Donde Jorge Armesto escribe sobre sus cosas. Puedes ver algo más en www.estercoleros.com y www.myspace.com/estercoleros. Y ahora también en www.myspace.com/dementegato
2.3.12
La Estrella, El Hada, Achero Mañas y La Chica del Trivial
"......El aire había adquirido ya esa densidad pegajosa que dilata los parpadeos y vuelve pesados los movimientos. Ese estado de viscosidad que dificulta el tránsito de las palabras y las obliga a transportarse de otro modo fatigoso. Se las podía ver saliendo de nuestras bocas y convertirse en organismos sin forma definida. Se deslizaban sinuosamente entre los vasos y los ceniceros, sorteaban las trampas de los licores vertidos sobre las mesas. Algunas se quedaban atrapadas y se ahogaban, otras se hundían engullidas por los pantanos movedizos de la pared enmoquetada dejando en el aire rumores de gritos de auxilio. Al fin, las supervivientes de aquel éxodo llegaban de vuelta a nuestros oídos, deslavazadas, informando de su significado amputado y además, de las noticias luctuosas de las otras que terminaron perdidas en la travesía. La conversación discurría por caminos tan tortuosos, necesitaba de tanto esfuerzo, que durante muchos minutos solo transmitíamos en un destello discontinuo, con el código Morse de la noche que emitían las brasas de nuestros cigarrillos............"
".......Condujimos hacia mi casa. Durante el trayecto apenas hablamos. Nos dimos la mano y ella acompañaba la mía sobre la palanca de cambios. A veces yo reducía innecesariamente de marcha en la entrada de alguna curva solo para ver como su codo se doblaba suavemente al unísono con el mío, ejercitando los dos brazos los primeros movimientos de una danza gemela. Solo para sentir, en cada una de esas pequeñas deceleraciones que eran poco más que una suave oscilación, la levísima presión de las yemas de sus dedos en mis nudillos....."
Si quieres descargarte el cuento completo, pulsa en este link:
Descarga aquí el texto completo
1.2.12
LA SENDA ROCKER (Johnny Sánchez)
17.11.11
PORQUÉ NUNCA PODRÉ SER UN ESCRITOR
Imagino a esos seres
extraños como los bárbaros a las puertas de un imperio que se resquebraja:
Hannibal ad portas. Con sus idiomas que nos resultan hostiles, que suenan en
nuestros oídos como gritos, como insultos, como aullidos, como una amenaza. Con
sus canciones feroces, sus bailes frenéticos, sus hogueras, sus ropajes chocantes,
sus pieles y sus bestias. Eran esa otra cosa incomprensible que estaba ahí
afuera, a lo lejos, que llegaba de los territorios lejanos, inexplorados, fuera
de los mapas, impenetrables.5.10.11
NOSOTROS, LAS SOMBRAS
Nos conocimos aquella noche, somos sombras
trabajando como perros callejeros
y de repente se llenan las calles de polis y grúas
y los nórdicos riegan las avenidas mas protegidas
hay hombres que arrastran sus esperanzas en grandes maletas
desconocen la lengua e ignoran las reglas, nacieron sin gracia
y mientras nosotros hacemos lo nuestro, cada 10 una valla
y mientras nosotros hacemos lo nuestro, cada 10 una valla
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás
Junto a la anciana una ambulancia tiñe extrarradios
luces naranjas como la sangre adulterada
el dueño del pit bull feo se queda a cubierto
dice que en casa guarda el casco de un guardia
luego en los barrios finos las amenazas
hasta las cejas coca, la causa es otra
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
trato o truco, la sociedad secreta escucha hip hop de verdad
y nosotros, las sombras...detrás
(Pedro Sanjuan/2009)
29.8.11
LLEGÓ NUESTRO TURNO
Castoriadis cita en uno de sus textos la definición de ciudadanía que ofrece un estudiante norteamericano quien la reduce a: “Es el derecho de no ser perseguido por la policía”. Como el propio Castoriadis apunta, esta definición implica, entendida en sentido inverso, que la policía sí puede perseguir a los no-ciudadanos, es decir, transeúntes, inmigrantes clandestinos o incluso extranjeros y simples turistas. También a aquellos colocados en los márgenes de la ciudadanía, es decir, los marginales, término que engloba sin distinciones a los sin techo, mendigos, inmigrantes ilegales, miembros de pandillas juveniles, dependientes de los subsidios sociales, adictos al alcohol y drogas o pequeños criminales callejeros.
Sin embargo, en los últimos días, vemos imágenes, cada vez más con más frecuencia, de la policía cargando violentamente contra “ciudadanos” y, aún peor, exhibiendo unos modales despectivos y desdeñosos en el ejercicio de su ferocidad que se muestra con altanería y soberbia. Como con superioridad. Tales modos, no son desde luego ninguna sorpresa para cualquiera de los grupos de “marginales” a los que antes hice referencia. Tampoco son sorprendentes para organizaciones como Amnistía Internacional que lleva años denunciando la tortura y los malos tratos de las fuerzas de orden público españolas, describiendo en su informe “Sal en la herida”, una situación de impunidad generalizada, complicidad y encubrimiento de los demás policías por un corporativismo mal entendido (que se manifiesta tristemente en las delirantes autojustificaciones que afloran en sus foros y ofrecen una idea precisa de lo extendida que está esa cultura de violencia), dificultad para denunciar, indefensión judicial para las víctimas, inexistencia de investigaciones y sanciones, etc. El informe relata que cuando excepcionalmente se produce alguna sanción, esta suele ser leve, acostumbrándose a indultar y recompensar posteriormente con ascensos a los funcionarios expedientados. Añade además que aunque no se puede hablar de un comportamiento violento rutinario, sí dista mucho de ser excepcional, ni se circunscribe únicamente a algunos elementos minoritarios de las fuerzas de seguridad.
