13.4.09

Viva la república (14 de abril)

No pude encontrar una bandera para colgarla de mi ventana a la calle, así que la cuelgo en esta, mi otra ventana. Me sigue pareciendo insufrible pensar como tantísima gente un día como hoy todavía habla de "los dos bandos", manteniendo una especie de equidistancia moral supuestamente construida en valores, con frases como “los dos bandos cometieron excesos” que tanto me encabrona.
Evidentemente, una vez que un levantamiento militar armado de corte fascista, que instauró un gobierno autócrata y dictatorial con aires feudales, ferozmente opresivo y violento, fanático y cerril, lo colocamos en el mismo plano ético que un gobierno democrático (no fue elegido por sufragio universal, pero permitiría cinco meses después que se aprobase por fin el voto femenino) todo está permitido. Cabe cualquier comparación. Incluso en positivo, por qué no. “Con el franquismo ganamos más títulos de la copa de europa”, “con el franquismo se construyeron más viviendas sociales”, “con el franquismo no se vivía tan mal”.
A veces, hasta el discurso tiene un tono ridículamente progresista, de posicionamiento moralizante: “yo no puedo estar de acuerdo con lo que hicieron mal ni unos ni otros”, como si hubiese dos bandos, como si no fuesen ofensores y ofendidos, verdugos y víctimas. Como si mañana alguien se defendiese de una violación arañando y otro dijese moviendo la cabeza como un catequista que nos reprende: “yo no puedo estar de acuerdo con ninguna agresión física sea de quien sea”. Oh, qué paz moral, qué justicia tan elevada.
Que todavía haya que decir en voz alta estas verdades de Perogrullo da a veces un poco de miedo: hace sospechar que quizá los cimientos ideológicos de nuestra sociedad democrática no son los sólidos que desearíamos. Y no hace falta ser ningún talento sobrenatural en argumentación lógica para comprender que quien así razona, “los otros también hicieron de las suyas”, parte en su conciencia de una igualdad radical de base entre ambas formas de gobierno. Ante sus ojos de juez intachable se ponen en pie demócratas y golpistas, y a ambos reconviene suavemente: “aquí no estuviste bien”, “esto pudo ser mejor”, “para la próxima vez, no mates tanto”. Los escrupulosos guardianes de la rectitud, los cabales y ecuánimes historiadores, qué honradez, qué equidad, se afanan por hacer visibles los “crímenes” de la democracia. Hay casi una secreta complacencia en encontrarlos, una búsqueda impulsiva. Cada homicidio fuera de la ley, cada corrupción, cada fracaso es mostrado, desde la atalaya del bien, con una estudiada puesta en escena en la que se mezcla un fingido desánimo con un aún más impostado deseo de justicia.
Conozco desgraciadamente a varios tipejos que constantemente repiten frases del tipo “son todos unos corruptos, ¿voy a ser yo el único imbécil que no chupe?”, etc, etc, en un discurso insistente y perseverante que trata de extender la sombra y la sospecha del mal en todo lo vivo precisamente para justificar su deshonestidad como vivos. A los pérfidos les interesa habitar en la perfidia. No, amigo, eres tú el corrupto, eres tú el ladrón, eres tú el miserable, eres tú el ruín. Ninguna ley moral te ampara, ningún “espíritu de los tiempos” te absuelve.
Yo, desde luego, no creo en el relativismo moral. No creo que haya “que juzgar igual a unos y a otros”. Porque eso supone al cabo establecer una igualdad filosófica de base entre el bien y el mal, entre el deseo de justicia y la codicia, entre los que defienden valores y los que carecen de escrúpulos. Entre los asesinos y sus víctimas.

Tal día como hoy, rendimos tributo a aquellos hombres y mujeres que se dejaron la vida, con sus errores, con sus faltas, pero también con su honesto deseo de verdad y justicia para que todos fuésemos mejores, pudiésemos vivir mejor, comprender más, mirar más lejos, ser más humanos. Como seres humanos, inestables, imperfectos, limitados, seres libres con anhelo de infinito.



Nota: Fotografía del monumento a las Brigadas Internacionales en Morata de Tajuña

6.4.09

La chica del peaje

Como la vida sigue, mi hermano ha compuesto una melodía de guitarra realmente preciosa, y yo quiero escribir una canción que se llame La chica del peaje. Era una idea antigua y recuerdo exactamente el día en que se me ocurrió, hace unos tres años. Ayer un comentario de B. me hizo recordarla y he tomado estas notas. Es como el germen de la letra, para la gente que pregunta "¿cómo haces una canción?". Pues así, más o menos. Igual es un experimento divertido ver qué acaba saliendo. Cuando la termine, también la cuelgo y podemos comparar y ver el proceso mental, a qué le das más importancia y a qué menos, qué has tenido que sacrificar, qué no has podido, qué otras ideas han nacido....siempre sorprende eso un poco.


La chica del peaje


Me gustaría tanto que ella supiese cómo me siento, cuando conduzco entre las balas del trigo cortado en la meseta ocre. Cuando observo los enormes brazos rodantes de los sistemas de regadío, los oteros pardos en el mar amarillo. Me gustaría tanto que ella supiese cómo me siento, algunos días de invierno, en los que temo que se cierre el puerto, cuando veo como derraman la sal y voy al paso de los quitanieves que arrojan a la cuneta la nieve y el barro. Cómo me siento cuando paro en la estación de servicio y saludo a otros compañeros que también toman café caliente, hojean la prensa deportiva, miran la presión de las ruedas, o piden el plato del día. Me gustaría que ella supiese cómo me siento cuando veo accidentes en la carretera, los muertos, los cuerpos tapados con el aluminio de naranja brillante, las luces, los rostros curiosos, alguien que llora, zapatos en el asfalto. Me gustaría que ella supiese, que me imaginase cuando conduzco de noche, me pican los ojos, estoy cansado, y a lo lejos, en el horizonte se adivinan las luces de un pueblo pequeño. Y está todo cerrado, quizá un perro ladra, las máquinas de labranza inmóviles en el páramo, y me pregunto el por qué de su nombre, Solanilla de la Sobarriba, Luelmo de Sayago, Vegaquemada, Arcos de Jalón.

Me gustaría tener otro coche que ella pudiese admirar y no mi furgoneta de reparto. A veces la encero, y quizá yo crea que tiene como un brillo distinto, que la hace única, las ruedas nuevas, la matrícula sin mosquitos, pero no dejo de saber que para ella será otra furgoneta, como miles de furgonetas. Y llevar otra carga, para poder abrir los portones como quien abre la caja de un mago y sacar ramos de flores de papel de terciopelo, globos de elefantes o peceras con peces tropicales. Incluso fruta, y un día poder ofrecerle un único melocotón, dorado y suave, en su momento exacto de madurez, y poder decirle: “toma, tengo muchos”, como si fuesen míos, como si fuera el rey de los melocotoneros y los frutales se perdiesen en un territorio enorme, mi reino, donde yo veo anochecer el sol rojo, y amanecer el sol rojo, y elijo para ella, únicamente para ella, el mejor melocotón de los millones que me pertenecen, el único, el más sabroso, le seco las gotas de rocío y lo guardo en un paño... y ella creyese esa ficción y no me contestase “no, lo has robado del remolque, no te pertenece” y yo me quedase mudo y estúpido con mi melocotón en la mano, pero nunca ocurriría así, si no que lo cogería con timidez y diría, “gracias” aunque luego lo escudriñase y quizá lo tirara a la papelera desconfiada. Y nada más. Con eso me conformaría pero no sucederá porque solo suelo transportar tablas de contrachapado o muebles baratos de montar uno mismo, que tantas veces se astillan, que se rompen solos, inútiles, efímeros, que cuando descargo dejan la furgoneta vacía llena de astillas, virutas y gusanitos de poliestireno.

Me gustaría que ella supiese cómo me siento, cuando regreso a casa, solo, tras todas las horas y los kilómetros que he dejado atrás, imaginando que será su turno y no está ella, si no otra persona y llego al barrio, aparco la furgoneta y preparo algo de cenar en el microondas. Me gustaría que supiese cómo me siento cuando la distingo en los días de lluvia, cuando el limpiaparabrisas apenas puede expulsar el agua del vidrio y la veo en los espacios intermedios en que permanece seco, y su cara rítmicamente es clara o borrosa. Me gustaría tanto que supiese cómo me siento, cuando me fijo en como parece cansada, es de noche, sus labios están desvaídos, casi no se maquilla, y ni siquiera aparta la mirada de la televisión cuando me devuelve el cambio. Cómo me siento cuando otros días me dice buen viaje, cuando rozo un instante su muñeca con mi dedo índice.

Me gustaría tanto, tanto, tanto, que ella supiese cómo me siento, cuando abre la barrera, yo remoloneo un poco en la furgoneta, no querría arrancar, alguien detrás se impacienta, y salgo despacio, de nuevo hacia el asfalto, hacia otro día, hacia otra noche, buscándola por el retrovisor, deseando que algún día asome su cabeza, y me alejo despacio, muy despacio, todo lo despacio que puedo.

29.3.09

Adiós a todo eso

Empieza el documental “Strummer: The Future Is Unwritten” y solo escuchamos la voz solitaria de Joe y le vemos cantando “White Riot” para un micrófono y con unos auriculares. Y da la impresión de que está desafinando, de que son gritos sin sentido, como nos ha parecido tantas veces cuando un vocalista canta en el estudio y no escuchamos lo que él escucha. De repente, alguien levanta el botón del mute de la mesa y en la sala del cine sentimos la tremenda descarga eléctrica que nos golpea literalmente y nos pega a los asientos. Llega la música. Y cuando la música le acompaña, lo que percibimos ahora es a Joe, en armonía con la lógica feroz de su banda de punk rock desgarrando el silencio, construyendo un nuevo mundo de notas en el páramo árido del aire en suspensión hasta entonces mudo, llenando el hueco, y a Joe dejándolo todo mientras canta, dejándose los cojones, dejándose el puto pellejo, dejándose el alma, dejándose la vida joder.

El día antes del fin estamos en el “Gatos” viendo de nuevo a Los Reyes del KO. Hago equilibrios en un sofá desfondado y veo a Marcos Coll sudar y resoplar, parece que rozando el agotamiento, mientras toma un ron y otro ron, y da la impresión que la saliva se le escapa por las comisuras de entre los labios y la armónica y le da un brillo como de barniz a su mandíbula, que el sudor le ciega, que todo el organismo está enviándonos sus mensajes de verdad. Temblamos cuando nos enamoramos, enrojecemos, nos brillan los ojos, late nuestro corazón más rápido cuando mentimos, el cuerpo envía mensajes a nuestros interlocutores diciendo: este sentimiento es cierto, no es impostado, lo dice la piel, lo asevera la carne. Y ahí está el suyo, en ese estallido de veracidad que se percibe en la tensión de sus manos sobre la armónica, en como asiente con los ojos semi cerrados cuando Adrián canta, en el sudor, en los escupitajos, en la verdad física. Está sentado, y parece muy cansado, sí, creo que está cansado, y toca, y toca, dejándose el puto pellejo, dejándose los cojones, dejándose el alma, dejándose la vida, llenando el hueco. Y en ese momento estoy seguro que para poder acercarme siquiera a lo que estoy viendo, hoy otra vez, como otras veces, tendría que escribir como Jack Kerouac cuando está viendo a Bulee "Slim" Gaillard. Y mientras tanto, si no es así, hay algo inefable, que no podremos explicar, que no podremos contar, pero que todos sabemos y a nuestro alrededor otros saben y todos sabemos que sabemos, que olemos esa verdad, esa pulsión de la música, de los músicos, de la turbulencia febril, de la pasión. Adrián por sorpresa nos hace subir a Josemi y a mí al escenario para tocar: “este es el territorio de los estercoleros”. Es obvio que le tiene un cariño eterno a Josemi, se ha notado cuando ha dicho “mi amigo Josemi”. El shure 58 ha chispeado, la temperatura del humo en el aire ha subido un grado. Creo que me voy a librar, pero no, también me toca. Nos coge por sorpresa y no sabemos qué hacer. Nos acompañan Samuel al violín y Paulo con otra guitarra eléctrica. Nos une al fin la vieja balada de Burning, que habla de la soledad. Fitzgerald decía que en la noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana. Esa hora exacta es, otros nos acompañan cantando, un chaval parece emocionarse. Y cuando lo recordemos, cuando pase el tiempo, sabremos que fue en ese instante, en el Pub Gatos, donde siempre nos reciben con abrazos, sobre las tres, cantando “Una noche sin ti” de Burning, rellenando el hueco para que Marcos Coll y Adrián Costa pudieran tomarse un respiro, donde realmente se puso fin a nuestra historia como Robín de los Estercoleros y su Alegre Banda de Pataphísicos. Del mejor modo posible.

