10.2.09

RIQUEZA LINGÜÍSTICA

Este fin de semana, ante el patético espectáculo que ofrecieron las calles de Santiago, es una de esas ocasiones en los que la tan difícil equidistancia se antoja posible. Y entre Scila y Caribdis, lo mejor es irse a la pisci. Por una parte, repugna al buen gusto compartir gran parte de la ideología de fondo y de las motivaciones verdaderas de los manifestantes por el bilingüismo e incluso uno puede estar muy lejos de su análisis de la realidad, que se antoja como mínimo un tanto deformado. Por otro lado, resulta aún más repugnante la violencia matonil y fascista de grupúsculos defensores de posicionamientos, y tácticas para lograrlos, idénticas a las de los primeros años del nazismo. Cabría preguntarse por qué ciertos individuos no consideran necesario manifestarse ni encolerizarse por situaciones de evidente injusticia social con respecto a la sanidad, a la ley de dependencia, a la reordenación del territorio, a la ecología, a la redistribución equitativa de la riqueza o a la equidad y la imparcialidad en el acceso a la función pública, por ejemplo, pero son espantosamente heridos en lo profundo cuando se sienten agredidos en construcciones simbólicas. Podría pensarse que el ser humano, su dolor y su angustia son menos interesantes que otras entelequias que este crea. Quizá uno tenga las manos más limpias en el terreno de las ideas que si se pone a mirar la miseria cara a cara.

Pero bueno, todo esto en realidad, no es más que una majadería en la que participan cuatro pelagatos. A mí lo que me interesa realmente es el debate de fondo. Por un lado, hay unas personas que dicen defender el derecho individual a expresarse y recibir educación en la lengua que prefieran, y por otro lado hay otro sector, minoritario pero no desdeñable, de la sociedad que hace del idioma un ente depositario de derechos y, más aún, de derechos que en caso de conflicto están por encima del derecho a la libertad de los individuos. Para un nacionalista, por ejemplo, es correcto moralmente, incluso obligatorio, defender “el idioma” aún ejerciendo medidas coactivas sobre los individuos que no desean disfrutar del mismo. Constantemente encontramos ejemplos de esta actitud moral en intentos de legislación para que en determinados ámbitos, la administración, el comercio, la producción artística, los medios de comunicación, el idioma sea de uso obligatorio. Cabría darse el caso hipotético y no descartable, que en una situación futura de crisis aguda de hablantes se optase por la prohibición legal de hablar otra lengua y la imposición punitiva de la propia. Y esto no es ciencia ficción pues continuamente hay voces que exigen esta obligación proponiendo sanciones y castigos, en ámbitos claramente de la esfera privada, como los supermercados. Eso supondría que la “lengua” como ente simbólico, tendría más que un derecho, un deber de existir que estaría en un rango superior y de prevalencia en caso de entrar en contradicción con otros derechos individuales.

Yo desde luego estoy siempre a favor de que se le den derechos a cualquier cosa. Es que soy así, medio punki. Pero me gustaría saber por qué. No estoy muy puesto en la liturgia nacionalista, pero según mis humildes conocimientos, el hecho de que el idioma tenga un grado de protección superior a la libertad de su uso por los individuos estriba en que se supone que es la forma de expresión del pueblo, de la patria, también como ente supra individual, que en sí, tiene más importancia que las personas por separado que lo conforman (antes que el ciudadano está la gloria del Imperio). La lengua propia, digamos, no es solo una convención de grafías, tan arbitrarias como otras posibles, si no que establece una suerte de conciencia de diferenciación y unicidad. O lo que es lo mismo, el idioma, de algún modo modifica nuestra percepción del mundo. La realidad propia es expresada de un modo que la hace diferenciada a otras realidades, que la convierte en la manifestación original y particular de un grupo de personas que la comparten. Desde ese punto de vista es el idioma el que conforma el corpus simbólico del pueblo, de la patria. Esto presupone creer que existe un pueblo o una patria, pero supongamos que sí. Todas las manifestaciones ya sean artísticas, culturales, o simplemente relacionales de el “pueblo” están construidas desde el idioma y para el idioma, en una especie de retroalimentación constante. Y así, es obvio pensar, que su pérdida, supondría una clara amputación a la expresión de ideas de esa comunidad, que no podría explicitar la realidad del modo propio y tendría que usar otros modos ajenos, (con otro idioma), construidos y útiles solo para otra realidad ajena, que no serían capaces de explicar la propia del mismo modo. Entendido así, parece que es como si nos mutilasen de algún modo, como si nos forzasen a ver con otros ojos que nos impiden ver lo que veríamos con los nuestros.

Hermanada con esta idea opera una especie de paternalismo del estado que da en suponer que no somos individualmente capaces de sustraernos a la influencia maligna y proselitista de otros idiomas con más hablantes que ejercen su perversa captación de adeptos por todos los medios posibles, utilizando una posición de fuerza ganada injustamente tras años de prohibición y de impedimento de desarrollo del idioma considerado como propio. La represión del pasado (real o ficticia, no importa) crea una situación de desigualdad manifiesta en las estructuras sociales y de lo que ellos llaman “uso de prestigio” que convierte en cínica una actitud neutral ahora. Se trataría de una discriminación positiva para superar centurias de opresión. Por suerte para nosotros, el estado no aplica esta lógica al juzgar nuestras capacidades intelectivas en otros ámbitos de la realidad. Puestos a seguir, si somos hasta cierto punto incompetentes para elegir un idioma y debe educársenos, ¿qué nos hace competentes, por ejemplo, para ser aficionados de este u otro club de fútbol? Es evidente que la presión mediática, social e histórica que se ejerce sobre un desvalido niño para ser del Real Madrid o del Barcelona no es la misma que para ser socio del Milladoiro. De igual modo, sufrimos intolerables presiones a diario por parte de Nike o Adidas para no comprar las zapatillas en el mercadillo, por no hablar de las que recibo de Nestlé para ponerme ciego de chocolate. Aquí al estado no parece importarle tanto (en lo que respecta a los clubs de fútbol y selecciones autonómicas, está por ver). ¿Por qué? Porque las zapatillas (por ahora) y las trufas (por desgracia) no son la expresión del pueblo. (El fútbol lo será. Al tiempo)

Sin embargo, va y resulta que para la neurobiología todo esto es una soberana imbecilidad, que en realidad el lenguaje no conforma de ningún modo nuestras construcciones mentales y que las grafías son intercambiables sin que al cerebro le importe lo más mínimo. Cualquiera puede hacer la prueba. La palabra “perro”, escrita o escuchada, evoca en nosotros un enorme conjunto de ideas que lo definen, su forma, el tamaño, sus ladridos, si tuvimos uno, si aún lo tenemos, si les tenemos miedo, si nos gustan las películas de perros…Algunas de ellas quizá podamos compartirlas con otros seres humanos con los que compartimos espacio geográfico (país), pero ni todas, ni la mayoría, ni siquiera obligatoriamente. Uno de nosotros puede pensar en Milú, otro en Lassie, otro en el mordisco que recibió de niño…la palabra “perro”, digamos, desencadena un aluvión enorme a nivel cerebral, de significados que la conforman y la crean. Ahora, cambiamos el tipo de letra y la escribimos en letras góticas, o le cambiamos el color, o cambiamos el lugar donde está escrita. Para el cerebro evoca exactamente las mismas sensaciones. O lo que es lo mismo, la forma que adopta visualmente la palabra no tiene ninguna consecuencia con el significado mental que provoca. Pero aún más, si la traducimos y escribimos “dog” y sabemos qué significa “dog”, ahora es “dog” el que desencadena de nuevo exactamente el mismo aluvión de significados. No nos imaginamos a un perro con una pipa leyendo The Times ni a un caniche alentando un golpe de estado en Chile. Y todavía más, si por cualquier convención, alguien nos dijese que en determinado país, a los perros se les llama “XGHJ9”, de nuevo volveríamos a imaginar al mismo puto perro que imaginábamos cuando leíamos “perro”. La conclusión es que la grafía en realidad, es una convención azarosa, que en absoluto modifica la visión del mundo. Ni siquiera tiene ni una mínima influencia. Cuando escribimos en el lenguaje del sms, cuando lo hacemos con abreviaturas, cuando cometemos faltas de ortografía…el significado es idéntico. La evocación es idéntica. En un mensaje de móvil: “Stub con Bgoña”, sabemos que ha estado con Begoña, y no imaginamos a Begoña sin algún miembro por que le falte una letra. O como dice Steven Pinker: “sabemos que nuestra mente contiene representaciones mentales específicas para las entradas abstractas de las palabras y no para las figuras que cobran las palabras al ser escritas”.

Me dirá algún amigo que sin embargo las realidades locales dotan a algunas palabras de un significado difícilmente traducible a otras realidades. Por ejemplo, mi amigo David me dirá que “Habibi” no es lo mismo que “amigo” o que Aufklärung no es fácilmente traducible por Ilustración, por ejemplo. ¿Pero eso es debido al idioma como creador de la realidad, o debido simplemente a que la ilustración alemana tuvo un carácter muy específico por la reforma luterana? Y en todo caso…¿otra lengua sería incapaz de encontrar o crear una palabra o giro que explique, exactamente, absolutamente esa especificidad? Pongamos el caso de “Volk”. Su definición como “pueblo” en español quizá no llegue al sentido de significados que tiene en la Alemania nacionalista, en el romanticismo y la unificación y sobre todo, posteriormente en la nacionalsocialista. Pero cuando escuchamos por ejemplo “o noso pobo oprimido” o “el pueblo vasco”, y entendemos ese “pobo” y ese “pueblo” como comunidad, espíritu, tradición, patria, lengua, destino….de repente podríamos sustituir ese término con el Volk nazi sin muchos problemas de comprensión. Por tanto...¿el idioma tiene algo que ver con las diferencias de significado o son las ideas que transmite? Y con respecto a las dificultades de traducción..¿son tan importantes y cambian de un modo tan capital el contenido del mensaje que me impiden sentir lo mismo que el otro hablante? ¿Cuándo escucho por ejemplo Comfortably Numb de Pink Floyd y oigo esa voz diciendo “IS THERE ANYBODY IN THERE? JUST NOD IF YOU CAN HEAR ME. IS THERE ANYONE AT HOME? Tengo que sentirme incapaz de sentir empatía con esa soledad? ¿El inglés expresa algo sobre otra realidad que yo no conozco? Cuando Raquel (mi ejemplo favorito!!) habla castellano en Madison con un español, y al rato inglés con un norteamericano, ¿cambia su representación del mundo? Y más aún…¿no hay más diferencias de significado entre hablantes cultos y no cultos, urbanos y rurales, jóvenes y mayores, en la misma lengua?