Esta situación, por más que fuese dramática, era visible únicamente por los que estaban situados al otro lado de la frontera de esa ciudadanía que funcionaba como islote defensivo vigilado por estos perros de presa. Acontecía detrás de nuestros muros y era, por tanto, invisible para nosotros, los ciudadanos, que la tolerábamos con esa inconsciencia egoísta de no querer mirar. Hasta que de repente, un día, se manifiesta nítidamente en toda su obscena barbarie, dejándonos en una especie de mezcla de sentimientos entre la indignación, el espanto …y la sorpresa. La sorpresa porque se ha roto una de las reglas del juego, aquella que nos colocaba a salvo de nuestros propios guardianes. Que ahora nos agreden a nosotros, a quienes debían proteger.
En realidad, sin embargo, no se ha roto ninguna regla. El juego continúa tal cual. Simplemente es nuestra posición en él la que ha cambiado. Nos hemos desplazado. Dice Bauman que los pobres en realidad son “consumidores defectuosos o frustrados, expulsados del mercado”. O lo que es lo mismo, el grado de marginalidad de una persona en el sistema se mide únicamente por su capacidad de consumo. Los adictos a drogas o alcohol, los criminales, los inmigrantes, forman parte de la bolsa de “marginales” solo en tanto que no consumidores. Cuando se da el caso contrario, su integración es absoluta. ¿Qué otorga entonces la carta de ciudadanía? Únicamente nuestra posición en la sociedad de consumo.
En las últimas tres décadas asistimos al cada vez más frenético aumento de la desigualdad, con un crecimiento imparable de las rentas altas a costa, no tanto de las más bajas cuyo saqueo no tenía ya mucho más recorrido, como de las rentas medianas. Según Kerbo, Sennet y otros, la zona central de las rentas se reduce, aumentando los empleos de altísimos salarios, pero sobre todo aquellos otros de sueldos bajos. Este empobrecimiento de la clase media, cada vez más visible, lleva a que por primera vez en la historia, un porcentaje elevadísimo de ciudadanos están viviendo por debajo de las expectativas que su formación académica o profesional les venía ofreciendo históricamente. Aquellos estudios o prácticas profesionales que garantizaban en el pasado el acceso a un nivel de vida medio o medio alto han dejado de hacerlo y son víctimas ya también del subempleo, la precariedad, cuando no directamente del subsidio. O lo que es lo mismo, se han quebrado las seguridades que ofrecía la sociedad capitalista y por primera vez la marginalidad, entendiendo esta como el destierro del consumo, no está inseparablemente unida a los bajos estudios y la falta de calificación, sino que acoge a cualquiera, independientemente de su formación y su capacidad profesional.
Por supuesto, como en cualquier proceso de exclusión, la ética y el discurso dominante tiende a disfrazarlo como auto-exclusión. Para que los pobres pierdan su condición simbólica de ciudadanos a los efectos de la retórica imperante, no basta con que sean pobres sino que su pobreza debe ser elegida. En una sociedad de consumidores libres no es concebible la pobreza más que como un uso (corrompido) de esa libertad. Y los pobres son aquellos que no se esfuerzan, que gustan vivir del subsidio, incapaces para cualquier otra vida que no sea parasitaria y ociosa, viciosos que prefieren ser adictos al alcohol o a las drogas. Es decir, aquellos que voluntariamente se colocan en la marginalidad de esa ciudadanía que sí gana su sustento con merecimiento. Incluso ahora, con unos datos tan abrumadoramente enormes de desempleo y precariedad, el discurso en vigor no tiene reparos en, al tiempo que reconoce a regañadientes ciertos desarreglos del sistema productivo, culpar a los jóvenes y a los parados de “falta de iniciativa”, de ser “acomodaticios” y de no tener “espíritu emprendedor”.
En el proceso de pérdida de la ciudadanía, hay que señalar la nada casual denominación de “perroflautas” que utilizan tanto los elementos más fervientemente partidarios del status quo como, sobre todo, las fuerzas policiales represivas. No importa que, contra toda evidencia, se aplique a miles de personas que no tienen nada que ver ni social ni estéticamente con esta tribu minoritaria vagamente hippie. Lo que importa es que el “perroflauta” es un auto-excluido vocacional del sistema, y por tanto, un antagonista de la sociedad (de consumo), o lo que es lo mismo, un No-ciudadano por elección. De ese modo, nuestra conversión en “perroflautas” nos coloca, en el imaginario policial, en el mismo bando que aquellos a los que tradicionalmente maltrata y tortura con la tolerancia de los verdaderos ciudadanos (nosotros también, hasta ahora) y, no lo olvidemos, una casi total impunidad legal. Y así, el proceso de empobrecimiento vertiginoso de la clase media trae irremediablemente aparejado otro de desnaturalización, de pérdida de influencia ciudadana (pues la influencia se mide en términos de consumo) y, por tanto, de des-ciudadanización.
Hubo unos años, en que todos compartimos ilusoriamente los intereses de las rentas más altas. Se hablaba de un capitalismo bursátil popular, todos nos hicimos expertos en vuelos low cost y en gadgets electrónicos. Los saberes tradicionalmente constreñidos a los ricos se nos abrían y en casas de turismo rural se ofrecían cursillos de cata de vinos. Hoy, ese sueño se ha convertido en una visión tenebrosa de precariedad, pérdida de derechos, sub-trabajos sometidos a una permanente amenaza de exclusión del sistema, horarios abusivos y reducción de salarios. Aquellos que en el pasado, por su educación y su extracción social, ocupaban las clases medias se hayan ya en un estado, no tan
to de proletarización como de franco empobrecimiento. El feliz continente que habitábamos compartiendo (en su versión low cost) intereses y deseos con los millonarios se ha quebrado y las placas tectónicas se separan velozmente. En la nuestra, los desclasados del sistema, los de siempre y nosotros, los nuevos, que empezaremos a catar el sabor de una vida de subsidios y asistencia social en un estado del "bienestar" que se diluye. En la tierra contraria, los ricos en su fiesta perpetua. Alejándonos de su paraíso, a la deriva, escuchamos el sonido de la música y las risas que se desvanecen. En su orilla, los policías nos saludan con las porras. Llegó nuestro turno.