Los mismos que lo empezamos, hace 21 años, lo terminamos, en nuestro territorio, sí, que ahora ya no será nuestro si no de quien se lo gane, de quien toque, como nosotros tocamos allí, hace años, 4 horas sin parar, con el parche de la caja roto, los whiskys amontonándose tras su silla y Javier “Rayas” Paz dejándose los cojones, dejándose el puto pellejo, dejándose el alma, dejándose la vida en la batería; y Manolo Fontenla tiene los dedos entumecidos pero sigue riffeando, sureño, rockero, dejándose los cojones, dejándose el puto pellejo, dejándose el alma, dejándose la vida, y alguien dice: “no puedo más” y otro le contesta: “venga coño, la última” y la que iba a ser la última nos apasiona tanto que llama a otra. Y así otra y otra, y otra, y otra, y otra, y otra. Y son las seis de la mañana ya y ahí está la banda tratando de hacerse entender, desgarrando el silencio, llenando el hueco, construyendo su mundo de notas.

El día del fin, ayer, en nuestro local de ensayo, nos despedimos. No nos damos la mano si no que tocamos durante esa tarde viejos temas. Casi olvidados. Durante instantes se alcanza de nuevo el sonido sobrecogedor que ésos músicos eran capaces de crear cuando se sentían en forma, la fuerza enorme que eran capaces de poner en el aire. Una banda fantástica que sonaba feroz, avasalladora, tremenda. Te preguntas por qué termina todo pero lo sabes perfectamente, y luego, en el coche, hay como un luto latiendo silencioso y en las horas siguientes, como un regusto ocre de melancolía y pérdida. Es domingo, frente a mi ventana, otras vacías, carteles de Se vende, sombras en la pared blanca de árboles movidos por el viento que no veo, un día que querría ser claro y no ha podido, que se ha quedado en nada, quiso calentarnos y no pudo, quiso iluminarnos y no pudo.

Adiós a todo eso. A la batalla campal de nuestro primer concierto, punks de pueblo, músicos de mierda, todo corazón e idealismo, tomando siempre, una y otra vez, las decisiones incorrectas sobre cuando saber callar o qué deber decir, con quien llevarse bien, a quien adular, elegir la ola buena, el momento de los vencedores, todo sin cálculo, todo frases del tipo “yo me niego”, “yo no me vendo”,”que les den por culo”. Nadie quería comprarnos pero no nos vendimos. Adiós a todo eso. A tantísimas y hermosas noches de fraternidad y música. A ver como se detiene el tiempo de los prolegómenos, cuando quizá a media tarde en el pub sonaba Sweet Virginia, yo estoy sentado concentrado en mis cosas, quizá leo una revista, Josemi parlotea con el dueño, Larry parece encontrarse como perdido ante un café, tiene un algo de desvalimiento y Manolo coloca sus amplificadores, sus pedales, limpia cada cuerda, estira los cables, Javier monta cada pieza de la batería en silencio, tranquilo, pausado, minucioso, con esa especie de precisión en los gestos de ambos de un miniaturista en un universo sin relojes. Adiós a todo eso. A lo que tan bien relata mi hermano en el myspace de la banda, “siempre sedientos. Aventuras surrealistas, emocionantes, divertidas, tantas veces absurdas. Algunos amigos. Algunos grandes amigos. Los estercoleros, los buhoneros del Rock, amaneciendo con los últimos borrachos, con los últimos charlatanes, con los últimos aventureros de la medianoche, en busca de un último lugar. Con los que les emocionan y con los que aún tienen capacidad para emocionarse”. Dejamos un puñado de canciones, un disco que creemos bueno y nuestro reconocimiento de no haberlo sabido hacer mejor, pero haber hecho lo que supimos.

Y suponemos que es el momento de acordarse de los que nos ayudaron, los que nos miraron, los que estuvieron con nosotros incondicionalmente, Alina, Curi, Fido, Nani… todos los que pasaron por aquí, de Javier “Tutti” Eyo, que nos dejó tan desvalidos al morir, del científico del caos, Fernando Neira, de Gabriel Guijarro que nunca dejó de mostrar su fidelidad a toda prueba, de Mon, de Ronnie, de Alberto “el Portugués”, de “El Profe” con el que compartimos tantos y tantos desequilibrios y..qué tremendo músico.. , de Joao que unió su destino al nuestro en los últimos años con su saxo desbocado…y de tantos, no cabrían aquí, con los que compartimos el escenario, que nos aplaudieron, que cantaron, que nos siguieron.

Hasta la próxima en otro proyecto, en otra cosa, en otro escenario, the future is unwritten, porque de algún modo, hasta el día en que dejemos de respirar, creo que estaremos ahí, cantando, tocando, y quizá desde fuera parezca que sonamos desafinado, que son gritos sin sentido, para nadie, pero sencillamente, no podemos evitarlo. Desgarrar el silencio, construir nuestro mundo de notas en el páramo árido del aire en suspensión mudo hasta entonces, llenar los huecos, con lo que sepamos, explicando lo poco que aprendimos, componiendo como mejor podemos, escribiendo lo más honestamente que podemos escribir, sin que nos importe si delante hay más o menos, sin obligar a que se nos quiera, queriendo hablar, pero al tiempo, sin que nos afecte si nos entienden o no, sintiéndonos solos tantas y tantas veces, cansados, jadeantes, incomprendidos, desengañados, restablecidos, resacosos, soñolientos, impotentes, ignorados, amados, despreciados, excitados, como dice Johnny Cash, y antes Neal Diamond, en Solitary man, “right or wrong, weak or strong”, acertados o errados, débiles o fuertes, perdidos como Joe Strummer, buscando el modo de contar, sin saber tantas veces cómo tender los puentes, cómo abrir el corazón que se niega a ser explicado, a ser interrogado, a ser expuesto, cruzando a veces la mirada con alguien que te sonríe en el público, ver a tu novia sacándote fotos y parando solo para aplaudir, resbalando borrachos, tropezando con botellas de Estrella Galicia, descargando los trastos del coche, abollando la furgoneta, conduciendo hacia algún pub oscuro, alguien pregunta: “¿donde cojones está ese pueblo?” y nadie lo sabe, coincidiendo a veces con otros músicos en la vida y en la historia, sobre y bajo el escenario, contando chistes que no hacen gracia, nunca triunfando y nunca fracasando, porque ni buscamos el triunfo ni concebimos el fracaso, los tres que lo empezamos, los tres que seguimos, dejándolo todo al tocar el bajo, dejándolo todo al riffear, dejándolo todo al cantar, dejándonos los cojones, dejándonos el puto pellejo, dejándonos el alma, dejándonos la vida joder.




Y aquí queda lo mejor que hemos sabido hacer. Yo creo que es un gran trabajo. Bajáoslo si quereis:
Descarga el CD de Robín de los Estercoleros. Lanzarse a las heridas

    25.3.09

    La oración del amante

    La verdad es que estaba pensando en escribir sobre otra cosa, pero no puedo resistirme a contar esto. El martes estaba tumbado en la cama, pasaba la una de la madrugada, leía a Norman Mailer y acababa de zamparme mi octavo plátano del día (ahora mis pulsiones arrebatadas se dirigen hacia el consumo incontrolado de mandarinas, pero sobre todo de plátanos. Ah, recuerdo aquellos tiempos en que mi fogosidad me encaminaba a metas más insensatas…). El caso, es que no sé si es un efecto secundario de la sobredosis de potasio pero algo despertó en ese instante mi yo científico. De entre todo el universo de fenómenos dignos de ser estudiados en mi habitación pude haberme decantado por analizar la tendencia al acartonamiento y los crecientes efluvios que desprende mi pijama favorito (y tan favorito, somos uña y carne), en estudiar los efectos en el sueño de los pliegues invariables de las sábanas y las miguitas de pan (En un nivel físico es claro que las miguitas tienen obvios beneficios al aplicar masajes en la zona dorsal y lumbar activando la circulación, pero quizá un análisis antropológico nos hiciese reflexionar sobre su significado como almacén o pequeña despensa, reminiscencia de épocas en que el alimento de mañana no estaba garantizado. Otro punto de vista sería el de haber sido usadas como método para tener un sueño más ligero y protegernos de posibles depredadores. La investigación de las miguitas no tiene fin). De igual modo, podían haber despertado mi curiosidad racional otros sucesos prodigiosos como la anómala y portentosa reproducción de pelusa bajo la cama y tras la puerta (¿de dónde sale la hijaputa?), la expansión continuada de unos extraños surcos de evidente contenido simbólico en el parqué, allí donde roza con las patas de la silla (que yo comparo con los círculos del maíz o con las misteriosas líneas de Nazca en el Perú y achaco a una civilización liliputiense que está enviando mensajes a los extraterrestres y que trato vanamente de comprender) o la no menos misteriosa aparición de manchas violáceas en la pared a la altura de la colcha (violeta) que evocan un atardecer de verano, o mejor aún, una aurora boreal en la superficie blanca y helada (no es pared medianera), a la altura del enchufe. Como si de algún modo, los fenómenos meteorológicos externos pudiesen convertirse en internos, lo que se evidencia irrefutablemente pues cuando llueve fuera, en mi casa, bajo la tapa de la persiana también llueve dentro, y cuando ventea fuera, también ventea dentro.