Si esto es correcto, resulta que el hecho de que adoptemos una u otra grafía no responde a nada más que a un cierto azar histórico. Para más INRI, la definición de la lengua (que me corrijan los que saben más que yo) parece en realidad una ruptura arbitraria a posteriori en un continuum idiomático. O lo que es lo mismo, no se produjo un salto abrupto del latín a sus dialectos si no que todo fue un proceso continuado y solo DESPUÉS se dio, digamos, una señal de salida para la construcción del idioma. En el S. X, por poner un caso, los hablantes no eran conscientes de estar iniciando una nueva era idiomática. Somos nosotros, los contemporáneos los que hemos elegido esa fecha como la del nacimiento de un idioma de un modo que cuando menos se puede cuestionar y que parece que tiene más que ver con la construcción de mitos fundadores que con la ciencia. Puestos a preguntar, podríamos averiguar la década, o el año, o el día, incluso el minuto. ¿Fue en todos los sitios a la vez o a los de ourense les llevó más tiempo? Da igual, esto no funciona así, se busca un hito: la publicación de esto, la aparición de tal poema, lo que a mi modo de ver no es más que un absurdo irracional. ¿Qué pasaba el día antes? ¿Qué pasó con los otros que no escribieron el libro?

Está el tema de la riqueza cultural. Presuntamente la diversidad de lenguas es síntoma de riqueza y su desaparición supone un empobrecimiento. Esto es un argumento para su defensa. Yo no digo que no, pero si de acuerdo a este paradigma neurobiológico, la forma de las palabras es indiferente para la construcción de significados..¿por qué nos hace más ricos llamarle a un caballo, “caballo”, que “horse”, que escribirlo en código binario o en el idioma élfico? ¿No da igual? Se podrá alegar que existe una tradición escrita de literatura que crece con esa lengua ¿eso equivale a minusvalorar las lenguas que carecen de expresión escrita? Y las diferencias locales en el mismo idioma, como por ejemplo el español en América y en la península, ¿no suponen en realidad el mismo proceso adaptativo de mutación constante y la misma “riqueza” de significados? ¿Dentro de cien años vendrá alguien a decirnos que 2009 fue el año en que nació el idioma mejicano (y ellos sin saberlo)? Por otra parte, supongamos por ejemplo un idioma de una pequeña tribu africana que es abandonado para usar sus habitantes la lingüa franca del sudeste africano, el swahili. Una o dos generaciones después, los descendientes serán normalizados swahili-hablantes. ¿Eso les convierte en más pobres que sus abuelos? De ser así, nosotros seríamos también más pobres que nuestros antepasados que hablaban latín, y a su vez, estos más pobres que los etruscos. Y otro ejemplo más. Recordemos la expansión árabe del norte de áfrica y asia menor. En general, el proceso de arabización de los pueblos fue voluntario. Adoptaron la nueva lengua del poder por considerarla mejor. Vista la enorme y extraordinaria producción científica, poética y literaria que se produjo en toda esa edad de oro árabe hasta las cruzadas. ¿Podemos considerar que los descendientes arabizados de esas tribus eran más pobres que sus padres que hablaban lenguas ya perdidas? En los márgenes de la arabización, las pequeñas tribus fronterizas ni por asomo fueron capaces de crear una cultura mínimamente comparable. ¿Sería lícito pensar que en realidad la existencia de muchas lenguas minoritarias suponía un freno para la riqueza cultural y fue el diálogo extenso en un código común la que la propició? Además, en general, la gente sabe hablar SU lengua. Si tenemos un grupo A que desconoce la lengua de un grupo B y viceversa. ¿Quién es más rico porque haya dos formas distintas de expresión? ¿El planeta? ¿Gaia? Es obvio que los habitantes de A y B son "igual de ricos" que si solo hubiese una pues en realidad solo conocen la suya propia. No es más que teoría de conjuntos básica. ¿Podríamos pensar que un grupo AB con igual número de habitantes que la suma de ambos y una lengua común tiene más posibilidades de diálogo y más posibles conexiones entre hablantes (más posibles lecturas, más posibles discusiones, más posibles colaboraciones en proyectos comunes)? Supongamos que los "hablantes" de la batería, la guitarra, del piano no quisieran compartir un lenguaje común. ¿Habría música o veríamos a unos tipos dando ostiazos a unos tambores? Cuando Castelao dice (haciendo de paso un ejercicio de estulticia en su incapacidad mental para comprender la teoría de la evolución) que "los pobres animales todavía están en el lenguaje universal", podríamos objetarle que también los músicos estamos en el lenguaje universal, ¿y alguien cuestiona la riqueza cultural que produce el lenguaje de la música? ¿Por qué la diversidad es de por sí una condición de riqueza? Y si fuera así..¿no deberíamos entonces procurar que hubiese más y más idiomas, hasta que cada uno tuviese el suyo?

Quizá tenga más dudas con respecto a la sonoridad de las palabras, para ser rimadas o cantadas, pero ¿eso es todo? Y en todo caso…dando de nuevo por hecho que el significado es independiente de su forma escrita…(y esto va contra todas mis ideas hasta ahora y mi praxis diaria) dado que, por ejemplo, el inglés, "parece" más sencillo de ordenar estéticamente en una estructura musical rítmica por su cantidad de palabras unisílabas o bisílabas en contraposición con el castellano donde abundan las trisílabas y esdrújulas..¿no es de personas inteligentes adoptar el vehículo de expresión con el que mejor uno puede expresarse? ¿Qué está antes, la voluntad de comunicación y la búsqueda de la belleza, o la fidelidad cuasi religiosa a un modo de colocación de garabatos?

Y así volvemos al tema de los derechos. Si el idioma en realidad no expresa ningún modo propio de concebir la realidad, si no que se trata más que de una convención de cierto orden de grafías que bien podían haber sido cualquier otras..¿puede tener derechos? Podría darse el caso cojonudo que los símbolos llegasen a tener más derechos que aquello que significan. Para un miembro por ejemplo de igualdad animal los cerdos están en campos de concentración y exterminio. Para nosotros es casi generalizado que su utilidad es alimentarnos y no nos cuestionamos mucho su sufrimiento. Sin embargo, el uso de la palabra “porco”, debe ser protegido y defendido. Incluso si los hablantes no desean usarlo. Incluso a botellazos y por la violencia. ¿Podemos apalear al caballo y emocionarnos hasta las lágrimas porque exista el término “cabalo”, una gran riqueza de una L menos? Según sentencia del TC, el embrión no es titular de derechos si no un bien jurídico protegido. Carece del derecho a existir por ejemplo. Esto es aceptado por casi todo el mundo, sin embargo, la palabra que lo evoca, sí tiene ese derecho a la existencia. Y un derecho que es capaz de imponerse sobre otros. Ya sé que se trata de derechos diferentes, pero cuando menos la cosa es curiosa. Entendido esto así, ¿existe algún motivo para que el innegable derecho a existir de un idioma pueda llegar a ejercerse, ahora o en un futuro, de modo aún minimamente coactivo sobre los individuos?

Al fin, llegamos siempre al mismo lugar, cuando fallan los sustentos de la razón, aparece el verdadero sostén de las cosas. La irracionalidad, la oscuridad, la tiniebla, el ansia de poder (por no hablar del negociazo), de control social por medio de la superstición y el mito, no del conocimiento y del diálogo. La evocación a la leyenda, al pasado fabuloso que crea esa especie de fantasmagórica comunidad de hablantes en la historia. De algún modo resulta que estamos unidos afectivamente a otros que jamás conocimos porque supuestamente dibujan unas tildes en el mismo sitio que nosotros(y cojonudamente, nos alejamos por nuestro hecho diferencial de otros a los que sí conocemos y a los que podemos despreciar y considerar enemigos por usar otro idioma). La lengua de nuestros antepasados, la lengua de nuestros abuelos, allí, pobres, echando piñas en la chimenea, en el hogar. Sin embargo, no somos tan fieles a los abueletes adoptando sus ropas, jugando a sus juegos, viajando en sus medios de transporte, trabajando en sus oficios y con sus útiles de artesanía (tan culturales, tan patrióticos ellos en nuestros museos etnográficos). Tampoco instalamos en nuestra casa una chimenea en la que poder echar piñas tristemente en lugar de jugar a la consola… Mi profe de filosofía repite a veces una de las frases más divertidas y sagaces que oí en los últimos tiempos: “El culto a los santos del rural gallego trata de que unos tipos intentan sobornar a un palo de madera tallado ofreciéndole cera”. Lo nuestro, lo propio..¿es siempre digno de ser protegido? Y en todo caso..¿A qué precio?