31.7.11
ESTRELLA FUGAZ
Y entonces Carlos van poniendo ante mis ojos la sucesión de fotografías de sus viajes y me fascina su absoluta falta de afectación cuando se cuela su figura en alguna de las imágenes de sus recorridos. Respetando las reglas de los encuadres y la composición, sin embargo da la impresión de que le hubiese gustado apartarse. O ser traslúcido y que su silueta delgada no restase ni un gramo de protagonismo a los grandes espacios, las carreteras que se pierden en el infinito o las impresionantes formaciones rocosas que se alzan a su espalda. Pero también a los viejos letreros, las gasolineras abandonadas, los restaurantes desastrados, los automóviles antiguos que Carlos acopia como testigo mudo, estando sin estar, apareciendo sin aparecer, escondiéndose en su pose desnuda, franca, que mira hacia delante sin importarse. Y lo imagino colocándose a desgana en cada ocasión, cumpliendo a regañadientes algún tipo de ritual amable con La India que le está diciendo: “muévete ahí, más a la derecha, un paso hacia delante” y Carlos sueña con desvanecerse, con que algún tipo de fallo de la cámara le convierta en una sombra transparente, un espectro reminiscencia de si mismo y detrás el gran país, el continente, el pasado, la vida entera, el infinito, la sucesión de las pisadas en la historia que se plasma en sus fotos y sobre las que su figura no es más que un recordatorio temporal del instante, un periódico abierto en una fotografía en sepia, una hoja de calendario, un subrayado en la agenda.Estamos viendo a Ely Paperboy Reed en silencio, Josemi, él y yo. De repente se nos acerca y dice: “Cuando viví en Inglaterra trabajé en una fábrica durante unos meses. Allí tenían un porcentaje de trabajadores reservado para personas con deficiencias mentales. Uno de ellos era la persona que he visto en mi vida con más conocimientos sobre soul. Estuve en su casa y atesoraba vinilos que ocupaban dos habitaciones enteras. Era una persona normal hasta que se metió en una pelea tremenda que le dejó el cerebro tocado para siempre. Confundía el tiempo que habitaba, su realidad era extraña pero nadie sabía más de soul que él. Un día me dijo: “¿Sabes quien fue el mejor cantante de soul que jamás oí? ¿Recuerdas a Rick Astley, el cantante pop? Yo le escuché antes de que fuese famoso. Fue la mejor voz que oí en mi vida. Luego lo ficharon de una gran discográfica, cambiaron el estilo y se jodió todo”. Y Carlos hace un silencio de esos suyos, sonríe y nos dice a Josemi y a mí. “Rick Astley, quién lo iba a decir, Rick Astley”. Y luego vuelve a poner toda su atención en Ely, desentreñando nuevas visiones sobre la música, para transmitir a otros, para convertir cada conversación en otra luminaria que alumbre otras noches, en otros lugares, a otras personas. Y cuando le observo escuchando atento, a él, que sabe de tanto de música, que la ama tanto, tengo la certeza de que jamás ha soñado en ponerse en la piel de aquellos a los que admira, a los que estudia, a los que difunde con su pasión incansable, sino que Carlos, se siente afortunado por poder escucharles, por poder mirar, por oír, porque el mundo se mueva ante sus ojos mientras él lo recorre en esos estallidos de luceros efímeros.
Volvemos a casa por la autopista. No suena ninguna canción en mi coche viejo pero la música está siempre en el aire que respiramos. De repente, ante nuestros ojos, una exhalación amarilla surca el cielo dejando a su paso una enorme estela de chispas. Carlos y yo gritamos al unísono: “¡Joder! ¿Has visto eso?” y él se pregunta: “¿Dónde caerá?”. En la noche, conduciendo, hipnotizados con el paso de las rayas amarillas, le imagino colocando los últimos bártulos con La India y saliendo al camino otra vez. Enciende el equipo y suenan los primeros riffs de la canción que inicia la ceremonia del viaje y el descubrimiento. Y esta noche, observando el firmamento negro a la búsqueda de nuevos estallidos de luz sé lo que ha pasado. Que el cielo le ha hecho un guiño a él, la verdadera Estrella Fugaz.
19.5.11
Algunas propuestas para el debate. Democracia Real Ya

ORGANIZACIÓN ELECTORAL:
DERECHOS:
-Todos los derechos reconocidos en la constitución, inclusive el derecho al trabajo y la vivienda, serán exigibles jurídicamente.
SOLIDARIDAD:
-Establecer por ley un porcentaje mínimo obligatorio de ayuda al desarrollo.
-Renunciar a la construcción y/o mejora de nuevas infraestructuras para el transporte salvo caso de flagrante urgencia social y destinar el excedente a las infraestructuras relacionales: educación, sanidad, guarderías, parques, bienes culturales…
6.10.10
UN REINO
Llamo a aquellos que defendieron mis articulaciones cuando solo querían petrificarse como bosques quemados; los que conquistaron los pliegues de mis dedos cuando no deseaban más que arrancarse los cabellos a jirones; los que se apostaron, aferrándose a cada roca, en los despeñaderos de mi boca cuando se partía, reseca y cuarteada. Llamo a los que ejercieron de solitarios francotiradores desde la atalaya de mis pestañas cuando solo querían cerrarse para siempre; a los que resistieron el Apocalipsis, la gran matanza, a los que chapotearon en el lodo soplando sus armónicas oxidadas y con tierra negra entre las notas. Llamo a los que me rescataron de la muerte. Doy la última orden de movilización general, venid todos a mí, a mi centro, a lo más hondo de mi herida abierta, ese volcán que late. Ahí están otra vez, los adoro, los reverencio, no puedo escribir sobre ellos sin emocionarme. Me cuesta despedirme. Me saltan ahora las lágrimas. Será la última vez. Os habla vuestro Coronel. Gracias por todo, gracias por no abandonarme nunca, gracias por devolverme la pasión por vivir, gracias por ser fieles a lo que ni yo mismo fui fiel. No lo olvidaré jamás. Si esto llega a ser un hombre será por vosotros. Intentaré vivir con decencia por vosotros. Volved a vuestras casas, abandonadme, volved con vuestras esposas, con vuestros niños que esperan, volved con vuestras familias, cread vidas como la que habéis contribuido a crear. Construid otros mundos. Os quiero, os venero, os amo con todo mi ser que se abre a la vida, pero la guerra ha terminado.Mis soldaditos se despiden. Ha sido un honor, Coronel. Si nos necesita volveremos. Veo las largas columnas perderse en el horizonte, levantando polvaredas que casi ocultan el verdor resplandeciente de este día soleado. ¿Y fue esto antaño un campo de batalla miserable y ennegrecido? ¿Fue aquí donde padecimos tanto? Ahora es una pradera, el paisaje renace y se pierde en el horizonte en su riqueza infinita. Crece un planeta. Por ahí van, marchando, en su última formación, adiós a todos. Adiós, espero que para siempre.