    Pero nada de esto fue objeto de mi estudio ese día, y los efectos del consumo inmoderado de potasio me llevaron por otros derroteros. Nada menos, que me dio por “descubrir” una teoría que explicaba genéticamente la promiscuidad masculina y el machismo. Mi teoría era esta:

    Tenía vagas ideas sobre Richard Dawkins y su “gen egoísta”, y aunque no disfruté del placer de haberlo leído, ya poseía cierto conocimiento, un tanto informe, de algunas de las extrapolaciones que de ahí se derivan. Por ejemplo, que el parentesco tiene según él una raíz genética. Partimos del hecho casi incontrovertible si creemos en la teoría de la evolución (lo explica casi todo salvo quizá mis pelusas, que nos hacen pensar en el creacionismo, o en el llamado “diseño inteligente”, o como mínimo, “diseño hijoperra”) de que los genes, tienen un mandato absoluto de replicación. El único objetivo de un gen es reproducirse, duplicarse, y para eso construyen organismos, que son meras máquinas de supervivencia del gen/asociación de genes. Los genes que triunfan son aquellos que pueden construir organismos eficientes y el resto se extinguen. No son las células las que mutan si no los genes que se sirven de ellas. La existencia de la vida, en toda su complejidad infinita y cambiante, es la prueba visible de la inmoderación reproductora de los genes, de su imparable codicia, de su mandato por la inmortalidad. Según Dawkins, eso explica muchas de las pautas de comportamiento humanas. Entre ellas, el parentesco. Como hecho constante en todas las culturas y todas las eras tiene todos los números para ser biológico. Para Dawkins, los genes mejoran su posibilidad de replicación aumentando el número de organismos en el que habitan. Puesto que con nuestros hermanos compartimos el 50% de nuestra información genética, con nuestros primos, 1/8, y así sucesivamente, el “amor” de parentesco no es más que una estrategia evolutiva óptima para defender la existencia de la copia del gen en otro cuerpo. O sea, protegerse a si mismo. El “amor” que sentimos es proporcional al número de genes compartidos, y amamos más a los más cercanos, y menos a los más lejanos en consanguinidad. Evidentemente, la cultura crea construcciones simbólicas a partir de este hecho pero son a posteriori.

    Por qué me vino esto a la cabeza mientras leía a Mailer añorando el whisky en su marcha hacia el Pentágono no tengo ni puta idea. Pero así fue. De aquí, extraje una conclusión que me pareció entonces muy luminosa. Una mujer, una hembra humana, en todas y cada una de las concepciones que tiene, replica el 50% de sus genes. Y, de algún modo, está siempre en tablas. Ni puede empeorar ni mejorar. Es decir, ni puede no transmitir sus genes a las crías, ni puede tampoco transmitirlos de otro modo (en otras mujeres). Desde un punto de vista de la expansión de sus genes, su mejor opción es tener todas las crías posibles durante su vida fértil, pero ninguna otra estrategia supera a esta. Por tanto, un solo varón, sería suficiente para cubrir su expectativa de éxito (hablamos siempre desde el punto de vista genético, no de la conciencia de los hombres). Sin embargo, el varón no tiene certezas de que sea su información genética y no otra la que se transmite. Y de ahí, deduje yo, la hiper importancia de la virginidad en las culturas, por ser el UNICO medio objetivo de garantizarse un varón que efectivamente será su descendencia y no la de otro. Al existir esta incerteza, parece razonable pensar que la mejor estrategia es ejercer el mayor control posible sobre la hembra para impedir que otros la fecunden. Y en un ejercicio contrario, intentar fecundar cuantas más hembras mejor. Si en el caso de la mujer, el número de hombres distintos no mejora sus posibilidades, en el caso del hombre, un mayor número de mujeres sí las mejora. Según “mi teoría”, eso explicaría la (probada, pero no voy a aburrir con los datos) promiscuidad masculina. Y es esa tensión que se manifiesta entre los varones entre el deseo de poseer más hembras y al tiempo proteger la suya la que deriva en un ensañamiento en el control de su “propiedad”, de su opción de transmisión genética. Así, aquellos genes asociados a comportamientos posesivos tienen objetivamente más posibilidades de ser transmitidos. Aquellos asociados a la apariencia física o a comportamientos de seducción, también. La replicación genética no busca el matrimonio ni la felicidad humana, si no su expansión “egoísta”, por tanto, carece de importancia si por medio del adulterio las crías de un hombre las acaba criando otro. De hecho, de nuevo evolutivamente, esa sería la mejor estrategia que optimiza costes/beneficio. Se produce la replicación y es el otro engañado (que no replica) el que asume los sacrificios de la crianza.

    En fin, un poco más larga y atendiendo a otros aspectos, esta era básicamente mi “teoría”, mi “descubrimiento”. Desde el principio me pareció tan hermosa y de una sencillez tan lúcida que era de todo punto imposible que no hubiese sido pensada antes. Pero de hecho, yo no la conocía. Investigué en la red, pero no encontraba nada parecido (no busqué bien) aunque se hacía meridianamente claro que no era más que una derivación lógica de las ideas de parentesco. Al final, reuní valor y se la envié por email a mi profesor de filosofía para saber su opinión, y supongo que debió pasarse un rato entre divertido y pasmado. Mi natural tendencia a la humildad y al justo medio ya planificaba a donde iba a ir de vacaciones con el dinero del Nobel de biología y otras cosas prácticas y normales como el impacto del premio en la declaración de IRPF. ¿Tendría que dar un discurso en inglés? No jodas. Gracias, y punto. Yo soy consecuente, si digo que aprender lenguas es de bobos, lo cumplo a rajatabla. ¿Caminaría por la calle como José Luis López Vázquez babeando con las suecas? ¿Qué ropa llevaría? En un acto así, con esa trascendencia mediática, que menos que usarlo para llevar algún tipo de camiseta que reivindique alguna causa justa. Si, llevaría la del injustamente olvidado Sid Vicious. Ah no, que obligan a ir con frac. ¿Fliparía pensando que soy James Bond? Casi seguro. ¿Iría hacia el estrado cantando en mi cabeza la melodía de la peli (tantararan tan tantantan tantararan tan…) y con cara de duro (pero sensible)?. Muy probable.

    Pero dentro de mí, además de ese ser reacio a la adulación y a la admiración, modesto y sencillo, renuente a la lisonja y el halago, habita otro yo, que me susurra advertencias a veces razonables, del tipo: “cuidado, jorge, a ver si va a ser como la vez que “descubriste” la fórmula de las combinaciones de tres elementos o cuando “inventaste” el robot aspiradora, la percha planchadora o el tendedero de ropa cubierto y con mallas metálicas al fondo para impedir la caída de calzoncillos” (que otros bastardos habían inventado previamente). Así que, me puse a investigar con un poco más sentido común, y luego me fui con Larry a la librería. El resultado, huelga decirlo, fue que efectivamente era una derivación de la teoría de Dawkins, además, punto por punto, igualita, e incluso utilizando yo frases casi idénticas (¡pero que no había copiado!), aunque por supuesto, él la probaba con multitud de ejemplos y estudios. Este año no habrá Nobel me temo. Imaginé la cara de estupefacción de mi profe pensando: “¿cogerá esta costumbre este notas? ¿me mandará mañana su descubrimiento de que la tierra gira alrededor del sol?” En fin. Es lo que hay. Siempre hay algún capullo que se adelanta. Copérnico cabrón, Galileo de mierda. Y a él, eso le pasa por dar clase a imbéciles, miel a los cerdos.

    Para mí lo importante de todo esto en realidad, no fue haber descubierto o no algo. Hemos convenido (quizá no todo lo científicamente que se debiera) en que tengo un instintivo rechazo por la presunción y el narcisismo y que la total modestia guía mis pasos. Además, era de todo punto inconcebible que otro no lo hubiese pensado ya. Para mí, lo importante fue la sensación de belleza y perfección que me causó tanto cuando lo “descubrí”, cuando, igualmente, incluso más, en el momento en que realmente encontré el análisis de Dawkins, explicado por Steven Pinker, que explicaba ese y otros comportamientos humanos con una claridad y una luminosidad realmente hermosa que me pareció fascinante. La admiración ante la luz de la verdad, ante una construcción elaborada siguiendo los pasos que dicta la razón humana en su intento honrado de acercarse a la exposición del mundo. Comprendí, en esta ocasión, como en otras, esa especie de separación de la voz de la razón de la voz humana. Cuando dice Heráclito en el foro que escuchen en su voz, que no es su voz, la voz del logos, dice por primera vez eso, que hay un orden en la naturaleza, en lo vivo, que se impone a nosotros. Que no es porque nosotros lo digamos. Fuera de toda presunción humana, fuera de toda soberbia, es, porque es. Comprendí, por qué los matemáticos dicen que un teorema es bello, por qué los científicos buscan esa explicación matemática en los fenómenos de lo existente que se les aparece, increada, a la que se llega y que despierta siempre admiración por la perfección absoluta e inevitable del encaje de sus piezas.

    Todos, todos nosotros tenemos ese científico dentro. Cuando el niño pequeño ve como bañan a su hermanita bebé, reflexiona y dice: “a los bebés aún no les crece el pito”. Utilizando una implacable lógica científica, basando su apreciación en los datos empíricos que posee y en su experiencia vital sobre como crece el pelo, o los dientes, o como se gana altura y peso. Si fuera mi hijo le daría un enorme beso. A veces es razón práctica y a veces razón pura. Larry me cuenta que el otro día se sintió inspirado por mi habitual forma de raciocinio (qué honor) en una cafetería y reflexionó del siguiente modo: “la camarera dejó sobre mi mesa la revista Interviú cuya portada ocupaba Beatríz Montañez. Beatriz Montañez tiene los pechos pequeños. Normalmente la portada la ocupan chicas con pechos enormes. La camarera nunca me deja la revista sobre la mesa. La camarera tiene pechos pequeños. Conclusión: la camarera trataba de decirme metafóricamente que los pechos pequeños, los suyos, eran también dignos de ser admirados. Por mí.”. Esto es razón pura. Cuando al día siguiente traslado este razonamiento al Becario y Abelucho, e instantáneamente Abelucho pregunta más que interesado: “¡¿donde está esa cafetería?!”. Eso es razón práctica.

    Pero si acaso la teoría genética que explica nuestro comportamiento (histórico) es correcta, eso no trae aparejado ningún deber ser, ninguna inevitabilidad, ni siquiera ningún componente moral. La enfermedad está en los genes, y la combatimos. La muerte es natural y la combatimos. Pero saber, saber de donde proviene el mal, es el único modo de luchar contra esa situación de dominio inmoral y de cosificación permanente de la mujer. Saber, es la forma que tenemos de poder comportarnos mejor con los otros. Saber que estamos programados para querer no implica que dejemos de querer, ni que el cariño esté bajo sospecha. Implica en todo caso que es posible trasladar ese cariño a otros. Nuestra constitución genética está adaptada para una sociedad de cazadores-recolectores que dura cientos de miles de años y no aún para la sociedad moderna, que es una gota de agua en ese mar temporal. Lo que sirvió no tiene por qué servir. No estamos constreñidos por la biología, somos los dueños de nuestro destino y de nuestros actos, y para eso, la estrategia quizá sea intentar ver el mundo con la mayor claridad posible. La claridad que nos permita entender a los demás del mejor modo, qué sienten, qué les hace sufrir, por qué lloran, como podemos consolar, cómo podemos comprender, cómo podemos liberar, educar, ser educados, aprender, escuchar, cómo podemos serenar...cómo podemos querer. El otro día, estaba intentando escribir una oración. Se llamaría la oración del amante. Aún no la he terminado. Pero en la oración, el amante dirá algo así: Cuando te amaba estaba tan ciego que no te acariciaba, si no que te palpaba. En mi soledad me gusta estar cerca de la luz no para hacerme mejor si no para aprender a acariciarte.