21.1.09

Obama


Entre dos y tres millones de personas acudieron a una toma de posesión presidencial. La gente quiere creer. Quiere soñar. En Obama están puestas las esperanzas, en el sentido estricto de la palabra, de millones de personas. Medio mundo le mira como a un enviado del bien, que vendrá a traernos la paz y la justicia universal. Que acabará con todos los males que nos acechan, que instaurará el diálogo entre las civilizaciones, el respeto al medio ambiente, el consumo responsable, la solidaridad con los desfavorecidos, la multilateralidad, el planeta se dotará de instituciones justas y efectivas….Obama es el cambio. El cambio deseado. Pero cuando una persona encarna estas ilusiones, en realidad, no son SUS ilusiones, si no que es como el receptáculo de las de otros, que ven en él la forma de que se haga efectiva la utopía. Son los otros, esos millones que le votaron, esos cientos de miles de ciudadanos que colaboraron en su campaña, que donaron su dinero, de todas las clases sociales, esos millones que se movilizaron con una fuerza casi incontenible venciendo los obstáculos del proceso electoral, uno a uno, quienes tienen esos anhelos. Son esos millones los que desean el diálogo, la paz, la justicia social, la apuesta por las energías renovables, los que crean los valores que él refleja. Porque si deseasen otras cosas, las reflejarían en otros. Todos le piden cosas a Obama, como a un rey mago, Paul Auster quiere que termine con las escuchas telefónicas, Alejandro Sanz que cambie la política de inmigración y mejore la sanidad pública, Mario Soares un capitalismo ético, el estricto respeto por los derechos humanos….y así hasta el infinito. En todo el planeta todos le estamos pidiendo algo a Obama, que relance las Naciones Unidas, que termine con la guerra, que solucione el problema de Oriente Medio… ¡Qué enorme responsabilidad para una sola persona!, ser depositario de los anhelos más nobles, de los deseos objetivamente hermosos de tantos millones. ¿Y qué decir de su discurso inaugural? Como los anteriores, cargado de valores morales, convicción y un profundo humanismo. Un discurso que dice a los países pobres que ayudará a “reconstruir sus granjas” y que “fluyan las fuentes”, para “dar de comer a los cuerpos desnutridos”. Un discurso que dice que una nación como la suya “no puede seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras”. Que “no podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias”, que “Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra”, que “un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos”, que “Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades”. Y allí no estaba un mesías aleccionando a una masa de idiotas, si no estaba un hombre, explicitando para todos, los valores con que todos le habían adornado, lo que le habían pedido, esos millones que le han llamado para que intente crear un mundo más bello, construido a partir de esas, y no otras, convicciones.

Por suerte para nosotros, estas cosas solo ocurren en una democracia corrupta, imperfecta y meramente nominal como la estadounidense y en una sociedad de cabrones egoístas, ignorantes que no saben situar España en el mapa, y miserables que se creen en posesión de la verdad divina. En un régimen político donde los representantes democráticos son en realidad unos monigotes dirigidos por oscuras redes empresariales, con un sistema electoral putrefacto y fraudulento.

Cuando vemos que cientos de miles de personas se movilizaron como voluntarios en una campaña electoral, cuando vemos ese torrente desbordado de pasión y utopía, la alegría, los llantos de emoción incontenible..un país entero que habla de construir un nuevo mundo mejor… Ah, con qué displicencia, autoridad moral y altura de miras les observamos desde nuestra perfecta democracia. En nuestro sistema electoral perfecto que elimina el fraude incontrolado y lo sustituye por un fraude legislado que premia la pertenencia o no a determinados territorios y castiga sin representación, elección tras elección, a millón y medio de votantes de Izquierda Unida. En nuestra perfecta democracia donde las empresas constructoras campan a su antojo, derriban gobiernos autónomos, compran voluntades y modulan un paisaje urbano salvaje con sus manos de infecta avaricia especulativa.

Por no hablar de los valores que reflejan nuestros representantes, las convicciones que nos devuelven en sus discursos, las que queremos oír, las que les reclamamos. No esas banalidades y mamarrachadas buenistas sobre cooperación con el tercer mundo, el medio ambiente, etc…. Que va. Cosas más perfectas de democracia perfecta. Este mes, que empieza la campaña electoral nosotros afortunadamente no tendremos a un Obama construyendo pequeñas piezas literarias cargadas de humanismo militante. En su lugar, nuestro presidente, que cuando se dirige al representante de la oposición le dice: “Señor Partido Popular”, nos conmoverá con frases como “nuevas retas, nuevos metos” en su afán por dar a este país “un cambio de rumba” sin que tengan cabida los “delicuantes”, ni se permita que continúe la “desgallización”,y donde se crearán “dispositivos de extinción de personas” y “se terminará con el empleo juvenil”. Y por más suerte aún, podremos elegir entre este sabio y su vicepresidente actual, cuyo mayor mérito en cuatro años es organizar pantagruélicas y populistas comilonas para 50000 ancianos, en las que firma autógrafos como una estrella de rock, y que figuran en publicaciones de tan contenido humanístico como el libro Guiness de los records. Para jactarse luego diciendo que “hemos devuelto a los ancianos a la actualidad”. El mismo tipo que es capaz de mostrarnos el verdadero rostro perverso y maligno de las energías renovables, tan sobrevaloradas por imbéciles como Obama, cuando coloca uno de cada dos parques eólicos en espacios naturales protegidos. Todo esto, en un territorio que tampoco va tan sobrado de espacios naturales, que eso es lo bueno. Y para poder ya dar gracias al cielo por los dones que nos ofrece nuestra perfecta democracia, frente a estos dos prohombres…¡todavía podríamos elegir a uno del PP! Joder, es que me da algo.

En nuestra democracia perfecta la población civil no se moviliza como voluntaria, no coloca carteles en sus jardines ni llama por teléfono a sus vecinos para transmitir el mensaje ideológico de su partido. Mucho menos dona dinero. Nuestro grado de perfección da por hecho que ya roban lo suficiente como para que tengamos que darles algo. Y oye, es pasta que todos nos ahorramos. Tampoco generalmente nos recorre una ola de ilusión incontenible, de esperanza y utopía. Nosotros como miembros más perfectos, bien sabemos hace ya tiempo que total da igual unos que otros y que aquí están todos para robar y para enchufar a los suyos. No como esos memos que creen ensoñaciones infantiles de cambio y justicia. Así que en general, las elecciones nos importan lo justito, o nada. Son vistas no como una celebración de la voluntad ciudadana y del diálogo entre hombres, sino más bien como un incordio y un peñazo. Y en cuanto pasan, a otra cosa mariposa. Es una democracia tan perfecta que elimina absolutamente del discurso político, básicamente porque a nadie le importa ni tres cojones, nuestra posición en el planeta con respecto a la cooperación, el medio ambiente, etc. Y así, podemos superar nuestra cuota de emisiones o exportar bombas de racimo tranquilamente. O alentar que miles de personas pierdan la vida cruzando el mar en esquifes, atraídos por la garantía y la promesa de subempleos infrapagados y alojamientos chabolarios. Ah, pero en nuestra perfección tenemos la conciencia limpia. Son otros los que ensucian, son otros los que matan. Y el hecho de que el estado no cierre ni sancione ni una sola de las explotaciones de mano de obra esclava y que haya una enorme clase social empresarial que se esté lucrando indignamente con el repugnante trato que se le da a los inmigrantes ilegales “no es culpa nuestra”. Nosotros “no les llamamos”, es sencillamente “una tragedia”. Si fuese la frontera mexicana no podríamos si no tener una cierta sospecha de que hay un poco de hipocresía en el hecho de que no se persiga la explotación humana en una oferta objetiva de miles de puestos de subtrabajo y luego nos demos golpes de pecho porque alguien acepte esa oferta. Y mejor aún, el peligro del viaje por mar supone una suerte de filtro darwinista que hace que solo lleguen obreros verdaderamente fuertes y dispuestos a soportar cualquier penalidad. Pero afortunadamente, ese tipo de análisis de culpabilidad queda para los estudiosos y sociólogos de las democracias imperfectas. En nuestra perfección, eso son fruslerías a las que ningún político le dedica ni dos minutos, básicamente porque supone, con razón, que a nadie le importan ni un huevo de pato. ¿Para qué si “podemos devolver a los ancianos a la actualidad”? ¿Para qué si podemos organizar la pulpería más grande del mundo? ¡Y encima con los impuestos de los de Getafe! Joder, pero qué bien se vive aquí. Qué bien se vive.

14.1.09

Las armas de la razón

Leo Strauss fue un exiliado alemán del régimen nazi, profesor de filosofía de la universidad de New York y Chicago. A riesgo de caer en una caricatura de su obra por la evidente falta de espacio, Strauss afirmaba que la democracia liberal era el mejor de los sistemas posibles y por tanto debía ser exportada globalmente. Sin embargo, es un sistema frágil que puede ser puesto en peligro precisamente de un modo democrático por las masas, y se apoyaba en el surgimiento de las dos tiranías más sanguinarias de la historia, el nazismo y el estalinismo. Para enfrentarse a esto, los líderes demócratas están moralmente justificados para mentir u ocultar la verdad en la búsqueda de ese bien superior que es el establecimiento de la democracia. Leído en un párrafo puede resultar banal, pero no lo es en absoluto si no que se trata de una construcción teórica sólida y fundamentada y ha tenido una influencia determinante en la actuación de varias administraciones norteamericanas y su política exterior, siendo el padre de los pensamientos de Huntington o Fukuyama entre otros.
Las armas de destrucción masiva iraquíes fueron el fruto más conocido de esta praxis, y resulta un tanto cerril pensar que solo se trataba del latrocinio de los combustibles fósiles. Al contrario, en toda la década anterior florecieron los ensayos, estructurados, meditados, razonados de personas bien intencionadas, que veían un nuevo amanecer social, económico y cultural en oriente medio con el encadenamiento de círculos virtuosos que comenzarían si antes, como condición inexcusable, se terminaba con el régimen iraquí, por otra parte genocida y antidemocrático.

En el lado contrario, enfrentándose a esta concepción del mundo, el terrorismo islámico, edificado sobre un monumental y estructuradísimo corpus de ideas y mandamientos éticos que legitiman el suicidio, el asesinato indiscriminado de civiles y la guerra a aquellos que no comparten su misma concepción religiosa. Y esto no se apoya en las demencias estúpidas de unos barbudos chiflados si no en miles de páginas de estudiosos del Corán y la Sharia, en fatuas documentadas, en el diálogo constante y enriquecedor (para ellos) entre pensadores y filósofos islámicos, en el aprovechamiento de determinadas ideas contemporáneas como el marxismo y en el uso extraordinario de las nuevas tecnologías, particularmente de Internet.
Fue Hannah Arendt el que nos mostró con ocasión del juicio de Eichmann en Jerusalén el rostro de la banalidad del mal. Eichmann, que organizó diligentemente el traslado de millones de judíos al exterminio no era tonto “sino simplemente irreflexivo”, no tenía ningún motivo para hacer lo que hizo, era poco más que un funcionario diligente. Arendt aprende, con las últimas palabras de Eichmann: “la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Pero no siempre el mal es banal. Acostumbramos a pensar que el pensamiento reaccionario es una síntesis de cuatro ideas tradicionales y añejas, una doctrina rancia que pasta en el liberalismo económico, la observación de mandatos religiosos y una moral retrógrada. Nos gusta creer que su construcción intelectual es ridícula y en realidad no se trata más que de pocas consignas que no resisten un mínimo análisis racional y que solo justifican o esconden los intereses de una clase dominante en mantener su status opresivo. Por el contrario, nuestra ideología izquierdosa es radicalmente moderna y se apoya en las aportaciones de los mejores intelectuales del planeta: sus diversas vertientes en el campo de los derechos civiles y humanos, en la protección del ecosistema, en la defensa del status de la mujer o de las minorías se asienta en profundas consideraciones éticas y en el desarrollo del humanismo. Ellos están anclados en un pasado polvoriento y nosotros somos receptivos a los nuevos tiempos, defendemos las artes y la cultura contra su oscurantismo. Nosotros portamos la luz y la justicia, ellos la oscuridad y la desigualdad.