Y entonces cierro los ojos y hago una nueva llamada. Una llamada que convoca a los nuevos habitantes de mi cuerpo. Llamo a los cartógrafos de la tierra y de la línea de costa, a los exploradores y a los navegantes: queremos descubrirlo todo, verlo todo. A los aviadores solitarios, a los entomólogos que tracen el mapa de las migraciones de las mariposas monarca. A meteorólogos que nos descifren el significado de las formas de las nubes, a los geólogos para que nos describan los círculos del color de los minerales, qué dice el lignito, qué son las flores de cobalto, qué cuentan los estratos. Llamo a los miniaturistas que llenen de navíos las botellas, a los maquetistas de trenes eléctricos, a los zahoríes para no dejar nunca de escuchar el rumor de los arroyos. Llamo a los luthiers que reparan el alma de las guitarras acariciándolas cuando están heridas, a los ornitólogos para que nos traduzcan los trinos de las aves, a los ingenieros: necesitamos puentes y caminos para recorrer. Llamo a los pilotos de globos aerostáticos, a esos perezosos que se tumban en los prados a darle forma a los cirros y cúmulos, a los titiriteros de bruja y ogro, a los ilusionistas y a los jefes de pista de los circos de pulgas. Llamó a los micólogos que tracen los caminos subterráneos del micelio, a los tipógrafos que crean las formas de las letras, a los sonámbulos que siguen los senderos invisibles de la noche, a los augures que encuentren indicios de futuro en lo que vive. A los voladores de cometas de todas las formas, tamaños y colores: que el cielo se llene de papel de seda al viento. A los plomeros y los maestros de las vidrieras: queremos que los colores transmuten los colores. A los espeleólogos que iluminen las efigies del subsuelo, a los prácticos del puerto: que nos acojan en las tormentas. A los fareros: que mantengan el pulso de la luz sobre la línea del mar. A los vulcanólogos que midan la temperatura de mi boca en tu boca, sismólogos que predigan el encuentro de nuestras placas tectónicas, que vaticinen los temblores de tu pecho en mi pecho y recojan las fluctuaciones del sobrecogimiento en sus gráficos convulsos.Llamo a serenos que velen nuestros sueños. A los conspiradores y revolucionarios, a los iluminados y a los soñadores. A los proyeccionistas y montadores en las cabinas de los cines antiguos.
A esos rotulistas que aún dibujan los cartelones de las películas de estreno. A los inventores de figuras de papiroflexia. Llamo a los coleccionistas de conchas y piedras de colores, a los numismáticos, a los traperos, a esos ancianos que guardan todos los objetos viejos aunque estén rotos, a los anticuarios, a los estudiosos de lo inútil y a los compiladores de lo efímero: necesitamos recordar todo lo que se desvanece. Llamo a los que bautizan con lugares los colores de las paletas de pintor: el rojo veneciano, el amarillo Nápoles y el azul Prusia. A los remendones de las velas de los barcos: sobrejuanete mayor, gavia, cangreja y sobremesana, a esos que hablan durante horas del mismo libro. Llamo a los imagineros de mosaicos: que dejen talladas flores de ónice y mármol donde tú poses tus pies. Llamo a ejércitos de ventrílocuos que se oculten y hagan que todo lo inanimado parezca susurrarte. A los lunáticos que aúllan frente a los barrotes de sus celdas en las noches de plenilunio, a los artistas torturados y a los cantautores atormentados: que les tiemble la voz cuando entonen tu nombre. Llamo a esos que acopian libretitas de pastas de cuero soñando algún día con escribir un verso en ellas, a los afiladores, a los carboneros y a los cuchilleros, a los que se aferran a oficios extintos, a los niños que quieren ser músicos y eligen la tuba. Llamo a los visionarios, a los buhoneros, a los timadores, a los armadanzas y a todos esos a los que les acompaña siempre el hálito de lo imprevisible. A los aprendices de todo, a los supervivientes del dolor y del hastío, a los historiadores de la memoria de los amigos muertos, a los estudiantes de pintura que se sientan horas ante un cuadro. A los escudriñadores de las almas, a los preguntones, a los niños que quieren ser el bueno, a los niños que quieren ser el malo. A los ancianos que quieren explicar algo y no se acuerdan, a los afectados por la melancolía, a los románticos, a los enfermos de belleza. A los que empiezan una historia, la engarzan con otra, y esta con otra y no terminan ninguna. A todos os convoco, poetas, filósofos, novelistas, músicos, pintores, descubridores, venid a mí. Exploradores de la tierra y del espíritu, conformadme, hacedme digno de ser un hombre. Los que tenéis miedo y dais el paso, a los que os duelen los ojos y los abrís a la luz, pobladme, habitadme. A todos os llamo, a todos os quiero. Que la guerra terminó y tengo que construir un reino. Nuestro reino.