    4.3.09

    Ciegos

    Un hombre ciego de nacimiento describe su visión del mundo. En ella las explicaciones ópticas no tienen sentido. Cuando se le pregunta si desearía recuperar la vista, el ciego, que carece de experiencias sobre lo que tal cosa significaría responde que no, que lo que desearía sería unos brazos más largos para “ver” el mundo a su manera. Con otro ciego, profesor de óptica en Cambridge, reflexiona un joven filósofo sobre como la incapacidad para ver puede cambiar el sentido moral. Al tener que aprovisionarse a través de la piel de las experiencias del mundo, ¿puede tener por ejemplo, consciencia de la existencia de Dios a través del tacto? El profesor le contesta al joven filósofo: “si usted quiere que yo crea en Dios tendrá que enseñarme a tocarlo”. Estos dos ejemplos, llevaron a ese joven filósofo, Diderot, a la cárcel. Y en ellos se haya hermosamente descrita su visión sobre el acercamiento del ser humano a la razón. Tenemos unos medios limitados, no podemos saberlo todo, no podemos abarcarlo todo, pero en nuestro pequeño ámbito, con nuestras armas intentemos vencer a la ceguera. El mismo Diderot, deja otra cita preciosa en el mismo sentido: “Vagar de noche en un espeso bosque. Sólo tengo una luz para guiarme. Aparece un extraño y me dice ‘Amigo..., deberías extinguir tu luz para encontrar el camino con más claridad’. Este extraño es un teólogo”.

    El que ama la razón se contenta con la luz que puede abarcar con sus instrumentos. Constantemente busca iluminar más, pero entre tanto, solo ve lo que está bajo el foco. El otro, el que habita en la tiniebla, acostumbra sus ojos a la semi-oscuridad con la esperanza de que los ojos quizá alcancen más lejos al habituarse. Pero el precio a pagar es mirar siempre en la penumbra, a ver el mundo entre sombras, con los ojos entornados.

    En la hermosísima The Reader, Hannah Smith el personaje que interpreta una impresionante Kate Winslet une la lectura al acto de amar. A los únicos momentos en que su existencia gris y solitaria alcanza instantes de humanidad honda. Leer es incluso más que amar. En un momento determinado le dice al chico: “cambiaremos el orden, primero leeremos”. Como si la pulsión por conocer, el anhelo de empatía por el universo infinito de los personajes de los libros dejase en una experiencia limitada el roce de la piel con otro ser humano. Los que hemos amado sabemos que hay una parte de verdad, que no hay amor profundo sin curiosidad por el saber del otro, sin compartir la visión del otro, su aleccionarse con la mirada descubridora del otro sobre las cosas, que el roce de los intelectos debatiendo, no necesariamente sobre nada agudo si no sobre lo que alcanzan sus respectivas luces en el reino de la oscuridad, sobre su caminar cotidiano, sobre lo que miran, es precisamente el verdadero sostén del amor. La piel era sustituible, la palabra, la inteligencia, no.

    Y en ese amor por procurar que los demás tuviesen mejores armas para la razón, mejores lámparas para iluminar sus pasos, el joven filósofo Diderot, se embarcó en lo que al principio no era más que la traducción de un diccionario inglés para construir un monumento a la razón, a la libertad, al espíritu crítico y a las mejores virtudes del ser humano. Todo ello con un esfuerzo ciclópeo que le convirtió al fin en un esclavo de su obra, que a su modo de ver arruinó su vida, le impidió dedicarla a otros destinos con los que soñaba y le regaló un constante flujo de amargura y preocupación. Se cumplió el vaticinio de su madre que le decía que un filósofo era “un loco que se atormenta a sí mismo durante toda su vida, para que la gente pueda hablar de él cuando haya muerto”.

    Sin embargo, la insistencia de ese hombre, durante más de la mitad de su vida, por construir ese instrumento de claridad, la Enciclopedia, finalizó al fin con una obra casi inconcebible por su brutal extensión de 25.000 páginas y casi 72.000 artículos, pero sobre todo, con uno de los ejemplos mayores de fe en el ser humano y de compromiso con los demás. Porque la Enciclopedia fue algo más que un simple diccionario y toda su concepción y creación es un fascinante ejemplo de libertad e ingenio.

    Hasta entonces, los diccionarios enciclopédicos estaban ordenados temáticamente. Los enciclopedistas decidieron una ordenación alfabética. Y esto, que ahora, aceptado por nuestra costumbre quizá nos parezca baladí, supone en realidad una democratización de todas las formas de conocimiento y una ordenación del mundo de acuerdo solo a criterios racionales. La ordenación temática obligaba a dedicar un enorme caudal de páginas a secciones como la teología, pero aquí, era una entrada más en la letra T, junto a la que hablaba de los torneros o los telares. La Enciclopedia asumía además sutilmente el árbol genealógico de conocimientos de Bacon según el cual del entendimiento humano surgían las ramas de la memoria, la razón y la imaginación, de las que brotaban nuevas subdivisiones. En estas subdivisiones, la teología se convertía en el tronco del que crecía la religión, pero también la adivinación y la magia negra. Y desde luego era un tronco mucho menos fructífero, por ejemplo que el de la matemática, de donde florecían óptica, mecánica, geografía, acústica, hidrografía, dinámica…..etc, etc.

    La visión puramente humanística de la enciclopedia por ejemplo, obviaba en general la historia de reyes, santos o grandes batallas, pero podía dedicar un número exorbitante de páginas a describir hasta el detalle instrumentos manuales tan humildes como un alfiler, al que se dedicaban nada menos que 5.000 palabras detallando cada una de las 18 operaciones que tenía el proceso de su fabricación. Pese a todos los intentos censuradores de las fuerzas políticas y sobre todo religiosas de la reacción y la tiniebla, los enciclopedistas fueron capaces de introducir de múltiples e ingeniosos modos una filosofía sobre la libertad del hombre que se manifestaba por ejemplo en entradas como “Autoridad Política” cuya primera frase decía: “Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho de mandar sobre otros.” Otras veces, se buscaban modos más sutiles, como por ejemplo con la entrada “Duc” (también búho en francés) donde el lector encontraba primero la descripción del ave nocturna, y solo luego se refería a la alta nobleza. Igual sucedía con “Roi” que primeramente hablaba de “un ave de aproximadamente el tamaño de una hembra de pavo” y solo luego pasaba a disertar sobre los reyes de Francia. Como dice Philipp Blom en su maravilloso libro “Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales”, "el orden enciclopédico restablecía la ley de la naturaleza, en vez de reformar las convenciones sociales". En ocasiones, eran las referencias cruzadas entre las distintas entradas las que se utilizaban como medio aleccionador. Y así, tras el artículo para “Libertad de pensar” se añadía “Véase Intolerancia y Jesucristo”. O en la entrada "Antropofagia", “Véase Eucaristía y Comunión”. Y otras veces, el tono del artículo era tan pomposo y desproporcionadamente elogioso que era evidente que se trataba solo de una crítica irónica y sardónica.

    Pero sin embargo se tomaban muy en serio los oficios artesanales, el saber de los hombres en su cotidianeidad, con grabados de una minuciosidad enfermiza, entrevistas por innumerables talleres con obreros de toda condición o maestros de los gremios. El foco estaba puesto en el ser humano, en su capacidad de dar luz cada día, en su inventiva, en su esfuerzo por dominar y entender la naturaleza y la técnica, en su genio.

    En las mismas fechas, en Alemania, Gotthold Ephraim Lessing, otro ilustrado, nos dejó esta bellísima frase: “El valor de un hombre no consiste en la verdad que posee o cree poseer, sino en su esfuerzo sincero por llegar a poseerla; pues no es la posesión de la verdad, sino su búsqueda, lo que acrecienta las fuerzas y hace progresar en la virtud. Si Dios tuviese encerrada en su mano derecha toda la verdad, y en su izquierda sólo el ardiente anhelo de ella con la condición de hacerme errar eternamente, y me diese a elegir, caería humildemente sobre su mano izquierda exclamando: Padre, dame esto; la verdad pura te pertenece sólo a Ti”.

    El primer ciego no es un pobre idiota que renuncia a la luz si no que en realidad repudia la visión sobrenatural desde un conocimiento del que no tiene ninguna noticia, alejado absolutamente de su experiencia, para creer, para confiar en lo que para él es empírico, su tacto. No renuncia a conocer, si no que lo hace con los humildes modos que tiene. Hannah Smith al fin aprende a leer, y quizá casualmente, quizá no, el aprendizaje en la lectura, que no es más que la apertura de la ventana a las vidas de otros, a las pieles de otros, al dolor de otros, a la suerte de otros, es la que le hace tener la conciencia definitiva de su existencia y su biografía. No sé si es casual también que la manifestación más profunda del amor y de la generosidad, cuando la piedad ha fracasado, sea la lectura de libros, el ofrecer a otro el conocimiento, alumbrarle con nuestra linterna.

    Diderot, terminó su vida distanciado de su creación, de la que se sentía un esclavo y a la que guardaba quizá incluso rencor. Y aunque todavía vivió 19 años más, no fue capaz de dejar a la posteridad esa gran obra filosófica o novelesca de la que todos sus amigos le creían capaz, una obra que demostrase su originalidad, su genio vivaz. Sin embargo, a esos amigos que quizá se sintieron desilusionados con él, que pensaron que había desperdiciado su talento, a los otros, a los demás, les regaló ideas que sin él no hubiesen sido jamás capaces de concebir, les iluminó con su deseo de verdad, con su talante curioso y observador y sobre todo, con lo que honestamente creo que es la verdadera prueba del amor, su generoso deseo de llevar la luz. Ciegos que caminamos deseando tener brazos más largos. En la oscuridad, uno hoyando sobre las huellas que el otro deja en el bosque sombrío, a veces una de las luces brilla más, pero es el otro el que la alimenta. Sosteniendo los dos el farol que apenas alumbra unos metros ante el mundo oscuro de la tiniebla. Apoyándose frente a los otros que llaman a caminar a oscuras con los ojos entornados, fiando sus pasos a luces externas de religiones o tradición. Disfrutando de la extraordinaria belleza del universo, aún pequeño, cotidiano, diario, bañado por la claridad de la verdad pensada. El amor no era la piel, el amor era eso.

    10.2.09

    RIQUEZA LINGÜÍSTICA

    Este fin de semana, ante el patético espectáculo que ofrecieron las calles de Santiago, es una de esas ocasiones en los que la tan difícil equidistancia se antoja posible. Y entre Scila y Caribdis, lo mejor es irse a la pisci. Por una parte, repugna al buen gusto compartir gran parte de la ideología de fondo y de las motivaciones verdaderas de los manifestantes por el bilingüismo e incluso uno puede estar muy lejos de su análisis de la realidad, que se antoja como mínimo un tanto deformado. Por otro lado, resulta aún más repugnante la violencia matonil y fascista de grupúsculos defensores de posicionamientos, y tácticas para lograrlos, idénticas a las de los primeros años del nazismo. Cabría preguntarse por qué ciertos individuos no consideran necesario manifestarse ni encolerizarse por situaciones de evidente injusticia social con respecto a la sanidad, a la ley de dependencia, a la reordenación del territorio, a la ecología, a la redistribución equitativa de la riqueza o a la equidad y la imparcialidad en el acceso a la función pública, por ejemplo, pero son espantosamente heridos en lo profundo cuando se sienten agredidos en construcciones simbólicas. Podría pensarse que el ser humano, su dolor y su angustia son menos interesantes que otras entelequias que este crea. Quizá uno tenga las manos más limpias en el terreno de las ideas que si se pone a mirar la miseria cara a cara.