Pero quizá no sea exactamente así. Hace unos días E. defendía el uso de animales en la investigación médica alegando que gracias a ello, se han salvado “millones de vidas”. Sin embargo, no fue capaz de darme ningún ejemplo concreto de terapia o medicamento fabuloso que deba su existencia a las pruebas con animales, y (esto es muy importante) que no hubiese sido posible concebir de otro modo menos gravoso. Esto no le impedía cuantificar en “millones de vidas” los beneficios de esta práctica. Preguntada acerca de la justicia de usar a los animales para este fin me dijo que era “necesario”. Pero la necesidad puede llegar a ser un concepto peligroso, y estoy seguro que el estado de Israel considera “necesaria” su política con respecto a Palestina y el propio Eichmann consideraba “necesario” la “evacuación” de judíos a Auschwitz. Y desde luego Mengele consideraba “necesario” la investigación médica con sus prisioneros. La conversación luego derivó más o menos en esa línea. Es decir, E. que es inteligente, tiene preparación y sensibilidad social, en realidad no se había preguntado a sí misma seriamente sobre un tema que además le atañía directamente en su experiencia profesional. No se había dotado de armas para defender sus ideas. Puede tener razón en lo profundo, pero no sabe por qué la tiene. Unos días antes, P y H. (este está en todas) criticaban a Unión Fenosa por establecer su sede social en Madrid y “pagar allí sus impuestos”. Dejando a un lado que tal afirmación supone tener una idea un tanto limitada del sistema impositivo en España, no parece que le molestase tanto el hecho de que los madrileños en general aporten más a las otras comunidades autónomas de lo que reciben y los gallegos sin embargo estemos en el caso contrario. Al fin, los impuestos de los madrileños nos subvencionan a nosotros. Esto lo justificaron con la supuesta deuda histórica…pero..¿Cuándo se termina de pagar? ¿Podemos estar un par de décadas más dilapidando el dinero público en imbecilidades y seguir alegando una deuda histórica que explique nuestro atraso? La lluvia de millones de la UE que desperdiciamos durante más de una década por el sumidero de la burrez ¿enjuga la deuda o no la enjuga? ¿Y los mileuristas que pagan hoy sus impuestos en Coslada o Villaverde Alto son culpables de nuestra deuda histórica? Creer en una deuda histórica exige demostrar que hubo un tiempo pasado (no ahora que somos beneficiados en el reparto) en el que nuestra contribución económica era superior a lo que recibíamos. Dada nuestra anterior capacidad productiva, uno puede ser escéptico de que tal evento llegase a ocurrir jamás, pero aún sin descartarlo quien esto afirma debería cuantificarlo y probarlo. Y aún suponiendo que tal deuda fuera demostrable..¿esa mileurista de Villaverde es responsable? Supongamos que sí, es una chica agradable y de izquierdas, tiene grandes valores éticos y cree que como disfruta de mejores servicios, supuestamente por habernos usurpado en el pasado parte de nuestra renta, quiere devolvérnosla. ¿le parecerá bien que nos la gastemos en construcciones faraónicas, en políticas culturales imbéciles, en francachelas, en construir recintos para el maltrato de animales que se usan durante 7 horas al año? ¿Puede opinar cuando viene aquí de vacaciones y ve nuestro urbanismo, cómo deforestamos, como tratamos nuestros recursos? Porque ella paga. ¿Hacemos una excepción en nuestra soberanía nacional para poder recibir los impuestos de otros? Por supuesto, para P. y H. la inmoralidad de pagar impuestos fuera de nuestras fronteras es solo unidireccional, porque las empresas foráneas que se establecen aquí y los pagan aquí, hacen muy bien y son muy bienvenidas y la lógica de Unión Fenosa, no se aplica, por ejemplo a la factoría de Citroën en Vigo. Y en fin, la cháchara acostumbrada. Todos estos argumentos normalmente no resisten ni un razonamiento de barra de bar mientras al mismo tiempo hojeas el Marca y comes cacahuetes. Aquí sin embargo son considerados como muy progresistas y dejan entrever algo latente que damos en general por hecho, y es que “es mejor” invertir aquí antes que en otro lugar. Nadie se cuestiona esto. La corrupción racional que produce el dogma teológico nacionalista y localista hace que personas de buena fe crean honesta e increíblemente que tienen algún tipo de cercanía o responsabilidad por relación de pertenencia a una concepción política imaginaria con otras personas con las que no han cruzado ni una palabra, de su edificio, por ejemplo, de otro pueblo de su provincia que jamás visitaron ni piensan visitar, de su “nación”, de su pueblo, de su ciudad, y no con otros, de otras “naciones”, pueblos o ciudades con los que tal vez sí hablan, con los que se escriben, a los que leen… Con respecto a la evidencia de que el ecosistema es global y la regionalización de la preocupación por el medio ambiente es absurda, anticientífica y contra toda racionalidad, la pareja de ideólogos manifestaban que “por cercanía” es mejor invertir en un pinar de un pueblo de Lugo que en un parque nacional de España. Y esto es ser de izquierdas aquí. Y nadie se pregunta si no sería mejor que en realidad los recursos fuesen hacia los que más los necesitan, que se priorizase las situaciones de más desigualdad, o que en el caso de los ecosistemas, se priorizasen los espacios de mayor valor ecológico y diversidad, o aquellos sometidos a amenazas más graves. ¿La cercanía geográfica es un criterio de reparto de riqueza que está por encima de la equidad? ¿Debo desearle un mayor bien, una mayor protección, a un desconocido de A Gudiña que a Raquel en su pueblo de Salamanca o a la chica de Villaverde? ¿Qué prefiero que se haga con mis impuestos, que se cree una mayor red asistencial para los subsaharianos en Canarias o que se pongan parrillas para churrasco en el pinar de Lugo? ¿Ese pinar, por ser cercano, es más importante que Doñana? Porque al fin, cabría preguntarse por qué hay que dar por hecho que es importante dónde se gasta, en lugar de en qué, o en quién. Cabría preguntarse por qué hay que dar por hecho que las fronteras tienen valor moral y que es peor dejar necesitado a un conciudadano de nuestro país que un habitante de otro. ¿Qué es más justo: "primero lo nuestro" o "primero lo más necesario"?

Constantemente escuchamos y pronunciamos frases temerarias sobre todo. Mi amigo O. no hace mucho decía que el 84% (este ajusta bien, no se anda con bobadas) de los bares ponen garrafón en las copas, y preguntado por los datos de su estadística contestó que es algo obvio y que se ve en la experiencia de sus resacas. Esto puede ser gracioso, pero hoy mismo mi compañero C. que se define como libertario marxista, decía que el 90% de lo que se dona a las ONG termina en corruptelas de todo tipo. Tampoco, por supuesto, era capaz de ofrecer su fuente estadística y ante mi reconvención luego añadió, “o el 80%”. ¿Y por qué no el 100? ¿O el cero? Da lo mismo, lo que convenga. En algún lado lo había leído, ya no se acuerda, pero no se lo inventó decía. Y esto, que “en algún lado había leído” “el 80, o el 90 no me acuerdo”, esto, era su justificación moral para no donar absolutamente nada de su sueldo para ayuda humanitaria. Según fuentes del Banco Mundial en 1990, mil millones de dólares de ayuda sacaban de la pobreza a 105.000 personas. Ocho años después, la cifra era de 284.000. La ayuda se optimiza. La Cumbre del Milenio se marcó objetivos dirigidos a reducir a la mitad la pobreza y el hambre en 2015. Solo con que cada persona del mundo desarrollado con renta media/alta donase un 1% de sus ingresos anuales a ayuda humanitaria, tales objetivos serían rebasados absolutamente, no reduciéndose a la mitad, si no eliminándose totalmente, y antes del plazo. Cuando vemos las cifras de mortalidad infantil y el drama cotidiano (ese sí lo es) de esos millones de personas, se hace difícil justificar que uno se niegue siquiera a donar ese 1%, aduciendo la razón que aduzca. Y sin embargo, desde el discurso presuntamente de izquierdas, amparándose en que debería cambiarse “el actual sistema injusto”, en que las actitudes individuales solo son parches para lavar la propia conciencia, o en que solo sirven para que se enriquezcan regímenes corruptos se justifica la pasividad y la complicidad. Al fin, un 1% podría ser la cifra que señala nuestra frontera entre ser indiferentes a la pobreza extrema y a la muerte o, sin grandes heroísmos morales, llevar una vida moralmente digna. O al menos aceptablemente digna. Un 1%. Y ante la posibilidad de terminar con la pobreza mundial en menos de una década, que no parece asunto baladí, todavía los presuntos ilustrados, comprometidos, progresistas, no nos interesamos, utilizamos argumentos banales, cuando no radicalmente falsos, no reflexionamos, y no necesariamente por maldad ni egoísmo, si no por el raquitismo de nuestras concepciones morales.