15.9.10
EL PRÍNCIPE GUERRERO
siguió sus aleteos hasta que se perdió en el horizonte y sin saber por qué, algo se enterneció en su corazón hogar de espantos. Luego comenzó a armarse, se coloco la armadura, ciñó su espada y ya en el patio, donde su ejército esperaba en silencio, subió a su caballo negro enjaezado con las armas del escudo de Muria. Levantó la mano derecha en silencio enfundada en su guante de cuero negro. Los grandes portones se abrieron y un clamor de ira brotó de las gargantas de los hombres que salieron a campo abierto ordenadamente. El aire se oscureció con el ruido de los cascos en la piedra.Aquella mañana comenzó la última batalla por el reino de Muria. Llegó la muerte al campo de batalla y se vistió con la luz de un sol terrible que refulgía en las armaduras. Que titilaba en las cotas de los soldados y en las armas que se alzaban y se derrumbaban arrancando pedazos de carne, metal y cuero. Pero al mediodía sucedió algo que hizo detenerse la matanza. Una flecha negra atravesó el campo de batalla con el sonido de ninguna otra flecha. La lucha pareció suspenderse un instante infinito y los guerreros de ambos bandos pudieron contemplarla mientras atravesaba las distintas fronteras del aire, el viento, la polvareda, la calma azul y el humo negro de las antorchas. Silbando como una serpiente, adornada con plumas que no correspondían a ningún linaje, cruzó la gran llanura y fue a clavarse en el corazón del Príncipe Guerrero. En lo alto de la loma, todos pudieron ver como quebraba sin ruido la gruesa armadura de acero y algunos soldados juraron luego que por unos instantes pareció que era la brillante coraza bruñida la que la había absorbido, como si la invitase a entrar, mientras a su alrededor se producía un extraño fulgor plateado. El ruido cesó y cayó el primer anuncio de lluvia, los hombres bajaron las armas ensangrentadas que dejaron resbalar sus últimas gotas en la tierra negra, y en lo alto de la loma, el Príncipe Guerrero picó espuelas, se dio media vuelta y se perdió en el muro de agua y en el cielo oscuro.
Cabalgó sin rumbo durante dos días y una noche, al capricho de su montura hasta llegar a la playa. El mar estaba en calma y el Príncipe Guerrero dejó libre a su caballo, enjaezado con las armas y el escudo de Muria, y se sentó sobre la arena apoyado contra una roca lisa que le recordó a una lápida. Y desde allí contempló el mar. Fue entonces cuando pudo por fin reflexionar. Sobre el pasado y su vida entera, y cada molécula, cada minúscula parte de su cuerpo comenzó a desvanecerse en el sol de la costa al evocar cada uno de los recuerdos de horror que hasta ahora no le habían atormentado. El Príncipe Guerrero se fue volviendo cada vez más pequeño y más poquita cosa. Y perdió sus dedos recordando las caricias no sentidas ni ofrecidas. Y sus brazos por la sangre derramada. Las piernas y los ojos por no haberse nunca parado a mirar a su alrededor. Y su cabeza, que no le regaló jamás un pensamiento compasivo. Y así cada parte de su cuerpo, todo él desapareció, hasta que la nada creciente llegó a su corazón. Y también su corazón se fue haciendo cada vez más pequeño. Primero como una fruta, luego como una nuez, como una semilla y finalmente no quedaba de él más que un diminuto grano de arena. Fue entonces cuando surgió de algún lugar del alma con un saltito repentino el recuerdo del pájaro cojito. Y ese grano de arena se quedó allí, donde estaba, justamente pegado a la punta de la flecha. El centro exacto de su corazón desaparecido. Allí permaneció unos instantes, luego se dejó caer y resbaló como por un tobogán hacia el interior de la armadura hasta que se filtró por una de sus rendijas mezclándose en la playa con otros granos de arena.
Ninguna otra cosa quedaba ya del Príncipe Guerrero y cuando al día siguiente llegaron en su busca sólo encontraron su caballo inmóvil mirando al mar y la armadura que brillaba al sol sobre una piedra que parecía una lápida. Dentro, nada. Sólo el aire caliente. Desde entonces, en el reino de Muria se piensa que el Príncipe Guerrero no se ha ido. Que algún día regresará para volver a comandarles. Que su regreso iniciará una era luminosa y floreciente. Que mientras tanto les aguardará la guerra y el hambre. Y era verdad que no se había ido, allí estaba con otros granos de arena. Pero jamás volverá a ver a sus huestes que esperarán en vano.
Durante una larga época vivió en la playa junto a las conchas y las algas marinas. Y fue el seno junto a otros como él donde se incubaban huevos de tortuga. Asistió a su gestación que se mostraba ante él desde el primer día y tuvo miedo cuando las crías iniciaron su carrera hacia el mar. A veces, durante unos momentos se hundía en la espuma de la ola pero acababa siempre volviendo a su lugar bajo el sol.Hasta que una noche de temporal terrible, la marea le arrastró hacia el fondo del océano y allí inicio su viaje submarino. A lo largo de los siglos visito las criaturas de las simas abisales y cubrió vasijas y cañones y restos de naufragios. Y también las playas de todos los continentes donde a veces le devolvían las olas. En ocasiones incluso pasó breves instantes pegado a la piel de hermosas mujeres de todas las razas, pero también de hombres pescadores, o niños que hacían collares con conchas. Sobre la piel de los hombres, el Príncipe Guerrero se sorprendió de que fuera tan caliente, tan única cada una de ellas, y se dejaba mecer suavemente con el ritmo constante del bombeo de la sangre en las venas.
También desempeñó muchos oficios. Un músico lo eligió para crear un palo de lluvia y un anciano para un reloj de arena donde el Príncipe Guerrero subía y bajaba y dividía el infinito en porciones de días. También fue una vez el lastre de un globo y vio el mundo desde el aire; le pintaron de colores y le metieron en una botella y otras veces formó parte de casas, escuelas, lugares de cobijo, cabañas de pastores, castillos de niños y nidos de golondrina. Sólo en una ocasión, cogido entre las manos de un hombre que el Príncipe Guerrero podía sentir temblar, lo dejaron caer sobre una caja negra mientras otros hombres y mujeres lloraban. Y esa mañana el Príncipe Guerrero sintió un terrible frió y una profunda tristeza en su corazón.
El Príncipe Guerrero había viajado mucho y había visto mucho. No recordaba su vida pasada en el reino de Muria más que como un sueño lejano de pocos instantes, y aunque había pasado tanto tiempo, sentía que tenía aún tanto por ver....