    Pero bueno, todo esto en realidad, no es más que una majadería en la que participan cuatro pelagatos. A mí lo que me interesa realmente es el debate de fondo. Por un lado, hay unas personas que dicen defender el derecho individual a expresarse y recibir educación en la lengua que prefieran, y por otro lado hay otro sector, minoritario pero no desdeñable, de la sociedad que hace del idioma un ente depositario de derechos y, más aún, de derechos que en caso de conflicto están por encima del derecho a la libertad de los individuos. Para un nacionalista, por ejemplo, es correcto moralmente, incluso obligatorio, defender “el idioma” aún ejerciendo medidas coactivas sobre los individuos que no desean disfrutar del mismo. Constantemente encontramos ejemplos de esta actitud moral en intentos de legislación para que en determinados ámbitos, la administración, el comercio, la producción artística, los medios de comunicación, el idioma sea de uso obligatorio. Cabría darse el caso hipotético y no descartable, que en una situación futura de crisis aguda de hablantes se optase por la prohibición legal de hablar otra lengua y la imposición punitiva de la propia. Y esto no es ciencia ficción pues continuamente hay voces que exigen esta obligación proponiendo sanciones y castigos, en ámbitos claramente de la esfera privada, como los supermercados. Eso supondría que la “lengua” como ente simbólico, tendría más que un derecho, un deber de existir que estaría en un rango superior y de prevalencia en caso de entrar en contradicción con otros derechos individuales.

    Yo desde luego estoy siempre a favor de que se le den derechos a cualquier cosa. Es que soy así, medio punki. Pero me gustaría saber por qué. No estoy muy puesto en la liturgia nacionalista, pero según mis humildes conocimientos, el hecho de que el idioma tenga un grado de protección superior a la libertad de su uso por los individuos estriba en que se supone que es la forma de expresión del pueblo, de la patria, también como ente supra individual, que en sí, tiene más importancia que las personas por separado que lo conforman (antes que el ciudadano está la gloria del Imperio). La lengua propia, digamos, no es solo una convención de grafías, tan arbitrarias como otras posibles, si no que establece una suerte de conciencia de diferenciación y unicidad. O lo que es lo mismo, el idioma, de algún modo modifica nuestra percepción del mundo. La realidad propia es expresada de un modo que la hace diferenciada a otras realidades, que la convierte en la manifestación original y particular de un grupo de personas que la comparten. Desde ese punto de vista es el idioma el que conforma el corpus simbólico del pueblo, de la patria. Esto presupone creer que existe un pueblo o una patria, pero supongamos que sí. Todas las manifestaciones ya sean artísticas, culturales, o simplemente relacionales de el “pueblo” están construidas desde el idioma y para el idioma, en una especie de retroalimentación constante. Y así, es obvio pensar, que su pérdida, supondría una clara amputación a la expresión de ideas de esa comunidad, que no podría explicitar la realidad del modo propio y tendría que usar otros modos ajenos, (con otro idioma), construidos y útiles solo para otra realidad ajena, que no serían capaces de explicar la propia del mismo modo. Entendido así, parece que es como si nos mutilasen de algún modo, como si nos forzasen a ver con otros ojos que nos impiden ver lo que veríamos con los nuestros.

    Hermanada con esta idea opera una especie de paternalismo del estado que da en suponer que no somos individualmente capaces de sustraernos a la influencia maligna y proselitista de otros idiomas con más hablantes que ejercen su perversa captación de adeptos por todos los medios posibles, utilizando una posición de fuerza ganada injustamente tras años de prohibición y de impedimento de desarrollo del idioma considerado como propio. La represión del pasado (real o ficticia, no importa) crea una situación de desigualdad manifiesta en las estructuras sociales y de lo que ellos llaman “uso de prestigio” que convierte en cínica una actitud neutral ahora. Se trataría de una discriminación positiva para superar centurias de opresión. Por suerte para nosotros, el estado no aplica esta lógica al juzgar nuestras capacidades intelectivas en otros ámbitos de la realidad. Puestos a seguir, si somos hasta cierto punto incompetentes para elegir un idioma y debe educársenos, ¿qué nos hace competentes, por ejemplo, para ser aficionados de este u otro club de fútbol? Es evidente que la presión mediática, social e histórica que se ejerce sobre un desvalido niño para ser del Real Madrid o del Barcelona no es la misma que para ser socio del Milladoiro. De igual modo, sufrimos intolerables presiones a diario por parte de Nike o Adidas para no comprar las zapatillas en el mercadillo, por no hablar de las que recibo de Nestlé para ponerme ciego de chocolate. Aquí al estado no parece importarle tanto (en lo que respecta a los clubs de fútbol y selecciones autonómicas, está por ver). ¿Por qué? Porque las zapatillas (por ahora) y las trufas (por desgracia) no son la expresión del pueblo. (El fútbol lo será. Al tiempo)

    Sin embargo, va y resulta que para la neurobiología todo esto es una soberana imbecilidad, que en realidad el lenguaje no conforma de ningún modo nuestras construcciones mentales y que las grafías son intercambiables sin que al cerebro le importe lo más mínimo. Cualquiera puede hacer la prueba. La palabra “perro”, escrita o escuchada, evoca en nosotros un enorme conjunto de ideas que lo definen, su forma, el tamaño, sus ladridos, si tuvimos uno, si aún lo tenemos, si les tenemos miedo, si nos gustan las películas de perros…Algunas de ellas quizá podamos compartirlas con otros seres humanos con los que compartimos espacio geográfico (país), pero ni todas, ni la mayoría, ni siquiera obligatoriamente. Uno de nosotros puede pensar en Milú, otro en Lassie, otro en el mordisco que recibió de niño…la palabra “perro”, digamos, desencadena un aluvión enorme a nivel cerebral, de significados que la conforman y la crean. Ahora, cambiamos el tipo de letra y la escribimos en letras góticas, o le cambiamos el color, o cambiamos el lugar donde está escrita. Para el cerebro evoca exactamente las mismas sensaciones. O lo que es lo mismo, la forma que adopta visualmente la palabra no tiene ninguna consecuencia con el significado mental que provoca. Pero aún más, si la traducimos y escribimos “dog” y sabemos qué significa “dog”, ahora es “dog” el que desencadena de nuevo exactamente el mismo aluvión de significados. No nos imaginamos a un perro con una pipa leyendo The Times ni a un caniche alentando un golpe de estado en Chile. Y todavía más, si por cualquier convención, alguien nos dijese que en determinado país, a los perros se les llama “XGHJ9”, de nuevo volveríamos a imaginar al mismo puto perro que imaginábamos cuando leíamos “perro”. La conclusión es que la grafía en realidad, es una convención azarosa, que en absoluto modifica la visión del mundo. Ni siquiera tiene ni una mínima influencia. Cuando escribimos en el lenguaje del sms, cuando lo hacemos con abreviaturas, cuando cometemos faltas de ortografía…el significado es idéntico. La evocación es idéntica. En un mensaje de móvil: “Stub con Bgoña”, sabemos que ha estado con Begoña, y no imaginamos a Begoña sin algún miembro por que le falte una letra. O como dice Steven Pinker: “sabemos que nuestra mente contiene representaciones mentales específicas para las entradas abstractas de las palabras y no para las figuras que cobran las palabras al ser escritas”.

    Me dirá algún amigo que sin embargo las realidades locales dotan a algunas palabras de un significado difícilmente traducible a otras realidades. Por ejemplo, mi amigo David me dirá que “Habibi” no es lo mismo que “amigo” o que Aufklärung no es fácilmente traducible por Ilustración, por ejemplo. ¿Pero eso es debido al idioma como creador de la realidad, o debido simplemente a que la ilustración alemana tuvo un carácter muy específico por la reforma luterana? Y en todo caso…¿otra lengua sería incapaz de encontrar o crear una palabra o giro que explique, exactamente, absolutamente esa especificidad? Pongamos el caso de “Volk”. Su definición como “pueblo” en español quizá no llegue al sentido de significados que tiene en la Alemania nacionalista, en el romanticismo y la unificación y sobre todo, posteriormente en la nacionalsocialista. Pero cuando escuchamos por ejemplo “o noso pobo oprimido” o “el pueblo vasco”, y entendemos ese “pobo” y ese “pueblo” como comunidad, espíritu, tradición, patria, lengua, destino….de repente podríamos sustituir ese término con el Volk nazi sin muchos problemas de comprensión. Por tanto...¿el idioma tiene algo que ver con las diferencias de significado o son las ideas que transmite? Y con respecto a las dificultades de traducción..¿son tan importantes y cambian de un modo tan capital el contenido del mensaje que me impiden sentir lo mismo que el otro hablante? ¿Cuándo escucho por ejemplo Comfortably Numb de Pink Floyd y oigo esa voz diciendo “IS THERE ANYBODY IN THERE? JUST NOD IF YOU CAN HEAR ME. IS THERE ANYONE AT HOME? Tengo que sentirme incapaz de sentir empatía con esa soledad? ¿El inglés expresa algo sobre otra realidad que yo no conozco? Cuando Raquel (mi ejemplo favorito!!) habla castellano en Madison con un español, y al rato inglés con un norteamericano, ¿cambia su representación del mundo? Y más aún…¿no hay más diferencias de significado entre hablantes cultos y no cultos, urbanos y rurales, jóvenes y mayores, en la misma lengua?

    Si esto es correcto, resulta que el hecho de que adoptemos una u otra grafía no responde a nada más que a un cierto azar histórico. Para más INRI, la definición de la lengua (que me corrijan los que saben más que yo) parece en realidad una ruptura arbitraria a posteriori en un continuum idiomático. O lo que es lo mismo, no se produjo un salto abrupto del latín a sus dialectos si no que todo fue un proceso continuado y solo DESPUÉS se dio, digamos, una señal de salida para la construcción del idioma. En el S. X, por poner un caso, los hablantes no eran conscientes de estar iniciando una nueva era idiomática. Somos nosotros, los contemporáneos los que hemos elegido esa fecha como la del nacimiento de un idioma de un modo que cuando menos se puede cuestionar y que parece que tiene más que ver con la construcción de mitos fundadores que con la ciencia. Puestos a preguntar, podríamos averiguar la década, o el año, o el día, incluso el minuto. ¿Fue en todos los sitios a la vez o a los de ourense les llevó más tiempo? Da igual, esto no funciona así, se busca un hito: la publicación de esto, la aparición de tal poema, lo que a mi modo de ver no es más que un absurdo irracional. ¿Qué pasaba el día antes? ¿Qué pasó con los otros que no escribieron el libro?