El propio H., sin duda una buena persona y sensible, cuando defiende una fiesta que ama, es incapaz de encontrar ni un solo argumento ético que justifique el por qué tenemos derecho a usar a los animales para nuestro entretenimiento y se enfanga en insultos personales, falacias banales o acusaciones de manipulación y mentira que no demuestra ni prueba. Podía intentar demostrarnos (con datos no inventados, con relación racional de causa-efecto) por ejemplo, que la desaparición de la fiesta causaría un mal mayor a los animales que el que produce su existencia. Si fuese capaz de demostrar tal cosa, no convertiría lo malo en bueno, pero al menos estaría ofreciendo una justificación ética sólida y aparentemente difícil de rebatir. Pero no lo ha pensado. No se ha preguntado por la justicia o no del maltrato, solo ha repetido la panoplia de lugares comunes y majaderías que él cree políticamente correctas sobre la tradición, la cultura popular, la identidad de grupo y las pobres viejitas echando piñas en la chimenea. En algo que afecta a su comportamiento ético con otros seres vivos, no ha dedicado ni cinco minutos a preguntarse a sí mismo por lo que hace y ante una acusación tan grave como la de maltrato no sabe cómo defenderse. A mí al menos, me gustaría pensar que si me abalanzase junto a otros compinches sobre caballos aprisionados, les golpease y derribase por la fuerza, tendría algún sólido principio al que agarrarme, algo que me diese derecho. Pero hete aquí, que lo que lo justifica son las noches de frío de las pobres viejecillas.

Parece que da igual, que podemos inventarnos porcentajes, cifras, “millones de vidas salvadas”, que podemos acusar a los demás de mentirosos, de alcohólicos, que podemos llamar a este o al otro fascista o retrógrado, españolista, lacayo, sin ofrecer ni una sola reflexión que merezca su nombre. Yo mismo, cuando acompañé a A. a ver la exposición “Bodies” y vi una galería de fetos de diferentes edades sin más comentario que el número de semanas de cada uno, no pude dejar de asombrarme de la apariencia de humanidad de todos ellos, de la expresión en sus rostros y me di cuenta, a mi edad, que ya no soy ningún niñito, que mis concepciones sobre el aborto se basaban en auténticas banalidades, en consignas de manifa. Que había dado por buenos razonamientos tan pobres como “yo decido qué hago con mi cuerpo” cuando en primer lugar es evidente que no es SU cuerpo, y en segundo lugar, es falso. El estado no permite que hagamos lo que queramos con nuestro cuerpo, no nos permite morir de anorexia, no nos permite auto mutilarnos, no nos permite suicidarnos, nos dificulta drogarnos, penaliza que fumemos..Alguien que se arrancase dedos sería internado por la fuerza y puesto a tratamiento psiquiátrico. Me di cuenta que acepté sin preguntarme que el feto “no es humano” (además, se suele decir como con desprecio, con una separación sentimental que no usaríamos con un animal siquiera: “eso no es humano”, “esa cosa”, etc), y entonces ¿qué es? ¿Cuándo es humano? ¿En qué semana, en qué día, en que minuto, en qué segundo? ¿Cómo se define su humanidad? ¿Cuando tiene actividad cerebral? ¿Cuándo tiene autoconciencia? ¿Y cómo se sabe? Recordé que “no son humanos” es la justificación habitual del genocidio, aunque reconozco que esta comparación es odiosa, pero así es. Solo hay forma de matar cuando deshumanizamos a la víctima. Me di cuenta que puse el “derecho de la mujer a decidir” sobre el “derecho a la vida”, aunque aún solo sea una vida posible y que en cualquier caso, podría planteárseme que dado que no es fácilmente discernible y existe tal grado de disenso sobre en qué momento ese ser vivo adquiere el rango de persona (si es que lo adquiere y no nace ya con él desde el principio), la mera probabilidad de asesinar a una persona supone un daño mayor, que no guarda proporción con el daño del trauma del embarazo. Cabría pensar en un estado, por ejemplo, que apostase por la adopción ofreciendo a la madre todo tipo de cuidados, hasta el mimo extremo con el fin de atenuar su daño. En fin, en cualquier caso, me di cuenta que una opción ideológica que había mantenido durante décadas y que todavía no he abandonado, o no del todo, estaba basada en presupuestos tan endebles como ni siquiera haberme parado a ver fotografías. Incluso debo confesar que había como un rechazo a mirarlas, un no querer saber. Hay razones sólidas de bioéticos renombrados a favor del aborto, pero yo no sabía cuales. Supongo que se vive mejor de lado de los buenos, de la izquierda, aunque no sepamos por qué. Y esta fragilidad intelectual podía aplicármela a casi todos mis posicionamientos acerca del reparto de riqueza, de la ecología, del comercio mundial, de los embriones, de la eutanasia, pero también de las relaciones de pareja, de la fidelidad, del compromiso, de nuestro comportamiento en sociedad, del civismo….en general, hablando en plata, no tenía (ni probablemente tengo) ni puta idea de nada. No lo había pensado ni un minuto, no había investigado sobre nada, casi todo eran majaderías, paparruchas como las de H. ,con las que construimos nuestra cotidianeidad y nuestra mirada al mundo y nos quedamos tan contentos. Tan felices.

Yo aún no me he posicionado firmemente, sigo investigando, pero si sigo siendo partidario del aborto será porque haya encontrado razonamientos éticos y médicos firmes y no porque repita consignas sin sentido, algunas insensatamente cercanas a las justificaciones del asesinato en masa. Si algún día me veo en esa tesitura, y pasa constantemente, decenas de miles de veces al año, que la posición que adopte se base en la razón, en la ilustración, en la luz, en la ética, en lo justo y no en la necesidad, la cobardía o el adoctrinamiento becerril, ya sea político o religioso. E. puede tener razón y ser moralmente justificable, incluso obligatorio, utilizar a los animales para experimentos médicos que puedan salvar vidas. Particularmente, no estoy seguro, hay mucho en contra, pero en todo caso ella debe encontrar las razones correctas que lo justifiquen, lo expliquen y lo limiten. Debe investigar, adquirir un discurso profundo y dotarse de legitimidad moral. Porque si está equivocada, entonces lo que hace es sadismo gratuito. Así que debería preocuparse por no estarlo. A los otros, con excepción de O. y sus investigaciones sobre el garrafón, se lo veo más jodido. La defensa del egoísmo por razones geográficas, de la rapacería, del doble rasero, de la subyugación de cualquier valor a la idea principal de identidad grupal, del maltrato animal por diversión y de la insensibilidad absoluta y la ceguera ante el sufrimiento del tercer mundo no sé si pueden alcanzar alguna justificación, aunque también ellos deberían intentarlo. Pero con la luz, con la razón, con la equidad, no con la mentira, la demagogia, la exageración y el insulto.

Porque los otros, los malos, los que traen la oscuridad, los que asesinan indiscriminadamente por imponer su religión, su concepción del planeta, los que se saltan la legalidad internacional, los que se creen depositarios del bien absoluto y no tienen escrúpulos para imponerse por la fuerza bruta, los que desprecian las otras concepciones, esos sí piensan las cosas, esos sí se dotan de instrumentos morales que les justifican, esos sí pueden razonar sus motivos con solidez argumental, eso sí se han molestado en explicar sus acciones con argumentos preciosamente construidos. Las mismas acciones que nosotros, en nuestra banalidad del bien, consideramos perversas y malignas, injustas, enfrentándonos a ellas con nuestros razonamientos superficiales, repetitivos, dogmáticos, bienintencionados pero cuántas veces cínicos, y casi siempre desestructurados. Y por eso, entre otras cosas, nos ganan. Y no es que nos ganen, es que nos están barriendo.

Un mísero 1%. Hazte socio aquí:

Unicef

6.1.09

Somos lo que somos

NOTA ACLARATORIA:

Este texto tiene dos años y medio y ahora no lo escribiría de este modo. Creo que las alusiones personales no aportan nada, ni tampoco la historia del desarrollo de aquella actividad para los niños.

De igual manera, creo ahora que las manifestaciones referidas a la cultura gallega son en general desafortunadas (y en ocasiones de mal gusto), a pesar de que continúe opinando que la defensa de lo propio no puede justificar la barbarie y que el localismo o el nacionalismo llevan en ocasiones a una indefendible ceguera ética y a una autocrítica imposible.

Sin embargo, sigo pensando lo siguiente:

-No se puede defender éticamente el uso de los animales para nuestro divertimento en ningún tipo de espectáculo. Ninguno. Del tipo que sea. No son propiedad de los seres humanos ni están puestos en el mundo para nuestro goce. Son seres vivos que comparten el mismo planeta. Para no alargar el razonamiento me remito a los textos de Peter Singer.

-Obviamente hay manifestaciones "culturales" también muy enraizadas históricamente en sus respectivas comunidades que son más salvajes y sangrientas que A Rapa. Eso no absuelve a esta última sino que vuelve más repudiables y deleznables a las primeras.

-Ni uno solo de los argumentos que se utilizan para defender el uso de animales para la diversión de un público que paga su entrada resiste un mínimo razonamiento y no son más que falacias autojustificativas. La mayoría de ellos son copias exactas de los que usan los defensores de la tauromaquia, incluso en sus manifestaciones más aberrantes, o de otras celebraciones como la cabra arrojada del campanario. Los habitantes de esos lugares usan, uno a uno, el mismo argumentario moral e histórico. Para muestra un botón: El toro embolado data de culturas prerrománicas

-Pese a todo lo que se diga, la celebración no sirve para crear sinergias positivas a lo largo del año en un pueblo que, año tras año, agoniza y que ahora cuenta con 60 personas censadas. El futuro no muy lejano es de una fiesta multitudinaria en un pueblo fantasma.

-Me gustaría pensar en una sociedad que dedicase sus esfuerzos a la salvaguarda y respeto del ecosistema y sus habitantes. Todos poblamos el mismo mundo.

-Para ahorrar polémicas manidas y discusiones repetidas infinitas veces insisto en la lectura de los textos referidos a bioética de Peter Singer y otros. A partir de ahí se puede establecer una discusión si se quiere.

-Las dos primeras fotografías del blog, son de jpereira que me ha afeado con razón usarlas sin permiso. Lamento no saber nada más de él ni poder dar más datos, y desde aquí, le ofrezco mis disculpas y la retirada de las mismas si así lo desea.


En Galicia poseemos una virtud que yo considero extraordinaria, y que constituye posiblemente nuestra seña de identidad más definitoria: podemos convertir cualquier actividad, sea cual sea, en una astracanada. De hecho, no es que podamos si no que debemos. No se trata tanto de una posibilidad como de un impulso irrefrenable, una certeza. Hay quien dice que nuestro hecho diferencial es la ignorancia militante y aún sin atreverme a descartar del todo esta afirmación, yo diría que es la facilidad para la chabacanería, la destreza para la patochada y la maestría en la zafiedad lo que nos hace únicos. Da igual lo que sea, al final todo lo que hacemos resulta ser una mamarrachada.