Hasta que una tarde, el mar le volvió a depositar en la playa. En la misma playa de la piedra que parecía una lápida y que ahora estaba desgastada por el paso del mar y del viento. Y desde allí, mientras sentía el calor del nuevo día que surgía vio aparecer atravesando el sol a un pequeño pájaro. No podía ser el mismo pues habían pasado ya muchos siglos, edades y eras, pero allí estaba, sin dedos en su patita izquierda, dando pequeños saltitos hacia él y sin miedo aparente. Pareció entonces mirarle, cantó apenas unos trinos y el Príncipe Guerrero notó su gran corazón rebosante de ternura. Entonces el pájaro cojito, cuidadosamente, lo recogió con el pico y se lo llevó al cielo.
16.8.10
Autorretrato
Los encontré por primera vez en el Van Gogh Museum. Ella era delgada, de belleza cansada y llevaba un vestido blanco de lino. En la mano sostenía, como aprisionándola, una libretita de tapas de cuero cerrada con una goma negra. Él vestía una camiseta deportiva y pantalones desmontables cortos con mapas y guías de viaje en cada uno de sus grandes bolsillos. Tenía aspecto de chico educado y saludable. Cuando les vi, él se estaba despidiendo. Le rozó apenas la mejilla con el rostro y entró en la siguiente sala. Ella se quedo frente al autorretrato de Van Gogh, observándolo detenidamente.Su presencia inmóvil empezó a suponer un obstáculo en la ordenada hilera de visitantes que recorría el sendero imaginario frente a las paredes del museo. Era un islote inesperado en aquel flujo continuo que desencadenaba perturbaciones fastidiosas creando espacios desocupados a su derecha y estancamientos a su izquierda. A veces, alguna de aquellas personas esperaba durante unos minutos que se le hacían interminables a que ella avanzase para poder ver el cuadro desde su frontal exacto. Cuando se daba cuenta de que aquella chica no tenía intención de sumergirse en la misma corriente de individuos bien educados, se ponían a su espalda, muy cerca, casi empujándola, resoplando en su cuello. Otras hacían ostensibles gestos de desaprobación o se colocaban delante de ella intentando taparle
Pero desde luego yo no sería de esos. Yo soy de los que siguen
No tardo en aburrirme de que cada obra, cada pintura, me escupa a la cara mi ignorancia y mi imbecilidad, mi insensibilidad ciega y descubra de forma diáfana la vacuidad que se disimula tras mi finísima capa de barniz cultural. Y cuando eso ocurre, sigo la fila como todo el mundo y adopto las mismas caras de fingido interés que los demás ante obras inmortales que deberían hablarme pero que desde luego yo no escucho. Porque… ¿cómo saber que esas flores casi mustias evocan la fragilidad, lo efímero de la belleza y la existencia? Si sólo son flores en un tiesto. ¿Cómo saber que esos campos de trigo son la imagen de la vida vigorosa que espera ser segada por una muerte que adopta la forma de un campesino insignificante y sin rostro bajo un torrente de cegadora luz amarilla? Sólo es un campo de trigo.
Así que rápidamente me entran deseos de largarme y ante esas pinturas que deberían conmoverme en lo más hondo y que son solo mudos testigos del abismo de incomprensión que nos separa yo pienso: “para que me llamen gilipollas a la puta cara prefiero ir a ligar al Maycar”.
Y por eso me sorprendió encontrarla de nuevo, cuando yo me iba tras terminar mi recorrido, todavía frente al autorretrato, aferrándose a aquella libretita negra casi con fiereza, como si dudase ante el impulso de abrirla, temiendo quizá que al hacerlo se desencadenasen fuerzas incontroladas, se produjesen decisiones irrevocables.
La fila de visitantes, de algún modo se había adaptado a aquel obstáculo y ella se había convertido en una parte más del mobiliario del museo. Todo era tan mecánico que aquel discurrir de parejas, excursiones, pocos tipos solitarios, como cumpliendo alguna orden inscrita en su código etológico, sorteaba aquello que se interponía en su camino con suave mansedumbre, con orden, manteniendo esa latencia perfecta de pasos entre los cuadros. Entonces llegó él, que también había terminado su recorrido. Cuando la vio, todavía detenida ante el autorretrato, adoptó una expresión de cierto hastío mal disimulado. Pero era ese desagrado falso que se imposta sobre un desagrado real. Un aburrimiento que anida profundo y otro que se teatraliza, que se exhibe pero como si no quisiera exhibirse, como si se hubiese escabullido. Y aquel rostro saludable y educado, representaba mientras se acercaba a ella esta comedia: Finjo que no estoy cansado de tus caprichos y muestro comprensión y respeto con tus intereses, pero enseño este destello de disgusto para que parezca que no se fingir, que se me pierde como una fuga de mi, y así ese respeto y esa comprensión adquieran más valor a tus ojos. Por el hecho de ser forzados. Me esfuerzo.
Sin embargo, ella estaba muy lejos del mundo y pareció no darse cuenta de aquel teatro de metadisgustos dentro del disgusto. O simplemente ya se había acostumbrado a esas pequeñas mentiras cotidianas y ni se molestaba en fingir su papel en
-¡Pero aún aquí! Cariño... ¿no piensas visitar el resto del museo? Te has fijado que hay otros cuadros? ¡Mira! Ahí tienes otro.
-si, claro –como despertando- claro que me gustaría ver los demás
-Cariño, -se acabo la broma- yo ya he visitado las tres plantas, llevamos aquí casi dos horas. Yo creo que no se puede perder tanto tiempo con un solo cuadro. Y ahora que hago yo. ¿Me los tengo que ver todos otra vez?
-no, claro, lo siento
-A ver, a mí no me importa esperarte un ratito en la tienda del museo. Pero no puedes estar dos horas en cada cuadro.
-lo siento, de verdad, no me di cuenta del tiempo que pasaba.
-Ya pero mira ahora, ¿qué hacemos? Tenemos que ir a otros sitios. No vivimos aquí, tenemos que hacer otras cosas.
-si quieres ya no veo lo demás
-Seguro, cariño? No te importa, ¿de verdad?
-no, no, claro, tienes razón, es demasiado tiempo
-A ver, que si esto es muy importante para ti, puedes ir a ver el resto rápidamente y yo te espero tomando un café o comprando postales. Si te pones, los liquidas rápido. Este museo no es tan grande como otros que hemos visto, se ve rápido.