    Está el tema de la riqueza cultural. Presuntamente la diversidad de lenguas es síntoma de riqueza y su desaparición supone un empobrecimiento. Esto es un argumento para su defensa. Yo no digo que no, pero si de acuerdo a este paradigma neurobiológico, la forma de las palabras es indiferente para la construcción de significados..¿por qué nos hace más ricos llamarle a un caballo, “caballo”, que “horse”, que escribirlo en código binario o en el idioma élfico? ¿No da igual? Se podrá alegar que existe una tradición escrita de literatura que crece con esa lengua ¿eso equivale a minusvalorar las lenguas que carecen de expresión escrita? Y las diferencias locales en el mismo idioma, como por ejemplo el español en América y en la península, ¿no suponen en realidad el mismo proceso adaptativo de mutación constante y la misma “riqueza” de significados? ¿Dentro de cien años vendrá alguien a decirnos que 2009 fue el año en que nació el idioma mejicano (y ellos sin saberlo)? Por otra parte, supongamos por ejemplo un idioma de una pequeña tribu africana que es abandonado para usar sus habitantes la lingüa franca del sudeste africano, el swahili. Una o dos generaciones después, los descendientes serán normalizados swahili-hablantes. ¿Eso les convierte en más pobres que sus abuelos? De ser así, nosotros seríamos también más pobres que nuestros antepasados que hablaban latín, y a su vez, estos más pobres que los etruscos. Y otro ejemplo más. Recordemos la expansión árabe del norte de áfrica y asia menor. En general, el proceso de arabización de los pueblos fue voluntario. Adoptaron la nueva lengua del poder por considerarla mejor. Vista la enorme y extraordinaria producción científica, poética y literaria que se produjo en toda esa edad de oro árabe hasta las cruzadas. ¿Podemos considerar que los descendientes arabizados de esas tribus eran más pobres que sus padres que hablaban lenguas ya perdidas? En los márgenes de la arabización, las pequeñas tribus fronterizas ni por asomo fueron capaces de crear una cultura mínimamente comparable. ¿Sería lícito pensar que en realidad la existencia de muchas lenguas minoritarias suponía un freno para la riqueza cultural y fue el diálogo extenso en un código común la que la propició? Además, en general, la gente sabe hablar SU lengua. Si tenemos un grupo A que desconoce la lengua de un grupo B y viceversa. ¿Quién es más rico porque haya dos formas distintas de expresión? ¿El planeta? ¿Gaia? Es obvio que los habitantes de A y B son "igual de ricos" que si solo hubiese una pues en realidad solo conocen la suya propia. No es más que teoría de conjuntos básica. ¿Podríamos pensar que un grupo AB con igual número de habitantes que la suma de ambos y una lengua común tiene más posibilidades de diálogo y más posibles conexiones entre hablantes (más posibles lecturas, más posibles discusiones, más posibles colaboraciones en proyectos comunes)? Supongamos que los "hablantes" de la batería, la guitarra, del piano no quisieran compartir un lenguaje común. ¿Habría música o veríamos a unos tipos dando ostiazos a unos tambores? Cuando Castelao dice (haciendo de paso un ejercicio de estulticia en su incapacidad mental para comprender la teoría de la evolución) que "los pobres animales todavía están en el lenguaje universal", podríamos objetarle que también los músicos estamos en el lenguaje universal, ¿y alguien cuestiona la riqueza cultural que produce el lenguaje de la música? ¿Por qué la diversidad es de por sí una condición de riqueza? Y si fuera así..¿no deberíamos entonces procurar que hubiese más y más idiomas, hasta que cada uno tuviese el suyo?

    Quizá tenga más dudas con respecto a la sonoridad de las palabras, para ser rimadas o cantadas, pero ¿eso es todo? Y en todo caso…dando de nuevo por hecho que el significado es independiente de su forma escrita…(y esto va contra todas mis ideas hasta ahora y mi praxis diaria) dado que, por ejemplo, el inglés, "parece" más sencillo de ordenar estéticamente en una estructura musical rítmica por su cantidad de palabras unisílabas o bisílabas en contraposición con el castellano donde abundan las trisílabas y esdrújulas..¿no es de personas inteligentes adoptar el vehículo de expresión con el que mejor uno puede expresarse? ¿Qué está antes, la voluntad de comunicación y la búsqueda de la belleza, o la fidelidad cuasi religiosa a un modo de colocación de garabatos?

    Y así volvemos al tema de los derechos. Si el idioma en realidad no expresa ningún modo propio de concebir la realidad, si no que se trata más que de una convención de cierto orden de grafías que bien podían haber sido cualquier otras..¿puede tener derechos? Podría darse el caso cojonudo que los símbolos llegasen a tener más derechos que aquello que significan. Para un miembro por ejemplo de igualdad animal los cerdos están en campos de concentración y exterminio. Para nosotros es casi generalizado que su utilidad es alimentarnos y no nos cuestionamos mucho su sufrimiento. Sin embargo, el uso de la palabra “porco”, debe ser protegido y defendido. Incluso si los hablantes no desean usarlo. Incluso a botellazos y por la violencia. ¿Podemos apalear al caballo y emocionarnos hasta las lágrimas porque exista el término “cabalo”, una gran riqueza de una L menos? Según sentencia del TC, el embrión no es titular de derechos si no un bien jurídico protegido. Carece del derecho a existir por ejemplo. Esto es aceptado por casi todo el mundo, sin embargo, la palabra que lo evoca, sí tiene ese derecho a la existencia. Y un derecho que es capaz de imponerse sobre otros. Ya sé que se trata de derechos diferentes, pero cuando menos la cosa es curiosa. Entendido esto así, ¿existe algún motivo para que el innegable derecho a existir de un idioma pueda llegar a ejercerse, ahora o en un futuro, de modo aún minimamente coactivo sobre los individuos?

    Al fin, llegamos siempre al mismo lugar, cuando fallan los sustentos de la razón, aparece el verdadero sostén de las cosas. La irracionalidad, la oscuridad, la tiniebla, el ansia de poder (por no hablar del negociazo), de control social por medio de la superstición y el mito, no del conocimiento y del diálogo. La evocación a la leyenda, al pasado fabuloso que crea esa especie de fantasmagórica comunidad de hablantes en la historia. De algún modo resulta que estamos unidos afectivamente a otros que jamás conocimos porque supuestamente dibujan unas tildes en el mismo sitio que nosotros(y cojonudamente, nos alejamos por nuestro hecho diferencial de otros a los que sí conocemos y a los que podemos despreciar y considerar enemigos por usar otro idioma). La lengua de nuestros antepasados, la lengua de nuestros abuelos, allí, pobres, echando piñas en la chimenea, en el hogar. Sin embargo, no somos tan fieles a los abueletes adoptando sus ropas, jugando a sus juegos, viajando en sus medios de transporte, trabajando en sus oficios y con sus útiles de artesanía (tan culturales, tan patrióticos ellos en nuestros museos etnográficos). Tampoco instalamos en nuestra casa una chimenea en la que poder echar piñas tristemente en lugar de jugar a la consola… Mi profe de filosofía repite a veces una de las frases más divertidas y sagaces que oí en los últimos tiempos: “El culto a los santos del rural gallego trata de que unos tipos intentan sobornar a un palo de madera tallado ofreciéndole cera”. Lo nuestro, lo propio..¿es siempre digno de ser protegido? Y en todo caso..¿A qué precio?

    21.1.09

    Obama


    Entre dos y tres millones de personas acudieron a una toma de posesión presidencial. La gente quiere creer. Quiere soñar. En Obama están puestas las esperanzas, en el sentido estricto de la palabra, de millones de personas. Medio mundo le mira como a un enviado del bien, que vendrá a traernos la paz y la justicia universal. Que acabará con todos los males que nos acechan, que instaurará el diálogo entre las civilizaciones, el respeto al medio ambiente, el consumo responsable, la solidaridad con los desfavorecidos, la multilateralidad, el planeta se dotará de instituciones justas y efectivas….Obama es el cambio. El cambio deseado. Pero cuando una persona encarna estas ilusiones, en realidad, no son SUS ilusiones, si no que es como el receptáculo de las de otros, que ven en él la forma de que se haga efectiva la utopía. Son los otros, esos millones que le votaron, esos cientos de miles de ciudadanos que colaboraron en su campaña, que donaron su dinero, de todas las clases sociales, esos millones que se movilizaron con una fuerza casi incontenible venciendo los obstáculos del proceso electoral, uno a uno, quienes tienen esos anhelos. Son esos millones los que desean el diálogo, la paz, la justicia social, la apuesta por las energías renovables, los que crean los valores que él refleja. Porque si deseasen otras cosas, las reflejarían en otros. Todos le piden cosas a Obama, como a un rey mago, Paul Auster quiere que termine con las escuchas telefónicas, Alejandro Sanz que cambie la política de inmigración y mejore la sanidad pública, Mario Soares un capitalismo ético, el estricto respeto por los derechos humanos….y así hasta el infinito. En todo el planeta todos le estamos pidiendo algo a Obama, que relance las Naciones Unidas, que termine con la guerra, que solucione el problema de Oriente Medio… ¡Qué enorme responsabilidad para una sola persona!, ser depositario de los anhelos más nobles, de los deseos objetivamente hermosos de tantos millones. ¿Y qué decir de su discurso inaugural? Como los anteriores, cargado de valores morales, convicción y un profundo humanismo. Un discurso que dice a los países pobres que ayudará a “reconstruir sus granjas” y que “fluyan las fuentes”, para “dar de comer a los cuerpos desnutridos”. Un discurso que dice que una nación como la suya “no puede seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras”. Que “no podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias”, que “Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra”, que “un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos”, que “Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades”. Y allí no estaba un mesías aleccionando a una masa de idiotas, si no estaba un hombre, explicitando para todos, los valores con que todos le habían adornado, lo que le habían pedido, esos millones que le han llamado para que intente crear un mundo más bello, construido a partir de esas, y no otras, convicciones.

    Por suerte para nosotros, estas cosas solo ocurren en una democracia corrupta, imperfecta y meramente nominal como la estadounidense y en una sociedad de cabrones egoístas, ignorantes que no saben situar España en el mapa, y miserables que se creen en posesión de la verdad divina. En un régimen político donde los representantes democráticos son en realidad unos monigotes dirigidos por oscuras redes empresariales, con un sistema electoral putrefacto y fraudulento.

    Cuando vemos que cientos de miles de personas se movilizaron como voluntarios en una campaña electoral, cuando vemos ese torrente desbordado de pasión y utopía, la alegría, los llantos de emoción incontenible..un país entero que habla de construir un nuevo mundo mejor… Ah, con qué displicencia, autoridad moral y altura de miras les observamos desde nuestra perfecta democracia. En nuestro sistema electoral perfecto que elimina el fraude incontrolado y lo sustituye por un fraude legislado que premia la pertenencia o no a determinados territorios y castiga sin representación, elección tras elección, a millón y medio de votantes de Izquierda Unida. En nuestra perfecta democracia donde las empresas constructoras campan a su antojo, derriban gobiernos autónomos, compran voluntades y modulan un paisaje urbano salvaje con sus manos de infecta avaricia especulativa.

    Por no hablar de los valores que reflejan nuestros representantes, las convicciones que nos devuelven en sus discursos, las que queremos oír, las que les reclamamos. No esas banalidades y mamarrachadas buenistas sobre cooperación con el tercer mundo, el medio ambiente, etc…. Que va. Cosas más perfectas de democracia perfecta. Este mes, que empieza la campaña electoral nosotros afortunadamente no tendremos a un Obama construyendo pequeñas piezas literarias cargadas de humanismo militante. En su lugar, nuestro presidente, que cuando se dirige al representante de la oposición le dice: “Señor Partido Popular”, nos conmoverá con frases como “nuevas retas, nuevos metos” en su afán por dar a este país “un cambio de rumba” sin que tengan cabida los “delicuantes”, ni se permita que continúe la “desgallización”,y donde se crearán “dispositivos de extinción de personas” y “se terminará con el empleo juvenil”. Y por más suerte aún, podremos elegir entre este sabio y su vicepresidente actual, cuyo mayor mérito en cuatro años es organizar pantagruélicas y populistas comilonas para 50000 ancianos, en las que firma autógrafos como una estrella de rock, y que figuran en publicaciones de tan contenido humanístico como el libro Guiness de los records. Para jactarse luego diciendo que “hemos devuelto a los ancianos a la actualidad”. El mismo tipo que es capaz de mostrarnos el verdadero rostro perverso y maligno de las energías renovables, tan sobrevaloradas por imbéciles como Obama, cuando coloca uno de cada dos parques eólicos en espacios naturales protegidos. Todo esto, en un territorio que tampoco va tan sobrado de espacios naturales, que eso es lo bueno. Y para poder ya dar gracias al cielo por los dones que nos ofrece nuestra perfecta democracia, frente a estos dos prohombres…¡todavía podríamos elegir a uno del PP! Joder, es que me da algo.