Como nuestra capacidad de producir cultura es un tanto limitada, aquí abrimos un poco la mano en el concepto. Hay que tener un poco de manga ancha a la hora de definir qué es o qué no es un hecho cultural, si no, vamos un poco jodidos. Y así, consideramos cultura las fiestas gastronómicas, las romerías campestres y esas cosas. Los alemanes puede que no conciban como muy cultural el hecho de organizar una fiesta donde lo único que se hace es beber cerveza y se puede vomitar y orinar al suelo desde la misma mesa. Ellos podrán permitirse ese lujo, pero nosotros, si no contabilizamos esas movidas, las supersticiones y las fiestas gastronómicas, a ver que coño nos queda. Como a veces esto causa cierta sospecha, tenemos a una legión de estudiosos pagados por el estado para dar verdadera luz sobre los frutos de nuestra idiosincrasia. Y así, donde un observador externo solo vería a unos cuantos alcohólicos con las camisas desabotonadas hasta el ombligo y manchados de tinto peleándose por coger sitio en la pulpería mientras circulan por el barrizal niños vestidos de gaiteiros ante la indiferencia general, estos constructores de nuestra identidad son capaces de ver en estas reuniones grandes centros de erudición y sapiencia popular.

Una de las manifestaciones que más encendidos elogios y estudios despierta es una romería llamada A Rapa das Bestas, que consiste en localizar y perseguir manadas de caballos salvajes, encerrarlas en un cercado y luego proceder a cortarles crines y colas por la fuerza, derribándolas al suelo, mordiéndoles y dándoles patadas. Tal actividad es jaleada por centenares de personas en evidente estado de absoluta embriaguez y uno de sus méritos principales es que lleva cinco siglos celebrándose ininterrumpidamente. Es obvio que un observador externo podría alegar que el mantener en el siglo XXI manifestaciones de barbarie animal medievales no es mérito alguno, como tampoco consideraríamos meritorio organizar romerías para la quema de brujas o las torturas inquisitoriales. Pero eso equivaldría a no comprender lo que significa la “ignorancia militante” que nos define. Hay que estar en guardia contra la ilustración y la educación, que es percibida como una imposición foránea, y eso exige una disposición constante, un celo decidido. El paso del tiempo, la contaminación con otras culturas o la pura mala suerte podría acabar volviéndonos civilizados. Y sí, posiblemente seríamos mejores seres humanos, pero sin duda seríamos peores gallegos.

Hace años, alguien consideró que tal manifestación de maltrato tenía virtudes pedagógicas y se organizó una de estas romerías especialmente para público infantil. Casi un millar de niños pudo asistir, boquiabierto, a la celebración. Para la ocasión, se aconsejó a los “aloitadores” que así se llaman los que participan en el evento, que se abstuviesen, o en su caso, redujesen, los habituales mordiscos en las orejas de los animales, las patadas en el vientre y los puñetazos en la cara. Esto se hizo un poco a regañadientes. Más polémica despertó la propuesta de eliminar la ancestral costumbre de darles un tajazo en las orejas con unas tijerotas oxidadas para que los animales tengan la “marca” de la parroquia. Algunos se habían percatado que los regueros de sangre podían dar lugar a malentendidos así como falaces argumentos para esos miserables envidiosos y analfabetos que consideran la fiesta como un canto al salvajismo. Pero también, tras encendidos y sesudos debates, esto pudo dulcificarse para la ocasión y así proceder a la instrucción de los niños de hoy en los cernícalos cerriles de mañana. Por supuesto, antes de dar paso a la mortificación de los caballos se da a los chavales una charla educativa con manchurrones históricos, antropológicos, sociológicos, que para el observador externo no sería más que un burdo intento de enmascarar la violencia pero para nosotros es nuestra identidad, la justificación de nuestro propio ser, nuestras raíces en la burrez que llevamos como una bandera. Mi amigo H. es un fiero defensor de esta fiesta y cada año nos desgrana los argumentos que justifican su moralidad, todos ellos reflexivos y juiciosos. Con cierto aire de superioridad que le otorga el conocimiento del medio rural sobre los urbanitas nos informa que “tú no sabes lo dura que tienen los caballos la piel” para explicar la obligatoriedad y las bondades de las patadas en el vientre. De igual modo somos educados en las curiosidades de la biología caballar cuando se nos dice que los mordiscos y los cortes sanguinolentos en la oreja “no hacen daño porque es cartílago”. Pero sin duda mi favorita es la que expone que “es por su bien: si no les cortamos las crines y cola, se enredan en las zarzas” lo que convierte a los parroquianos en una especie de correctores de la naturaleza caballar, enmendando los errores evolutivos de la especie equina. Incluso, sin parar mientes, susceptibles de ser exportada su altruista labor ecológica o su ejemplo por todo el planeta, salvando, por qué no, a los caballos de las peladas estepas mongolas de que por un maléfico azar se le enrede una cola en alguna zarza perdida. Por último, añade siempre otra justificación, a simple vista irrefutable: “si no fuera porque nosotros les mantenemos vivos durante todo el año para la fiesta, se extinguirían porque el caballo salvaje es inútil”. Esta tiene cierto parecido con la que usan los taurinos cuando dicen que la fiesta nacional salva al toro salvaje de la extinción. Pero a mí también me recuerda a un proyecto nazi para salvaguardar en zoológicos a algunos judíos de forma que las generaciones futuras pudiesen comprender los motivos de su aniquilación. Tal cosa se haría mediante la construcción de granjas de judíos de las que se extraerían familias judías que desarrollarían sus actividades cotidianas a la vista del público. Se buscaría a familias particularmente observadoras de la tradición y piadosas para que el público pudiese verlos en su ecosistema con la mayor verosimilitud. Se organizarían también excursiones de escolares para que entendiesen el glorioso esfuerzo del exterminio. Igualmente, también se pide que el toro bravo sea bravo para deleite de los espectadores, que sea según su naturaleza, y que los caballos ejerzan de caballos y ofrezcan resistencia. ¿Tendría sentido la fiesta sin resistencia del animal? No, se necesita que se comporte “salvaje”, que sea verosímil, que se oponga, cocee, se necesita, al fin y al cabo, que sufra. Un observador externo podría pensar qué clase de sociedad es la que acaba con el ecosistema de la vida salvaje, liquida todas las posibilidades de existencia de otras especies en libertad, aniquila y coloniza los espacios vírgenes y luego, amparándose precisamente en ese exterminio sistemático, salva a los supervivientes para convertirlos en objetos de feria y mofa en celebraciones de exaltación de la violencia. Un observador externo podría argüir que los ingentes recursos económicos que se dedican a tales manifestaciones de brutalidad disfrazada de cultura popular, bien podían dedicarse quizá a reconstruir precisamente esos ecosistemas destruidos, a crear un mundo en el que podamos vivir armónicamente con la vida salvaje en lugar de explotarla y cosificarla ferozmente. Pero tal observador no tendría en cuenta que la ilustración y el respeto por el medio no coadyuvan en la construcción identitaria. La concepción de un mundo en el que los seres humanos debemos convivir y no sojuzgar a la naturaleza, el entendimiento de que la tierra es un ecosistema global para todos que no entiende de diferencias regionales, no colabora en la invención de nuestra propia diferencia cultural. Y la edificación falsaria de los rasgos identitarios (en este caso, una peculiar y original forma de maltrato) está por encima de la moralidad de los actos. Si es nuestro es bueno. Sí, podíamos ser mejores humanos, pero seríamos peores gallegos.

En fin, ese día la jornada pedagógica se desarrollaba con la placidez que era posible, pero si creemos en la teoría de la inevitabilidad de la patochada esto no podía durar. Y así fue. Al rato, apareció uno de los personajes más conocidos de la parroquia, conocido como El Manco. Desde luego, si lo que se pretendía era que los escolares tuviesen un ejemplo de hasta donde llega la superación personal y de cómo una tara física no tiene por qué impedir el desarrollo integral de la persona, El Manco es un modelo a seguir. Con un solo brazo del que por una extraña aleación surge un bastón, y ayudado por sus dientes, es capaz de mostrarse como uno de los “aloitadores” más efectivos y fogosos. Realmente constituye un espectáculo inenarrable ver con que saña y violencia descarga bastonazos, mordiscos, patadas, con una furia incontenible. Desgraciadamente, la facción moderada le había impedido actuar en esta ocasión por deferencia al público escolar pero el Manco nos tenía reservada otra sorpresa. Ante el casi millar de niños estupefactos saltó al foso y comenzó una enconada discusión con un vecino acerca del presunto robo de un caballo escuálido al que unos minutos antes todos estaban pegando. El debate fue todo lo sosegado que cabe suponer, con bastonazos sobrevolando el aire, y afectuosas y cálidas exhortaciones como “ladrón hijo de puta” y amables ofrecimientos como “te voy a meter el bastón por el culo, te voy a matar cabrón”, que en nuestra lengua vernácula suenan más dulces y melodiosos (vouche meter o bastón polo cú, voute matar cabrón). Los niños al fin encontraron un motivo para la carcajada y el alborozo, pero desgraciadamente para ellos, cuando mejor se ponía la cosa, aquellos que no se avergonzaban de organizar, participar y mostrar un acto donde se violenta de ese modo la vida salvaje, estaban profundamente abochornados y se interpretó que el giro que había tomado el show no era tan educativo como darle ostias a unos animales aprisionados. Hubo que suspender el resto de la jornada didáctica y desalojar a las decepcionadas criaturas mientras la nueva función cada vez subía más de tono con empujones, insultos, amenazas, nuevos participantes, brazos que volaban, ostiazos por aquí y por allá. Hombres contra hombres, hombres contra bestias, qué más daba. Y al final, de nuevo, lo habíamos logrado, lo habíamos convertido en una caricatura, en una exhibición, una vez más de nuestra pobreza ética y cultural, de nuestros terribles déficits educativos, de nuestro incivismo, de nuestra complicidad cotidiana con la ignorancia y el atraso moral. En una mamarrachada grotesca.

Por eso, cuando mi madre nos lió para disfrutar la cena de fin de año en el Restaurante Velis Nolis de A Estrada, algo en mi interior me dijo que no saldría decepcionado, que valdría la pena el experimento. Pero eso queda para otro día.