-no, no de verdad. no es importante, vámonos.
Y él, con otro beso apenas rozado en la mejilla la intenta animar, positivo:
-Ya volveremos en otro viaje con más tiempo. Que esto siempre va a estar ahí.
-claro.
Entonces lleva la mano a una de las guías, al mapa, y le veo dirigirse hacia
-De todas maneras, no entiendo qué le puedes ver a un cuadro, que además es un autorretrato de un tipo, por muy Van Gogh que sea, para estar dos horas mirando para él.
Y ella calla. Ella calla porque la alternativa es dejar de expresarse en el idioma de los soñadores frustrados cuyas sílabas solo son capaces de unirse para producir asentimientos y tratar de articular alguna palabra, aún balbuceante y torpe, en el habla esplendida de la utopía posible. Y si ella fuese capaz de pronunciar esos fonemas luminosos quizá le diría en traducción simultánea al idioma capullo, dialecto perdonavidas, que bajo la capa de pigmento, en cada trazo de Van Gogh bulle materia viva. Materia viva indefinible, en un sustrato hormigueante de carne, piel, angustia y tierra, que a veces, de cuando en cuando se mueve, provocando ligeras ondas, conmociones apenas milimétricas que solo aquel observador que mira muy fijamente, durante mucho tiempo, durante tiempo infinito puede de algún modo vislumbrar. Le diría que esa latencia modifica las direcciones de los trazos y los tonos de color, y que los cuadros mutan al ritmo del latido de ese existir subterráneo de vísceras bajo
Ese día les volví a ver, horas después. Parecían dirigirse hacia el museo de cera de Mmd. Tussaud. Estaban de suerte. Se presentaban nuevas esculturas de Obama, Beckham y Kyle Minogue. Él avanzaba con sus mapas y sus guías a paso rápido esperándola impaciente unos segundos cada pocos metros y volviéndola a dejar atrás. Ella iba tras él con la mirada un poco cabizbaja, agarrando con fuerza la libretita negra que no había llegado a abrir. Tan fuerte que las yemas de sus dedos estaban de color blanco. Si la hubiese abierto, si hubiese cogido el bolígrafo con sus dedos en extinción quizá todo cambiase, quizá surgirían otras palabras, de ese idioma desconocido, apuntes, esbozos, dibujos de sí misma hacia fuera.
Pero seguía cerrada, como un tesoro del que ella no tenía la llave.
A dos metros de él, tan saludable, como tirada de una correa invisible, me recordó a esos perros vagabundos que a veces nos siguen manteniendo cierta distancia, entre atemorizados y anhelantes. Cuyos ojos de tristeza profunda parecen decirnos: “ya sé que no eres mi dueño, ya sé que no me quieres, pero quizá podrías darme algo de comer.”
15.7.10
MATA HARI
Ella me pidió: “Si escribes sobre mí, llámame Mata Hari” y yo no entendí el seudónimo. Porque aunque quizá sea incluso aún más seductora que la bailarina, mi amiga padece una incapacidad radical para la mentira y la ruindad. Una imposibilidad física: es su tara, es su condena. A veces, como en un juego, le propongo planes maliciosos para castigar a algunos de sus ex – amantes más mezquinos y ella siempre los rechaza. Insisto otro día, de otra semana, de otro mes, con una nueva vuelta de tuerca de malignidad y los vuelve a rechazar. Luego averiguo que la Mata Hari histórica no era una espía, ni una traidora, sino que simplemente era una amante irreflexiva y valiente, un chivo expiatorio de una sociedad timorata, pueblerina e hipócritamente virtuosa. Entonces, imaginándola con su mirada altiva en las calles grises de Compostela, solo entonces, entiendo el alias que adopta mi amiga Mata Hari.Mata Hari me envía mensajes durante la tarde del martes: “Estoy en un bucle, sálvame, rescátame”. Llegan sucediéndose en intervalos breves. Pero el martes no resulta una buena tarde para andar yo salvando a nadie: el martes es el día de los ahogados. Hay cosas que me diferencian mucho de ella: cuando yo dedicaba las tardes a alcoholizarme no lo narraba diciendo: “estoy en un bucle” sino que encontraba descripciones de mi comportamiento menos poéticas, más sucias: “Estoy deshaciéndome, estoy suicidándome, estoy jodiéndome vivo”. Mucho menos supe decir entonces: “sálvame, rescátame”. Y cuando aún sin yo pedirlo intentaron salvarme y rescatarme yo colgué el teléfono, no contesté a los mensajes, corté las líneas. Por eso, a pesar de que el martes no es día de salvar sino de ahogarse, subo a la zona vieja a buscarla. Porque yo también estaba entonces en un bucle sin saberlo, siguiendo una secuencia de instrucciones que se repetían mientras se cumpliese una condición prescrita. Y mi condición de entonces era “deshazte”, “suicídate”, “jódete vivo”.
Es de noche ya, y en una terraza me cubre con su cabello rubio el rostro y me susurra: rescátame, sálvame, mientras recibe únicamente mis habituales silencios, mi mirar al suelo. Solamente te acompañaré hasta dejarte en tu casa si nos vamos ahora, contesto. Qué más puedo hacer, soy un ahogado. Al fin, ni eso ocurrirá. No la rescataré, no la salvaré, no la acompañaré. “Como siempre” dirá ella cuando lea estas líneas y sonreirá y me seguirá queriendo igual al día siguiente. Y volverá a confiar en mí otra vez después de que yo vuelva a ignorar otra llamada, otro mensaje o encuentre alguna excusa estúpida para anular una cita en un café. “Como siempre” y no me reñirá nunca.