    En nuestra democracia perfecta la población civil no se moviliza como voluntaria, no coloca carteles en sus jardines ni llama por teléfono a sus vecinos para transmitir el mensaje ideológico de su partido. Mucho menos dona dinero. Nuestro grado de perfección da por hecho que ya roban lo suficiente como para que tengamos que darles algo. Y oye, es pasta que todos nos ahorramos. Tampoco generalmente nos recorre una ola de ilusión incontenible, de esperanza y utopía. Nosotros como miembros más perfectos, bien sabemos hace ya tiempo que total da igual unos que otros y que aquí están todos para robar y para enchufar a los suyos. No como esos memos que creen ensoñaciones infantiles de cambio y justicia. Así que en general, las elecciones nos importan lo justito, o nada. Son vistas no como una celebración de la voluntad ciudadana y del diálogo entre hombres, sino más bien como un incordio y un peñazo. Y en cuanto pasan, a otra cosa mariposa. Es una democracia tan perfecta que elimina absolutamente del discurso político, básicamente porque a nadie le importa ni tres cojones, nuestra posición en el planeta con respecto a la cooperación, el medio ambiente, etc. Y así, podemos superar nuestra cuota de emisiones o exportar bombas de racimo tranquilamente. O alentar que miles de personas pierdan la vida cruzando el mar en esquifes, atraídos por la garantía y la promesa de subempleos infrapagados y alojamientos chabolarios. Ah, pero en nuestra perfección tenemos la conciencia limpia. Son otros los que ensucian, son otros los que matan. Y el hecho de que el estado no cierre ni sancione ni una sola de las explotaciones de mano de obra esclava y que haya una enorme clase social empresarial que se esté lucrando indignamente con el repugnante trato que se le da a los inmigrantes ilegales “no es culpa nuestra”. Nosotros “no les llamamos”, es sencillamente “una tragedia”. Si fuese la frontera mexicana no podríamos si no tener una cierta sospecha de que hay un poco de hipocresía en el hecho de que no se persiga la explotación humana en una oferta objetiva de miles de puestos de subtrabajo y luego nos demos golpes de pecho porque alguien acepte esa oferta. Y mejor aún, el peligro del viaje por mar supone una suerte de filtro darwinista que hace que solo lleguen obreros verdaderamente fuertes y dispuestos a soportar cualquier penalidad. Pero afortunadamente, ese tipo de análisis de culpabilidad queda para los estudiosos y sociólogos de las democracias imperfectas. En nuestra perfección, eso son fruslerías a las que ningún político le dedica ni dos minutos, básicamente porque supone, con razón, que a nadie le importan ni un huevo de pato. ¿Para qué si “podemos devolver a los ancianos a la actualidad”? ¿Para qué si podemos organizar la pulpería más grande del mundo? ¡Y encima con los impuestos de los de Getafe! Joder, pero qué bien se vive aquí. Qué bien se vive.

    14.1.09

    Las armas de la razón

    Leo Strauss fue un exiliado alemán del régimen nazi, profesor de filosofía de la universidad de New York y Chicago. A riesgo de caer en una caricatura de su obra por la evidente falta de espacio, Strauss afirmaba que la democracia liberal era el mejor de los sistemas posibles y por tanto debía ser exportada globalmente. Sin embargo, es un sistema frágil que puede ser puesto en peligro precisamente de un modo democrático por las masas, y se apoyaba en el surgimiento de las dos tiranías más sanguinarias de la historia, el nazismo y el estalinismo. Para enfrentarse a esto, los líderes demócratas están moralmente justificados para mentir u ocultar la verdad en la búsqueda de ese bien superior que es el establecimiento de la democracia. Leído en un párrafo puede resultar banal, pero no lo es en absoluto si no que se trata de una construcción teórica sólida y fundamentada y ha tenido una influencia determinante en la actuación de varias administraciones norteamericanas y su política exterior, siendo el padre de los pensamientos de Huntington o Fukuyama entre otros.
    Las armas de destrucción masiva iraquíes fueron el fruto más conocido de esta praxis, y resulta un tanto cerril pensar que solo se trataba del latrocinio de los combustibles fósiles. Al contrario, en toda la década anterior florecieron los ensayos, estructurados, meditados, razonados de personas bien intencionadas, que veían un nuevo amanecer social, económico y cultural en oriente medio con el encadenamiento de círculos virtuosos que comenzarían si antes, como condición inexcusable, se terminaba con el régimen iraquí, por otra parte genocida y antidemocrático.

    En el lado contrario, enfrentándose a esta concepción del mundo, el terrorismo islámico, edificado sobre un monumental y estructuradísimo corpus de ideas y mandamientos éticos que legitiman el suicidio, el asesinato indiscriminado de civiles y la guerra a aquellos que no comparten su misma concepción religiosa. Y esto no se apoya en las demencias estúpidas de unos barbudos chiflados si no en miles de páginas de estudiosos del Corán y la Sharia, en fatuas documentadas, en el diálogo constante y enriquecedor (para ellos) entre pensadores y filósofos islámicos, en el aprovechamiento de determinadas ideas contemporáneas como el marxismo y en el uso extraordinario de las nuevas tecnologías, particularmente de Internet.
    Fue Hannah Arendt el que nos mostró con ocasión del juicio de Eichmann en Jerusalén el rostro de la banalidad del mal. Eichmann, que organizó diligentemente el traslado de millones de judíos al exterminio no era tonto “sino simplemente irreflexivo”, no tenía ningún motivo para hacer lo que hizo, era poco más que un funcionario diligente. Arendt aprende, con las últimas palabras de Eichmann: “la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

    Pero no siempre el mal es banal. Acostumbramos a pensar que el pensamiento reaccionario es una síntesis de cuatro ideas tradicionales y añejas, una doctrina rancia que pasta en el liberalismo económico, la observación de mandatos religiosos y una moral retrógrada. Nos gusta creer que su construcción intelectual es ridícula y en realidad no se trata más que de pocas consignas que no resisten un mínimo análisis racional y que solo justifican o esconden los intereses de una clase dominante en mantener su status opresivo. Por el contrario, nuestra ideología izquierdosa es radicalmente moderna y se apoya en las aportaciones de los mejores intelectuales del planeta: sus diversas vertientes en el campo de los derechos civiles y humanos, en la protección del ecosistema, en la defensa del status de la mujer o de las minorías se asienta en profundas consideraciones éticas y en el desarrollo del humanismo. Ellos están anclados en un pasado polvoriento y nosotros somos receptivos a los nuevos tiempos, defendemos las artes y la cultura contra su oscurantismo. Nosotros portamos la luz y la justicia, ellos la oscuridad y la desigualdad.

    Pero quizá no sea exactamente así. Hace unos días E. defendía el uso de animales en la investigación médica alegando que gracias a ello, se han salvado “millones de vidas”. Sin embargo, no fue capaz de darme ningún ejemplo concreto de terapia o medicamento fabuloso que deba su existencia a las pruebas con animales, y (esto es muy importante) que no hubiese sido posible concebir de otro modo menos gravoso. Esto no le impedía cuantificar en “millones de vidas” los beneficios de esta práctica. Preguntada acerca de la justicia de usar a los animales para este fin me dijo que era “necesario”. Pero la necesidad puede llegar a ser un concepto peligroso, y estoy seguro que el estado de Israel considera “necesaria” su política con respecto a Palestina y el propio Eichmann consideraba “necesario” la “evacuación” de judíos a Auschwitz. Y desde luego Mengele consideraba “necesario” la investigación médica con sus prisioneros. La conversación luego derivó más o menos en esa línea. Es decir, E. que es inteligente, tiene preparación y sensibilidad social, en realidad no se había preguntado a sí misma seriamente sobre un tema que además le atañía directamente en su experiencia profesional. No se había dotado de armas para defender sus ideas. Puede tener razón en lo profundo, pero no sabe por qué la tiene. Unos días antes, P y H. (este está en todas) criticaban a Unión Fenosa por establecer su sede social en Madrid y “pagar allí sus impuestos”. Dejando a un lado que tal afirmación supone tener una idea un tanto limitada del sistema impositivo en España, no parece que le molestase tanto el hecho de que los madrileños en general aporten más a las otras comunidades autónomas de lo que reciben y los gallegos sin embargo estemos en el caso contrario. Al fin, los impuestos de los madrileños nos subvencionan a nosotros. Esto lo justificaron con la supuesta deuda histórica…pero..¿Cuándo se termina de pagar? ¿Podemos estar un par de décadas más dilapidando el dinero público en imbecilidades y seguir alegando una deuda histórica que explique nuestro atraso? La lluvia de millones de la UE que desperdiciamos durante más de una década por el sumidero de la burrez ¿enjuga la deuda o no la enjuga? ¿Y los mileuristas que pagan hoy sus impuestos en Coslada o Villaverde Alto son culpables de nuestra deuda histórica? Creer en una deuda histórica exige demostrar que hubo un tiempo pasado (no ahora que somos beneficiados en el reparto) en el que nuestra contribución económica era superior a lo que recibíamos. Dada nuestra anterior capacidad productiva, uno puede ser escéptico de que tal evento llegase a ocurrir jamás, pero aún sin descartarlo quien esto afirma debería cuantificarlo y probarlo. Y aún suponiendo que tal deuda fuera demostrable..¿esa mileurista de Villaverde es responsable? Supongamos que sí, es una chica agradable y de izquierdas, tiene grandes valores éticos y cree que como disfruta de mejores servicios, supuestamente por habernos usurpado en el pasado parte de nuestra renta, quiere devolvérnosla. ¿le parecerá bien que nos la gastemos en construcciones faraónicas, en políticas culturales imbéciles, en francachelas, en construir recintos para el maltrato de animales que se usan durante 7 horas al año? ¿Puede opinar cuando viene aquí de vacaciones y ve nuestro urbanismo, cómo deforestamos, como tratamos nuestros recursos? Porque ella paga. ¿Hacemos una excepción en nuestra soberanía nacional para poder recibir los impuestos de otros? Por supuesto, para P. y H. la inmoralidad de pagar impuestos fuera de nuestras fronteras es solo unidireccional, porque las empresas foráneas que se establecen aquí y los pagan aquí, hacen muy bien y son muy bienvenidas y la lógica de Unión Fenosa, no se aplica, por ejemplo a la factoría de Citroën en Vigo. Y en fin, la cháchara acostumbrada. Todos estos argumentos normalmente no resisten ni un razonamiento de barra de bar mientras al mismo tiempo hojeas el Marca y comes cacahuetes. Aquí sin embargo son considerados como muy progresistas y dejan entrever algo latente que damos en general por hecho, y es que “es mejor” invertir aquí antes que en otro lugar. Nadie se cuestiona esto. La corrupción racional que produce el dogma teológico nacionalista y localista hace que personas de buena fe crean honesta e increíblemente que tienen algún tipo de cercanía o responsabilidad por relación de pertenencia a una concepción política imaginaria con otras personas con las que no han cruzado ni una palabra, de su edificio, por ejemplo, de otro pueblo de su provincia que jamás visitaron ni piensan visitar, de su “nación”, de su pueblo, de su ciudad, y no con otros, de otras “naciones”, pueblos o ciudades con los que tal vez sí hablan, con los que se escriben, a los que leen… Con respecto a la evidencia de que el ecosistema es global y la regionalización de la preocupación por el medio ambiente es absurda, anticientífica y contra toda racionalidad, la pareja de ideólogos manifestaban que “por cercanía” es mejor invertir en un pinar de un pueblo de Lugo que en un parque nacional de España. Y esto es ser de izquierdas aquí. Y nadie se pregunta si no sería mejor que en realidad los recursos fuesen hacia los que más los necesitan, que se priorizase las situaciones de más desigualdad, o que en el caso de los ecosistemas, se priorizasen los espacios de mayor valor ecológico y diversidad, o aquellos sometidos a amenazas más graves. ¿La cercanía geográfica es un criterio de reparto de riqueza que está por encima de la equidad? ¿Debo desearle un mayor bien, una mayor protección, a un desconocido de A Gudiña que a Raquel en su pueblo de Salamanca o a la chica de Villaverde? ¿Qué prefiero que se haga con mis impuestos, que se cree una mayor red asistencial para los subsaharianos en Canarias o que se pongan parrillas para churrasco en el pinar de Lugo? ¿Ese pinar, por ser cercano, es más importante que Doñana? Porque al fin, cabría preguntarse por qué hay que dar por hecho que es importante dónde se gasta, en lugar de en qué, o en quién. Cabría preguntarse por qué hay que dar por hecho que las fronteras tienen valor moral y que es peor dejar necesitado a un conciudadano de nuestro país que un habitante de otro. ¿Qué es más justo: "primero lo nuestro" o "primero lo más necesario"?