Sobre bioética:

http://www.bioeticanet.info/animales/index.htm

http://www.igualdadanimal.org/entretenimiento

http://blogs.periodistadigital.com/verdes.php

http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Singer


Interesante testimonio de un defensor de la fiesta:

O trobador urbano e amigos

24.11.08

Encounters at the end of the world

Al fin del mundo se llega en avión de carga. Con cuerpos humanos intercalados en los huecos de la estiba, acomodados en los intersticios que dejan los tramos segmentados de misteriosas estructuras blancas. Y cuando el avión aterriza en el hielo y abre su enorme abdomen curvo, hombres y máquinas son depositados en el blanco polar, sobre la superficie helada del Mar de Ross, como si de algún modo ni uno ni otros hubiesen sido dueños de su destino. Elegimos cuando viajamos a destinos más prosaicos, elegimos los horarios y las compañías aéreas, elegimos este u otro itinerario en nuestra excursión de verano, pero al fin del mundo se llega, se cae, se te arroja después haber vagado, despojo de marea, entre aquellas otras elecciones cuando ya no quedaba otra cosa que elegir.

Werner Herzog nos dibuja la ruta, el mapa al fin del mundo que él coloca en el polo Sur, el lugar donde desaguan los meridianos, arrastrando consigo en su remolino a seres fronterizos de todo el mundo en el único punto donde esas líneas de latitud y longitud dejan de encarcelar el globo, donde desaparecen las cuadrículas, el punto cero. Y allí, habitan en el lugar donde no hay noche y se hace obligatorio soñar de día, soñar despierto, soñadores profesionales. Y uno de ellos se imagina caminando, durmiendo sobre el Iceberg B-15 a la deriva, y nota su respiración, el crujido del gigante bajo sus pies. Nos muestra el seguimiento de los hielos desde el satélite, y realmente lo que parece es un ecocardiograma de la tierra donde las masas heladas laten y verificamos las funciones vitales de los magníficos bloques blancos que se mueven como microorganismos juguetones o aminoácidos saltarines en el caldo primordial. El soñador del iceberg, se emboba mirando una foto de su B-15, nos lo muestra con orgullo como si fuese su pequeña criatura, su hogar, su lugar en el mundo y solo nos falta imaginarlo como a otro que vivía en otro B raya, arrancando las malas hierbas del baobab o mimando a una flor caprichosa.

La base de McMurdo es el ecosistema que recoge a los soñadores profesionales, agentes de bolsa convertidos en conductores de autobuses polares, lingüistas mutados en botánicos, filósofos ahora maquinistas de palas excavadoras… De nuevo todo se conecta y el filósofo nos cuenta como ya recién nacido le contaban historias de La Ilíada y La Odisea y de ahí surgió su pasión por el viaje a mundos espirituales y terrenos. Al fin, los aventureros, los descubridores no son más que lectores. Lectores de otros lenguajes escritos en la tierra y en el cielo, que silabean la tabla periódica u hojean las capas térmicas de las aguas. También se agachan, sobre el hielo inmaculado, tumbados en el suelo pegando su oreja a la superficie helada y desgranan el lenguaje de las focas en otro mundo bajo este mundo, un lenguaje que parece inorgánico, sobrecogedor en su extrañeza y su complejidad expresiva, y que no sabría definir de otro modo más que como el ruido que harían un puñado de electrones solitarios golpeándose en una caja cerrada de paredes de membrana de altavoz, mientras esquivan a pájaros metálicos que vuelan a cámara lenta.

En McMurdo se conserva la cabaña de Scott. En aquella carrera hacia el polo en los tiempos en que el hombre ocupaba los últimos vacíos de los mapas, fue el perdedor. Pero fue el único también que nos enseñó algo. Casi siempre aprendemos más de los perdedores. Entre otros factores que explican su catástrofe está el de que se negó a usar perros y eran los hombres quienes arrastraban el equipo. Consideraba inmoral sojuzgar a estos animales y no digamos el uso alimenticio que de ellos hizo Amundsen. Igualmente, incluso cuando ya estaban cercanos a la muerte, ni por un momento dejaron de recoger muestras geológicas. Al morir, en unas condiciones físicas deplorables, todavía portaban 14 kilos de muestras. Y con las rocas que arrastraron en su total declive físico, otro lector entendió el movimiento de las placas tectónicas de la tierra. Scott quiso comprender la naturaleza sin oprimirla. Hoy McMurdo lo pueblan cientos de científicos que en su quehacer cotidiano convierten el blanco impoluto de la nieve y el hielo en un barrizal de lodo negro y rocas basálticas herido por maquinaria pesada. Cuando observamos algo lo modificamos. Al estudiar cambiamos el objeto de estudio pero aún a pesar de ese principio de incertidumbre no podemos renunciar a leer, a entender, y algunos, biólogos marinos observan el crecimiento de microorganismos que son capaces de organizarse, seudópodos constructores de estructuras, con criterios puramente estéticos. Bajo el hielo, otra fauna maravillosa habita, monstruos a escala en un lugar donde los buzos exhalan burbujas de oxígeno que se ven aprisionadas en la cúpula helada, acariciándola, como si fuesen resbaladizos glóbulos de mercurio. ¿Qué nos dicen esas construcciones? ¿Qué les dirán a otros esas burbujas aprisionadas en el tiempo helado? ¿A qué lectores se dirigen? Y también hay vulcanólogos, leyendo en los gases y los estallidos del magma que quizá también empezaron como deshollinadores de cráteres en miniatura en asteroides imaginarios. Y un misántropo que estudia los pingüinos y nos muestra una de las imágenes más hermosas nunca vistas, al ejemplar solitario que da la espalda al mar y a la colonia y se dirige, irrefrenable, tenaz, insobornable, hacia el horizonte blanco desconocido de las montañas enormes, hacia lo que nosotros sabemos una muerte segura, quizá también un explorador, un lector solitario de su especie, un espíritu curioso, quizá un pobre enfermo desorientado, al que nosotros, que sin embargo podemos agujerear los hielos con dinamita, no debemos detener para no interferir en el orden natural. Podemos ensuciar pero no podemos curar. Y en McMurdo, otros desentrañan también los mensajes del cosmos a la caza de neutrinos, mensajeros invisibles del espacio que en cada instante, nos atraviesan, millones de ellos, sin dejar huella en nosotros, sin dejar memoria.

En McMurdo, en el verano sin noche, el filósofo que conduce la excavadora, citando a Alan Watts, nos habla del hombre como conciencia del universo. La creación entera adquiere conocimiento de si mismo por nuestra razón. "El individuo es una apertura a través de la cual toda la energía del universo toma conciencia de sí misma". Y para ello, se esfuerza en hablarnos cada día. Y nos habla en el lenguaje imposible de las focas, nos envía infinitos mensajes que nos atraviesan sin comprenderlos, pero persiste, y sigue, y continua, nos habla en los ladridos fantasmas de los perros que Scott no quiso sacrificar. Han tenido cachorros, otros ladran. Y se nos muestra en sus tesoros arqueológicos de esturiones congelados que aún conservan el escorzo y la expresión como sorprendida. Nos habla en erupciones y en formas, catedrales, esculturas, microscópicas que construyen las foraminíferas. El universo queriendo conocerse a través de nosotros como un ciego que guía a otro ciego como el último hablante de una lengua tratando de hacerse comprender, quizá gesticulando, quizá elevando su voz, sus infinitas posibilidades de creación de frases, palabras, canciones, neutrinos al aire de nuestros oídos sordos. Y si este es nuestro papel en esta tierra, por qué entonces caminamos torpemente, como pingüinos solitarios, aventureros al fracaso, descubridores de la nada blanca, quizá enfermos, desorientados, hacia las montañas, tan altas, tan frías, tan altas.

13.11.08

El hombre que creyó en la poesía

“Así se celebraron las honras de Héctor, el domador de caballos”.
Esta frase, tan desnuda de artificios, tan escueta, es el fin de La Ilíada, probablemente el texto más importante del mundo antiguo. Y al cerrarse así, casi como en falso, abre otras puertas que continúan en La Odisea, en Las Troyanas, en La Eneida, la Etiopide… Y es en estas nuevas construcciones en el aire sobre el polvo que levanta la Ílíada, donde nos enteramos de la destrucción de la ciudad, de la estratagema del caballo de madera, del talón de Aquiles, de la hybris desatada por parte de los vencedores, del castigo de los dioses; o de la muerte de Astianacte, arrojado desde una de las torres, ante la mirada de su madre que parte al cautiverio…
Pero la Ilíada no nos cuenta nada de esto. Finaliza ahí, tras las exequias de Patroclo y Héctor, con los ejércitos enfrentados y todo por decidir. Y sin embargo, o quizá por eso, esa frase…esa frase resonó en mi infancia como un eco: “Así se celebraron las honras de Héctor el domador de caballos….el domador de caballos….el domador de caballos”, evocando, emparentándose con otros héroes que cabalgan, agrandando su presencia mítica. Sí, cuantas veces imaginé, cuántas le puse rostro y paisaje. Y si de niño yo hubiese soñado con tener un niño, le hubiese llamado Héctor, el domador de caballos.

Muchos años antes, hubo otro niño, en el que esos versos ejercieron una fascinación casi fronteriza con la locura y cuya biografía también camina bordeando los límites de la leyenda y la realidad. Heinrich Schliemann escuchaba desde muy pequeño las historias que le contaba su padre sobre pasajes de la Ilíada y miraba una y otra vez, como hipnotizado, un grabado que representaba a Eneas huyendo de Troya en llamas. Aquellos muros ardiendo, las torres, el fin de una era y los héroes supervivientes esparciéndose por la tierra al exilio. Y pocos años después, cuando la pobreza le había obligado a dejar los estudios y a trabajar de dependiente, tuvo un encuentro que le terminaría de marcar para siempre. En su tienda, entró un molinero borracho, antiguo pastor protestante, y Heinrich recuerda esto:

...no había olvidado Homero, puesto que aquella noche en que entró en la tienda, nos recitó más de cien versos del poeta, observando la cadencia rítmica de los mismos. Aunque yo no comprendí ni una sílaba, el sonido melodioso de las palabras me causó una profunda impresión. Desde aquel momento nunca dejé de rogar a Dios que me concediera la gracia de poder aprender griego algún día.