Así que ese martes, el día del ahogo, yo me vuelvo a mi cueva y la dejo en la puerta de A Casa das Crechas mientras camino bajo una fina llovizna. No miro atrás, pero sé que no me observa mientras me voy sino que se vuelve a la barra, a su bucle, a atisbar lo que ocurre a su alrededor con esos ojos que lo indagan todo. Y mientras yo atravieso Santiago braceando en ese calabobos de verano que cada vez me anega más, en ese bar, donde ella reina, aparece Ben Harper. Me lo imagino entrando, como despistado, silencioso, bajando la cabeza y dirigiéndose al fondo de la barra. Algunas chicas se acercan a hablar con él, a sacarse fotos a su lado. Todas excepto mi amiga Mata Hari, que únicamente hace lo que solo ella sabe hacer: trastocar el eje de traslación del planeta para que gire alrededor únicamente de su estrella, ejercer su fuerza gravitacional para que los astros modifiquen sus órbitas y quieran rozarla en las estaciones cálidas. Entonces, es sencillo entender por qué Ben Harper no es más que otra víctima de su fuerza de atracción y apenas tarda unos minutos en acercársele y preguntarle su nombre, deletrearlo azorado, y luego, comenzar su propio proceso de embobamiento. Y apenas unos instantes después, es fácil imaginarlo jugando a los juegos que ella propone, a esas pequeñas travesuras que se le caen de las manos casi sin querer, como esos aprendices de mago que saludan a una dama descubriéndose y sin querer también llenan el aire de palomas y papeles de colores que se le escapan del sombrero.Pero ella tiene otros planes para esa noche. Ha venido a buscarla un tercero. Alguien que la cuida -éste sí-, alguien que no merece ser ignorado. Y Mata Hari entonces se despide de Ben Harper para irse. Y de nuevo yo puedo imaginármelo, confundido, preguntándose por qué le abandona, a dónde va, quien es esa mujer que le aturde, desconcertado, solo, en la barra de As Crechas con su copa entera, mientras ella desaparece en la misma fina llovizna que a mí ya me ha tragado en ese día de ahogo y naufragio en el que yo quise y no me quisieron, ella quiso y no la quisieron y Ben quiere y no le querrán. Y antes de que desaparezca, Ben Harper sale corriendo a la calle, la frena, le pide su teléfono y le pregunta: “¿Puedo llamarte mañana?” y la imagino contestando: “por supuesto que sí, Ben” y girándose hacia la noche de su bucle infinito.
Ni siquiera va a verle actuar. Es el cumpleaños de una amiga y cualquier amiga es más importante que Ben Harper para Mata Hari que venera la amistad y es insobornable. Me ha contado todo esto mientras dejábamos que la tarde transcurriese lentamente y yo le preguntaba: “¿por qué no dejas que entre el sol en el salón?” “Porque es demasiado” “¿Cómo va a ser demasiado el sol? No sabes lo que yo añoro los rayos de sol”. Es también cuando me dice: “si escribes sobre mí llámame Mata Hari”. Horas después, abandono el concierto antes de que termine. No me ha gustado, me aburre. Quizá es porque continúo ahogado y la música no es capaz de atravesar mis oídos llenos de agua, reverberación y abismo. Quizá estaba condenado de antemano a fracasar, tuvo que haber crecido de otro modo, se amputó y la savia que debía regarme no llegó a la fuente del deseo. Me hace pensar: entonces también el alma alimenta a la música, también crece a partir del latido. O quizá simplemente ha sido un concierto mediocre. Pienso: espero que seas mejor entretenedor como amante que como músico, Ben, más te vale. En la puerta, repartiendo publicidad me cruzo con el tipo que quiere matarme. Tengo que esperar y me siento en las escaleras mientras él pulula por allí, como una enfermedad en su metástasis. Cada vez que veo a ese sicario podrido de odio y violencia me entran sudores fríos. Creo que ya no es miedo sino una especie de radical incomprensión ante el mal. Ese mal infinito que se anuncia como una amenaza de sima insondable y que yo no comprendo, no desentraño, no traduzco a mi mundo. Es entonces cuando se me acerca Mata Hari que está esperando a que Ben Harper termine las últimas canciones y la llame. Supone que debe tranquilizarme y se ofrece a acompañarme. Nadie podría darme más seguridad: en los pliegues de sus sábanas han sollozado generales y reyes, se han resuelto cuestiones de estado, se han ganado y perdido guerras, pero decido que algún día hay que dejar de huir y mirar al miedo cara a cara. Así que le digo: “no hace falta, vete con Ben Harper y luego llámame y cuéntame”. Se gira y veo como empieza a bajar las escaleras de Platerías. Lo entiendo todo cuando se va: el pelotón de fusilamiento tuvo que dispararla con los ojos vendados para no sucumbir a sus encantos. Solo 4 de los 12 disparos alcanzaron su objetivo, un oficial le dio el tiro de gracia después de muerta quizá temeroso aún de que su poder hipnótico se manifestase aún desde la otra vida. Es ella, sí, la espía del otro mundo, la que gira en su propio bucle que se convierte en órbita para los asteroides solitarios del espacio. Se vuelve y me dice:-Si escribes sobre esto, haz que sea bonito. Disfrázalo todo con tu imaginación desbordante
-Si yo no tengo eso-murmuro ahogado.
Ella rompe a reír y dice alegremente mientras me da la espalda:
-¡Si eso es todo lo que tienes! No tienes otra cosa.
Y se va. Será Ben Harper quien intente vanamente saber qué dicen sus pupilas. Será Ben Harper quien quizá escuche la música de sus manos. Será Ben Harper quien se extravíe en los laberintos de su agudeza como una arista de dulces filos.
Yo llego a casa, es de noche, me siento ante el teclado pero no tengo ninguna imaginación desbordante. Logro unir estas palabras bastante torpemente. Cómo hacer algo bonito si estoy ahogado, en mi propio bucle que es una corriente marina arrastrando el limo y el fango oceánico, los deshechos de los peces muertos, los animales extraños del abismo. Girando entre las regiones subterráneas del mar, sin principio ni fin, sin objetivos, abriendo la boca para tratar de explicarme y solo exhalando intentos fallidos de palabras, burbujas mudas, ondas que se desvanecen. Así que renuncio a hacer nada bonito. No puedo, no está en mí: no está en mi mano la belleza sino únicamente la verdad. Me pasa al escribir como a ella al vivir: tengo una incapacidad radical para mentir, una imposibilidad física. Y esta es mi tara. Esta es mi condena.