    Constantemente escuchamos y pronunciamos frases temerarias sobre todo. Mi amigo O. no hace mucho decía que el 84% (este ajusta bien, no se anda con bobadas) de los bares ponen garrafón en las copas, y preguntado por los datos de su estadística contestó que es algo obvio y que se ve en la experiencia de sus resacas. Esto puede ser gracioso, pero hoy mismo mi compañero C. que se define como libertario marxista, decía que el 90% de lo que se dona a las ONG termina en corruptelas de todo tipo. Tampoco, por supuesto, era capaz de ofrecer su fuente estadística y ante mi reconvención luego añadió, “o el 80%”. ¿Y por qué no el 100? ¿O el cero? Da lo mismo, lo que convenga. En algún lado lo había leído, ya no se acuerda, pero no se lo inventó decía. Y esto, que “en algún lado había leído” “el 80, o el 90 no me acuerdo”, esto, era su justificación moral para no donar absolutamente nada de su sueldo para ayuda humanitaria. Según fuentes del Banco Mundial en 1990, mil millones de dólares de ayuda sacaban de la pobreza a 105.000 personas. Ocho años después, la cifra era de 284.000. La ayuda se optimiza. La Cumbre del Milenio se marcó objetivos dirigidos a reducir a la mitad la pobreza y el hambre en 2015. Solo con que cada persona del mundo desarrollado con renta media/alta donase un 1% de sus ingresos anuales a ayuda humanitaria, tales objetivos serían rebasados absolutamente, no reduciéndose a la mitad, si no eliminándose totalmente, y antes del plazo. Cuando vemos las cifras de mortalidad infantil y el drama cotidiano (ese sí lo es) de esos millones de personas, se hace difícil justificar que uno se niegue siquiera a donar ese 1%, aduciendo la razón que aduzca. Y sin embargo, desde el discurso presuntamente de izquierdas, amparándose en que debería cambiarse “el actual sistema injusto”, en que las actitudes individuales solo son parches para lavar la propia conciencia, o en que solo sirven para que se enriquezcan regímenes corruptos se justifica la pasividad y la complicidad. Al fin, un 1% podría ser la cifra que señala nuestra frontera entre ser indiferentes a la pobreza extrema y a la muerte o, sin grandes heroísmos morales, llevar una vida moralmente digna. O al menos aceptablemente digna. Un 1%. Y ante la posibilidad de terminar con la pobreza mundial en menos de una década, que no parece asunto baladí, todavía los presuntos ilustrados, comprometidos, progresistas, no nos interesamos, utilizamos argumentos banales, cuando no radicalmente falsos, no reflexionamos, y no necesariamente por maldad ni egoísmo, si no por el raquitismo de nuestras concepciones morales.

    El propio H., sin duda una buena persona y sensible, cuando defiende una fiesta que ama, es incapaz de encontrar ni un solo argumento ético que justifique el por qué tenemos derecho a usar a los animales para nuestro entretenimiento y se enfanga en insultos personales, falacias banales o acusaciones de manipulación y mentira que no demuestra ni prueba. Podía intentar demostrarnos (con datos no inventados, con relación racional de causa-efecto) por ejemplo, que la desaparición de la fiesta causaría un mal mayor a los animales que el que produce su existencia. Si fuese capaz de demostrar tal cosa, no convertiría lo malo en bueno, pero al menos estaría ofreciendo una justificación ética sólida y aparentemente difícil de rebatir. Pero no lo ha pensado. No se ha preguntado por la justicia o no del maltrato, solo ha repetido la panoplia de lugares comunes y majaderías que él cree políticamente correctas sobre la tradición, la cultura popular, la identidad de grupo y las pobres viejitas echando piñas en la chimenea. En algo que afecta a su comportamiento ético con otros seres vivos, no ha dedicado ni cinco minutos a preguntarse a sí mismo por lo que hace y ante una acusación tan grave como la de maltrato no sabe cómo defenderse. A mí al menos, me gustaría pensar que si me abalanzase junto a otros compinches sobre caballos aprisionados, les golpease y derribase por la fuerza, tendría algún sólido principio al que agarrarme, algo que me diese derecho. Pero hete aquí, que lo que lo justifica son las noches de frío de las pobres viejecillas.

    Parece que da igual, que podemos inventarnos porcentajes, cifras, “millones de vidas salvadas”, que podemos acusar a los demás de mentirosos, de alcohólicos, que podemos llamar a este o al otro fascista o retrógrado, españolista, lacayo, sin ofrecer ni una sola reflexión que merezca su nombre. Yo mismo, cuando acompañé a A. a ver la exposición “Bodies” y vi una galería de fetos de diferentes edades sin más comentario que el número de semanas de cada uno, no pude dejar de asombrarme de la apariencia de humanidad de todos ellos, de la expresión en sus rostros y me di cuenta, a mi edad, que ya no soy ningún niñito, que mis concepciones sobre el aborto se basaban en auténticas banalidades, en consignas de manifa. Que había dado por buenos razonamientos tan pobres como “yo decido qué hago con mi cuerpo” cuando en primer lugar es evidente que no es SU cuerpo, y en segundo lugar, es falso. El estado no permite que hagamos lo que queramos con nuestro cuerpo, no nos permite morir de anorexia, no nos permite auto mutilarnos, no nos permite suicidarnos, nos dificulta drogarnos, penaliza que fumemos..Alguien que se arrancase dedos sería internado por la fuerza y puesto a tratamiento psiquiátrico. Me di cuenta que acepté sin preguntarme que el feto “no es humano” (además, se suele decir como con desprecio, con una separación sentimental que no usaríamos con un animal siquiera: “eso no es humano”, “esa cosa”, etc), y entonces ¿qué es? ¿Cuándo es humano? ¿En qué semana, en qué día, en que minuto, en qué segundo? ¿Cómo se define su humanidad? ¿Cuando tiene actividad cerebral? ¿Cuándo tiene autoconciencia? ¿Y cómo se sabe? Recordé que “no son humanos” es la justificación habitual del genocidio, aunque reconozco que esta comparación es odiosa, pero así es. Solo hay forma de matar cuando deshumanizamos a la víctima. Me di cuenta que puse el “derecho de la mujer a decidir” sobre el “derecho a la vida”, aunque aún solo sea una vida posible y que en cualquier caso, podría planteárseme que dado que no es fácilmente discernible y existe tal grado de disenso sobre en qué momento ese ser vivo adquiere el rango de persona (si es que lo adquiere y no nace ya con él desde el principio), la mera probabilidad de asesinar a una persona supone un daño mayor, que no guarda proporción con el daño del trauma del embarazo. Cabría pensar en un estado, por ejemplo, que apostase por la adopción ofreciendo a la madre todo tipo de cuidados, hasta el mimo extremo con el fin de atenuar su daño. En fin, en cualquier caso, me di cuenta que una opción ideológica que había mantenido durante décadas y que todavía no he abandonado, o no del todo, estaba basada en presupuestos tan endebles como ni siquiera haberme parado a ver fotografías. Incluso debo confesar que había como un rechazo a mirarlas, un no querer saber. Hay razones sólidas de bioéticos renombrados a favor del aborto, pero yo no sabía cuales. Supongo que se vive mejor de lado de los buenos, de la izquierda, aunque no sepamos por qué. Y esta fragilidad intelectual podía aplicármela a casi todos mis posicionamientos acerca del reparto de riqueza, de la ecología, del comercio mundial, de los embriones, de la eutanasia, pero también de las relaciones de pareja, de la fidelidad, del compromiso, de nuestro comportamiento en sociedad, del civismo….en general, hablando en plata, no tenía (ni probablemente tengo) ni puta idea de nada. No lo había pensado ni un minuto, no había investigado sobre nada, casi todo eran majaderías, paparruchas como las de H. ,con las que construimos nuestra cotidianeidad y nuestra mirada al mundo y nos quedamos tan contentos. Tan felices.

    Yo aún no me he posicionado firmemente, sigo investigando, pero si sigo siendo partidario del aborto será porque haya encontrado razonamientos éticos y médicos firmes y no porque repita consignas sin sentido, algunas insensatamente cercanas a las justificaciones del asesinato en masa. Si algún día me veo en esa tesitura, y pasa constantemente, decenas de miles de veces al año, que la posición que adopte se base en la razón, en la ilustración, en la luz, en la ética, en lo justo y no en la necesidad, la cobardía o el adoctrinamiento becerril, ya sea político o religioso. E. puede tener razón y ser moralmente justificable, incluso obligatorio, utilizar a los animales para experimentos médicos que puedan salvar vidas. Particularmente, no estoy seguro, hay mucho en contra, pero en todo caso ella debe encontrar las razones correctas que lo justifiquen, lo expliquen y lo limiten. Debe investigar, adquirir un discurso profundo y dotarse de legitimidad moral. Porque si está equivocada, entonces lo que hace es sadismo gratuito. Así que debería preocuparse por no estarlo. A los otros, con excepción de O. y sus investigaciones sobre el garrafón, se lo veo más jodido. La defensa del egoísmo por razones geográficas, de la rapacería, del doble rasero, de la subyugación de cualquier valor a la idea principal de identidad grupal, del maltrato animal por diversión y de la insensibilidad absoluta y la ceguera ante el sufrimiento del tercer mundo no sé si pueden alcanzar alguna justificación, aunque también ellos deberían intentarlo. Pero con la luz, con la razón, con la equidad, no con la mentira, la demagogia, la exageración y el insulto.

    Porque los otros, los malos, los que traen la oscuridad, los que asesinan indiscriminadamente por imponer su religión, su concepción del planeta, los que se saltan la legalidad internacional, los que se creen depositarios del bien absoluto y no tienen escrúpulos para imponerse por la fuerza bruta, los que desprecian las otras concepciones, esos sí piensan las cosas, esos sí se dotan de instrumentos morales que les justifican, esos sí pueden razonar sus motivos con solidez argumental, eso sí se han molestado en explicar sus acciones con argumentos preciosamente construidos. Las mismas acciones que nosotros, en nuestra banalidad del bien, consideramos perversas y malignas, injustas, enfrentándonos a ellas con nuestros razonamientos superficiales, repetitivos, dogmáticos, bienintencionados pero cuántas veces cínicos, y casi siempre desestructurados. Y por eso, entre otras cosas, nos ganan. Y no es que nos ganen, es que nos están barriendo.

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