Heinrich se juramentó para descubrir la localización de Troya, para sacar a la luz los restos donde habitaron los personajes de su fantasía. Sin otro sustento científico que los textos del poeta Homero y contra todos los criterios históricos y arqueológicos del momento, que la consideraban una invención literaria, como si alguien quisiese descubrir hoy la localización de Mordor o la Tierra Media.

E inició así un recorrido vital lleno de esfuerzos y penalidades, con el único objetivo de desentrañar la verdad de la poesía. Un inextinguible espíritu de aventura, una tenacidad insobornable puesta al servicio de dotar de forma física sus ensoñaciones. Amasó una de las fortunas más importantes de su tiempo sin importarle el dinero excepto como medio para su realizar su auténtica vocación y al fin, en 1871, en la colina de Hissarlik, sacó a la luz los estratos de nueve Troyas super puestas en sus sucesivos aconteceres históricos, y en la Troya VI: la Troya de Andrómaca, el prudente Néstor, de Menelao y Paris. Halló también un tesoro fabuloso, que su frenética imaginación desbordante atribuyó instantáneamente a Príamo, y una diadema de oro que por supuesto no podía ser más que de Helena. Los arqueólogos de entonces se quedaron espantados ante sus métodos y su absoluta falta de preparación. Sus excavaciones habían sido dictadas por una pulsión tan impetuosa y desesperada que destruyeron parte de los restos. De igual modo, propuso hipótesis aventuradas, incluso descabelladas, más basadas en su fértil fantasía poética que en ningún atisbo siquiera de razonamiento arqueológico. Pero el método poético de Schliemann todavía consiguió frutos aún mayores, y en su siguiente expedición, descubrió la civilización micénica y lo que él supuso nada menos la tumba y el palacio de Agamenón, su mítico rey.
Hoy, en la sala micénica del Museo Arqueológico de Atenas podemos contemplar objetos tan sorprendentes como el casco de cuero recubierto de dientes de jabalí que llevaba Odiseo, el escudo de Ayax hecho con siete pieles de buey o la copa de Néstor, adornada con clavos de oro y que tenía dos palomas en sus bordes. Toda una construcción mítica que solo habitaba en el espacio de los sueños tiene ahora su lugar en el mapa. La fe inconmovible en la belleza de un solo hombre, su convencimiento absoluto, indubitado, de la verdad, de la certeza de la poesía, convirtió en hecho histórico lo que no era más que una ficción literaria. Su búsqueda insensata, en las antípodas de cualquier análisis realista dotó de vida a dioses y héroes. Y ahora ya sabemos que todo el pueblo de Troya se sintió admirado ante la llegada de Helena, la mujer más hermosa del mundo, sabemos que los mirmidones no temían a la muerte, sabemos que Héctor se despidió para siempre de Andrómaca mientras el niño de ambos jugaba dulcemente con el penacho del casco de su padre y que sus restos fueron arrastrados luego por las arenas empapadas en sangre. Sabemos, que Aquiles tras matar a su hijo, tomó la mano del rey Príamo y ambos lloraron en silencio. Sabemos, que “con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego. Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosados dedos, se congregó el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira a que la llama había alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndoles las lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos huesos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en fino velo de púrpura. Depositaron la urna en el hoyo, que cubrieron con muchas y grandes piedras, amontonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían puesto centinelas por todos lados, para vigilar si los aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado el túmulo, volviéronse: y reunidos después en el palacio del rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron el espléndido banquete fúnebre.
Así se celebraron las honras de Héctor, el domador de caballos.”

5.11.08

Micología


Noviembre trae otras luces de la mano. La lluvia emborrona el amarillo del haz de las farolas y hace tiritar los faros de los coches. Entristece aún más las paredes de hormigón, que se diluyen en grises taciturnos como una acuarela desleída. Cuando llega de nuevo el sol, aún conservan pedazos como de gris mojado y da la impresión de que el invierno hubiese dejado heridas imposibles de sanar, que no importa el tiempo que transcurra desde la última lluvia, la humedad se queda ahí, para siempre, oscureciendo, enfriando, como una especie de lesión incurable que nos deja la señal de la enfermedad en el rostro.

Pero la lluvia trae también la temporada de setas. Hace algunos años, con mi hermano encontré un prado enorme, en una ligera cuesta abajo, donde crecían centenares de lepiotas y champiñones. La visión de aquel campo es inolvidable, y jamás volvimos a hallar nada ni remotamente parecido con aquella miríada de manchas blancas sobre el verde. Estupefactos, lo convertimos en nuestra mina secreta, pero en pocos años el número descendió hasta convertirse en un prado como tantos otros, donde algunos días crecían y otros no. Yo culpé a dos caballos que pastaban allí, a otros saqueadores misteriosos, al cansancio de la tierra, a la mala suerte, inventé múltiples y alocadas explicaciones con mi ciencia demente, pero en realidad lo que había ocurrido es que las primeras veces no sabíamos. No cortamos las setas por el inicio del tallo, las arrancamos de cuajo, y así destruimos el micelio, las redes subterráneas que las unían y dejaron de crecer. Cuando me di cuenta de lo que había sucedido, ya no fue posible rectificarlo y me sentí como si hubiese participado en la destrucción de una obra milenaria, como si hubiese cometido un genocidio a escala microscópica añadiendo una nueva culpita a mi granja de culpas, donde alimentaba el recuerdo de la destrucción de un hormiguero, de burlarme de niños más indefensos que yo, de no querer pasear con mi abuelo, y otras que no puedo contar.

Pero con el tiempo me di cuenta que no había destruido nada en realidad. Que yo no tenía tanta importancia en el mundo. El micelio puede crecer a un ritmo de un milímetro por hora, podríamos verlo desarrollarse con nuestros ojos si lo mirásemos, pero no lo miramos, solo buscamos golosamente la ganancia inmediata que a veces nos regala. Claro que hubiese sido mejor no destruir aquellos enlaces ya creados, pero bajo nuestros pies, la vida invisible siguió bullendo, tomando nuevas direcciones, reconstruyendo algunos nodos, creando otros, expandiéndose sin necesitar de nuestra mirada.

Ahora creo que el mundo está colonizado por esas redes invisibles. A. me dijo el otro día “todo está conectado” y cuando encontré el blog de Raquel me vino a la cabeza aquel poema, “Correspondances” de Baudelaire, que descubría esa relación mágica entre los olores, los sonidos, los colores….la naturaleza entera, ese “templo de vivos pilares que dejan escapar palabras confusas”. Pero las conexiones solo son evidentes cuando sabemos mirar. Cuando nos admiramos del mundo, éste nos ofrece su plenitud efervescente. Un entomólogo es alguien que dejó de mirar el horizonte y se asombró de la enorme magnitud del universo de lo diminuto. Un fotógrafo es alguien que puede apagar a voluntad esa luz amarilla difuminada en hormigón mojado que alumbra nuestra vida cotidiana para prestar durante unos instantes el foco luminoso de su vista a un recuadro, un fragmento en el aire, de todo lo que en esos momentos podrían abarcar sus ojos y construir en la foto un nuevo universo. Y la fotografía estaba ahí, pero solo él la vio porque solo él quiso mirarla.

Entonces, cuando las setas desaparecieron, pensamos que aquel prado había dejado de tener valor, que era uno más de otros que tampoco visitábamos y por qué iba a ser este especial. Cuando dejamos de recibir el premio inmediato, nos giramos y le dimos la espalda al paisaje. En realidad lo único que revelamos así fue la mezquina limitación de nuestros intereses, lo obtuso de nuestra mirada glotona. Otros prados que conocimos también desaparecieron, nuestras minas fueron cerrando y al final, salir de casa a recoger setas no ofrecía la gratificación que deseábamos, así que para qué mojarse, para qué caminar sin sentido entre la hierba, para qué a veces calarse hasta los huesos, perseguir a Lunita cuando ladra a las vacas y luego en el coche deja en la tapicería las huellas de sus patitas manchadas de barro, para qué perderse y preguntarle a algún paisano que nos mira como si fuéramos imbéciles: “¿en qué aldea estamos?”, para qué meter el coche en zanjas, cruzarse con un conejo, con un zorro, ver las ardillas saltar de copa en copa, pisar las agujas de los pinos, descubrir a veces un corro de hadas de senderuelas, o esas colonias que crecen cespitosas en los tocones de los robles. Fantasear con las amanitas, con extraer su veneno para hacer pociones diabólicas que usaríamos contra nuestros enemigos imaginarios, jugar a clavar la navaja en el suelo, saltar un riachuelo y hundirse en el fango de la otra orilla, oler los champiñones, que huelen a anís, moldear un barquito deforme con la corteza de los pinos grandes, mirar los níqueles y musgos, por ahí está el norte, Alina lo leyó en la enciclopedia de los jóvenes castores, tener de nuevo, otra vez más, esa conversación con Larry: ¿qué sabríamos inventar si fuésemos a la prehistoria en un viaje en el tiempo? ¿Sabríamos hacer un molino, un horno, sabríamos hacer fuego, sabríamos hacer una catapulta? …para qué, para qué ya, y se está mejor en casa, hace frío, se está mejor sentado mirando el hormigón y su triste gama de grises mojados, el reflejo amarillento de la farola de la esquina moteado por la lluvia. Quizá el fumador de la ventana de enfrente salga de nuevo a fumar y mire hacia mi ventana para saber que hago, porque se aburre mirando el hormigón que tiene también frente a él. Y yo estaré en penumbra, ante la pantalla del ordenador que se estremece en su blanco mudo. Llueve, nadie habla hoy, las conexiones están ahí pero no las vemos. Hemos decidido no mirar. Hemos decidido que sean otros los que busquen, otros los que encuentren, otros los que se maravillen de los efectos mágicos del azar, otros los que se emocionen, entomólogos haciendo taxonomía de nuevos insectos, el universo se expande sobre y bajo nosotros, la vida estalla en lo grande y en lo diminuto. Tiembla la llama de la estufa y no sé que leer hoy, pero este sábado creo que iré a buscar setas ¿alguien se apunta?. Y entre tanto, al menos Obama ha ganado en Carson City.

President Carson City
John McCain (R) 43% 6,291 votos
Barack Obama (D) 52% 8,796 votos