donde podía encerrarse largas temporadas hasta el desencadenamiento de la siguiente tormenta. Allí íbamos a veces con el Megáptero. Era un lugar mágico. El podía pasar horas enseñándome catálogos de los que admiraba: Bacon, Kandinsky, Toulouse Lautrec y tantos otros. En aquel estudio tenía un cuadro de Rimbaud de 3 por 3 metros callejeando por París. Yo anhelaba aquel cuadro sobre todas las cosas. No era bueno, pero era Rimbaud.

Había momentos en que todo transcurría con placidez. Noches en la Santa Sede con Fido y yo sentados ante un tablero de ajedrez, bebiendo cervezas y estudiando esta o aquella apertura, y, al tiempo, escuchando el monólogo de arte de Muras, sosegado e inteligente. El encontraba líneas de conexión misteriosas entre artistas absolutamente distantes. A ratos, decía: “ah, pero voy a recitaros un poema de Jordi”. Porque a mí me llamaba cariñosamente Jordi. También recitaba a Carlos Oroza. Conocía a todos los outsiders como él. Otros días aparecía envuelto en una nube de peligro y desvarío. Se hacía acompañar por extraños tipos borders line que le seguían como si fuera un Mesías. No sabíamos donde los reclutaba y algunos de ellos parecían salidos de la película Un mundo perdido y dudábamos siquiera que supiesen articular algún fonema.

Luego se puso enfermo, y desapareció. Supimos pronto de su gravedad. Era el momento en que estábamos grabando el disco. Josemi tenía una preciosa melodía en la que yo no recuerdo qué cantaba. Cualquier otra cosa. Ese viernes aparecí con una hoja garabateada y le dije: “vamos a hacerle una canción al Muras”. La canción se llamaba:

La noche underground

Desde nidos vacíos pájaros nocturnos esbozan la noche
Pendidas de un hilo bosquejan sus manos puentes de infinito
Y vuela al atardecer, estalla al caer el sol
Fluyen sus ojos, hechos de aguafuerte, mapas de aventura en la noche underground.
Sin timonel…..
Como niños perdidos sus palabras trazan susurros de humo
Sus sueños no vencidos alumbran el paso a las mesas del fondo
Y talla rayos de luna, un sfumato en la luz
Flotan sus labios de arcilla y de lienzo, vanguardias que laten, profeta underground
Sin timonel…
Sin timonel en la noche underground

Mientras se la enseñaba a Josemi y a Larry, y muchos meses después de su última aparición, entró en La Navegación, exactamente en ese instante, con la hoja aún en mi mano, el Muras. A todos se nos iluminó el corazón, fue una alegría maravillosa. Se la canté. Le pareció preciosa. Me la hizo cantar muchas más veces esa noche. Le regalé aquella hoja. Se la enseñaba a todo el mundo. E iniciamos otra de nuestras juergas monumentales que terminaban al amanecer en el bar de la gasolinera. La música, y Rimbaud, el arte y la música, todo giraba sobre eso. No había más temas. En aquel disco, una canción se preguntaba "¿Qué os debo? ¿A quien le debo lo que soy?" Y citaba de forma velada a Baudelaire, a Steinbeck, Dostoiewsky, Stevenson, Kerouac, Burning, Peckimpah y hasta a los Sex Pistols. Ese sábado grabábamos la canción de Suso para el disco. Fuimos a casa de Larry, colgamos unos micros C-1000 del techo y lo cantamos en acústico en directo todos con una resaca monumental. Dejamos al Muras en el bar de la gasolinera y nunca más le volvimos a ver vivo. En la grabación alguien le dio un golpe a un quinto de cerveza y los micros lo recogieron. Hizo clinck. Nos gustó, y lo dejamos.

Antes, me había regalado acuarelas para la edición del libro de poemas. Con aquellos que más le gustaban. Yo llevaba dos años discutiendo con el editor sobre aspectos estéticos de la portada, etc. A él no le gustaban ni mi curioso sentido del humor ni mis veleidades punkis. Mi biografía y las citas literarias era una pura burla. El lo sabía, yo lo sabía pero nadie lo pronunciaba en voz alta para que no pareciese censura. Como influencias artísticas y morales, hablaba de Papillón, de un cartel de una cafetería de Caldas de Reis, de la canción Jim Dinamita de Burning y, peor aún, el dramático partido de 1983, Deportivo-Rayo Vallecano. En lugar de citar a algún santón de la literatura galega, yo citaba a Miguel Costas de Aerolíneas Federales, a Sven Hassel, un escritor de novela bélica barata o a Elvis Presley. La verdadera razón es que me había hastiado del mundo de los poetas y poetisas, de sus recitales egóticos, sus premios literarios amañados, su vacuidad pedante y le había cogido odio a mis propios poemas que me parecían mediocres. Me daba igual mi libro. Cuando Muras enfermó retomé el tema. Estaba dispuesto a aceptar cualquier condición siempre que se incluyesen sus dibujos. El editor ya estaba harto de mis gilipolleces y lo aceptó todo. Se inició una carrera contra el reloj para editar ese libro. Ni corregí las pruebas. Hay faltas de ortografía y la traducción (los originales siempre fueron en castellano, ni me molesté en ocultarlo) era penosa. A mí me daba igual. Ni lo leí. Solo quería publicarlo por Muras, por el trabajo de Alina en la portada, por la dedicatoria a mi familia y mi infancia, los dibujos de Paco Oti y el prólogo de Eduardo Bonachera. El resto, o sea, los poemas, me traía sin cuidado. Los libros llegaron a tiempo para hacérselos a llegar a Suso en su lecho de muerte. Nunca salió del hospital.

El día de su entierro, volvimos a sentirnos unidos, como supervivientes de un ejército en desbandada. Por entonces, Burning siempre dedicaba “Una noche sin ti” a los muertos del rock, a lo que Risi llamaba “la banda del cielo”. Fue de nuevo Pedro, de la Santa Sede, quien nos dijo una noche: “Ha muerto Pepe Risi”. Le conocíamos, nos tenía mucho cariño. Josemi habló con él por primera vez en una de esas noches de ir a cualquier sitio en auto stop….con Javier, que nunca se quedaba colgado en la carretera. Pepe le dijo a mi hermano: “cualquier día, el día que tu quieras, subes al escenario y tocas conmigo”. En cada concierto que vimos de Burning mientras estuvo vivo todos íbamos pensando si tocaría Josemi ese día con él. Pero al final aquello fue como la escopeta de Peruco, algo que repetíamos por las noches, una esperanza que se fue con su muerte.

Hicimos otra canción para todos ellos. Se llamaba “Mil noches sin ti”. En los conciertos, se la dedicábamos a Javier Tutti, "nuestro batería”, aunque solo lo hubiese sido un rato, como forma de honrarle. También pudimos haber dicho "nuestro amigo", "nuestro hermano", pero no se nos ocurrió. Por entonces, ya no quedaba nadie que supiese quien había sido Javier Tutti. Fido volvió a quedarse dormido otro amanecer y el Megáptero se destrozó definitivamente. Volvió a la chatarrería que casi le había creado. Cada uno se fue comprando su propio coche. Veo muy poco a Fido. Tiene ideas insensatas sobre negocios imposibles que intento quitarle de la cabeza. Pero se enteró hace algunos años que una temporada estaba mal de dinero y me encontró un trabajo como profesor sustituto de ajedrez. Seguimos vagando todos unos años más, un poco más huérfanos, por la noche underground. Era el fin de la década. Con el tiempo olvidamos las viejas canciones y aprendimos otras. Sobrevivimos. Sin timonel.